La decadencia

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Antes, la gente estaba hecha de mejores materiales. Se vivía menos, es verdad, pero con más fuerza. Y no hablo de mí mismo en mi primera juventud, sino de los viejos con los que inicié mis andanzas en el campo. Eran gente recia, sencilla, que tenía muy claro cuales eran sus preferencias y para qué andaban por este mundo. Un querido amigo, bodeguero jerezano, me recordaba el viejo dicho de su zona que dejaba las cosas en su punto en cuanto a gustos:
-El tabaco, negro; los vinos olorosos; las mujeres, gordas.
Todo rotundo. Eran así, integrales. Y el tabaco formaba parte de la relación social. Cuando aparecía un guarda, antes de entrar en conversación se tiraba de petaca.
-¿Un cigarrito?
Y, si aceptaba, ya tenía uno media puerta abierta para cazusquear la finca. Pero las cosas han cambiado y, hoy, un guarda nos denunciaría como incendiarios potenciales o por sentirse fumador pasivo.
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Se usaban las caballerías, no ya para armar las manchas, sino para viajar. Por los años treinta, los Mérito y sus amigos llegaban desde Córdoba a Fuencaliente en automóviles y allí los esperaban las caballerías para alcanzar El Risquillo, en lo más alto de la sierra de Andújar. Y don José Prieto, con más años que un palmar, iba desde Posadas a Mesas Altas a caballo. Una cabalgada. ¿Cuántos monteros de ahora no retrocederían horrorizados ante la posibilidad de montar? Y en cualquier caso no sabrían cómo manejar una caballería. Con la mano en el corazón, ¿cuantos monteros de ahora entran al agarre de un cochino?
Es cierto que aquella vieja sociedad era machista y un poco tosca. Ahora somos más delicados. Si al salir del coche no nos roza la tablilla del puesto en el sombrero, protestamos por tener que andar. Y es que nos hemos ablandado. Con la escopeta sí hay que hacer algún esfuercillo pero, a cambio, exigimos mejores resultados. Y al contado, con siembra de perdices de granja para mejorar nuestras estadísticas.
Nos quejamos mucho de la decadencia de la caza pero ¿no seremos los cazadores los que estamos en decadencia?

Publicado en Trofeo en Abril de 2006<

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Cualquiera tiempo pasado…

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Hasta no hace tantos años, las juntas de la mañana en las monterías eran muy parecidas entre sí. Eran reuniones que se hacían en mitad del campo, en cualquier claro, porque al no estar cercadas las manchas había que evitar molestar a las reses. Solía estar, casi siempre, la pareja de la Guardia Civil, con sus caballos, capas y tricornios. Y una gran candela, recién encendida, echando para el cielo su humareda blanca entre chispas y fuertes llamaretadas acogía a los arrieros que, ligeros de ropa, se chamuscaban al arrimo del calorcito. Solía haber también unas monjitas pidiendo limosna para su casa y un vendedor de lotería que nadie sabía como había llegado hasta allí. Las rehalas, acollaradas, formaban grupitos tranquilos dispuestas para salir hacia los puntos de suelta. Aquí y allá, formaban los monteros reuniones hablando de sus cosas.

Las bestias destinadas a la recogida de reses estaban aparejadas con hule para evitar manchar de sangre sus albardas. Y sus arrieros, previamente concertados por la organización, esperaban órdenes para situarse en lugares estratégicos de la mancha.

Otra cosa eran las caballerías destinadas a silla. Sus propietarios acudían a las juntas espontáneamente, a ver si algún montero necesitaba de sus servicios. Era lo que se llamaba ir “al tope”. Se ofrecía la montura con su servidor, que hacía las veces de secretario.

Los monteros esperaban hasta saber a qué puesto iban y, tras informarse de si estaba muy lejos o había repechos fuertes, decidían si tomaban o no caballería. En esto contaba mucho, como es natural, la edad y condiciones físicas de cada cual. El conocimiento de las manchas por los serreños y la sabiduría que da la costumbre hacían que casi siempre acabasen cubiertas las ofertas.

