Mediada la temporada

Cuando yo era jovencito, llegada esta altura de la temporada siempre había alguno en la tertulia que se dejaba caer con aquello de:

-Lo que no se haya hecho ya para Navidades…

Y era verdad. Quedaban manchones, cosas de cochinos, cachibucheos menores. Y aquella barbaridad de las segundas vueltas. Pero se había monteado casi todo. Y, como todas las cosas, aquello tenía su explicación y era que, al no haber cercas, todos querían montear pronto con la sana intención de cogerle la vez al vecino. Muy de comprender, desde luego.

1979. Torrearboles. En la vieja venta, con un grupo de amigos tras un manchon. Con el venado, Alfonso Fernandez de Cordova y Fernando Aguayo

Un manchón resultado: En “Torreárboles” Alfonso Fernández de Córdova, con Fernando Aguayo con un venado. A derecha: Mariano Aguayo, Pepe Sánchez, mi hijo Mariano, Juan Malo de Molina, Joaquín Fernández de Córdova, Fernanda, mi mujer, Diego Molina. Después a espaldas, Bambi Villegas.

Pero ahora es otra cosa. Que sí, que ya hemos dejado atrás unos cuantos días de los más felices. Hemos echado toda Sierra Alta. Y El Gamir. Y El Albercial. Y esa delicatessen que tiene Luis Delgado escondida por ahí, por tierras de Fuenteobejuna. Y otras muchas manchas de las que tendremos que hablar. Y La Aliseda… Dios mío, que atestón de reses. Y encima, Enrique Albert, que no fuéramos tímidos, que él lo que quería era quitar ciervas. Así que duro con ellas que a mí, contra lo que dice algún que otro exquisito, los lances con las ciervas me entusiasman. Y además, pues eso, que se defiende el monte, que capaces son de dejarlo atoconado como crezca demasiado la población de cervuno. La Aliseda, un fin de semana absolutamente feliz.

Han pasado las Navidades, sí, pero ogaño las cosas son de otra manera, ya digo. Y, tras el pequeño descanso que suele dársele al calendario del monte, encaramos enero y febrero con manchas ilusionantes. Yo no sé a ustedes pero a mí, mientras más monteo, más ganas tengo de volver a coger el rifle, de vivir la vida de esa forma tan especial que es andar por la sierra con los amigos. Y, ya, si uno tiene la suerte de que le entre esa soñada piara de marranos… Conque agradezco mucho que ahora las temporadas se alarguen. Que antes, entre que no se empezaba a montear hasta que corrían los arroyos, que había menos manchas y que se echaban lo antes posible, una temporada se iba en un suspiro.

( “Trofeo”, Feb 2010)

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Navidades

A mí de las Navidades me gusta todo. El turrón de almendra, los mantecados, el anís de Rute, las zambombas, los regalos por Reyes, las pandillas de niños cantando… Hasta los reclamos publicitarios, cuyos mensajes familiares y dulzones estoy dispuesto a creerme a pies juntillas. Todo, ya digo. Porque la Navidad todo lo reviste de nostalgias, de sencillez, y saca a flote lo que nos queda de niños por ahí, por los fondos más secretos de nuestros viejos baúles de recuerdos. Sí, ya sé que más de un sociólogo riguroso condenaría la manipulación a que nos somete la publicidad por esta fechas. Y que a él estas cosas le sientan fatal. Pues que se aguante. Yo me lo paso tan ricamente.

En Córdoba hace frío. Y lo malo es que podemos meternos en esos días de nublados planos y secos tan típicos de Navidades.

navidades

Ahora se nos van a acumular los manchones y las monterías que se han ido retrasando porque no corrían los arroyos. Ahora, que tenemos a los estudiantes sedientos de sierra que compense los muchos días de tragar humo por ahí, por las grandes ciudades. Ahora da gusto echar cualquier pegote en familia, con cuatro chuchos y unas pocas escopetas. Ahora, ahora, con la casa de la finca llena de críos, engalanada con globillos de colores, y el belén bien revestido de lentisco, madroña y romero. Con la gente menuda esperando alrededor de la lumbre la vuelta de los cazadores.

Si hay suerte y llega un cochino al corral trasero de la casa, con todos lo niños alborotando, hay que ver la que se lía. Cualquier lechonato cobra la importancia merecida, y pasa con todo honor al álbum de fotos familiar como si se tratase de un récord de esos que exhiben con petulancia los grandes cazadores.

