Las ciervas y “El Retamar”

Me duelen los músculos de los muslos de ir por la yerba como los caballos de Peralta. Nos fuimos a El Retamar a coger espárragos y casi no se podía andar. Vaya Primavera. La jara, los matagallos, el brezo, todo brillante, todo en flor. Una fiesta.

El Retamar es un magnífico olivar sitiado por manchas históricas hoy cercadas. El Águila, Los Cerrillares, La Algecira… Y, ahí mismo, las Mezquetillas. El caserío, de mucho porte, fue molino y la casa de labor tiene insinuado en un lienzo de sus muros un arco amplio. Manolo Rodríguez Torres, que en Gloria esté, que investigaba sobre las fincas de Hornachuelos, dice que aquí hubo un convento de monjes basilios.

TROFEO Mayo03 Mariano Aguayo

Muy cerca, casi comidos por zarzales y un viejo higuerón bravío, están los muñones de una casa a la que llamaban de los furtivos. Era un refugio que los propietarios de El Retamar ofrecían a la gente de La Puebla de los Infantes para que parasen allí cuando iban a hacer aguardos al cervuno, es decir, prácticamente todos los días.

Los furtivos eran mirados con buenos ojos, como todo lo que contribuyera a ahuyentar las ciervas. Pero el hambre es el hambre y contra ella fallaban todos los trucos. Se ponían hombres tirando cohetes para cortar el careo de las reses y se encendían candelas. Pero como si nada. Luego inventaron unos cañoncitos de carburo que soltaban intermitentemente salvas a las que se acostumbraban los animales. Y venga a comer.

Mi cuñada Magdalena, dueña de El Retamar, conserva artículos publicados en ABC por su tío Agustín Villarejo, allá por los años treinta, protestando de la peor plaga que tenía que sufrir el olivar: las ciervas. Y fue aquella una guerra que llegó a terminar con viejas amistades, como la que unía al dueño de El Retamar con el de El Águila, Rómulo Romano Gamero-Cívico.

Tenía Rómulo una cierva sopera, la Cirila, a la que había puesto un collarín con una campanita. Y se paseaba por allí tan campante hasta que, un mal día, en El Retamar, en pleno cabreo por los destrozos en los olivos, le soltaron un tirascazo. Y, como en la sierra todo se sabe, allí acabó la amistad entre los linderos.

Son viejas historias pero, oyéndolas, comprende uno que Magdalena se ponga tan nerviosa cuando oye a los puristas anatemizar las cercas. 

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La Caza en el Cante (III)

Otra vieja leyenda cuenta cómo un cazador de Villamanrique de la Condesa, llamado Gregorio (o Goro) Medina, acudió al ladrido insistente de su perro hallando entre matorrales una bella imagen de la Virgen. Se levantó en aquél sitio una ermita a la Virgen de las Rocinas dando origen a la devoción de Nuestra Señora del Rocío. Hoy la del Rocío es una romería universalmente conocida.

De una señora de Villamanrique ya desaparecida, Luciana Bernal Díaz, se han recogido estas antiquísimas sevillanas conservadas por tradición oral:

Rocío Mariano Aguayo

Nuestra Madre

y Señora del Rocío,

allá en La Rocina

se le apareció

a un perrito

que cazando iba

de Goro Medina

que era el tirador.

Y eso es ansina;

que el cazador

se llamaba

Goro Medina.

En Primavera

Por fin Fernanda, mi mujer, ha enganchado al Sastre para que se venga a podar. Yo me había negado a subir hoy a Torreárboles porque tengo que escribir este artículo y enviarlo ya a TROFEO so pena de provocar las iras de nuestro muy amado Dire. Pero, en fin, aquí estoy. Conque me he encerrado en el estudio a ver qué se me ocurre. La cosa no es difícil. Sólo con contar lo que veo por la ventana, ya estaría hecho. Con las últimas aguas la vida asoma alegre en los brotes de los lentiscos, de la cornicabra, del durillo. Cómo está el durillo de bonito cuajado de flor…

En esas estaba cuando llegaron las ovejas. Y no es que ellas molesten, las pobres, que, aparte alguna esquila que suena más bien a cosa bucólica, no dan un ruido. Pero los dos perretes careas que lleva el pastor han soliviantado a nuestros perros. La podenca se ha puesto a reñir con mucho genio y autoridad desde el borde de la era y el mastín la ha acompañado con su bronco jau jau. El buen perrazo, como de día está dentro del corral, no se entera de nada pero ladra por solidaridad con la perrilla.

Amapola Mariano Aguayo

Las ovejas y los dos careas no les hacen ni caso pero, al otro lado de la cañada del arroyo, los perros que tiene el Sastre en su casilla quieren demostrar que ellos también tienen algo que decir. La madre que los parió a todos. Qué guirigay.

