Sonora Primavera

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El ruido, que si viene de una fábrica o del tráfico es una condena, pasa a ser sonido, y muy sedante y placentero, si tiene su origen en la naturaleza. A mí, que mientras más años me pasan por encima más amo el silencio, me gusta tener de fondo musical el rumor del oleaje cuando casualmente trabajo a la orilla del mar. Aunque suba de tono azuzado por el levante.

Pero eso es excepcional en mis costumbres. Mis sonidos habituales son estos, los de la sierra, los que llegan a la ventana de mi estudio en Torreárboles desde las encinas, desde el monte, desde el fondo de los zarzales del arroyo de El Helechar.

Todavía no se han estrenado las chicharras, que esas sí son unas pesadas, tan machaconas, tan tesoneras, tan infinitas. Y yo creo que aún no han entrado los arrendajos, con sus broncos gañidos. Ni se escuchan los gorgoritos seguidos y lejanos de los mohinos, que suelen andar por aquí en pandillas yendo y viendo. Cuando una encina les parece bien y se posan, mueven sus largas colas con un constante subibaja. Para mí que ya se están retrasando.

Ahora, encarando ya un verano anticipado pero con los pastos aún en flor, los reyes de los apretales de monte son los ruiseñores. Mentira parece que un pajarillo tan chico, con esa capa franciscana tan discreta, sea capaz de cantar con tanta fuerza, con tanta belleza. Su voz sale por encima de las de todos los demás, eclipsando a jilgueros, herrerillos, chamarices y verdones.

Pero todo este ambiente bucólico acaba de cargárselo una gallina de Antonio Sastre que se ha puesto a cacarear, ahí al otro lado del arroyo, en la vieja casilla de peones camineros. Vaya por Dios. Y no es que su ca-ca-cá no sea de lo más natural. Es que desentona en mitad del concierto de los ruiseñores. Será de las que se han escapado, por que dice Antonio que le han matado tres las víboras. Y que a su perro también le han picado. Muchas víboras parecen pero, en fin,…

A cien metros de mi ventana arroyo abajo, ya se ven tomados otra vez los descolgaderos que caen al agua. Algunas marranas estarán encamando en el cocoroto de la umbría, tranquilas tras los vapuleos de la temporada. Y así van a seguir, que son estos tiempos de paz, de escuchar los ruiseñores y esas cosas.

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Un narrador para una sierra

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Con motivo de la exposición Juan Luis González-Ripoll que se celebra estos días en el Real Jardín Botánico de Córdoba, recordamos hoy este artículo publicado pocos días después de su muerte, en 2001.

ENCINA

Juan Luis se fue suavemente. Quizá llevaba muchos años yéndose, reduciendo su actividad literaria y su vida social, quedándose sólo con un grupo mínimo de amigos, cuatro o cinco, en cuya compañía se sentía cómodo. Escribió su última novela, “Paisaje sin lobos”, es decir, sin malos, a pequeños impulsos, como despidiéndose poco a poco de esa complicada dedicación de narrar.

González-Ripoll ha sido un escritor al que le fluían las palabras con naturalidad de manantial. Con esa naturalidad que viene a ser un don que no se alcanza a través de serias reflexiones ni de estudios sesudos.

CORNICABRA

Él escuchó los vocablos autóctonos y los bellísimos giros del lenguaje serrano de Justo Cuadros, el viejo furtivo converso que fue guarda del Coto Nacional de Cazorla. A él le oyó contar las aventuras del tío Alejo Fernández, del tío Juan El Aserrador, de Pepe El Manchego de los Villares… Justo fue un magnífico contador de cosas sobreviviente de las durísimas sierras del Segura. Así nacieron las “Narraciones de Caza Mayor en Cazorla”, pieza básica de la literatura venatoria española de la que, desde su aparición en 1973, se agota edición tras edición.

Pero quizá la importancia de las “Narraciones” esté en haber servido a su autor de escuela para conocer la zona del Segura y sus gentes. Porque, después, en ese mismo ambiente, nació una novela importante: “Los Hornilleros”, una casi épica descripción de la llegada de los pioneros a aquellas ingratas tierras, que da la medida de gran narrador de su autor.

DURILLO

La nómina de sus novelas se completa con “El Dandy del Lunar”, una bella historia de amor finamente matizada y vista a través de los limpios ojos de un niño.

Muy joven, González-Ripoll hizo escultura abstracta, trabajando planchas de hierro, y siempre cultivó la pintura con fuertes manchas de color que podrían situar sus cuadros entre el fauvismo francés y el expresionismo alemán.

Pero este polifacético artista nunca fue hombre de cenáculos. Ni siquiera puede decirse que fuera muy sociable por encima de aquellas relaciones a que le obligaba su exquisita educación. Quizá por eso, en su entierro sólo hubo unos pocos artistas. Nada de llantos oficiales ni solemnes reconocimientos póstumos. ¿Para qué? Juan Luis nunca entendió de políticas literarias. No fue más que uno de los mejores prosistas de nuestro tiempo.

Los que fuimos sus amigos sabemos que por ahí andará, por algún espacio de eso que llamamos el más allá, en el que creía firmemente, gozando de una felicidad nueva, como aquél niño de “Los Hornilleros” que atosigaba a su abuelo a preguntas con el cielo por techo hasta que… Ya le dejé en paz y me quedé dormido. Entonces no me daba cuenta, pero ahora que han pasado los años, comprendo que aquél bienestar que me inundaba era, cabalmente, lo que los hombres llaman felicidad.