Y, al final, el colofón: los Reyes Magos, que en casas de cazadores siempre vienen cargados de apechusques camperos. Cartuchos, zurrones, catrecillos… Un cuchillo, algún impermeable. Gorras, bufandas, guantes, pastillas para hacer fuego, botas, balas. Y, en años excepcionales, algún rifle o una mira telescópica pueden caer también para la puesta en marcha de un nuevo montero. Así son los Magos tradicionalmente en mi casa. Y sospecho que en las de los lectores de TROFEO también.

Navidad, Navidad, dulce Navidad.

( “Trofeo”, Madrid, 1999)

Vocabulario general de la Montería Española (I, J)

I

IJARES. (A): En los animales, cavidad entre las costillas y la cadera.

IRSE (-CON LA RES). (MR): Ir apuntando correctamente la pieza, siguiéndola con el cañón antes de dispararle.

J

JABALEO. (A): Haleo, ojeo.

JABALINA. (A): Hembra del jabalí. En las sierras cordobesas se usa este vocablo. Nunca, sin embargo, se emplea el de “jabalí”, que se sustituye por “cochino” o “marrano”.

JABALINERO. (MR): Perro entrenado en la caza del jabalí.

JABARDILLO. (A): Piara de reses o cochinos.

JARDALAZO. (A): Jardazo. Caída estrepitosa, costalazo.

JARETEO. (MR): Movimiento de vaivén que se produce en los pimpollos de las jaras cuando las reses, más bajas que el monte, se desplazan entre él.

JAROCHO/A. (A): Arocho.

JARÓN. (A): Pincho de jara que resulta de troncharse una mata.

JARONAZO. (A): Herida o roto causados por un jarón.

JOPAR. (A): Huir.

JOPAZO. (A): Ballestazo, arrancada brusca hacia atrás de la res a la que hemos cargado el aire o nos ha visto.

JUAGARCINA. (A): Variedad del juargazo.

JUANICO. (A): Zorro. Probablemente por la superstición que rodea a este animal, al que los andaluces procuran no nombrar, se le dan diversos nombres siendo éste el más popular en las sierras cordobesas.

JUANO. (A): Juanico.

JUARGAZO. (A): Jaguarzo.

JUCHEAR. (A): Halear, ojear.

JUEREAR. (A): Fuerear, forear.

JUGAR EL LANCE. (A): Es el conjunto de decisiones a tomar para conseguir tirar la res en condiciones óptimas.

JURISDICCIÓN. (A): Zona próxima al puesto llegando a la cual puede considerarse que las res está a tiro. // (A): Tiradero.

El trabajo de los perreros

Todos hemos oído decir eso de:

– Pero ¿usted ha visto lo mal que han entrado los perros?

Y lo dice uno que, por la ropa y las hechuras, se echa de ver que ha descubierto la montería hace un par de temporadas. Son los perreros, con frecuencia, cabeza de turco de los fracasos.

– Con el agua, los perreros cogían las veredas y los perros no hacían más que sacudirse.

– Claro, es que con este calor los perros se asfixiaban. Es que no valen nada. En tiempos de Guerrita…

– En esas primeras monterías los perros se aspean porque, como no los tienen campeados…

Cuando lo que pasa si no salen reses es algo casi siempre mucho más sencillo. Que no las había. Y, si no, venga, vamos a hacer cuentas. Por ejemplo, aquella memorable montería de Coto Enrique en que, con una cortina de agua que no dejaba ver a veinte metros, se cobraron más de setenta marranos. ¿Iban los perreros por las veredas? Y en tantas y tantas ocasiones.

perros acuarelas Mariano Aguayo

Pero el perrero se siente examinado, valorado su esfuerzo y admirada la calidad de sus perros cuando está con monteros que saben. Al rematarse una mancha el buen aficionada comenta con ellos las incidencias, les felicita por la actuación de sus perros, les da noticia de por dónde se quedó uno blanco remendado que andan buscando. Para montear bien el perrero necesita el afecto, la comprensión y el calor del buen aficionado.

