Perros, perreros y guías

Antonio Sanz asomó al barranco y echó voces.

– Tú. El de la solana. Párate, hombre, no pases el arroyo y sigue para la carretera, que te estás dejando ahí una rehoya muy buena.

El otro no lo oía y más voces.

– Faliiiiii… Dile a ése que siga para abajo, hombre, para la carretera. Y tú, el de la cañada, resúbete un poco para la umbría, que ahí es donde puede haber un cochino. No, no por el arroyo. Para arriba. Eso es. Sigue por ahí, que vas bien.

Era como dirigir una orquesta de ladridos, voces y caracolas. A mí, que se monteara bien la umbría me venía de perlas porque estaba puesto en la huida necesaria de la hoya de Torreárboles a los barrancones de Valdegrillos.

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Pues todavía estaban los perreros en la falda de aquél fortísimo apretal, cuando se puso a dar de parada un perrete canela a mis mismos pies. Señalaba al marrano en una cornicabra que sobresalía entre aquél monte tan trabado de madroñas, carrascas y lentiscas. Y jau-jau, jau-jau, y el cochino haciéndole cara y aguantando. Fueron llegando perros y, por fin, se arremolinó el monte y, con un tronchadero que parecía que se llevaba por delante las matas, se arrancó el bicho.

Pero me dejó con el molde. Porque, en vez de subir como hacen siempre que corren a su amor, se desbarró para el arroyo, tapado, sin que yo lo viese ni un segundo. Pasó la cañada, repechó ya muy lejos, y el puesto que había en las piedras altas le echó un tiro al cruzar el espinazo de piedra que hay por allí. Siguió el marrano su corrida con un colón de perros a sus alcances y se perdió, ahora sí, hacia los altos.

A mis espaldas, se escuchaba el vocear de Julio Sojo guiando las rehalas por los barrancos de Valdegrillos. Y, por la armada de La Higuera, por Los Naranjos, no dejaban de tirar. Decía Julio

– Sí, señor, así se mata. Qué calzones más bien cortados te ha puesto El Buitre, Rafael.

Yo no tiré. Pero me di por satisfecho con ver cómo Antonio Sanz bordaba la mancha y con la faena del perrete. Fue uno de esos días en los que uno conoce a fondo la finca, la gente y los perros. Y en los que los propios organizadores guían las rehalas. Eso es montear de artesanía.

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La Caza en el Cante (XIV)

El cochino puede producir un sentimiento agridulce pues, aunque el cazador desea matarlo, veces hay en que sale a relucir su admiración por él. Esto debe ser producto de tanto seguir en el monte a este desconfiado personaje; de observar sus costumbres; de ver el comportamiento de las marranas con rastra; de observar cómo los lechones apuntan los mismos modos y mañas que los marranos viejos para escurrirse de nuestras acechanzas. Yo he llegado a la conclusión de que, los que llevamos muchos años monteando, acabamos tomando cariño a los cochinos. Es algo difícil de explicar pero fácil de entender para un montero viejo. Un observador imparcial diría enseguida: Entonces ¿cómo los seguís matando?. Ea, las cosas.

TORCAZ Mariano Aguayo

Cómo me vino a romper

esa cochina en mi piedra,

tan gallarda y postinera

que no la quise tirar

y la dejé que se fuera.

Aunque, la verdad, la letra de este fandango parece más bien poco realista. Para mí que al cantaor-montero la cochina se le fue y llegó a la junta contando esa milonga de que no había querido tirarla. En este fandango de Lucena también se expresa amor por la pieza:

A una paloma torcaz

un ala le partí yo.

No voy más de cacería

de la pena que me dio

verla en el suelo jería.

Y es que, a veces, los genes que albergan la caza quedan a un lado. Otros fandangos:

Una paloma bebía

en la fuente de mi huerto

tan bonita y tan coqueta

que me olvidé que tenía

en mis manos la escopeta.

 

No tires al pato real

que va malamente herío.

esforzándose en volar

yendo en busca de su nío

donde su pareja está.

 

Se escucha al viento rugir

en la soledad del monte

y en el nido la perdiz

lo contenta que se pone

cuando ve al macho venir.

