El Barranquete

Rehala

Antonio El Corcho iba por el olivar, al otro lado del regajo, guiando las rehalas. Le iban dando a todo el faldeo de Las Calderas y allí me había mandado la suerte. Mi puesto estaba a media cimbra del cerro, cortando la corrida de cualquier marrano que quisiera aportar por allí. Y a marranos estábamos. Pero eran las dos cuando escuché las primeras voces de Antonio y de los perreros sin que hubiera pasado nada de particular.

         Frente a mí, El Corcho paró las rehalas.

         – Quietos ahí. Esperar a que vuelvan los perros, que de ese barranquete siempre salen cochinos. Despacio, despacio, que trabajen los perros.

         Los perros, que se habían engalgado con una cierva, volvieron a trastear el monte apretado del barranco. Repechaban los perreros saliéndose ya de la rehoya cuando, en un cocoroto con mucha jara, en un alto donde más dura el sol de la tarde, se arremolinó el monte como si una mano poderosa despeinase las jaras. Chillaban los perros, azuzaban los perreros y a mí se me ponía el corazón en la garganta, sin saber si el marrano arrancaría para adelante o se le volvería a los perros. Antonio enfrió mis ilusiones.

Agarre

         – Ahí va, para delante, el marrano. Y anda que es chico. Más bulto que un venado hace.

         A la volcada, una escopeta le soltó dos tiros. Y, más lejos, escuché tirar otra vez. No había estado para mí, que le vamos a hacer. Otra vez será y otras muchas ha sido.

         En la casa de Los Rasos desmenuzamos los incidentes. Fernanda, mi mujer, que había estado en el arroyo del Moral no había tirado. Mi hijo Fernando había matado en La Pista un bicharraco, el mejor del día, con el serio inconveniente de haberle cortado unos calzones a una persona muy importante. Pero, en fin, pelillos a la mar. A algún montero viejo le habían entrado dos cochinos y no los tiró, venga a echar firmas, venga a echar firmas, por mor de la mira telescópica que no acaba de dominar. Se fue temprano, para evitar chuflas. Cada uno tenía su historia. Y los que no habíamos tirado participábamos de las emociones de los demás.

         Ya en mi casa y en la cama, después de dos días de sierra, revivía el remeneo de jaras y lentiscas que formó el marrano y pensaba que, después de todo, no es necesario matar para sentir la profunda, completa, casi telúrica emoción de la caza.

Publicado en Trofeo en 2000.

Anuncios
La caza y sus gentes. Belle époque.

La caza y sus gentes. Belle époque.

GRUPO DE MONTEROS

Los duros monteros de los viejos tiempos

-Monteamos el día 25. Ya sabes, a las nueve en la casa como siempre… Y no te retrases, que quiero soltar pronto.

Hoy, una llamada como esa de un dueño de coto, a más de alegrarnos las pajarillas, no nos produce mayor trastorno hasta que en la noche del día 24 saquemos el rifle del armero y, antes de meterlo en su funda, corramos un par de veces el cerrojo como queriendo comprobar que sigue funcionando. Luego reuniremos los demás achacales. El zurrón con las balas y todas esas cosas que no sirven casi nunca y que responden a las manías de cada montero. Y el catrecillo, la vara, los zahones…

El día de la cita se madruga aunque sólo un poquito, sin empujones. Porque, al menos por esta zona de Córdoba, las manchas están ahí mismo. Se coge el coche de campo y, en una hora, está uno en la casa de la finca dispuesto a despachar un buen plato de migas con huevos fritos. Y al monte, a gozar de las emociones de la caza mayor hasta, más o menos, las tres de la tarde en que se vuelve a la casa a reponer fuerzas con un excelente potaje. Qué dura es la vida del montero del siglo XXI.

A quienes presumen de duros hubiera yo querido verlos aceptar la invitación del barón de San Calixto allá por el último cuarto del siglo XIX. Citaba en la estación de Hornachuelos, a un tiro de piedra de la casa de Moratalla, donde paraba don Alfonso XIII para sus correrías monteras por Hornachuelos siempre apoyado en su Montero Mayor, el marqués de Viana. Y allí iban llegando todos los invitados hasta estar completados al mediodía, hora en que partían a caballo por veredas de cabras camino de San Calixto. Siete horas tardaban, que ya es una caballada. Y las rehalas con sus perreros montados y los perros acollarados detrás.

Para tener una idea cierta de la dureza del camino, baste decir que cuando Felipe II visitó Córdoba recibió a Mateo de la Fuente, fundador del monasterio del Tardón (hoy San Calixto), que fue a presentarle sus respetos. Y cuando el rey decidió visitar el cenobio, fue disuadido por el venerable Mateo dado “lo abrupto del camino y el daño que podría hacer la visita real a la humildad de sus monjes”. Eso, en una época en que lo habitual era andar por caminos de herradura.

Monteros 1880

Monterías del barón de San Calixto a finales del XIX

El barón sólo daba techo. O llevabas cama o la improvisabas. Y todos encantados. Dos meses duraba la temporada que echaban, manchoneando aquellas hermosas sierras, con centro en el pequeño poblado que rodea al Monasterio. Se cobraban una o dos reses al día, si había suerte, y todos andaban tan felices.