El montear a diario impide a estos hombres tener muchos perros que cacen de largo. Antiguamente se cazaba con mayor sosiego. El perrero se desplazaba en caballería por las veredas y trochas que más pasos le ahorrasen, trasnochaba en los caseríos, y eso le permitía andar buscando perros al día siguiente si era necesario. Pero hoy es casi imprescindible tener todas las colleras cargadas en el furgón al caer la tarde, porque el que se queda es, casi con seguridad, un perro perdido para siempre. Y esto da sus problemas con los cachorros, que pueden alobarse por ahí aullando y con los mejores que, engalgados con una res, sabe Dios adonde han podido trasponer.

Así que no todas las culpas son de los perreros a los que se quiere, a veces con poco conocimiento de causas, responsabilizar de algunos fallos de las rehalas, incluso aceptando como buenos criterios equivocados como el creer, por principio, malo el uso de la caracola cuando el caracolear es imprescindible, sobre todo donde hay mucho cervuno, para llevar los perros por donde uno quiere. Todavía recuerdo yo lo que contaba el perrero, ya retirado, de Indalecio García, uno de los últimos que llevaron coleto y montera, de la montería de Lugar Nuevo, la de Franco.

– Nos dice el guarda mayor: Las caracolas en el zurrón, que no quiero oír ni una hasta que acabe esto. Y me dio coraje, ya ve usted. Conque cogí mis perros y no les eché la caracola pero, chistándoles, chistándoles, los llevé todo el día pegados a los zahones. Lo que es no entender.

Algunas buenas costumbres sí se están perdiendo. Y algo habría que hacer para conservar en todo su vigor el uso del andalucísimo trabuco que, desgraciadamente, algunos perreros van dejando en casa. El trabuco tiene su cometido, además de alegrar los cerros con su ronca voz y sus nubecillas. Habría también que cuidar los atuendos, evitando los horribles monos azules y el vestirse de cualquier manera. Pero, bien mirado, esas cosas más atañen al rehalero, que ese sí que ha perdido el interés por el perro y el gusto por la estética. Con las honrosas y escasas excepciones que todos conocemos.

Duros, sufridos, con una labor pocas veces reconocida, son los perreros los que tiene que llegar con su cuchillo al marrano aculado con los perros, entrarle al que se atranca para soltarle un trabucazo que lo eche a correr. Y coser perros, y llevarlos a cuestas cuando, heridos o agotados, van a quedarse amatongados por ahí.

Cuando los monteros, tras comer sus habichuelas y charlar un rato en la junta de cómo se dio la mancha, paran en una venta de carretera a tomar café exhibiendo su trofeo en la baca del coche, es casi seguro que algún perrero todavía está, ya entre dos luces, en mitad de la mancha, echando la caracola a un perro que le falta mientras la helada va, poco a poco, perlando su montera.

Vocabulario General de la Montería Española (H)

H

HABUCHUELAS. (AU): En Andalucía, judías, alubias.

HALEAR. (A): Ojear, batir el monte para levantar la caza.

HALEO. (A): Acción y efecto de halear. // (A): Cada manchón o ganchito que se echa cuando se está de conejos. // (A): Manchón de reses.

HARPIDO. (A): Grito. // (A): Ladrido.

HARPIR. (A): Latir los perros.

HATEAR. (JMR): Preparar una pieza de montería, muerta, para transportarla; sacarle el bandullo.

HATERO. (VEC): Hombre que cuida de la impedimenta, caballerías y aperos de caza y, a veces, también de la cocina.

HECHÍO. (A): Cagarruteros, rastros o muestras de reses o conejos.

HELADA NEGRA. (A): Aquella en la que no se percibe el blanquear de la escarcha.

HEMBRA. (A): Cierva.

HERMANADOS. (A): Se dice de la collera de venados que cumplen a la par, sin adelantarse uno a otro.

HERRAMIENTA. (A): Cepo.

HIGÜELA (Y). Arma blanca usado por el podenquero en los remates.

HITA: (GV): Candil, punta de la cuerna del venado.

HONDO. (A): Parte más baja entre cerros.

HOPO. (A): Se usa en el sentido de equivaler a una res, aunque éstas no lo tienen. “Allí no había un hopo”.

HORQUILLÓN. (A): Vareto con las varas abiertas en dos puntas.

HUESEAR. (A): Andar el perro rebuscando qué comer. Suele aplicarse también a los cochinos.

HUIDA (DECIR DE-). (A): Ladra del perro que sigue a la res. // (A): (ARMADA DE-). La que cierra la mancha. Suele citarse la finca lindera.

