La Caza en el Cante (VI)

El Alosno, Almonaster, Valverde del Camino, Santa Bárbara de Casas, el Cerro, Cabezas Rubias, Puebla de Guzmán, Calañas… El fandango de Calañas, que contempla asombrado la llegada de los nuevos tiempos,

Calañas ya no es Calañas,

que es un segundo Madrid.

Quién no ha visto por Calañas

pasar el ferrocarril

a las dos de la mañana,

enlaza con un estribillo en el que ya está la caza:

Si te quieres venir

me lo tienes que dar

lo que ganan los perros

cuando van a cazar:

el conejo en el monte,

la liebre en la cañá.

Mano escopeta

Algunos fandangos, como el de Alosno, son de los pocos cantes flamencos que pueden hacerse a coro y en ellos también surge, gracioso y liviano, el estribillo cacero.

Que bonito es el fandango

al amanecer el día

en el silencio del campo

cuando voy de cacería.

Unos tragos de aguardiente

con agua de manantiales.

Ay, si supiera la gente

estos ratos cuanto valen.

Es la convivencia, que está en la médula de la caza y los cazadores. Amaneceres del Andévalo, esa comarca de Huelva, entre la sierra y la campiña, cuna de sus fandangos. Juanito Valderrama justifica así que se cante a la caza:

Los cantes de cacería

les gustan a los señores,

también a los cantaores

porque son con su alegría

de la vida cazaores. (JV)

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Tormentas en la Sierra

La mastina salía a tirarte tenazones a cada relámpago, volvía a buscar refugio entre nosotros y otra vez a enfrentarse, con sus roncos ladridos, a la tormenta. Tana es verdina averdugada, fuerte y tranquila. Pero esto de las tormentas la descompone. Cuando barrunta los truenos se pone muy nerviosa y, ya en plena tormenta, defiendo los ruedos de la casa ladrándole al cielo con autoridad.

A mi la tormenta me llena de reminiscencias de la infancia. Recuerdo el pánico de mi madre y mis hermanas, y las carreras de Pastora, la cocinera, rezando aquello de:

– Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal

Como estaba tan gorda, los vidrios del pasillo retemblaban y con eso y sus gritos lograba igualar en aparato a una tormenta mediana.

Un sentimiento infantil que aún no me ha abandonado es la sensación de desamparo que siento por los animales del monte los días de fuertes tormentas, cuando el agua cae varetuda y los truenos suenan a rasgar. De niño, mi mayor inquietud iba por las perdices. Imaginaba yo que la pluma no era una defensa suficiente. Y por las garotas. Me preocupaba su suerte, ya que para mí el mojarme llevaba añadidos tremendos anuncios maternos de enfermedad. Así que me inventaba toda una serie de problemas para los bichos. Y veía al marrano sobrecogido en su encame por los mismos terrores que angustiaban a las mujeres de mi casa.

TROFEO Agosto04 Mariano Aguayo

A pesar de los furores de Tana, parece que la tormenta descargó más al Norte, como por Las Chamorras. El que haya andado por ahí sí que se habrá acordado de Santa Bárbara.

Mi amigo Nevero dice que para tormentas malas, las peores del mundo, las que llegan a la zona de Carcabuey, su pueblo, desde el Corral de La Veleta, que son unos cerros que hacen cresta de gallo a la salida de Sierra Gallinera. Huuú…, allí caen rayos de todos los colores. Aquello es tan pobre que no cría más que abulagas, romero y plastones, un pasto malo, así como el esparto que lo come el ganado floreando las puntas. Para la escopeta hay conejos, que se refugian en los torcales que forman las chinorreras. Y ése, ya se sabe, es un ganado que como romero y de todo. Pues de esa sierra salen como rodadas las tempestades.

Son éstas de ahora, las tormentas de Santiago, un poco tempranas este año. Tienen una compensación en la belleza del monte a la mañana siguiente, con sus cenicientos verdes oscurecidos como un cuadro recién barnizado y los ricos aromas del pasto mojado. La humedad potencia el olor de la jara hasta hacerlo turbador. Y después del bochorno vendrá otra vez el calor duro, áspero, del entiaje en Sierra Morena.

Ya, cuando las reses salgan de careo al caer la tarde, los machos llevarán de nuevo armadas las cabezas, recuperando el orgullo de su poder y su virilidad. Sacudiendo las matas irán descorreando y coloreándose las cuernas con los tintes prestados del monte de cabeza. Y se definirán los harenes mientras los venado comenzarán a mirarse de reojo, a medirse, antes de plantarse cara por la posesión de las hembras.

Será otra tormenta como ésta, en el arranque del otoño, la que moje el lomo de los machos y ponga en marcha el reventar del celo, haciéndoles olvidar los cuidados necesarios para no caer al alcance las armas del hombre. Entonces sólo quedarán como vigías en los tabardillos de reses las ciervas viejas, atentas a cualquier señal de alarma para envelar las orejas y pegar el espetonazo.

