La Caza en el Cante (X)

O expresar el despecho y el mal concepto en que se tiene a la mujer:

Una escopeta en que yo

tenía mi confianza

pegué un tiro y me falló.

¡Qué será las que son falsas!

De mujeres hablo yo.

Fue mi última cacería

y nunca la he olvidado.

En ella maté un venado

y a la mujer que quería

por haberme traicionado.(JV)

 Mano escopeta Mariano AguayoSoleás

Por soleares se usa al perro para reprochar:

Si el querer que puse en ti

lo fuera puesto en mi perro

se viniera etrás de mí.

Antonio el Sevillano, que fue quizá el mejor ejemplo de creador de fandangos de los llamados personales, hacía éste en el que alardea de una conquista:

Como soy buen cazaor,

el lunes por la mañana

bajo mi fuego cayó

la gitana más gitana

que vive en Montemayor.

 Y este fandango es del gran Paco Toronjo:

El cazaor sale al campo

cuando va de cacería

y las mocitas al pueblo

por si cazan algún día

al pájaro de sus sueños. (PT)

 

 

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Pilar Urquijo

Tenía muchos, muchísimos años y era pequeñita. Y frágil y encantadora. Pilar Urquijo fue constante compañera de monterías de su esposo, Alonso Álvarez de Toledo, Marqués de Villanueva de Valdueza. Y, tras la muerte de éste, siguió monteando hasta bien pasados los ochenta años, es decir, mientras pudo.

Comenzó Pilar Urquijo su andadura por la caza mayor en una época en que no era fácil para una señora encontrar sitio entre hombres en el recio mundo de la montería. Pero ella, que tenía una resistencia grande en su cuerpo pequeño, se adaptaba a todo. Y tiraba con un express que, supongo, la haría girar a cada disparo con su retroceso.

Marquesa de Villanueva de Valdueza Mariano Aguayo

Siempre gozó del viejo aroma de la montería. Se hizo novia en “La Toledana”, la finca del Infante don Alfonso de Borbón. Nada menos que en casa de la infanta Alicia, quizá la única gran montera que queda de la misma generación. Y, desde entonces, estuvo en el centro de la montería española conociendo de cerca la componente fundamental de esta hermosa dedicación: el perro. Porque en su casa se formó una de las rehalas más justamente famosas de España, esos valduezas creados por su esposo y recreados día a día por su hijo Alonso, el actual marqués. Un encaste bello y poderoso que ha sentado las bases de tantas rehalas castellanas.

Un mérito indirecto de Pilar Urquijo fue la entrada en la afición de su hermano Alfonso, que después dejó tanto testimonio escrito de sus andanzas y opiniones.

Ahora, en estos tiempos en que la montería y su ambiente sería casi irreconocible para ella, nos ha dejado Pilar Urquijo. Se ha ido tan serenamente como vivió, en este Febrero de hielos y nieves que ella no tendría porqué extrañar, habituada a las umbrías, los fríos y los vientos de todas las sierras. Y con ella desaparece uno de los últimos testigos de la época dorada de la montería española.

La Caza en el Cante (IX)

Y empezamos con unas soleares de cuatro versos:

Cuando la zorra sale

llena de polvo

es señal q’ha dormío

con ella el zorro.

Con el galgo Mariano Aguayo

Pero las referencias de caza también incluyen el desamor como es el caso de estas soleares llenas de desprecio:

Esa mujer que allí viene

déjala pasar de largo,

que es una liebre corría

mordía por muchos galgos.

Por fandangos también puede mancharse la honra:

A esa niña que ha pasao

la comparo con la liebre:

el galgo la corretea,

si no la pilla la muerde

y si no la manosea.