Estas aventuras venatorias que contaba Manuel Lafuente, en 1928, en la Revista Cinegética Ilustrada dan clara idea de cómo la montería siempre ha sido mucho más que cobrar reses. Ha sido una manera de vivir la sierra, de convivir con los amigos, de recuperar el contacto con la tierra desde la cápsula social de la ciudad. Porque todas aquellas noches a orillas de la lumbre daban mucho de sí: narraciones de lances y sucedidos, memorias de los viejos camaradas, bromas y dicharachos envueltos en un clima de amistad que permanecía para siempre. Porque, además, las amistades trabadas en la sierra tenían su continuación en peñas, casinos y mentideros a lo largo de todo el año. El fuego sagrado de la afición es algo que procura mantener encendido cualquier buen montero a lo largo de los interminables meses que median entre temporada y temporada. Y es que esto de la montería imprime carácter.

Era del año la estación florida… (Góngora)

20140309-112305.jpg
Pasábamos un par de días en Sierra Alta y, aprovechando una clara, salimos a coger espárragos. Había estado lloviendo mansamente toda la mañana y el campo brillaba como recién barnizado. Sobre el pasto verde, había rodales color violeta de los chupamieles, los cantuesos y los matagallos. Dejamos el coche en una loma y nos abrimos. Yo cogí un regajo que caía hacia un barranco. De vez en cuando daba con las camas de los marranos, arrimadas con recato a las lentiscas más grandes. Se habrían mudado cuando la montería, por que esta fue la última mancha que se echó. ¿Por donde andarán ahora estos compadres?
Escuché el blando tropel de un jabardillo de reses. Sólo pude entreverlas recortadas contra el viso. Me rompieron cerca pero, a pesar de ir soliviantadas, apenas levantaban rumor con el suelo tan tierno. Las habría levantado otro de nuestros esparragueros. Iba un vareto y, por lo que me pareció, algunos venados desmogados. Debían ser grandes porque los nuevecillos aún no han tirado las cuernas.

20140309-112412.jpg
Las perdices andaban en colleras entre las flores y, como allí están muy tranquilas, apeonaban por delante sin mayores inquietudes. El macho con el moño erizado por la desconfianza y la pájara, más dócil, siguiendo a su pareja. Pero, con el suelo tan esponjoso, a veces uno se les echa encima y, entonces, viene el hermoso sobresalto del recio arrancar de la perdiz.
De pronto, otra vez el agua. Y a correr para los coches. Por la tarde, mi nieta Elena compuso, ayudada por su padre, un collage con los restos de un mohino que había encontrado muerto, ya seco. Quedó muy aparente, con sus alas extendidas, el bonete negro y su bonito color azul. Lo único que me chocó un poco fue que tituló el trabajo, con la torpe letra de sus cuatro años, “Rabilargo”. Habrá aprendido la palabreja en el colegio. Aquí, cuando acordemos, vamos a hablar todos como funcionarios de medio ambiente.
Luego vino lo de picar los espárragos al amor de la lumbre mientras comentábamos las incidencias del día. Sobre todo el susto que se llevó Elena, mi nuera, que levantó un marrano de su cama. Y, de remate, los espárragos esparragados, que es una redundancia que practica insuperablemente mi mujer. Con huevos escalfados, faltaría más.
Cosas de la Primavera, cuando todo está compuesto y en paz.

Publicado en Trofeo, año 2002: “Era del año la estación florida… (Góngora)”

El Tirascazo

20140302-210347.jpg
(Publicado en Trofeo en abril de 2003)
Era apasionado, tan ansioso y tan ligero de gatillo que estropeaba los reclamos matando cuando y como no debía. En cuanto saltaba a la plaza un pájaro aligerando para salirse por la otra punta, un pájaro de esos que llaman carteros los aficionados, le soltaba un escopetazo que le metía hasta los tacos. Y, claro, el de la jaula, que no se había enterado de nada, era el que sufría las consecuencias.
Bueno. Pues, como don Juan Norrecuerdoqué era un señor de muchas campanillas y no reparaba en medios, tenía junto a los mejores reclamos el mejor jaulero de los contornos, un criado suyo que se encargaba de reparar los daños causados por las precipitaciones de don Juan.
-Mira, Frasquito, hazle tú unos cuantos puestos a este pájaro a ver si me lo arreglas, que le he matado dos pájaras al curioseo…
Y, con dos o tres puestos bajo la sabiduría de Frasquito, el pájaro volvía a meterse en caja hasta que don Juan lo resabiaba otra vez.
Pero sucedió que, un mal día, a la jaula en que llevaba al “Romanones”, uno de los mejores pájaros que tenía don Juan en los casilleros, se le rompió el fondo de cordelillo y, cuando colgó, el perdigón fue a parar directamente del pulpitillo al suelo.
Incorregible, en cuanto lo vio andusqueando por allí, nuestro hombre le arrimó un tirascazo que el “Romanones” apenas pataleó un poquillo.

20140302-210608.jpg
Cuando Frasquito llegó a levantar a su amo, vio la jaula desfondada y el pájaro patas arriba. Llevaba la vista del culo de la jaula al pájaro difunto sin atreverse a decir oste ni moste. Y don Juan:
-Mira, Frasquito, es menester que cuelgues tú un par de días a este pájaro, que algo le habrá pasado. Es que no ha abierto el pico. A ver si me lo arreglas.
Frasquito abrió los brazos compungido.
-Al “Romanones”, don Juan, no lo arregla ya ni San Pedro.
***
Son historias del tiempo de calma, cuando ya las armas están engrasadas y a los cazadores sólo nos quedan las delicias de la conversación y el rememorar viejos sucedidos. Como en el caso de don Juan Norrecuerdoqué, auténticos hechos verídicos.