Las primeras sueltas sin “El Hereje”

Por fin, para La Fuensanta, rompió a llover. Primero fueron las tormentas, agrias y duras, con los relámpagos cegadores y los truenos sonando a rasgar. La tierra empolvada no sujetaba el agua, que iba derecha a los arroyos arrastrando broza y charabasca y haciendo más daño que bien. Pero luego empezó el agüita mansa, de temporal, a empapar poquito a poco la tierra en una otoñada temprana. Y uno, que hasta hace poco ni recordaba casi tenía un rifle engrasado en el armero, comenzó a sentir, por algún sitio hondo de los apetitos, ese resquemor que todos los años lo hace ponerse a mirar al cielo barruntando el agua, deseándola o dando a Dios gracias por ella. Y todo con el pensamiento puesto en el suelo, tan bronco y reseco para los perros tras el estiaje. Y en las yerbas, y en la bellota del año. Los cielos, las reses, las bañas. La sierra otra vez. Las migas y el aguardiente, la charla en las juntas, los trasnoches. Recomenzar esa forma distinta de vivir que es andar por la sierra de montería con los amigos.

Pero para los que vivimos muy cerca estas cosas nunca son iguales los arranques de temporada. Y más por lo que falta que por lo que sobra. Un perrero que se retira, el viejo montero que desaparece y que será recordado en el rezo, la finca que ardió y que tardara en reponerse. Y este año tendrá para mi una nueva tristeza porque entre el batiburrillo de lomos blancos y canelas de la rehala de Velasco no va a estar El Hereje. Cuando Antoñuelo, El Orejitas, entre en la perrera con la brazada de colleras y cencerras, El Hereje no va a andar saltando y relamiéndose entre los demás. Ya cuando remató la temporada andaba escacharraíllo. Una postema en un oído lo traía flaco y despendejado. Es que, como tenía las orejas bailonas, se las recortaron de chiquitillo y cogería agua y palillos del monte. Respondía mal a la voz y andaba tristoncete. Clara que alegre nunca fue, con el pelo sedeño cayéndole sobre los ojos, que casi tapados le quedaban, esos ojillos claros siempre implorantes de no se sabe qué cariños. Con la alzada pero recalcado del pecho, con las manos como un león y la bronca dicha que recordaba a algún pariente mastín, El Hereje era un perro arrogante pero dulce y tranquilo.

Velasco3 Mariano Aguayo

Alguna vez he dicho, y Luis de Diego lo recuerda con gusto, que los perros de rehala no son perros para ser acariciados,. Es distinta la relación dueño-perro faldero, relación que a veces pasa a un plano de amistad casi humanizada. Y no digamos nada del entendimiento casi diabólico que el perro demuestra con su cazador. Pero el podenco es otra cosa. Mientras un pachón caza para su amo, dentro de las normas que éste le establece, y le brinda cariñoso y sumiso la faena, el libérrimo y alocado podenco caza para él mismo sin pensar en darle cuentas a nadie. O, quien sabe, a lo mejor le brinda sus ladras y agarres al mismísimo Dios.

Porque olvidé decir, aunque algún amigo puede que lo haya adivinado, el El Hereje era un podenco campanero. Yo lo conocí la primera vez que fu a las perreras de Velasco, junto al río , a trabajar con sus perros. A mí, sobre todo, me gusta pintar podencos blancos y sedeños por ser los que más riqueza de matices ofrecen. Y lo mío con El Hereje fue amor a primera vista. Este perrazo encantador estáen muchos, muchos, cuadros míos.

Me lo dijo Antoñuelo, que hacía cola para cobrar en la Caja de Ahorros.

– Tenía ganas de verlo, aunque bien sé yo que le voy a dar un disgusto. ¿Sabe usted que se ha muerto El Hereje?

– Vaya por Dios, hombre, vaya por Dios. Y ¿qué ha pasado? Porque muy viejo no era.

– No, señor. Muy viejo no, pero ya iba un poco delanterillo. Siete años tenía. Ha sido por la postema. Antes de curársele se le presentó otro mal. Se insultó como un tabardillo o así Y, en pocos días, alcachofa.

Nunca podré saber si El Hereje intuyó mi cariño. Más de una vez me entró monteando y se paró a mirarme moviendo la cola entre indiferente y respetuoso. Me recordaría de las perreras con ese registro casi mágico que los perros tienen en el olfato. O, vaya usted a saber, esperaría mi descuido para trincar algo de lo que todos los perros saben que hay aprovechable en los puestos. Y, aunque no llegase a ser recíproca, es comprensible mi alegría al ver aparecer a un personaje tan precisamente conocido por mí, desde las orejas a la caída y sedeña punta del rabo. Cuando escuchaba en una mancha echar a Antoñuelo la caracola y oía venir hacia mi por la vereda, tintineando las cencerrilas, su rehala me daba alegría ver a El Hereje en su salsa, acollarado con El Mono o El Artillero, con la manzanilla del hocico arañada por los jaronazos, con el pelo apelmazado por el agua, con sangre en la boca y en algún refilonazo dejado por la navaja de un cochino.

