Aguardos

Estando en mi casa, hace ya bastantes años, Alfonso Urquijo alabó mis trofeos de cochinos. Y, al comentarle yo que ni uno procedía de aguardos porque todos los había matado monteando, me dijo

-¿Qué tienes tú contra los aguardos?

– Nada, sólo que estos cochinos me han divertido más, porque fueron movidos por los perros. Y los perros, en el fondo, es lo que más me importa de la caza mayor. Hoy, al proponerme hacer un comentario sobre esta emocionante modalidad de caza, he recordado con el natural sentimiento a Alfonso, maestro en casi todas las artes caceras.

Con luna

Quizá lo único que tenga yo contra el aguardo sea mi resentimiento por no haberlo podido practicar, fundamentalmente por falta de paciencia. Además, aquí en Torreárboles, que sería mi cazadero natural, el terreno es muy quebrado y siempre te sacan por el aire. Pero alguna vez que me he puesto, al escuchar el charabasqueo de un marrano para entrarme, he creído que el corazón se me iba a salir por la boca o que el cochino iba a escuchar sus porrazos dentro del pecho. Conque, lo más seguro es que esté en esa mala postura del quiero y no puedo. Porque intuyo que me encantaría matar un buen bicho con nocturnidad y alevosía.

Dicho lo dicho, como soy un resentido del aguardo, si a alguien no le gustan mis comentarios ya sabe cómo puede descalificarme. Pero, ya que para mí el cochino sigue siendo el rey, me parece excesiva la confabulación nocturna que se ha organizado contra él. Se usan todos los métodos imaginables para atraerlo, incluído el desleal uso de perfumes irresistibles de hembras en celo. Y, de las orejetas en los cañones en noches de luna de nuestros abuelos, se ha pasado a la óptica especial que todo lo clarifica.

Cochinos

Pregunten en cualquier armería, verán como el noventa por ciento de las consultas y compras en el arranque del verano van orientadas a apañarse un verraco de aguardo. Me decía un amigo que, si se para el coche y se apaga el motor, de noche, en una carretera cerca de Los Yébenes, se pueden escuchar cuatro o cinco disparos por minuto.

El problema está en que, de aguardo y con los medios actuales, se descasta. Se escogen los mejores machos, con lo cual se están quitando los buenos sementales. Si el coto es comercial, se le está haciendo la pirula a los paganos venideros. Y, lo peor de todo, se le está quitando al cochino grande la oportunidad gloriosa de atrancarse con los perros en un agarre, que es la cumbre de la montería española.

 

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“La Umbría”, el perro, los marranos

El perro, sin cencerrilla, me había estado dando sobresaltos hasta que recogí. Con la montería ya muy pasada y el monte en silencio, cada vez que el maldita madre se acercaba rozando las matas me daba un vuelco el corazón. Mi puesto estaba en lo más apretado de la umbría y allí los cochinos hay que matarlos con las orejas. Cuando el guía le dijo a los perreros que siguieran hasta el puntal, todas las rehalas estaban atrancadas. Quería el hombre que anduvieran, que nos iban a dar allí las uvas. Oí a uno que iba por encima de mí.

– Éste lo que quiere es que nos dejemos los cuernos en estas coscojas.

1.De vuelta

Coscojas, lentiscas, madroñas y cornicabras. Y espinos majoletos, aulagas y zarzaparrillas. De todo hay en aquél espesinal. Yo estaba en un peñasco a media cimbra del cerro, con unos claritales donde se podía dejar ver un marrano. Pero uno se me pasó despacito por arriba y otro, que también venía zorreado faldeando, se echó para abajo antes de romper. Y no es que le hubiese cargando el aire. Es que no estaría para mí. Luego llegó el perro, que se habría quedado descolgado.

Fernanda, mi mujer, y yo estuvimos un rato charlando en el carril con José Miguel Sánchez que venía de recogida. Luego tomamos el pendingue, y a la casa. En un cruce del carril estaba un chiquillo que iba con el perrero que pasó por mi puesto. Paré.
– ¿Te falta algún perro?
– Sí, señor. Es una perra con un jaronazo en una teta.
– Hombre, yo lo de la teta, ya… Es un podenco grande, remendado. A lo mejor es una perra. Estaba por el carril cuando me he venido.

Conque allá se fue el crío en busca de su perra.

2.Asustado

En la casa me estuve enterando del destino de mis cochinos. Uno había caído a mi misma traviesa y lo había tirado un Codes, de los monteros viejos de Martos, y otro se lo había tragado Tato Fragero. Bueno.

En La Umbría todo se sabe porque todos nos conocemos y nos vigilamos mutuamente. Joaquín Yllescas da una de esas monterías en que no es tan importante matar. Sólo el contemplar desde la explanada de delante de la casa todas las caras de Los Riscos, de Cantarranas, de Los Villares, de Campoalto, del Álamo, con el cerrejón de Torreárboles sobresaliendo de los perfiles del horizonte, ya es una bendición de Dios. Y como, además, matamos veinte reses, pues eso, que miel sobre hojuelas. Por cierto, que yo digo “matamos”, así en plural, como cuando se dice que “ganamos” la batalla de Ceriñola.

Cosas al Monte

1

Una Indian de doce milímetros y cartuchos cortitos, que me pusieron los Reyes Magos cuando aún creía en ellos. Sólo conseguía matar algún conejo de aguardo o de rececho, llevando muy bien el aire y metiéndome encima. Eso ya era lo más parecido al cielo.