HUMAZO. (A): Husmo muy fuerte que despiden algunos animales.

El último lobo

Salvador vive ahora en un piso igual a los otros del número dieciocho del tercer bloque gris de una avenida con nombre parecido a las demás del Polígono de la Fuensanta. Vaya por Dios. Atrás quedaron los espacios abiertos y los hermosos cielos de su sierra. Pero las cosas son como son y los chiquillos crecieron y hubo que arrimarlos a la escuela. A todo tiene uno que hacerse. Tiene sesenta y siete años y algunos achaques. Aunque todavía maneja bien la escopeta, que lo que se pierde en las facultades puede suplirse con sabiduría.

– Aunque me esté mal el decirlo fui de los mejores. Me enseñó mi padre, que era un aficionado y entendía bien el campo. Era muy bueno con la chilla, con la hoja de chaparro, ya sabe usted. Horas podía estar chillando y le salía muy limpio. De chicos, mi hermano era mejor escopeta que yo que era muy nervioso. Pero después me di cuenta de que había que dejar correr un poco a los bichos y ya les daba. Y, además, es que yo he estado muy usado en eso de tirar.

Su mujer me ha traído una copita de anís. Salvador no bebe y toma el café descafeinado. Qué le vamos a hacer. Los años. Desde un rincón, un viejo búho nos vigila con una perdiz entre las garras. Es un recuerdo de su defensa de los gazapos y pájaros. De cuando guardaba Navalagrulla.

Ojos lobo Mariano Aguayo

Cordobés
– Yo soy de Córdoba. En la calle de Almanzor nací y me bautizaron en la Mezquita. Primero anduve por Trassierra y luego me llevaron a Navalagrulla, de guarda.

– ¿Cómo se explica, Salvador, que se aquerenciase un lobo por aquí tan cerca?

– Porque un granadino tenía arrendados los pastos de Navalagrulla, Las Pitas y La Alcaldía y tenía muchísimas ovejas. Todos los días le quitaba el lobo una o dos al pastor. Y el pastor, que era un hombre que defendía al ganado que parecía que lo había parido una oveja, sufría mucho con aquello. Y una noche le entró en la majada y le mató más de cincuenta. A mí también me quitó un par de cegajas de la misma casa. Con que yo andaba viendo cómo conseguía que el lobo se me pusiese de cien metros para acá. Así que le dije al pastor que arrease la piara sola por el borde del monte, aguas arriba del arroyo, como para la Crin del Caballo, a ver si les metía mano el lobo. Y el tío no quería por defender sus ovejas. Lo que yo le dije. ¿Pues no te las quita todos los días de todas formas?

-¿Y así lo hizo?

– Así lo hizo. Y yo me amagué por delante en el monte. Y vi cómo, conforme venían, pegaron un torniscazo las ovejas, pero no puede ver al bicho hasta que estuvo muy lejos, que lo vi que llevaba un cordero de días. Luego nos percatamos que había degollado, de unsa tabalada que le tiró, una oveja, que se le salía el aire al animalito por un lado del pescuezo.

Me cuenta su estrategia sin demasiada preocupación por describirme el terreno porque me sabe conocedor de la finca, que tantas veces cacé con él. Las ovejas andaban por la parte baja de Navalagrulla, la que linda con La Campiñuela, que está limpia, con tierra calma y olivares.

– Lo que yo quería es que el pastor arrimase al monte la piara, a ver si el lobo se destapaba, como así fue. Después del primer fracaso, llevó el ganado careando por una medio mondilla que yo había hecho para las escopetas y yo iba al loro, al loro del ganado, aplastándome de vez en cuando. De pronto vi que una oveja, vieja no vaya usted a creer, se quedaba quietecita como temblando y daba con las manos porrazos en la tierra como hacen las ciervas cuando desconfían. Y, para que se vea lo tonta que es una oveja, se iba por el monte derecha al lobo. Porque yo me había dado cuenta de que era el lobo, que estaba allí mismo, cerquita de mí, en el jaral. Me puse en pie mirando para donde iba la oveja y me veo al lobo y él a mí. Le tiré al pegar el espetonazo. Si sería rápido el bicho que piqué con él de frente y luego tenía el tiro en el costado.

Los ojos de Salvador, ahora ayudados por gruesos cristales, brillan con el recuerdo.

