Las matas del monte

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Nos pasamos los monteros tantas horas en la sierra que acabamos por no reparar en lo que tenemos en nuestro derredor. Obsesionados con la suelta o con si cargamos el aire; dedicados a estudiar la coletilla de monte que puede tomar un marrano para caer a la umbría de detrás; afinando desesperadamente el oído por si una res viene zorreada… no nos damos cuenta del privilegio que supone pasar unas horas de contemplación en mitad de la naturaleza.

A mí una de las cosas que más me han interesado siempre han sido las matas del monte. Recuerdo que un día, estando con Fernanda, mi mujer, en San Calixto, contamos dieciséis especies alrededor del puesto. Y cada planta tiene su personalidad, su estética, sus virtudes alimenticias o medicinales. O su leyenda negra. Por ejemplo: Si hueles la flor de la adelfa se te hinchan las narices.

Cualquier aficionado al monte sabe que el trompo de la jara es una excelente proteína para las reses, que debajo de una retama se cría un cordero o que la perdiz y el cervuno se desviven por la granilla del lentisco.

La bellota es la bendición de la sierra y, en cuanto empieza a gotear, se lleva todas la reses del entorno. Es divertido ver a las ciervas quietas, atentas, expectantes y cómo aprietan a correr al escuchar, tres chaparros más allá, el golpecito en el suelo de una bellota. Rebajados tienen los ruedos de las encinas de tanta rebusca. La bellota más temprana es la del quejigo, a la que sigue la de encina, que es la más dulce, y la de alcornoque. Tan apetecible es esta comida para las reses que es normal oír, cuando entra un venado de careo, que venía “belloteando”.

Hay matas que no las come el cervuno aunque se muera de hambre como el romero, el tomillo y el torvisco. Aunque las dos primeras tienen felices aplicaciones en gastronomía, el torvisco es tan venenoso que sólo sirve para pescar con mal arte entorviscando las aguas.

Debiera organizarse alguna vez un curso sobre vegetación y venatoria. Pero no con biólogos o ingeniero


s como monitores sino, más bien, con algún que otro serrano viejo y sabio al que debiera concederse honoris causa el doctorado en flora del monte.

“Trofeo”, Madrid, 2011

Aquellos años

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Por culpa de Lolo Mtialdea, que me ha dado a leer el manuscrito de sus memorias, he recalado en la nostalgia de aquellos felices años setenta y ochenta, cuando las cosas de la montería se fraguaban en Córdoba en unos pocos centros de decisión. Normalmente bares o tabernas ya que, por estos pagos, nunca cuajó un club de monteros. Por ejemplo, en “El Coto” reinaba Pepín Molina Guerra, continuador de la rehala de Guerrita y organizador de Casas Rubias. Y, en su derredor, andaban Pepe Cañete, que daba Mesas Altas y su primo Pablito que se quedaba con manchas por la zona de Fuente Vieja. Y esto atraía una cohorte de amiguetes tratando de colocarse, perreros ponderando sus excelentes rehalas y monteros en general.

Las cosas del monte se movían por las que pudiéramos llamar familias. Y Lolo andaba en la de su tío Andrés Mialdea, que había comprado Las Mesas de Marina a las que añadió La Gitana formando un buen coto de caza mayor. Toda esta harca recalaba en el bar “Moriles”, de la avenida de Antonio Maura. Andrés, como patriarca, estaba por encima del bien y del mal. Los puestos, las echadas y las fechas las llevaban su cuñado Benito Lozano y su sobrino Lolo. Y alrededor, cómo no, otra pléyade de buenos aficionados. José María Cabanás, Antonio Arenas, Jose Mari Prieto… Y aquellas tertulias no eran impermeables en absoluto, que yo mismo estaba en las dos.

En el “Gran Bar” se cocían los planes de Rafael Bernal, su dueño, y Cipriano Sánchez. Todo alrededor de Taqueros, coto que poseían en común. Y era aquel otro núcleo nada despreciable de monteros cordobeses.

No sabría yo decir si se gozaba más en el campo o con el vino charlado de las tabernas. De aquellas reuniones salía uno pleno de ilusión, con una fe inquebrantable en el buen puesto que se había agenciado. Era una fe viva, mantenida, que sólo iba debilitándose, si no habías tirado, cuando comenzaban a sonar las caracolas llamando a los últimos perros que remoloneaban en la mancha.

Y, el lunes, vuelta a empezar. A recargar ilusiones y a intrigar a ver cómo conseguías un puesto en el que ponerte a menos de cien pasos de un cochino. Por aquellos tiempos las monterías, al menos en Córdoba, aún cabalgaban entre la tradición y el comercio que vino después. Se ponían “armadas de los niños” para sujetar reses y se charlaba más que se mataba. Y, además, éramos muy jóvenes. Qué buenos tiempos.