 

Del cagarrache al conejo

He buscado alguna vez en lo hondo de mi memoria sin acabar de ver claro cuáles fueron mis primeros pasos de cazador. Pero en casi todas mis añoranzas de la infancia está presente el verano. Recuerdo un intento de conseguir gorriones echándoles grano debajo de un ladrillo en equilibrio que debían, o eso creía yo, matarlos cuando rozasen el palito que lo sostenía. Pero los gorriones llevaban demasiados siglos conviviendo con los hombres para dejarse embaucar por un cagoncillo como yo. Se comían el trigo sin mayores contratiempos y si, por casualidad, rozaban el palo esquivaban graciosamente la losa y en paz. A alguien escucharía yo explicar cómo se armaban los espartos y aprendí el laborioso camino de buscar por las cunetas los alcauciles de los cardos para conseguir ajunje. Lo tenían en unas gotillas secas debajo de las pencas y, calentándolo en una lata junto con pez rubia, se conseguía la liria. Pero los espartos, tanto si los ponía en un aguadero como en las ramas guías de los frutales, no me depararon mayores éxitos. Indudablemente mis escasísimos años dejaban suelto algún cabo en todos aquellos trastoleteos. Con que acabé con las costillas, cebándolas con unas gusanas que tenían los tallos secos de los cardocucos. Sin embargo, y a pesar de mi tesón por apoderarme como fuera de aquellos huidizos cagarraches, ni las tifitas, ni las cuajadas, ni muchísimo menos los gorriones mostraban el menos interés por caer en mis manos pecadoras.

Conejo Mariano Aguayo

Pensando andaba yo que algo más habría que aprender para que mis trabajos diesen algún lucimiento cuando reparé en que, en el corte de un almiar que había al borde una duna era, toda una bandada de gorriones retozaba alegremente. Había docenas. Para defender la paja de la curiosidad de las gallinas, que continuamente registraban en busca de granos, habían los caseros colocado una tela metálica y allí, por un boquete que se ingeniaron, se había metido para escarbujear. Así que taponé el coladero y fue cosa de coser y cantar ir pasando a un jauloncillo toda aquella gente menuda.

No sabría ahora explicar la causa por la que, desde aquel momento, perdí todo interés por la caza de pajaritos. Supongo que fue la facilidad con que conseguí tantos lo que me hizo desistir de aquellas frustradas persecuciones con las trampas. Porque no creo que el sentir en mi puño el golpeteo de sus corazones asustados me moviese a compasión. Por aquel entonces, tenía yo la despiadada crueldad de cualquier niño.

Hasta entonces no había ni siquiera pensado en echarme una escopeta a la cara. Para mí las armas de fuego eran algo impresionante, pero lejano y sagrado. Veía cómo mi padre las limpiaba, pero nunca se me permitió tocarlas. Fue al arrinconar mi ilusión por las trampas cuando volví mis ojos de incipiente cazador hacia las negras y brillantes escopetas. Y todavía hoy me emociono al recordar cuando agarré la primera, que me pusieron los Reyes Magos cuando aún creía en ellos a pies juntillas. Cuántos cerros habré repechado yo desde entonces tras los pájaros, cuántos madrugones, cuánto manto de agua a las espaldas. Pero cuántos recuerdos, cuántos amigos, cuántas satisfacciones me ha dado el campo. Yo he sido un cazador de por aquí. Con algunas, pocas, caladas a las provincias vecinas, he cazado siempre en Córdoba. Y ya, al cabo de tantos años, me pasa que, vaya a donde vaya, siempre conozco gente y me siento como en mi casa.