Conejo Mariano Aguayo

2

Se escuchaba muy débil el tronchadero cuando el cochino sacó el pecho casi en el viso y se paró, cargándose de vientos y enterándose. No estaría a más de cin­cuenta pasos, conque ahí estaba la tentación de sol­tarle un tiro. Pero uno es ya viejo en estas cosas y, co­mo tenía el aire en la nariz, esperé como un poste lo que iba a pasar. Y pasó que el marrano, satisfecho del examen que hizo del terreno, se desbarró escupido por la cuesta abajo que si no lo mato me muerde. Una belleza de lance. Dos volteretas pegó antes de que­darse pataleando casi debajo de la tablilla del uno de Las Minas. Era una cochina hermosa.

Cochinos Mariano Aguayo

3

La mañana es azul y limpia. No se mueve una hoja. La sierra está floreciendo y las lagartijas se asoman a los chuecos de los troncos. Se escucha el guirigay de herrerillos, chamarices, jilgueros y ruiseñores. Chilla una mirla. Toda la sierra está compuesta y casi es difícil imaginar a estos perros agarrando un marrano. Uno de esos marranos que andarán encamando tranquilos al frescor de las umbrías.

Vuelvo para Córdoba y al dar vista a Montoro me detengo para contemplarla. Estoy un rato allí, viéndola recostada en su cerro sobre el Guadalquivir como una pequeña Toledo.

Paisaje Mariano Aguayo

4

Con las perdices, peor. Granjas que producen millares y millares anuncian que las venden para repoblar. ¿Repoblar? Se sueltan con tan poco tiempo para adaptarse al medio que hay que ojear cuesta abajo porque, si no, no vuelan. Grandes dehesas que nunca tuvieron perdices se ojean ahora todos los fines de semana. Y tan ricamente. Como si se les antoja ojear a diario. Con comprar más pájaros…

Tenemos el ansia de matar. Y el que paga, mata. Pero queremos más. Y más. Así es que habrá que aumentar las granjas, multiplicar las cochiqueras para criar más lechones. Más madera. Esto es la guerra.

Y luego querremos que nos respeten. Pero, hombre, si es que Dios nos tendría que castigar.

Perdices Mariano Aguayo

La Caza en el Cante

La caza, pegada a la historia del hombre como el musgo a la piedra, ha dejado su huella en todas las civilizaciones. Y Andalucía, esta vieja y lejana Andalucía tan sabia como incomprendida, no podía ser menos. Así, la caza tiene una fuerte presencia en la más genuina expresión popular andaluza: el cante.

La Caza en el Cante de Mariano Aguayo

Hay letras casi bucólicas: Tortolilla dime, dime/ en donde tienes tu cama./ En lo alto de aquél cerro,/ debajo de una retama/ donde no llegan los perros. Porque, contra lo que pueda pensar un detractor de la caza, la gente de escopeta tiene su alma en su almario. Y, aunque ésto sólo podamos comprenderlo los cazadores, estamos imbuidos de una especie de amor al animal que queremos conseguir. Dice otro fandango: ¡Cómo me vino a romper/ esa cochina en mi piedra,/ tan airosa y postinera/ que no la quise tirar/ y la dejé que se fuera. Aquí, aunque el cantaor-cazador demuestra verdadero afecto por la cochina, yo tengo serias duda sobre su sinceridad.

Tórtola de Mariano Aguayo

Aquél que no l’ha “tirao”/ a una liebre en su carrera/ se va deste mundo al otro/ sin saber qué es cosa buena. Eso dice otra letra por Huelva, pero las carreras de galgos, ese bellísimo entendimiento entre el hombre, los perros y el caballo, hacen que el aficionado a esta forma de cazar desprecie profundamente la escopeta, con la que tan fácil resulta tumbar a la noble orejona. La rabia y el orgullo del galguero quedan claros en este antiquísimo y redondo fandango: Quien le da un tiro a una liebre/ lo debían de condenar,/ que una liebre se avasalla/ con dos perras “entraillás”./ Y, si se va, que se vaya. Eso es, las cosas hay que hacerlas bien. Cobrar la liebre es lo de menos.

Ahí tienen otra de liebres un tanto surrealista: Más vale querer a un galgo/ que querer a una mujer/ que tenga el pescuezo largo. Claro que, para surrealista, este villancico gitano : Esta noche es Nochebuena/ y no es noche de dormir/ que ha parido la estanquera/ un cochinito “abalí”. La escopeta aparece donde menos se espera. Hasta mezclada con la lírica más dulce. Anda y que te den un tiro/ con pólvora de mis ojos/ y balas de mis suspiros.

Una de perros: Un cochino l’ha “matao”/ por ser valiente mi perra./ Qué grande es la pena mía/ que ya no piso la sierra/ ni voy más de montería. Y es que el perro es el gran amor del cazador. En él puede confiar más que en la mujer: Si el querer que puse en ti/ lo fuera puesto en un perro,/ se viniera “etrás” de mí.

Cochino de Mariano Aguayo

En el cante flamenco echa raíces toda el alma de Andalucía. En él están, además del amor, los toros y el baile, el oro pálido de los vinos finos y el fogoso caracoleo de los caballos.

¿Cómo iba a quedarse atrás una pasión tan vieja como la caza?