– Allá que fue para el regajo tronchando jaras. Luego lo vi que quería repechar, pero se costeó y volvió como a desbarrarse para abajo otra vez. Me di cuenta de que iba muerto. Le eché voces al pastor que al tiro se había asomado a un puntalillo por si lo vía salirse. Y no lo vió. Conque cogí sus rastros y allí estaba. Se lo dije al pastor y venía que se mataba arrollando monte. Y ya ve usted lo que esa gente de las ovejas odia al lobo. Cuando lo vió en el suelo muerto se lió a garrotazos que, lo que yo le dije, hombre, que le vas a quitar la vista.

Salvador se ríe como si todavía estuviese viendo al pastor ensañándose con el lobo.

– Luego nos fuimos a Córdoba y paseamos por todas partes el lobo. Los periodistas nos hicieron fotografías y nos seguían los chiquillos. El Sindicato de Ganadería me dio un premio que me arreglaron, de mil pesetas. Y los vecinos de los alrededores me fueron dando propinas, que encabezó Don Ángel Castillo con doscientas pesetas. Pero, para mí, lo más grande, el triunfo, fue haber sido capaz de haberme puesto a tiro del lobo.
Del último lobo que se aquerenció cerca de Córdoba.

Vocabulario General de la Montería Española (G)

G

GABARRONA. (MR). Gabato.

GACHAPERO. (MR): Terreno atascadizo, chortal, lodazal.

GAFADO. (A): Dícese del cochino viejo cuyas amoladeras vuelven sobre la jeta tomando la apariencia de gafas.

GAJORRERA. (A): Estrechamiento del lecho de un arroyo.

GALAYAR. (TA): Zona determinada del cazadero.

GAMITAR. (AC): Gemido de la res al ser atrapada.

GANCHO. (A): Montería reducida, tanto en escopetas y perros como en la extensión del terreno a batir.

GÁNDANO. (MR): Juanico.

GANDULLO. (A): Bandullo.

GAÑAFADA, GAÑAFÓN. (A): Golpe dado con la mano o la zarpa.

GAROTA. (A): Rastra de la cierva.

GARULLO. (A): Árbol de la familia de los quercus parecido al quejigo.

GARUTA. (A): Garota.

GARRANCHAL: (MR): Terreno donde se ha rozado el monte y que queda lleno de garranchos.

GARRAPO. (MR): Cría de jabalí. Rayón, bermejo, cochastre…

GARRONES. (MR): Uñas o pezuñitas que tienen los ciervos y otras especies en los menudillos.// Uña característica de los mastines.

GASTADERO. (A): Huellas que quedan en el suelo tras levantar una res muerta.

GASTÓN o GASTOR. (A): Encina muy corpulenta.

GATERA. (A): Pasillo hecho por las reses en el monte. // (A): Coladero en una cerca.

GATO GARDUÑO. (A): Gato montés.

GINETO. (A): Gineta.

GITANILLO. (MR): Venado arocho.

GOLPEAR. (A): Ladrar.

GRANAZO. (A): Impacto de posta o perdigón.

GRANEAR. Impactar los proyectiles del cartucho de postas.

GRANILLA. (A): Semilla del lentisco y la retama muy tomada de reses y perdices..

GRANILLEAR. (A): Carear las reses donde hay granilla, bellotas o alguna clase de grano.

GRAZNAR (Y). Sonido que emite el cervuno o el corzo frecuentemente, sobre todo cuando se le sorprende sin echarle el aire y, por lo tanto, sin que descubra la índole del intruso.

GRIFÓN. (MR): Perro de pelo grifo, es decir, largo, áspero, ensortijado o enmarañado.

GUAITRE. (A): Vulgarismo muy usado por buitre.

GUAJEAR. (A): Gañido del zorro en celo.

GUANTE. (MR): Cantidad variable de dinero que se cobra por parte del organizador, justo en el momento del sorteo, en concepto de gastos ajenos de la montería.

GUARDAS. (MR): Garrones.

GUARRIDO: (EUC): Gritos del zorro y de la jabalina al ser apresados.

GUARRO. (VEC): Jabalí.// (JMR): Jabalí por antonomasia.
(Nota a pie de página: En la zona de Córdoba jamás se usa)

GUTRE. (A): Vulgarismo muy usado por buitre.