Collar y lentisco

Ahora es frecuente oír hablar de las caballerías con añoranza, como de una hermosa estampa perdida de los viejos tiempos. Pero lo más probable es que estemos borrando de nuestra memoria la parte dura de aquellas caballadas para recordar sólo los bellos paisajes contemplados y las charlas mantenidas con los demás jinetes de montura a montura.

Hemos olvidado aquel día en que, cuando por fin llegamos a nuestro puesto, en una armada de cierre al fondo de la finca, tuvimos que volvernos, sin tan siquiera sacar el rifle de la funda, porque el sol estaba cayendo y los perros acababan de rematar en el raspil de enfrente. O cuando, tras cortar un par de cabezas como era uso, el arriero decía que la mula no admitía sangre y tenías que dejarlas o cargar con ellas. O desconfiar tanto del paso de la mula que acababas a pie con el solo alivio de colear la caballería.

Las cosas han ido cambiando sin que uno se dé cuenta de cuando ni como. Pero es lo cierto que hoy es raro que acuda a una junta la Benemérita. O las monjas o el de la lotería. Los perros están en sus furgonetas en las que irán hasta la suelta por excelentes carriles sin necesidad de colleras. Habrá sólo unas cuantas bestias para sacar reses de los tiraderos más fragosos.

En cuanto a nosotros, cuando llamen a nuestra armada,   nos colocaremos en orden a bordo de nuestro comodísimo coche de campo que nos dejará, siguiendo un buen carril, debajo mismo de la tablilla del puesto. Conque a reflexionar antes de soltar eso de que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Según para qué. Que ya dijo Jorge Manrique que eso era solamente a nuestro parescer.

 (“ABC”, Córdoba, 07.01.2012)

Primavera

2.PERDIZ

Ayer estuve en Mezquetillas. Parecía que no iba a llover nunca y hay que ver cómo está la sierra. Verde, que revienta de verde, y hermosa, pintada por los cantuesos, la manzanilla y los chupamieles. Los carriles están encharcados y el pasto jugoso. No se ve ni una cruza. ¿Para qué se van a mover las reses, si tienen junto a las camas la comida y el agua?

Como ando buceando en viejas fotos, al llegar al collado donde se bifurcan los caminos de las dos Mezquetillas, la de Calvo de León y la de Parias, que ahora es de Martínez Sagrera, no puedo evitar la evocación de los antiguos dueños, que hicieron de estas manchas el sancta santorum de la montería de Hornachuelos. Y San Bernardo, Torralba, El Rincón, Santa María, …

Esta sierra tiene una fisonomía especial, con sus cañaditas, sus horcajos, sus balconcillos… Aquí se tira pechenfrente, en corto, escuchando el tronchar del monte, gozando el lance.

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Volví a ver la capilla de la casa. La campana guarda silencio porque ya no se convoca, como antiguamente, a misa los domingos. No hay que hacer muchos esfuerzos para imaginarse una junta de las de los años veinte, con monteros elegantes, los zahones lustrados, los sombreros a dos aguas. Por allí cerca, las caballerías y los brillantes autos, con sus bocinas de pera de goma junto a la ventanilla, sus deslumbradores cromados, sus ruedas de radios de madera y aquellas correas de hebillas rutilantes que abrazaban el capó.

Hemos aprovechado una clara para dar un paseo. La sierra es intemporal y la yerba brilla mojada bajo el amable sol de mayo como hace cincuenta, cien o mil años. Las cornicabras y los lentiscos son por aquí arborescentes. Hemos llegado al puesto donde estuve este año, un boquete muy sucio y muy carnicero. Pero a la imaginación le cuesta un enorme esfuerzo recomponer la jornada. Y es que no me veo por aquí con un rifle en las manos.

