Terminó la montería

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(Artículo publicado en Trofeo en 2000. Como ejercicio de nostalgia hacia Juan de Dios y Sebastián)

Ayer me acerqué a las perreras de Juan de Dios, en el faldeo de la sierra. Llegué sobre las once y Sebastián estaba para desayunar. Y a bien que desayuna tonterías. Un hoyo de pan de boba con aceite (de oliva virgen, faltaría más), chorizo curado y aceitunas. Mientras come charlamos de perros. Sin prisas.

Sebastián quiere buscar un semental de fuera, para refrescar la casta. Él lleva las cruzas en la cabeza, aunque Juan de Dios sí, Juan de Dios todo apunta. Pasamos revista a las rehalas, a los perreros. A los incidentes de la temporada. Saca luego cuatro colleras para que yo trabaje con ellas. No les puede poner cencerras por los nervios, que se creen que van a soltarlos para montear. Los que se quedan se soliviantan y tardan en tranquilizarse. Están preciosos. Como casi todos son sedeños y están bien comidos y descansados…

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Los trata con cariño Sebastián. Los acaricia con la voz. Aunque, al cabo de un rato, se forma una escandalera allí dentro y tiene que entrar con el vergajo.

– ¿Qué es, que me vais a matar un perro, malditasmadres?

Chilla uno de los valientes al sentir el castigo y todos se refugian por los rincones, huyendo de la autoridad. Se restablece la calma.

– Ya me lo tenían entrecogido. ¿Ha visto usted qué bonitos están? Ven acá “Secreto”. A ver si te quedas tranquilo, que vas a estar en los cuadros.

Es que se van a buscar la sombra. A “Secreto”, mi modelo favorito, lo ha acollerado con un hermano y hacen una pareja perfecta de podencos andaluces sedeños, con sus miradas de buenos casi veladas por el pelo.

La mañana es azul y limpia. No se mueve una hoja. La sierra está floreciendo y las lagartijas se asoman a los chuecos de los troncos. Se escucha el guirigay de herrerillos, chamarices, jilgueros y ruiseñores. Chilla una mirla. Toda la sierra está compuesta y casi es difícil imaginar a estos perros agarrando un marrano. Uno de esos marranos que andarán encamando tranquilos al frescor de las umbrías.

Vuelvo para Córdoba y al dar vista a Montoro me detengo para contemplarla. Estoy un rato allí, viéndola recostada en su cerro sobre el Guadalquivir como una pequeña Toledo. Y pienso cómo cualquier preocupación se me ha quedado atrás, en la charla con Sebastián, entre sus podencos, colgada de algún chaparro como un trapo viejo. La montería, ya, hasta el Otoño. Recuerdo unos hermosos versos del marqués de Santillana:

 “…acabó su montería;

falagando los sus canes,

olvidando sus afanes,

cansancio e melancolía”.

Hoy, como en el Siglo XV. Qué cosa tan vieja es ésta de la caza.

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El poder y la gloria

Plumilla toreros

(Publicado en Diario Córdoba el 21 de julio de 1991)

De todas las briegas con que el hombre se plantea sacar la cabeza sobre los demás, conseguir un éxito incontestable, alcanzar riqueza, halagos y reconocimientos incondicionales, puede que la del toro sea la que ofrece un camino más corto. Baste recordar, y me parece que el ejemplo es válido, que Joselito era matador de toros con diecisiete años. Desde la humilde familia del señor Fernando El Gallo en la Alameda sevillana, recién salido de la pubertad, lo tuvo todo. ¿En qué otra actividad hubiera podido un mozuelo gitano conseguir un triunfo tan vertiginoso?

Pero la fiesta, que tanto ofrece a quienes toman la salida, es cruel en sus exigencias y no perdona los desmayos. El público lo mismo pone a un torero a la luz de culto, que lo relega a la sombra de la desconfianza. Y si a eso añadimos el placer del hombre gris por bajar del pedestal al triunfador, tendremos ese volver la espalda a un torero cuando más necesita el calor de su público. Reuslta esclarecedor que los más incondicionales, los aspirantes a agradaores o agradaores de plantilla, sean los primeros en exagerar el tropezón de su ídolo y en dudar de su futuro.

Tenemos la suerte de que uno de los toreros más finos, con mejor técnica y más gracia que hoy pisa los ruedos sea cordobés. Y sería de mucho interés para un sociólogo estudiar el comportamiento de su público a lo largo de ésta su primera andadura entre las figuras de la fiesta. Por algún sector, no es ya que no se le haya alentado, es que se le ha negado el pan y la sal. Entonces, el público de Barcelona, va y lo recibe en su presentación de matador con una ovación tras el despeje que lo obliga a saludar desde el tercio. Hay que tomar nota.