Ahora me da pena haber dudado, como dudé, de la eficacia de tan bello ejemplar de atravesado. Porque más de una y de dos veces lo vi demasiado cerca de los zahones del Orejitas. Y fue otro perrero, ya retirado, Joselón, que conocía muy bien a El Hereje, quien me sacó de dudas y puso a recocer mi conciencia de aficionado por tan temerario juicio. José está retirado Los años, el no tener permiso de conducir y las circunstancias lo tienen a caballo entre los albañiles y el paro. Pero nadie puede quitarle su sabiduría en lo que al monte y los perros toca. Tomábamos café en uno de nuestros no raros encuentros.

– No, señor, no tiene usted razón. Ese era un perro valiente y que servía de verdad. Si que cazaba cerca de su perrero, pero al primer jay de parada ya lo tenía usted encima del marrano. Y en llegando El Hereje no había verraco que se moviera más. Le echaba mano de los huevos y los sujetaba. O tenía el bicho que recularse en una lentisca y en menos que se dice ya estaba encima toda la rehala. El Hereje era un buen perro, si señor.

Pero la temporada que viene no va a estar. Ya se que las almas de los perros no pueden esperar un más allá . Pero, dentro de lo posible, yo he hecho por El Hereje algo de lo que pocos perros pueden disfrutar. He dejado memoria de su paso por esta dura y querida sierra cordobesa. Su imagen hosca y tierna está en Mezquetillas y en Los Lázaros, está en casa de Ignacio Ugartechea, allá por Eibar, en el título de montero de un nieto de Juan García Liñán, en poder de buenos aficionados a la montería. Quedó en muchas ilustraciones de mis artículos en TROFEO y en un último cuadro que conservo y del que ya no me desharé jamás. Con todas estas presencias he creado para El Hereje una especie de gloria particular. Y así, aunque esta temporada no puede ya soltarle El Orejitas, va a quedar, por ahí, flotando para siempre en la retina de los amantes de los perros bellos, buenos y valientes.

La Caza en el Cante (XIII)

Pero el sentido del humor empieza por mirar hacia adentro. Juanito Valderrama, además de lo que representó en una larga época de la llamada ópera flamenca, fue una persona encantadora. Y, aunque no cazó quizá debido a lo absorbente de su oficio, conoció el mundo de la caza. Yo tuve ocasión de charlar con él en la junta de una montería cordobesa, “Las Mesas”, a la que había acudido acompañando a un amigo. Miren estos fandangos suyos en los que el cazador vuelve la guasa hacia sí mismo.

ladrando Mariano Aguayo

Embustero como yo

el mundo no conocía

pero en una montería

un mudo me desbancó.

Por señas, cómo mentía. (JV)

 

De boca de cazaor

este no es cuento falsario.

Tuve un perro extraordinario

que cazando era un primor:

me leía hasta el diario. (JV)

 

Me reí cazando en Lora

de aquél cazaor tartaja.

Me dijo ríete ahora

y me sacó la navaja.

Me echó de España en dos horas.(JV)

 

Otro cazaor tartaja

yo recuerdo en mala hora.

Era hermano del de Lora

pero a bruto le aventaja.

Sacó una ametrallaora. (JV)

 

Caza y miente a fecha fija

mi suegro que es de Aragón.

Mintiendo es el campeón:

Que me ha casao con su hija

que es más fiera que un león. (JV)

 

Salí a cazar con un bizco

y me dio muy mala espina.

Se encaró la carabina

si no le pego un pellizco,

por mi mare, me asesina. (JV)

 

Y cerramos el capítulo con son de Alosno:

En mi casa, mi mujer;

cuando salimos, los niños;

en la oficina, mi jefe.

La escopeta los domingos,

la única que me obedece

El cochino de “El Helechar”

Dijo Nevero:

– Habría que darle primero a la umbría y luego ya al manchón de aquí, de la alcubilla del agua. Pero ya mismo, que llevamos una otoñada muy templada y cualquier día cae una helada negra y se nos muda el marrano. Porque frío tiene que hacer, que al frío no se lo como el lobo.

Y sí que llevábamos una otoñada buena. Ya por Navidades llegaban al pecho los garbanzuelos, y los matagallos tenían las hojas gordas y peludas. Demasiado bueno el tiempo, porque había chaparros en flor y una pelona podría dejarnos sin bellota. Pero Nevero dice que que, de todas formas:

– La salud ya la llevan en el tronco.