Después de los ardores del celo, los venados se irán de las ciervas, cumplido su deber para con la Naturaleza. Satisfechos y agotados los más fuertes, enrabietados los nuevecillos, que sólo pudieron satisfacer sus apetitos en algún descuido de sus mayores. Y cuando, bien entrado octubre, salte al cielo la primera ladra alegre y corrida de un podenco, habrá sonado para ellos la incierta hora de despegarse de las rehalas y sortear las escopetas. Qué le vamos a hacer. Es su sino.

Presentado el cartel taurino de la Feria de Córdoba 2015

Es un auténtico placer presentaros el cartel taurino de la Feria de Nuestra Señora de la Salud de Córdoba, para este año 2015, descubierto el pasado 21 de abril en un acto celebrado en el Alcázar de los Reyes Cristianos y al que asistió Mariano Aguayo.

Foto: Diario Córdoba

Foto: Diario Córdoba

El cartel es obra de Mariano Aguayo, y la imagen utilizada tiene el objetivo principal de “dar alegría al toro, para que el público se vuelque con la Plaza”. Éste, es un año muy especial ya que se conmemora el 50 aniversario de la Plaza de Toros de Córdoba y por ello, se trata de una obra que se ha vivido con especial ilusión.

Aquí os dejamos el cartel taurino de la Feria de Nuestra Señora de la Salud 2015. Esperamos que os guste.

cartel Feria Córdoba 2015

 

El guarda poeta y otros menesteres

¿Pues no resulta ahora que ve uno las escopetas y los rifles en le armero como si fueran abanicos filipinos? Es como si nunca los hubiéramos usado. El otro día curioseaba un amigo en mi casa mi viejo cuchillo, una reliquia del diecinueve que yo tengo la osadía de usar. Pues parecía el arma dormida, extraña en mis manos. Cuando antes de irme a la cama, en vísperas de montería, dejo todos los apechusques agrupados junto a la puerta de la casa en un orden rutinario para no olvidar nada, el cuchillo, que asoma su empuñadura por un lado de las alforjas, parece algo vivo. Es como si vibrara un poco. Como si se relatiera. Pero eso es en tiempos de reses y ladras. Ahora esta tan frío como los rifles y las escopetas.

En primavera pasó lo de siempre. Se esperan los manchones para descarte de marranos, pero cuando llega la hora y le avisan a uno para los pegotes, ya se anda más bien desganado. Y es que no es natural. Con casi todas las cochinas paridas o a bocaparir no está bien. Son preferibles los acechos. Ahí siempre ves lo que haces. Y, ni vedas ni nada, un verraco siempre es un verraco. Y un aguardo da sus emociones.

Me contó mi amigo Salvador, que andaba por Trassierra de guarda, su aventura con un marrano al que le andaba viendo el echío por Matalagartos y la Loma de las Cruces. Con que decidió hacerle una espera en la baña de El Alcornocal, dentro de La Jarosa. Aquello es lo más bonito de los alrededores de Córdoba. Tiene un monte de rojo que llega a las bajeras de los alcornoques.

– Estaban aquellos rodales muy umbríos y había una buena solada de bellotas nacidas, que es lo que andaba buscando el marrano. Iba yo a ponerme que ni rozaba el suelo y, sabe usted lo que es la costumbre, llevándolo todo para adelante con la vista como revendedor de yesca. Oí al cochino al tiempo que el cochino a mí, porque se paró. Pero como yo tenía bueno el aire, no se orientó y sentí su corrida casi derecha a mí, un poco sosquino. Se pasó cruzando por una vereda que era el canuto de una caña. Ahí le eché un tiro de postas y lo agarré. Se quedó por allí, que yo lo oía arrollar, y aproveché para cargar. Lo sentí venirse enmontado y le tiré otra vez al abaleo, pero no le di. Y se me vino derecho. Lo esperé y le solté un tiraco ya tan cerca que le saqué de los sesos hasta el taco y las tapillas.

Como los tiros son tan chivatos, dejé la escopeta en una mata y me fui despacito para la casa. Y a los diez minutos de camino, la pareja que adónde se va. Eran amigos, pero si les digo lo que había pasado, me hacen volver al cochino para curiosearlo y me cuesta medio lomo. Conque les dije que venía a buscar la cagada del lagarto, que es muy buena para la vista. Nos reímos y con Dios muy buenas. Trassierra es chico, somos pocos y nos llevamos bien.

cochino flor Mariano Aguayo

ANTOÑUELO, el guarda de toda la vida de Zahurdillas, es poeta. Ha puesto en verso todos los acontecimientos de aquella zona. Y aunque el poema completo necesitaría muchas notas aclaratorias para los no cordobeses, merece la pena reproducir algunas de estas ingenuas estrofas. Por ejemplo, cuando alude aun rifle calibre 22 con mira teléscopica:

Por no escuchar el consejo

que a mí mi abuelo me daba

por eso me ha pasado

lo que yo nunca esperaba.