MADROÑO

Publicado en Trofeo en 2001. Ilustraciones: Mariano Aguayo, 2014.

En “Las Chirivías Bajas”

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No, si me tenía que pasar. Y mira que siempre he tenido en cuenta los pasillos de las reses que, cuando dicen por ahí voy, no hay quien las pare. Bueno, pues yo en su camino, que tomadísimo estaba, casi escarbado. Feliz viendo tantos rastros. Sopado tenía que estar aquello de marranos. Y se estaba tirando que crujía. Pim pam, pim pam, sin parar. Fernanda, mi mujer, estaba en el puesto de al lado y arrimaba candela que daba gloria. Siete reses cobró. Víctor Ledro que llevaba la mano alta le echó voces.
-Bien, señora, que pocas escopetas son capaces de quedarse con ese marrano.
“Las Chirivías Bajas” echábamos, lo de Rafael Álvarez Buiza.
Yo estaba puesto en lo sucio, en una umbría, sobre un regajo con un hermoso panderón limpio por delante. Estaba soleada la orilla y no se movía una hoja, así que cualquier rumor llegaba con mucha claridad. Conque, a pesar de lo tierno que estaba el suelo, oí el tronchar del marrano. Venía a mi altura, a media cimbra del la umbría. Se escuchó más cerca y, casi enseguida, asomó la cabezota a no más de quince pasos. Despendolado, venía. Me encaré el rifle y, cuando le eché la cruz de la mira, vi el blanco de un perro que traía casi encima. El puñetero, sin lengua, no se había anunciado. Todo fue visto y no visto y mi actuación instintiva, sin tiempo alguno para la reflexión. Entre otras cosas por que nunca había imaginado que pudiera presentárseme una ocasión como ésta.
Al ver al perro levanté el rifle y, en menos que se persigna un cura loco, tenía la jeta del marrano en los mismísimos zahones. Creyendo que así me lo iba a quitar de encima, le solté con el cañón un estacazo en la cabeza, cosa que al cochino le importó más bien poco. O, por mejor decir, absolutamente nada. Entonces, mientras volaba patas arriba por los aires, tuve ocasión de comprobar lo tozudo que puede resultar un marrano cuando está decidido a seguir su camino. Cuando me recuperé del costalazo, al tío sólo pude verle el culo tapándose por unas chaparreras.
Eso sucedió el quince de Diciembre de 2003, en que veintisiete escopetas cobramos cinco venados y cincuenta y un cochinos, éstos mataron seis perros y mi querido Mannlicher acabó con la caja cascada víctima de mi estupidez. Un día memorable, en fin.

NOTA: Esta colaboración de Mariano Aguayo y Javier Barcáiztegui, Barca, apareció en Trofeo en 2004.

Su Majestad El Rey

Dedico este artículo publicado en 2007 con cariño a Su Majestad El Rey Don Juan Carlos en el día de su abdicación.

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España no ha gozado jamás de un período de paz en democracia tan largo como el transcurrido desde la transición hasta hoy. Eso, objetivamente, es incontrovertible y ha sucedido en el marco de esta monarquía parlamentaria. Ahora estamos viviendo una escandalera lamentable contra la Corona, formada por unas minorías estadísticamente irrisorias pero de una gran sonoridad. Se queman fotos del Rey, se escarba en los rumores, se le insulta impunemente y, en definitiva, se pisotea la Ley que protege su figura mientras quienes deberían hacerla cumplir miran para otro lado. Los que más gritan pertenecen a partidos separatistas que a saber dónde hubieran ido a parar si aquel 23 de Febrero el Rey, investido de toda su autoridad como capitán general de las fuerzas armadas, no pone en su sitio a los golpistas.
Pero los españoles somos unos artistas en eso de destruir. Desde chiquitos, en cuanto nos regalan un juguete, tan pronto pasan los primeros instantes de diversión, nos dedicamos a destriparlo. Después lloramos su pérdida, pero a ver quién recompone todas las ruedecillas dentadas, muelles y tornillitos que hemos esparcido a nuestro alrededor. Y en los tiempos de tribulación en que nos hallamos, nos empeñamos en destruir una de las pocas cosas que merecen ser conservadas en esta especie de gallinero en que se está convirtiendo España.
Por estar al abrigo de la Constitución, por sus servicios a la democracia y por su propia personalidad, el Rey no necesita que le defiendan. Sin embargo, bueno es recordar que entre los más obligados a cerrar filas en su afecto estamos los cazadores. S. M. el Rey, siguiendo la larga tradición familiar, siempre ha sido cazador. Y nunca un cazador vergonzante, como tantos notables que se esconden para cazar, sino orgulloso de serlo. En numerosas ocasiones nos ha acompañado en nuestras reuniones, ferias y entregas de distinciones y eso ya constituye un aval a nuestra afición.
Tenemos que estar siempre unidos a un rey que sabe vivir el campo intensamente y que, aún en mitad de las pesadas obligaciones institucionales, debe conservar en sus sentidos los hermosos colores y el fino y penetrante perfume del monte.