Mientras unos y otros dejan claro cual es su terreno, salgo a estirar las piernas y bajo hasta el pie de la umbría porque me ha dicho Fernanda que hay más hechío de marranos que en invierno. Y es verdad. Estos listos se han enterado de lo de la veda. Me arrimo a las ovejas a ver si charlo con el pastor, pero ya han seguido su careo por los bajos de La Balanzona. Tras la piara, el suelo queda como la palma de la mano y a uno se le alivia el miedo al fuego, que ya mismo está aquí el verano y los pastos altos son como la pólvora.

Total, que entre unas cosas y otras se me ha ido el tiempo y no he escrito una palabra de caza. Aunque, con lectores como los de TROFEO, podría yo imitar a aquel cura viejecito al que su obispo obligaba a pronunciar homilías. Se encaraba a los fieles y sólo acertaba a balbucir,

-¿Qué os voy yo a decir que vosotros no sepáis?

El Cante, las Leyendas y las Costumbres

En el cante pone el andaluz todas sus pasiones, sus ilusiones. La madre, los celos, el amor, la vida y la muerte. Y una dedicación ancestral como la caza no se iba a quedar atrás aunque sea en tono menor. Aparece ya en los viejos romances, conservados en un impagable servicio a la cultura por el pueblo gitano. Como el medieval de Bernardo del Carpio, del que nos han llegado dos versiones flamencas orales en dos grandes maestros gitanos del cante: Antonio de Mairena y Manuel de los Santos, Agujetas de Jerez.

Lebreles

Ésta es la versión de Mairena que, aunque sólo alude a la caza en la salida del héroe, merece ser reproducida completa:

Salió Bernardo a cazar

una noche muy oscura

de perritos y lebreles

lleva cercaíta la mula.

Se ha levantao un vientecito

y un agüita muy menúa.

Fue a ampararse en una torre

por no mojarse la pluma.

Dentro de la torre suena

aquél de las fuerzas muchas.

Está cantando un romance

que Bernardo bien escucha.

Dicen que yo tengo un hijo

y que Bernardo se llama,

y to el que me viene a ver

me cuenta de sus hazañas.

Si no las tiés pa tu pare,

mi Dios, ¿para quién las guardas?

Monta Bernardo a caballo

pa el Carpio va que volaba.

– Buen rey, déme usted a mi pare

si mi obra se lo merece,

por el puño de mi espada

y por mi mano prudente.

– Póngase a techo,

que lo mando yo

como si lo mandara el gobernador. (*)

(*) Recogido por Ricardo Molina y citado por Antonio Carrillo.

Noviazgo de Mariano

Mi hijo Mariano se hizo novio con dos venados.

Testigos fueros Pepe Cañete, José Miguel Sánchez, Rafa Cañete, Pablo padre Pablo e hijo, Pedro Martínez Tohux, Martín Muñoz Sagrera, conde de San Remy, Nicomedes (Chico) Sanz, Gregorio de Rábago, Manuel Laguna, Fermín Gallardo, Rosa Martínez, Irene Muñoz Sagrera, Eloy Martínez Sagrera, Luis Fernando González de Canales, José María Cabrera…

Noviazgo Mariano

Mariano Aguayo y Fernández de Córdova moja con vino. Su padre lo pela con el cuchillo

La caracola de Joselón anunció la feliz nueva.

– ¿Qué? ¿Tenemos que pelarlo?
– Digo. Ahí tiene usted dos venados que son suyos. Vamos, que si entra el tercero lo tenemos que indultar.

Cumplida por mí la condena por decidida por el jurado, los perreros soltaron a Mariano, que fue conducido por Fernanda, ahora si en su papel de madre, a mudarse la ropa mojada, ayudados por Maruja, nuestra cariñosa anfitriona.

Noviazgo Mariano

Propina para los perreros

(De notas de “Montear en Córdoba”. 1991)

La Caza en el Cante

La Caza en el Cante. Mariano Aguayo

En la Primavera de 2001 publiqué un artículo sobre letras de cantes flamencos con temas alusivos a la caza en la revista “Trofeo”, de Madrid, y su director, José Ignacio Ñudi, que es calañés, me emplazó para ampliar aquél texto y hacer un reportaje que apareció en la misma revista en Octubre de 2003. Luego, cara a las siguientes navidades, se me ocurrió añadir algunas letras y hacer una edición no venal del texto para felicitar con ella a mis amigos entusiastas de la bibliofilia venatoria. Cuidé muchísimo aquél librito de cuarenta y cinco páginas y yo mismo lo estuché con mimo, poniendo tanto énfasis en el continente como en el contenido. Fueron noventa ejemplares.