(Prólogo para “40 AÑOS MONTEANDO”

                     LOLO MIALDEA)

Narrando en veda

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Por aquí, la primavera es vista y no vista. Toda aquella lujuria de colorines se ha ido apagando en los cerros. La yerba se torna pajiza y el sol pega sin piedad. Y ya mismo está aquí, crujiente y áspero, el verano con sus conciertos de chicharras. Y el calor con su escala cuesta arriba: El calor, la calor, los calores y las calores, según la sabia clasificación de los Quintero. Cuando las calores, se mueven las imágenes cerca del horizonte como si tuvieran azogue. Y, ya, mejor es estarse quietos.

Por Córdoba se busca la sombra y, en cuanto se juntan dos o tres monteros, se forman tertulias en las que se chismorrea sobre las orgánicas, se comentan resultados, se habla de la incidencia de la crisis. Pero, sobre todo, se narran lances. Antes o después, cada cual procura colocarle al auditorio alguna aventura de la temporada. Yo sostengo que cuando se echa a rodar un cochino, aún está dando tumbos cuando ya está uno tramando cómo se lo va a contar a los amigos. Y ahí está el origen de la casi inevitable vocación del cazador por la narrativa.

Dice Chani (Pérez Henares, claro) que hay que distinguir entre cazadores que escriben y escritores que cazan. Bueno. A mí me parece que eso no tiene más importancia ya que el cazador no escribe porque tenga ambiciones literarias. Escribe porque no lo puede remediar. Contamos nuestras peripecias como si estuviéramos entre amigos, pero con la ventaja de que nadie nos contradice. Se mata un cochino parado, ahí enfrente, clareado entre la jara en la asomadilla de antes de saltar y, al escribir, es que iba escupido el tío, por el quinto pino y enmontado… El papel, que es muy sufrido. Pero, ay, la tertulia es otra cosa. En la tertulia te puede salir el reventador de turno:

-¿En La Retamosa dices que fue eso? Pero, hombre, Rafalito, si yo te estaba viendo desde la traviesa…

Es que somos pocos y nos conocemos mucho. Mejor, desde luego, la literatura.

 

(“Trofeo” en Madrid. Julio, 2009)perro-descando

Recuerdos de primavera

Ayer subí a Torreárboles. Hizo un día limpio, azul, con un sol empeñado en agostar todos esos verdes brillantes con los que nos regala la sierra en primavera. Fui contra mi voluntad, puesto que andaba retrasado en mi mensual compromiso con TROFEO y hubiera preferido quedarme escribiendo pero Fernanda, mi mujer, andaba enfurruñada por el olvido en que tenía sus plantas y no hubo más remedio.
COCHIDesde que desviaron la carretera, a la terraza de la casa sólo llega el rumor del campo. Esos sonidos que van desde la nada casi absoluta al duro y rodado croar de las ranas que, a pesar de todas las porquerías que echamos al agua, sobreviven alrededor de la piscina.
Cerró la venta al borde de la carretera y se fueron los venteros, aquellos buenos amigos cazandangas de raza: Baldomero y su suegro, el viejo Francisco Nevero. Nevero, casi analfabeto, que me contaba sucedidos de tal belleza narrativa que me dieron más de un éxito sin más trabajo que ponerlos intactos –o guisados con pocos aliños- sobre el papel. Aquellas historias de la recogida del zumajo para tintes; los pájaros perdices de don Diego, el juez; las carreras de la nietecilla tras los perdigones…
Echado sobre la varanda, maciza ahora de flores de pitiminí, no puedo, ni quiero, evitar la nostalgia de aquellos buenos tiempos en que por las mañanas de verano, antes de entrar al estudio, tomaba café y una copita de aguardiente en la venta. Sin prisas, de charleta con Nevero, mientras entraban y salían los marchantes, todos de la zona y casi todos aficionados a la escopeta. De unos y otros sacábamos lo que podíamos de por dónde andaban las voladas de las tórtolas, de los encames de los cochinos y de la posible tolerancia de los civiles del Muriano.
Tras la desaparición de la venta, sólo quedó por allí el Sastre, con sus cuatro perruchos y sus gallinos, en la casilla del otro lado del arroyo. Y sus fantasías sobre gatos cruzados en lince y visitas nocturnas de las ginetas que, como las coja…
Nos hemos quedado solos. Hasta los cochinos han abandonado los alrededores, manchoneados ya en las hoyas de enfrente y en la umbría. La baña junto al arriate de romeros está lavada, hasta arriba de agua, que no la toman desde hace más de dos meses. Quizá cuando se oree y a ellos, a los que se escaparon, se les haya pasado el susto de los perros y los tiros, volverán por aquí en sus rondas nocturnas. A sus rebuscas y a dar trompadas a las plantas poniéndolo todo patas arriba para desesperación de Fernanda.

(TROFEO, Madrid, 2011)

Aquellas chicuelinas

FINITOHan pasado muchos años, demasiados, pero aún permanecen en mi memoria, y aún más, en mi corazón, aquellas chicuelinas. Era un quinto novillo de Torrestrella, burraquito, muy en el tipo de los que por entonces criaba Don Álvaro, que en Gloria esté. Se llamaba Exquisito. Finito lo recogió con el capote, genuflexo, en unos lances que embebieron la embestida y luego, ya en pie, meció unas verónicas transparentes que abrochó con una larga.