Como todos los años, en cuanto los niños tienen vacaciones vivimos en Torreárboles por Navidad. Y como siempre, andamos bicheando a ver si damos con los encamos de los cochinos. El otro día volvieron Fernando y Mariano de dar un paseo por la parte alta y:

– La baña colorada está tomadísima. Y es un marrano grande.

– A ver si es una cochina.

– Que no, que no se ven rastros de lechones, y en los rascaderas hay colmilladas. Un bicharraco.

ESCUDÍO Mariano Aguayo

Y subí con ellos. Antes de llegar a la baña fui mirando si en el corte del carril que parte la finca por arriba, hacia Campobajo, se veían resbalones. Y nada. Eso era bueno, porque el marrano que acudía a la baña se quedaba por abajo, en lo nuestro. La baña, de barro casi anaranjado, daba gloria verla. Allí se había embarrado a gusto un buen bicho. Y manchaba en el monte para abajo, sin la menor duda. Con que nos reunimos a deliberar. Después del fuego, en la finca habían quedado manchoncillos sueltos en los que encamaban los cochinos cuando les daba por ahí. Y, por como tenía el bañadero y sus alrededores, este marrano tenía que estar entre el arroyo de “El Helechar”, la carretera y un cretellar de piedras que sólo tenía dos pasos, a los que tendría que ajustarse si le daba por correr arriba buscando huida a Valdegrillos o Campobajo. Así las cosas, yo pensé que tendría que encamar en una reollita que hacía la solana con unos espesinales de jara muy aparentes. Dijo Mariano:

– Yo creo que tiene que estar en lo espeso de la solana, por debajo de la piedra donde siempre se pone mamá.

Fernanda también estuvo en eso. Y como es lo que pensaba:

– Mañana le damos al manchoncillo con sus perros, Francisco. Yo voy a intentar coger, subiéndome a las lascas de piedras de “El Helechar”, los pechos de esa parte. La señora se va a su piedra y mi hijo Fernando a la de abajo del raspil, a la que tiene las covatillas con zorreras viejas. Mariano entrará con usted. Y a ver si lo sujetamos. Arriba, por si coge las querencias de la baña, ponemos a mi sobrino Joaquín.

De los rascaderas de la baña se habían traído los niños cerdas fuertes, negras, acabadas en seis o siete pelos. Nevero estaba entusiasmado. Cada pelo en el que abre la cerda, un año del cochino. Y nada de canas, que eso es de cruzado. Arocho tenía que ser, bien negro y escurrido en los cuartos traseros. Vamos, que no nos faltaba más que palparlo, tan conocido lo teníamos ya la noche de la víspera, charlando ante la chimenea bien atiborrada de leña de encina.

Francisco tiene siete u ocho chuchos, todos mil leches, de los que sale rodeado muy ufano, pero de los que sólo sirven dos, un Bigotes pelibasto y recalcado, con buena facha, y la Mori, en la que predomina un poco la sangre de podenca, medio tarabita. Los demás son comparsas. Alguno se asoma a las piedras a curiosear y, como mucho, acude a alguna ladra. Pero cazar, cazar, poco.

De todas maneras, lo que esperábamos que hiciesen Mariano y Nevero era irse derechos con los perros a donde creíamos que estaba la cama.

Subimos en coche las escopetas a la parte alta, mientras Mariano, Francisco y su yerno Baldomero esperaban en la casa con los perros hasta que estuviésemos colocados. Dejé a Joaquín en la baña para que él se moviese según su entender y los otros dos se fueron al crestellón. Yo empecé a caer por el arroyo resubiéndome un poco para estudiar el testero de enfrente, hasta que vi donde tenía que estar el ajuste. El ladero tenía monte para que el marrano se sintiese arropado, pero no tanto como para que no se pudiese matar. Por arriba, en el viso, apretaba la jara, ya hacia el puesto de Fernanda.

Escuché venir monteando a Nevero y los otros, y, en seguida, un arrollón fuerte en el jaral, lejos, pero inconfundible. Se movía el monte, pero no podía tirar, ni aun al abaleo, por miedo a dar un susto a los otros, yendo el cochino como iba por el mismísimo raspil. Bueno, pues estaría para Fernanda este marrano. A los dos o tres minutos oí dos tiros suyos y tres más del trescientos de Fernando. Se me alegró el corazón. Por esta vez se la habíamos jugado al listorro del bicho.