Juan Jesús Cillán, mi editor habitual, me alentó para investigar más. Entonces rastreé por los rincones de mi memoria y pedí auxilio a estudiosos como Agustín Gómez, Director de la Cátedra de Flamencología de Córdoba y Rafael Salinas, miembro de la de Jerez de la Frontera. Y a Miguel Ropero Núñez, Catedrático de Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Sevilla y apasionado, como yo, de la investigación del vocabulario popular andaluz. Filtré los textos y el saber de otros ilustres flamencólogos y, sobre todo, puse los espartos en el conocimiento de mis amigos. José Ignacio Ñudi me orientó hacia Juan Ramón Mora y Gonzalo Clavero, calañeses ambos a los que debo preciosas letras. Localicé en Madrid a Manolo Señán Orta, un alosnero apasionado del cante que anduvo por Córdoba allá por los primeros sesenta, y me dejó curiosear sus notas ilustrándome sobre costumbres y gentes de su pueblo. Así me familiaricé con el ambiente en el que anduvieron Manolillo el Acalmao, el Zambomba, Perejil, el importantísimo Duclós y la cuadrilla del Foco.

LA Caza y el Cante. Mariano Aguayo

También me han ayudado muchos aficionados al cante: Manuel Pedrosa, Antonio Vicente Sánchez, Juan Manuel Montijano; el guitarrista de Mazagón Carmelo Picón y su amigo Eulogio Rebollo, de la Peña Flamenca de Huelva; el buen cazador extremeño Ángel García Buzo, el cordobés Diego Varona…

La buena suerte forma parte de nuestro patrimonio y a mí siempre me ha acompañado. A ella tengo que agradecer una de las cosas más queridas con las que cuento en este mundo: mis amigos. Entre ellos y yo hemos hecho este libro.

La Indumentaria

Rafael Guerra, Guerrita, siempre vistió de calle en torero. Chaquetilla corta y calzones de tornillo, camisa con tirilla y chorreras, marsellés para el frío, finas botas enterizas y un hermoso sombrero cordobés. Era la vieja costumbre de la gente de coleta y él la conservó hasta su muerte. Pero los toreros fueron abandonando los usos tradicionales y, sobre todo cuando prosperaban, se pasaban al traje y la corbata. De tal guisa fue a visitar al maestro, ya viejo, un antiguo banderillero suyo, Rafael Rodríguez, Mojino. Y el Guerra, cuando lo vio entrar, no pudo aguantar su sobresalto:

-Jesús, Rafalito, hijo, qué susto me has dado. Creí que habían llamado al médico.

La indumentaria, la pinta, la facha o como la quieran llamar, siempre ha tenido su importancia. Y, entre los monteros, el viejo estilo no provenía precisamente del sumo cuidado en acicalarse. Era algo mucho más sencillo. Se vestía uno con las ropas que ya estaban demasiado ajadas. Llegaba un día en que la madre de familia miraba detenidamente una chaqueta y sentenciaba:

-Esto, para el campo.

EDUARDO SOTOMAYOR

Al traje desechado, a los calzones que ya acusaban las rodilleras, al sombrero deslucido, se añadían unos elementos imprescindibles: los zahones, las botas y el capote o la pelliza. Pero, por lo demás, ropa vieja y nada más que ropa vieja. Claro que eso era en tiempos más sobrios en los que, además, se cazaba con naturalidad, sin aspavientos. Naturalmente siempre hubo dandis que extremaron su búsqueda de la elegancia. Pero eran los menos. En general, se seguían viejas costumbres sin mayores afanes de protagonismo ni, mucho menos, de competición. Se convivía en el monte gozando de una común afición, de una manera sosegada de entender la sierra.

Ahora, la prosperidad que todo lo invade ha llegado a la caza. Y a las armas, a los resultados y sus estadísticas; a la medición de trofeos, a la dura competición. Y, como no podía menos de suceder, al atuendo.

Allá por los años sesenta, descubrimos con entusiasmo la ropa alemana, los sombreros tiroleses y los abrigos loden. Y adoptamos esos calzones de piel que llegan a media pierna y de los que sólo gozamos plenamente cuando están convenientemente pringosos. Después vinieron los barbour, que ya no sirven por que lo bueno es el goretex o como se llame. Gastamos calcetines de esos gordísimos, que nos aprietan los pies dentro de las botas, y nos los amarramos a media pierna con ligas de colores chillones para que se noten bien. Si tienen borlitas, mejor. Como las casas de campo ya no son casas sino palacios, tenemos que cambiarnos las botas por elegantes zapatos de campo para entrar a la comida de la tarde.

¿Qué queda de aquellos modos reciamente celtibéricos? Algunos, por inercia de toda una vida, seguimos apegados a los zahones. Pero pocos. Tan pocos que una asociación de monteros jóvenes de la Sierra Norte de Sevilla, plausiblemente ansiosos por conservar las formas, ha tenido la ocurrencia de exigir a sus miembros el uso de tan clásica prenda.

Señor, Señor. Que haya que exigir llevar zahones en la sierra. Es todo un síntoma.