Corrida

Lo triste es que el despego en cuanto un torero da la menor oportunidad para ello es una constante cordobesa. Hoy, cuando oímos a los mayores hablar del pobre Manolo, de cómo dejaron de ir a los toros desde que lo mataron, resulta difícil creer que Manolete tuviera que dejar de torear en su Córdoba porque los cordobeses le hicimos la vida imposible. Y ¿encontraría en algún sitio de España Manuel Benítez detractores más duros que los cordobeses?

Sevillanos podían haber sido. Un día de feria de abril, tenía yo por delante en la Maestranza a un señor que había acudido desde Segovia. A mi lado, un tío la mar de feliz charlaba con todos los vecinos. Burlando la vigilancia había colado una botella fresquita de vino fino, para mantener la papa, y nos invitaba en vasitos de plástico. Y llegó el todo de Curro. Para qué les voy a contar lo que ustedes ya pueden suponer. Y, en medio de los respingos, mantazos y espantadas del de Camas, el cabreo del segoviano iba creciendo mientras mi vecino tragaba en silencio. Por fin, en la cumbre de la indignación, se volvió a nosotros el turista.

– ¿Pero, hombre, por Dios, que tenga yo que aguantar esto!

A lo que contestó compungido mi compañero, el de las copas:

– ¿Aguantar usted? ¡Aguantar yo, que es mi Curro!

No digo yo que haya que estar en una forma tan ciega con un torero, aparte de que Curro sea un caso especial. Pero hay que ser más generosos. De todas maneras, las grandes exigencias son para los toreros grandes. Y tienen que aguantar. Es un tributo por el poder y la gloria.

Días secos y fríos

Pantalla

Hoy comenzamos este nuevo blog de Mariano Aguayo con artículos de hace unos años, y con dibujos actuales.

Esta primera entrada la dedicamos en especial a su buen amigo Javier Barcáiztegui, Barca.

(Publicado en Trofeo en Diciembre de 2002)

Vivir en la sierra en estos días, cuando que ya se barrunta la Navidad, tiene un momento mágico por las mañanas, cuando uno asoma al campo. El aire, intacto, quieto, virgen, se sorprende por el primer vuelo de los gorriones, aún entumecidos por la helada de la noche. En los días secos y fríos, con ese cielo plomizo que no acaba nunca de romper en agua, el humo de la chimenea se queda alrededor de la casa con olores a entrañas de encina. Pero son sólo las primeras vaharadas, al empendolar la lumbre. Luego, cuando las llamas ya levantan vivas y crujientes, se calienta el tubo de la chimenea y sube el humo con más facilidad.

Las migas, húmedas desde la víspera, esperan cubiertas por un paño el fuego que las dore. Y el primer café llena la casa con su aroma vivificador mientras el mastín se acerca a la puerta de la cocina amistosamente, pero sin las alharacas del pachón, que nos azota los pantalones con su rabo hecho de alegría.

En tanto que las migas se rehogan, puede matarse el gusanillo con una copita de aguardiente de Rute y charlar sobre las esperanzas que hemos puesto en la umbrigüela que vamos a echar, porque hoy es día de manchón. Hay tiempo de todo hasta las diez, cuando lleguen los perros.

Ayer mismo volvimos a catar, con cuidado, los descolgaderos y las trompadas. Tiene que haber, por lo menos, un macho buenecito y una marrana con primalones. Y, como no ha dejado de helar, tienen que seguir ahí, en la umbría, que es lo más vestido de los alrededores. Hay mucha bellota, los madroños están cargados y tienen el agua al pie. Como decía el Guerra: ¿qué más quedrán?

Llega el perrero, amigo de toda la vida. Los niños aún no han asomado. Anoche estuvieron hasta las tantas ante la candela escuchando viejas historias de viejas monterías. Se traza cómo echar. De acuerdo con soltar así, desde arriba para la casa, recogiendo despacito toda la umbría para rematar en el arroyo. Se ha traído cuatro colleras, como siempre, pero son perros que andan, vaya si andan.

Terminadas las migas con huevos fritos, al campo. Sin sorteos, que aquí siempre sabemos a dónde va cada cual. Las veredas crujen de frío y el monte todavía gotea. Después del primer jaleo de los perros relatiéndose en la suelta, todo queda en silencio hasta que, muy débilmente, como desde el fondo del campo, se escucha la dicha de un podenco. Luego, ya, son dos o tres… En el arroyo se escucha un tiro.

Al asomar a los pasos, el perrero va dando cuenta de lo sucedido en el monte. Y, si algo se ha matado, allá que acuden todos a valorar el lance, aviar el bicho y sacarlo a puerto de claridad. Y en la casa, revuelo alrededor del marrano, puesto allí muy serio bocabajo con las manos abiertas y la jeta levantada.

Son los días secos y fríos, días de vacaciones estudiantiles con sabor a polvorones y anís dulce, en que ya se barruntan los repiques de panderos y zumbidos de zambombas que anuncian la Navidad.