El respeto y las ansias

Mi cuñado Joaquín, con el que cacé mucho de jovencillos, cuando mataba un pájaro siempre hacía la misma breve ceremonia. Lo sostenía por el pico con una mano mientras con la otra componía sus alas y asentaba las plumas del cuello alborotadas por el tiro o la boca del perro. Sólo entonces lo echaba al zurrón. Y no es el único al que he visto hacer eso.

A mí aquello, que curiosamente nunca comenté con él, siempre me pareció una forma de homenaje a la perdiz muerta; una disculpa con el campo por haberle quitado una partícula mínima de su belleza. Y es que Joaquín Fernández de Córdova siempre fue un amante de la Naturaleza apasionado pero sin aspavientos.

Perdiz muerta Mariano Aguayo

Naturalmente, aquello pasaba cuando cazábamos a la mano despacito, gozando de todo cuanto Dios ponía a nuestra disposición para que fuésemos felices con nuestros perros en aquellos afables cazaderos del faldeo de la sierra cordobesa. Por aquellos entrellanos con monte bajo en los que el tiempo tenía una medida distinta. Pero tanto mimo es impensable con los montones de pájaros que se cobran en un ojeo. Entonces todo son prisas, carreras, achuchones y recuentos.

Tengo yo para mí que una condición que dice mucho del cazador es la valoración de la pieza. Y eso sirve tanto para un zorzal como para un venado. Por mucho que se las dé alguien de buen cazador, si deja de rastrear en el campo una res herida, malo. Si deja de buscar un zorzal porque dejará así de tirar tres más, malo. Si antepone matar a cobrar, malo. Algo pasa ahí que no encaja con la naturaleza misma de cazar.

Perdiz flores Mariano Aguayo

El ejercicio de la caza está cambiando tan aprisa que, a veces, no le da a uno tiempo de enterarse de la última novedad. Y todos los inventos se están orientando a matar más como sea. Todo vale con tal de poner tres bichos más en el tiradero porque, entre el comercializar y el competir, se nos ha disparado el ansia.

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La Sierrra en Otoño

BAJO EN FALDON

La otoñada, vaya usted a saber el porqué, produce una cierta melancolía. Y las nubes bajas, la lluvia presente o presentida, el caliente aroma de la tierra mojada, los lejanos lamentos de los venados y el agrisado tono del paisaje lo acercan a uno más y más a la sierra. De Pablo García Baena, el exquisito poeta cordobés alma del Grupo Cántico, son estos versos pertenecientes a su “Fieles guirnaldas fugitivas”:


Por Escalonias y por San Calixto
a las primeras lluvias han crecido
las hierbas y una seña silenciosa
me entregan tuya en verdor y aroma.
Las ciervas ramonean acebuches
y está la brama resonando fiera,
en el fragor del monte su sollozo.
El venado de sombra taciturna
alza la cuerna como un candelabro
que incendiara de celo y oro el bosque,
y el jaro jabalí híspido bate
el hosco ramo prieto de la encina…

Otros poetas han sentido la atracción de la sierra. En el convento de Nuestra Señora de los Ángeles, el corazón de Hornachuelos, situó el Duque de Rivas las jornadas finales, reciamente románticas, de su “Don Álvaro o la fuerza del sino”, obra vertida después a la lírica por Verdi en “La Forza del Destino”. Hoy el viejo convento franciscano aumenta su poder evocador al hallarse abandonado. Y llama a la nostalgia el indudable tinte romántico de su desamparo.

MONTE

Sierra adentro, por El Rincón, por Las Mezquetillas, por Mosqueros y Santa María; por la Loma de Carrizoza, La Baja y Las Altas… rueda la berrea, desde los coronos a las hondonadas, cerro a cerro, hasta perderse por allá abajo donde las apretadas manchas acaban remansándose en la campiña.

Durillo Mariano Aguayo
Se barruntan las ladras venideras por los barrancos y el entrechocar por las veredas los cascos de las caballerías con las reses a cuestas. Y los monteros, sintiendo ya el hormigueo de la brega, se vuelven hacia el armario en el que duermen desde la primavera los zahones, el cuchillo, el capote y los sombreros… Y al armero donde los rifles, con las entrañas vacías, esperan impacientes el calor de las manos de sus dueños.

Madroños Mariano Aguayo

La noche

La terraza de la casa de Torreárboles está apechada sobre la umbría y desde ella se escucha muy bien la noche. En cuanto pardea la tarde, van naciendo, poco a poco, los sonidos. Está el bu-bu-bu-bú continuado del cárabo y el maullido corto del mochuelo. Con las luces apagadas, parece que todo suena más y brillan con más fuerza las estrellas. Yo no las conozco y, en realidad, no es cosa que me importe. Lo que me gusta es verlas ahí, colgadas en lo profundo del cielo. Marte sí, a Marte lo distinguimos por su luz rojiza. Y la Polar, pero esa cae al norte, al otro lado de la casa.

LA NOCHE

Yo creí que este año todo iba a cambiar porque, ahí mismo, están las máquinas removiendo los cerros. Hasta barrenos ponen para hacer la nueva carretera. Pero los bichos siguen en sus encames, tan ternes, aguantándolo todo. Sus comidas son sus comidas y su celo su celo. Además, ¿adónde van a ir que no los molesten? Han aprendido a convivir.

También se oye el guajear de algún juanico. Y el moler piñones los marranos al pie del cerro, bajo los pinos que bordean el regajo. Y desde el otro lado del arroyo de El Helechar llegan apagados los ladridos de los perros que tiene el Sastre en su casilla. Y es que se habrán arrimado los cochinos que, ya con el verano vencido, buscan comida donde sea y se acercan hueseando a las casas.