Decía Pepín Molina, que en gloria esté, que la primera cacería que se abandona cuando van pasando los años es la del conejo, pero no me han ido a mí las cosas por ese derrotero. Yo fui dejando lo que era puro ejercicio de puntería, como el ojeo de perdices o las tiradas de zorzales al paso. Después fue un arrechuchillo que me dieron las coronarias el que me aconsejó olvidar la caza en mano. Y como a mí lo que verdaderamente siempre me apasionó fue el cochino, pues en la montería me quedé. Y voy a lo de Pepín Molina. Como me gustan tanto los podencos, echar manchoncitos con seis u ocho perretes y otras tantas escopetas es uno de los mejores ratos que puede darme la sierra. Los conejos repretándose antes de saltar a los clarillos, los botes de los podencos alrededor de las madroñas, las discusiones para ponerse de acuerdo sobre qué pegote se va a echar y los lances sorprendentes de esta caza la convierten en una montería chiquita, breve y deliciosa. Es ejercicio de verano que los rehaleros aprovechan para campear los perros y que no se les aspeen en la primera suelta del otoño. Y , como todo lo veraniego, parece más intrascendente, se toma más a la ligera, se pierden más horas en charlas desde las frescas alboreadas hasta que el sol calienta y la orilla no deja seguir. Con que, al aguardo de, ya en octubre, poder tener un cochino de cien pasos para acá, aprovecho cuantas ocasiones se me ponen a mano para salir de conejos. Me parece a mí que éste fue mi único desacuerdo con Pepín, aquel gran rehalero nieto del Guerra, que siempre decía las cosas con mucho conocimiento y muy puestas en razón.

La Caza en el Cante (VIII)

El cante expresar el despecho y el mal concepto en que se tiene a la mujer:

 Una escopeta en que yo

tenía mi confianza

pegué un tiro y me falló.

¡Qué será las que son falsas!

De mujeres hablo yo.

Fue mi última cacería

y nunca la he olvidado.

En ella maté un venado

y a la mujer que quería

por haberme traicionado.(JV)

 Por soleares se usa al perro para reprochar:

 Si el querer que puse en ti

lo fuera puesto en mi perro

se viniera etrás de mí.

Conejo Mariano Aguayo

Antonio el Sevillano, que fue quizá el mejor ejemplo de creador de fandangos de los llamados personales, hacía éste en el que alardea de una conquista:

Como soy buen cazaor,

el lunes por la mañana

bajo mi fuego cayó

la gitana más gitana

que vive en Montemayor.

Y este fandango es del gran Paco Toronjo:

El cazaor sale al campo

cuando va de cacería

y las mocitas al pueblo

por si cazan algún día

al pájaro de sus sueños. (PT)

Parece que el autor de esta letra, un cordobés amante de la sierra, el perro y la escopeta, anda satisfecho por la vida:

Tengo una jaca colina

emparejá con dos galgas,

una novia en La Carlota

y otra novia en La Luisiana.

Virgen del Valle ecijana:

si las novias fueran liebres

ninguna se me escapaba. (CVC)

Preciosa esta cantiña de Cádiz:

Una paloma caía

al tiro de un cazador

que cuando la recogió

él mismo se horrorizó

porque bajo el ala

vio que tenía una esquela chiquita

que así decía:

A mi Consuelo

dadle el último beso

porque me muero. (AE)

Teckel

Hace unos años, monteando Majadas Verdes, herí un cochino grande. Acababa yo de llegar a mi puesto, de pulpitillo sobre el arroyo de Juana la Mala, y no había hecho más que cargar el rifle. Y andaba en el trastoleteo típico de colocar bien los achacales cuando un chapuzón en el arroyo, que llevaba mucha agua, me puso a cazar. Vi al marrano repechar enmontado por el testero de enfrente, que estaba muy sucio, y como pude le eché una bala en muy malas condiciones. Luego oí tirar arroyo arriba.

Teckels II Mariano Aguayo

Como vi que lo había agarrado y que era muy bueno, crucé el arroyo y cogí la sangre. Conocía bien el terreno, así que asomé al puesto de al lado y le eché voces:

-¿Dónde has tirado por primera vez?

– Aquí delante, pero se ha ido. Yo creo que traía un tiro en el brazuelo.

– Bueno, pues aquí te dejo señalada la sangre. Cuando acabe esto lo rastrearemos.

Cuando remataron los perros me llegó por la vereda un amigo, muy buen aficionado, que traía un teckel.

– ¿Qué has herido un marrano? Vamos a poner a éste en los rastros, verás cómo lo cobra. Es cachorrillo, pero dicen que éstos tienen muy buena nariz.