La cosa estaba caliente cuando el torero, tras la suerte de varas, se descaró con el novillo. Lo citó de largo: el animal en el tercio, Finito en el mismo anillo de la plaza. El toro se arrancó bravamente y el torero lo acunó (sí, toreó con tanta dulzura que bien podemos decir que lo acunó) en tres chicuelinas que templaron la embestida, con unos ritmos a la par acompasados y clamorosos.

Muchas veces me he preguntado si aquellas chicuelinas no serían un sueño. Muchas veces me he preguntado si no sería mi imaginación, la que hubiera encumbrado aquel quite a la categoría de obra de arte. Muchas veces me he preguntado si no será que el recuerdo pule los defectos, engrandece las virtudes y, pasado el tiempo, nos presenta una realidad equivocada.

Pero hoy, por estas cosas del internet, he dado en youtube con aquellas chicuelinas. Las he contemplado con detalle, con frialdad, hasta con un poquito de “ mala leche “.

Y hoy, una vez más, he comprendido por qué soy finitista. Y aún más: por qué seré finitista hasta que cierre los ojos. Hasta que los cierre para siempre.

La veda, tiempo para leer

Tras el lance, hay un impulso irremediable en el cazador, algo que es superior a su capacidad de resistencia: contarlo. Nuestros sucedidos venatorios, irrepetibles desde luego, se quedan en nada si uno se los guarda en lo hondo del alma. Son sólo humo si sus emociones no pueden compartirse con algún amigo. O con muchos, si conseguimos que nuestra anécdota sea publicada en alguna revista del sector. O con muchísimos, si un conjunto de nuestras aventuras merecen el honor de un libro. Y es que las vivencias del cazador son expansivas. Nada nuevo, de ahí la abundantísima literatura venatoria a través de la cual podemos conocer las más variadas peripecias de quienes nos precedieron en la afición.

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A mis doce años, entré yo en el mágico mundo de los relatos de caza con un libro en el que derroché mis ahorros deslumbrado por su título: El matador de leones, de Gérard. Lo había editado Espasa-Calpe en su colección Austral y lo conservo con mis mejores fetiches infantiles junto a Las travesuras de Guillermo de Richmal Crompton. 

Más tarde fui adquiriendo libros de caza llenos de descomunales hazañas africanas que contrastaban con mis mínimas experiencias de cazador incipiente. Mis trampas, mi escopeta de 12 milímetros Por aquellos tiempos, los niños ni nos asomábamos a la montería.
Un día se presentó mi padre con un libro en el que, según él, podría aprender mucho. Era Veinte años de caza mayor. Esa obra y, más tarde, Solitario, también de elección paterna, fueron dos libros que me impresionaron profundamente. Solitario es una narración de tal belleza y ternura que Fernanda, mi mujer, no quiere releerlo en tiempo de monterías porque la hace ponerse de parte de los cochinos.
De entonces para acá, Dios mío, qué cataratas de literatura venatoria. Todos hemos hecho partícipes a los amigos de nuestros lances, de nuestras inquietudes y -¿por qué no?- de nuestras frustraciones. Conque los cazadores de mi generación hemos gozado doblemente el campo: en felices jornadas de caza y en las luminosas imágenes surgidas de las páginas de los demás. Hemos participado de las emociones de Covarsí, del marqués de Valdueza, del general Morales Prieto, de Diego Muñoz Cobo, de Rocío Berantevilla. Y de Paco León y Alfonso de Urquijo. Eso, por citar sólo a los ya desaparecidos.
Este de veda es tiempo para que las perdices saquen sus pollos; para que los venados desmogados escondan su vergüenza en lo más espeso del monte; para que todos los bichos del campo tengan el necesario sosiego para criar. Es el tiempo ideal para, bien engrasadas las armas en su armero, dedicarnos a leer y releer a los clásicos convertidos ya en amigos a fuer de compenetrarnos con sus sucedidos.

Ponerse el mundo por montera

Monteras 15x20 - copiaPara muchos, un torero debe ser, sobre todo, un artista: poder expresar un sentimiento, parar el tiempo y sacudir al público. Ya lo dijo Rafael “ El Gallo “ hace muchos años : “tener un misterio que decir, y decirlo“ .

Otros dicen que lo importante es el valor, que sin esa potencia que nace del corazón, no se puede ser torero… ni torero ni nada en la vida.

Los aficionados más hondos me han hablado siempre de la inteligencia y de la técnica como piedras angulares donde se cimienta el toreo.

Yo, cuando veo la figura de un matador vestido de torero, reparo en su tocado y pienso que para ser una gran figura, además de arte, valor y técnica, hace falta una fuerza especial (algunos, en su estulticia, la llaman locura) una fuerza que les hace perseguir un sueño imposible y, para alcanzarlo no dudar en… ¡¡ponerse el mundo por montera !!

TORERO SENTADO. Ac. 15x11