Con luna

Con todo ya tan rebuscado, cada día tienen que salir antes a sus careos y recogerse después. Por eso se acercan más a la gente en busca de sobras y de la bellota vieja que en los tiempos de abundancia despreciaron. Los perros, desde los ruedos de la casa, les riñen con autoridad pero el hambre da mucho descaro. Debe ser la marrana con primales que encama a la volcada del cerro.

A los cárabos y el mochuelo se ha unido ahora una corneja que echa sus cortos pitidos desde un chaparro cercano. Y, desde muy lejos, le va contestando otra que, a pequeños vuelos, va viniéndose y cada vez se escucha más cerca.

Es el latido nocturno del monte, hirviente de bichejos, alimañas a la busca de descuidos, rapaces de callado vuelo, lejanos perros soliviantados y rumor de cochinos en sus rebuscas. Qué bien suena la sierra. Qué hermosa es, también de noche.

Los gorriones

Gorriones

Mis inicios como cazador fueron muy modestos. En las costillas, malamente manejadas, depositaba todas mis ilusiones venatorias. Y, como pasaba los veranos en la campiña, mi objetivo inmediato eran los gorriones que a mí, tan domésticos ellos, me parecían bastante asequibles. Sí, sí, asequibles. Ni costillas ni liria ni tirachinas ni nada. Es que no había medios. Llevaban desde que el mundo es mundo conviviendo con la gente y sabían de la gente todo lo que de la gente tenían que saber.

Pululaban sobre la era en bandas por encima de las parvas y, cuando los hombres aventaban con sus bielgos, se echaban casi encima de ellos en busca del grano. Pero en cuanto yo iniciaba una maniobra de aproximación con el tirachinas, había espantada general.

Pues, cuanto más difíciles se me ponían, con más afán los buscaba. Era ya una obsesión. Pero nada, que no. Alguno conseguí gracias más a la casualidad que a mi ingenio pero, así en conjunto, tenía absolutamente perdida la batalla. Hasta que un día les gané por la mano.

Ya en septiembre, acabadas las labores en las parvas, la paja estaba almacenada en dos grandes almiares, uno de los cuales tenía ya abierto un extremo para ir gastando. Y, para que las gallinas no pudieran escarbar echando al suelo la paja, habían cubierto el tajo con tela metálica. Pero los gorriones hicieron un boquete en el borde de la tela y, cuando me acerqué, la operación la tuve clara. Con sólo tapar aquella entrada con la mano, allí quedó toda la banda aleteando entre la paja y la red. Cogí cuarenta y tres con gran satisfacción de mis mayores y regruñidos de la cocinera que tuvo que desplumarlos. Ese día, sin saber porqué, perdí toda la ilusión por los gorriones.

niño Mariano Aguayo

Luego vinieron los Reyes Magos con mi primera escopeta de doce milímetros. Y los conejos. Y las escopetas serias, los rifles, las reses… y, con los años, el convencimiento de que la escasez, la dificultad y el esfuerzo, son imprescindibles para gozar de la caza. Claro que yo, a mis siete años, no había leído a Ortega.

Monteros de la Sierra Norte

Eduardo Sotomayor

Eduardo Sotomayor

Estaba yo en agosto cerca de una playa, ya ven qué despropósito, cuando José Flores Sánchez – Dalp me avisó en nombre de su grupo. Querían una conferencia, charla o algo así para calentar motores cara a la apertura de la temporada. Y como José Flores, tan bien enrazado por su padre con las cosas del campo y los toros y por su madre con el fino sevillanismo de los Sánchez – Dalp, es amigo mío acepté encantado. Y allí lo pasamos tan ricamente en un coloquio en el que salieron a relucir todas las cosas que nos preocupan a los monteros andaluces.

No hablamos de los grandes problemas de la caza, que eso lo tenemos ya más que desmenuzado. Hablamos de las pequeñas cosas, de conservar lo más entrañable de nuestras costumbres, del trabuco, de las cencerras, de las colleras, de las sueltas. Y dimos por perdido lo irrecuperable: Las caballerías, las alforjas, el coleto, la montera…

Entre tantas cosas, salió a relucir una vez más el atuendo del montero. Y recordamos aquél divertido artículo de Paco León que tituló “La pinta”, en el que definía al montero español como un señor vestido de alemán tirando de la cadena de un teckel.

Al final, a modo de juego, se me pidió mi opinión sobre las prendas de vestir adecuadas. Y allá fue: Chaqueta de sport o cazadora de ante. Calzonas o pantalón y botas altas o polainas, aun más clásicas éstas. Algún sobretodo impermeable y, siempre, siempre, zahones.

¿Y la corbata? Ay, la corbata. Alguno de mis interlocutores ironizó sobre los excesos en la elegancia y se permitió afirmar que eso de llevar corbata es cosa de estos tiempos porque antes nadie la usaba para montear. Ah, ¿no? Bueno. Pues, para dejar las cosas en su sitio, hoy voy a romper mi costumbre de ilustrar esta página con una acuarela y ahí va una foto sepia del año catapúm. Juan Calvo de León está hecho un chaval. Él y sus amigos forman en un solo grupo la flor y nata de la montería andante de las primeras décadas del siglo. El duque de Medinaceli, los marqueses de Cayo del Rey y de Alventos, el conde de Rivadavia… Ea, pues a ver si mi amigo ve a alguno sin corbata.

Son las cosas de fuera de la temporada. Y es muy alentador que un grupo de monteros jóvenes y cultos sienta inquietud por conservar las mejores esencias de nuestra caza mayor. Ellos pueden ser la reserva espiritual de la sierra Norte de Sevilla. Hasta pronto, en la sierra… y con corbata.

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