A mí que el perrete viniera por la vereda tirando de su amo ya me dio mala espina. Pero cuando echó la nariz al aire, como pensando, cuando lo puse en el rastro ya frío me mosqueó aún más. Lo llevé hasta la primera sangre. Olisqueó y salió muy decidido para donde le dio la gana.

– No, hombre, no. Tráetelo para acá. Mira: huesos y más sangre.

No es que yo sea un indio en esto de pistear, pero me defiendo bastante bien, porque tengo mucha costumbre. Así que nueva puesta en rastro y nuevo camino equivocado. Conque trayendo yo al perro a la sangre cada vez que la dejaba, que era cada diez pasos, llegamos al gastadero, donde los arrieros habían cargado ya el marrano. Lo habían sujetado los perros bastante lejos de mi tiro. El dueño del teckel andaba algo enfollinado por la decepcionante actuación de su cachorro.

Teckels Mariano Aguayo

Alguna vez he dicho, y lo repito, que los perros, los pobres, nunca tienen la culpa de nada. Y especialmente el teckel ha sida un perro con mala suerte. Sin más motivo quizá que el ser un perro con pinta elegante, fue adoptado hace unos años por la clase pudiente monteadora creyendo que podría hacer milagros en los tiros mal colocados. Y como esa clase tiene una rara habilidad para partirle las patas a los venados, pues mire usted qué bien eso de tener quien le cobre a uno lo incobrable. Pero en lugar de educar a estos excelentes rastreadores, tratando de aprovechar sus indudables cualidades, los tenían como perros falderos y aparecían con ellos las señoras en las Juntas multitudinarias de las monterías, sin mejores resultados que el que todo el mundo diese pisotones a los pobres teckel en los barullos del sorteo.

No es éste el lugar ni yo la persona adecuada a para explicar cómo debe educarse un perro de sangre. Pero sí conviene saber que, aunque la raza ya pone dentro de un perro todos los instintos que lo harán aprovechable para la caza, hay una labor paciente, sabia y constante que realizar hasta obtener buenos resultados. Después ya podrá gozarse con el trabajo de un perro de sangre que, desde luego, tiene la obligación de dar con las reses mejor que uno.

La Caza y el Amor

Si hay algo que no se le puede negar al pueblo andaluz es la fantasía. Y las imágenes surgidas de la caza y sus lances, sirven de apoyo para expresiones amatorias de una extraordinaria riqueza. Unas soleares:

Como pajarillo nuevo

que vuela en el retamar

tú me cogiste con liria

en la primera volá.

 Ruiseñor Mariano Aguayo

Y vamos por fandangos:

Con mi galga la verdina

y mi yegua entrepelá

me salgo a la serranía

y no hay quien disfrute más

pensando en ti, vida mía. (PM)

 

Yo me levanté una noche

a hacer el puesto del alba

y al tropezarme contigo

hice ya el puesto en tu casa. (CVC)

Voy con mi perra lucera

de ronda por los caminos.

Yo no le temo al destino

sabiendo que tú me esperas

rezando junto al molino. (AG)

 

Si yo fuera cazador

y tuviera una escopeta

cazaría una perdiz

de las que gastan peineta. (EL)

 

Dama de mucha hermosura

cazando me encontré un día.

Su boca se me ofrecía

como la fruta madura

y cambié de cacería. (JV)

 

Una tórtola cruzó

y no la quise tirar

porque el tórtolo arrulló

haciéndome recordar

cuando mi novia murió.

 

En el campo tengo yo

una escopeta mojosa

y una perdiz de reclamo.

Sólo me falta una cosa:

ser de tu cariño el amo.

 

La liebre va por el llano

y no la alcanzan los tiros.

Y yo me llevo la palma;

la maté con dos suspiros

que me salieron del alma.

 

Cuando el reclamo cantaba

un perdigón se acercó:

Yo en el puesto recordaba

cuando hablábamos los dos

por la noche en tu ventana.