Siempre me pasa igual. Echan la veda y hay unos días en que se echa de menos la briega de la temporada de monte pero, cuando se vuelve por la sierra tras la Semana Santa, perfumada de incienso y cera quemada, todo es distinto. Y para las reses también. Las ciervas pariendo, las cochinas con rastra y los venados con los brevones de la cuerna. Hasta que comience a picarles el terciopelo y se pongan a varear el monte y los chaparrillos nuevos…

Y, en Otoño, otra vez.

Las Ventas versus Villanueva de Córdoba

Torero

En la plaza de Madrid, cuando un toro bravo, hecho generación tras generación, tienta tras tienta, salta al ruedo para cumplir el tremendo ritual de arte, valor y muerte, es raro que no comiencen a oírse pitos. Y es que a algún espectador sabio del tendido siete le ha parecido que el pablorromero, juan-pedro o lo que sea cojea una mijita. Nadie le ve nada al toro, pero otros empiezan a pitar no vayan a quedar como tontos. Y toda esa belleza conseguida a través de tantos años, es devuelta a los corrales para acabar estúpidamente apuntillada. Lo probable es que, si le hubiesen dejado en la plaza, con cuatro carreras más, al toro se le hubiese pasado el ligero calambre que tenía. ¿Cuántos grandes toros hemos visto lidiar gracias a que un presidente serio resistió las majaderías de los tíos del siete?

La autosatisfecha afición de Madrid no se conforma con exigir lo que en la fiesta es tradición. Ella se inventa modas y las impone. Lo último, lo más, lo “in”, es exigir que el torero se cruce constantemente con el toro. Qué gente. Así, se podrán dar pases sueltos pero no series. Y, cuando sale un toro con codicia, de esos que meten la cara una y otra vez, ¿qué hay que hacer? Supongo que torear recolocándose tras de cada pase, enfriando la faena para dar gusto a los sabios de turno. Y de esas y como esas…

Picador

Los males vienen de la televisión. Porque antes iban a los toros los aficionados, que tenían que vencer una serie de dificultades: ir a las ferias, formar colas, pagar la entrada, aguantar el calor, sufrir las incomodidades de la mayoría de las plazas –la nuestra vieja era terrible- para, tantas veces, salir echando venablos contra los toros, los toreros, la autoridad y la madre que los parió a todos juntos.

Ahora se enciende la televisión, se pone uno su güisquicito por delante y un cojín por detrás para apoyar los riñones y, ea, a aguantar la interminable ristra de pesadísimas corridas de San Isidro y, de paso, a aprender de los puntillosos comentaristas. Y ya sabemos de toros más que nadie. De reglamentos, porque la estética no puede explicarse.

Los viejos revisteros decían “una estocada arriba que basta”. ¿Ustedes han visto, cuando hoy coloca un matador el estoque arriba, cuántas observaciones hay para poner pegas a la suerte? La estocada está un pelín caída, ligeramente desprendida, algo trasera, un poco contraria… Eso si no se descalifica al matador diciendo que ha entrado “con habilidad”. ¿Qué querrán? ¿Que sea torpe? No parece sino que se llevan un serio disgusto cuando tienen que decir que se ha matado bien. Y es que estamos muy finos. Al sitio de los bajos donde el más grande torero de su tiempo colocaba el estoque le llamábamos cariñosamente “el rincón de Ordóñez”. Y no pasaba nada.

Picadores

A mí me gusta ir a los toros con gentes encantadoras, que se quieran divertir, prontas al aplauso y bien dispuestas para disimular algún que otro defectillo de la lidia. Por eso, me fui el otro día, en uno de mis grandes aciertos del verano, a ver toros en Villanueva de Córdoba. Vaya una gente feliz y una plaza bonita. Y buenos toros y buenos toreros. Un gozo porque, además, sobre aquél cañamazo, Finito estuvo bordando exquisiteces. No se podía torear mejor. Bueno, pues, a la salida llevaba yo un tío al lado diciendo que bien, pero que, de todas formas, Finito no se había cruzado siempre al pitón contrario. Vaya por Dios, hombre, ya tenemos el siete hasta en Villanueva de Córdoba.