Con fama de liebrón viejo

discutía con nosotros

y también con un conejo:

Los coches van sin ruido

las ruedas con alpargatas

con ese maldito rifle

os ven detrás de las matas.

El sábado estaba yo

tan tranquilo en la cañada

y sentí un tiro muy chico

y el silbido de una bala.

 

O cuando se mete a hacer una cierta crítica de las grandes manchas:

Llegamos a Fuente la Virgen.

Estilo Napoleón.

Fantasías por todas partes

eso que lo he visto yo.

En fin, que queda bastante claro que la vocación por las letras también puede nacer entre los chaparros. Y, leído todo el poema, hay que agradecer a Antoñuelo la relación de todos los guardas y personajes de esa zona que, burla burlando, quedan reflejados con sus cualidades más destacadas. Claro que no todo son rosas en su oficio, como se deduce del final:

Porque a nosotros las leyes

muy poco nos favorecen.

Si los guardas no mejoran

en la sartén a tos nos meten.

La Caza en el Cante (V)

La caza, que hoy conocemos en su aspecto más amable, fue siempre para el pueblo una forma de sustento, en ocasiones fundamental para su supervivencia. Dice una letra de soleares:

 

En el pueblecito

que comé no encuentro

y me salgo por esos campitos

a buscá alimento. (JBG)

 

Caza y cante Mariano Aguayo

Ya sea como diversión o como necesidad, los perros, la escopeta, las liebres, las perdices tienen presencia en las letras de diversos cantes. En las soleares aparecen los lances de caza como referencias a situaciones amorosas. Asoma también la caza a las rondeñas, incluso a alguna cantiña de Cádiz. Pero, desde luego, es el fandango el que mejor ha cobijado los diversos sentimientos del cazador. Y, sin duda, donde culmina la más feliz fusión de cante y caza es en los aires de Huelva.

 

Cuando te canto un fandango

valiente o de cacería,

de amores y contrabando,

siento como sentiría

to el Andévalo cantando.

 

El Cambio

Alfonso de Urquijo lo llamó el tornillazo. El tornizcazo, hubiésemos dicho por aquí. Fue el vuelco que el tiempo impone a todas las cosas. La pérdida del viejo estilo montero, de una forma de ver el campo, de unas maneras ya olvidadas. Lo que el viento se llevó.

Resulta patético cómo jóvenes que han oído campanas, que han leído a Muñoz-Cobo o a Morales Prieto, sienten la casi dolorosa necesidad de recuperar los viejos modos. Y recientemente he escuchado a alguno que desearía crear una especie de reglamentación que impusiese normas para la montería actual: Definiciones, reglas de actuación, precisiones sobre la composición de las rehalas y la personalidad de sus dueños… Y yo, aún reconociendo la innegable buena voluntad de la iniciativa, creo que no van por ahí los tiros.

El Cambio

1915. Mi tío Juan de Dios Porras Aguayo, gran montero y dueño de rehala cordobés

Hace cincuenta años se aprendía a montear escuchando a nuestros mayores, tomando experiencia en la sierra y recibiendo enérgicas correcciones si nos salíamos de madre. Teníamos como modelos a los monteros viejos. Y, en el campo, no existía ninguna norma escrita aunque todos supiéramos lo que teníamos que hacer.

Quien echaba perros, buscaba un buen perrero y cuidaba los encastes. Y, sin más normas que la intuición, conseguía a la vuelta de unos años un estilo propio y la deseada eficacia. Si los perros andaban te llamaban más y si eran malos te olvidaban. Y nadie entraba en mayores averiguaciones.

No sé qué resultado daría normalizar las rehalas, legislar sobre los lances y la propiedad de los trofeos, reprimir abusos en el campo… Quizá se consiguiese detener el declive de esta querida montería española tan maltratada por unos y por otros. Pudiera ser. Pero lo seguro es que nada puede sustituir el ambiente creado por la caballerosidad de todos, por el estilo aprendido en familia, por la buena educación. Redactando reglas íbamos a reprimir desafueros pero la montería iba a perder su encanto.

(“TROFEO”, Madrid 2007)

La Caza en el Cante (IV)

En las casas de vecindad sevillanas, llamadas corrales, se han celebrado, desde tiempo inmemorial, fiestas para celebrar la Cruz de Mayo, algún acontecimiento familiar o un día señalado. De ahí un viejo estilo de sevillanas: las corraleras. Carlos Saura tuvo el acierto de incluir en su película “Sevillanas” las de un coro de gente mayor de Lebrija que revitalizó éstas, recuperadas de los viejos tiempos:

GALGO

 

Dijo la liebre,

dijo la liebre.

Dijo la liebre

al saltar

el arroyo,

riapitá mira,

dijo la liebre

al saltar

el arroyo

bayibe, hue.

 

Dijo la liebre

ayudarme,

patita

riapita mira,

que el galgo viene

ayudarme

patita

bayibe, hue.

 

Y dijo el galgo

ayudarme,

patita

riapita mira,

que me la cargo

ayudarme

patita

bayibe, hue.