Llegué a la casa por el arroyo antes que el Land Rover, en el que venían todos. En el coche, Fernando traía un brazo fuera con dos dedos en uve de victoria. Me asomé a la trasera a verle la boca al marrano. Pero allí no había más que un juanico. Un viejo juanico canoso de hermoso rabo.

– ¿Y el cochino?

-¿Qué cochino? Allí no salió más que éste. Lo tiró mamá de culo y le rompió una pata. Y yo le he dado un tiro en las paletas. Lo hemos tirado muy lejos, pero ése ya no come más conejos.

– Pero bueno, ¿no habéis visto al cochino?

– Hemos visto la cama. Y estaba fresca.

Y tan fresca que estaría. Como tantas veces pasa, nosotros lo habíamos hecho bien, y el cochino mucho mejor. Por algo llegan a viejos.

Letras festivas

El humor de por aquí abajo, ligero y fino, no tiene nada que ver con el del andaluz pelmazo que, en cuanto sale de su tierra, se siente obligado a ser chistoso. Es en la guasa tranquila y sin aviesas intenciones, en las comparaciones divertidas para poner en evidencia a los demás sin herirlos, en la suave ironía donde se manifiesta el mejor humor de los andaluces. Este fandango del Alosno encierra la queja y el plante del novio despreciado:

Si tu madre no me quiere

es porque no tengo carrera.

Tengo yo en mi casa un galgo,

manda por él cuando quieras,

que yo pa correr no valgo.

Guitarra Mariano Aguayo

Fandangos encadenados con son de Calañas:

Mientras tenga la escopeta

aunque no tenga dinero

mientras tenga la escopeta

yo me voy de cacería

con el zurrón y la perra

pa darte a ti la comía.

Macho: No me mires e, e,

que me pierdo o, o,

porque tu mare nos mira

y yo ya no me contengo;

espérame en la cocina

que yo entraré por el huerto

en cuantito se nos duerma

porque está muerta de sueño;

Macho: No me mires e, e,

que me pierdo o, o. (AF)

Paparruchas

Son los típicos tópicos monteros, esas frases que se salen solitas de la boca cuando, por ejemplo, se nos va un marrano:

-Llegó zorreado y, cuando lo vi, iba escupido, arrancando piedras en el cortadero.

Hombre, claro. No iba a llegar armando garata para luego pasar por lo limpio a paso de maniobra y con un banderín en el rabo.

Cochinos.TROFEO. Mariano Aguayo

-Me entró por el testero de enfrente pero pegando torniscazos.

Sí, señor. Como debe ser. Y tú, de los nervios.

-Lo dejé para tirarlo pasado el arroyo y no lo volví a ver.

¿Pero todavía no te has enterado de que si un cochino te da una oportunidad debes aprovecharla siempre?

-Sólo lo entreví porque se pasó justo por el rabote de monte.

No hizo más que cumplir con su obligación. Y tu queja pone de manifiesto un desconocimiento palmario de las costumbres de estos animalitos.

-Lo revolqué…

De revolcones fallidos estamos ya mismamente hasta los que riman. Otra historia son las armas y sus culpas:

No le pude echar más que un tiro.

Bueno. Pues si templas y se lo colocas en los encuentros, ni pía. Luego están los semiautomáticos.

-Fue una pena. Se me encasquilló el rifle…

Sería al segundo tiro, digo yo.

-Tenía descolocada la mira…

Pues hay que espabilar. Si, con lo que cuesta ponerse a tiro de una res no has cuidado el arma, andas torpeando, que diría un buen amigo mío sevillano.

-He pinchado dos venados.

Y lo dicen como si, en parte, quedase probada su buena puntería. Vaya por Dios. Aparte lo desagradable del neologismo montero, herir sin cobrar es “ensuciar el campo”, como dice mi consuegro Jorge Martínez. Además, ¿qué hace este tío en la junta tomándose una cerveza en lugar de estar rastreando esos venados?

Podemos acabar de estropear el día diciendo al volver del campo aquello de he matado un vedadete. O un venadillo. O un venaducho. Un venado es un venado con seis puntas y con dieciséis. Y merece todo el respeto, entre otras consideraciones, porque para el corazón de un buen montero lo hermoso es el lance. Lo demás es accesorio.

En fin, no me hagan mucho caso, que uno con los años se vuelve puntilloso. Además, mañana no voy poder quejarme. Voy por ahí, por Villaviciosa a casa de Joaquín Yllescas, a montear con gente a la que no le voy a escuchar ni una sola de las frases que he escrito en cursiva. Amén.