Publicado en Diario Córdoba

Los verdaderos protagonistas

Óleo propiedad de Juan Fernández de Mesa

Óleo propiedad de Juan Fernández de Mesa

Siempre he pensado que si algún día me quedase sordo dejaría de montear porque, por encima de todo, lo más hermoso de la montería es el rumor del campo; el tronchadero de jaras de un cochino desbarrado hacia nuestro paso; el lejano arrollar de una piarilla de ciervas… Es la música del monte. Y la dicha de los perros. Nada hay tan esperanzador como el lento dar de parada de un mastín, jau… jau…, cuando da con la cama de un buen marrano decidido a aguantar. Luego saltan los alegres latidos de los podencos que acuden a su llamada hasta que el cochino, acosado, se decide a arrancar. Y la ladra corrida se va debilitando en la distancia hasta perderse por los cerros. O hasta convertirse en un regruñir de perros si alguna escopeta acierta a cortar la carrera del cochino.

Sin perros no hay montería, decía el conde de Yebes con toda razón. Se podrá aguardar, recechar u ojear pero en la montería es imprescindible la concurrencia del perro, de la rehala, para batir el monte y hacer que las reses rompan en las armadas.

Caracola y romero

Tradicionalmente las rehalas cordobesas se han compuesto de podencos, mastines y sus diversas cruzas. Sin embargo, en los últimos tiempos, los dueños de rehalas han ido decantándose por el podenco puro, indudablemente el perro más esbelto, más resistente en la carrera y de dicha más alegre. A su selección contribuyó decisivamente un gran aficionado, Juan de Dios Olías Rubio que junto a su perrero, Sebastián Pérez, llevó su rehala de podencos puros a las cotas más altas de belleza y eficacia. Y, además, dejó fijados sus conocimientos en dos libros fundamentales sobre el podenco: “El perro de los dioses” y “Los perros: Mis pareceres”, el primero de investigación histórica y el segundo de formación y manejo de la rehala.

Papel decisivo en la calidad de las rehalas cordobesas ha tenido la asociación que, desde hace más de veinte años, agrupa a sus dueños. Por su presidencia han pasado excelentes conocedores del perro resero como Juan Beigveder Bellido, Antonio Jurado Molina, Antonio Sojo López, Jesús Bernier Garcia y Rafael Borland Torrus. Sucesivas convocatorias de exposiciones han hecho que los dueños de perros compitan y seleccionen con tesón. Hoy preside la Asociación de Rehalas de Córdoba Juan de Dios Pliego que continúa incansable la lucha contra las limitaciones y trabas que, de forma ya tradicional, viene poniendo a su labor la Administración. Parece increíble que a una manifestación cultural admirable como ésta se le exijan condiciones para su desenvolvimiento que pueden ponerla en trance de desaparición: Imposibilidad de campeo de los perros, exigencias de higiene absolutamente imposibles de cumplir, trabas para los traslados…

La preponderancia del podenco y, quizá, las dificultades que para su transporte y alojamiento tiene el mastín debido a su gran porte, han propiciado la decadencia de esta raza de tanta tradición. La falta de su fuerza, tan necesaria cara a los cochinos, viene siendo suplida por algunos alanos y otras castas adecuadas para el agarre. Y esto es altamente razonable ya que el perrero, para rematar con cierta seguridad un lance, tiene que tener en la rehala perros que sujeten. Otra cosa es el abuso que deforma el fin último de la montería al coger los perros en el monte más cochinos de los que llegan a cobrar las escopetas.

Sobre los perros y sus encastes tendremos que volver con frecuencia en estas páginas ya que son ellos los verdaderos protagonistas de la montería.

Publicado en ABC Córdoba en diciembre de 2011