La Vanidad

 

Creo que todos los cazadores estamos de acuerdo en que la vanidad es una de las causas más potentes que nos empujan al campo. Todavía está rompiendo una perdiz en el aire cuando ya estamos pensando cómo le vamos a contar a los amigos la faena de nuestro perro. Queremos ser los mejores con el pelo y con la pluma, con los perdigones y la bala. Con nuestro perro, formamos una collera magnífica, insuperable. Todos los cantes consignados en este apartado son fandangos. Del Alosno es éste que retrata al cazador satisfecho, un poco chuleta y algo fantasma, pero encantado de sí mismo.

Ayer,

con mi perro y mi escopeta,

ocho pájaros maté.

Y no maté la docena

porque me empezó a llover.

¡Ay, si la tarde está buena!

Perdiz Mariano Aguayo

Esta es una buena receta de campo, que aprovecha la afición al cante de las perdices:

Un fandango le canté

a una banda de perdices.

Tanto las emocioné

que cayeron más de quince

del tiro que le pegué. (ER)

Como todos los que andamos en esto sabemos, cuando una liebre se arranca da siempre unos saltos descompuestos y, enseguida, endereza su corrida. Entonces, sin precipitaciones, se mata con facilidad.

 Y tras la liebre najaba

mi podenco dio un jipío.

Al pronto yo me hice un lío

pero después la apuntaba

matándola con sentío.

   (najar: correr apretando la pieza)

 

Con mi escopeta del doce

y un poco de voluntad

pieza que quiero consigo.

Por muerta se puede dar

la liebre que yo persigo.

El cazador, generalmente, exagera los resultados de su afición. De ahí, las comparaciones de este fandango popular:

No hay cazaor que no mienta

ni escopeta que no falle

ni rayo si no hay tormenta

ni avaro que no avasalle

si no le sale su cuenta.

 Uno mismo, siempre el mejor:

Después de la liebre ida

todo se vuelven refranes.

Si llego yo a está’n la puerta,

la liebre no sale al valle.

D’un tiro la dejo muerta.

 

Señores, yo soy del Cerro,

rociero y cazador.

Con mi escopeta y mi perro

yo me siento superior.

 

Cuando voy de cacería

con la munición del tres,

la liebre que a mí me sale

ésa no tiene cuartel

aunque el guarda esté delante.

 

Salió muerta de mi mano

Aquella cabra montesa.

Vaya tiro soberano

El mayor que hice en la presa

Con mi rifle americano. (JV)

 

Cómo corría aquella liebre

delante de mi Diana

y yo le paré los pies.

Dio tres vueltas de campana

del tiro que le pegué.

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Entre niebla anda el cochino

Pues si que estoy yo aviado. Siempre resulta cierto eso de que cuando el año está de leches hasta los chivos la dan. Pero también al revés. Temporadas he tenido en las que fuera a donde fuera y me pusieran donde me pusieran, siempre mataba un cochino por lo menos. Pues este año, que si quieres arroz, Catalina. No consigo matar. Es que ni en El Alta Alta, que ya está bien. No, no vayan a pensar ustedes que he pagado la barbaridad que hay que pagar por un puesto. Es que sus dueños, una de las monterías la dan para sus amigos y yo tengo la suerte de encontrarme entre ellos. Y se dio sin cupos. O sin más cupo que el autoimpuesto por la discreción de cada uno. Y lo que se echó estaba sopado de reses. Un monterión pudo resultar si no llega a ser por que la niebla dejó sin tirar a la mitad de los puestos. Ea, pues allí estaba yo como un idiota en medio de un espeso ambiente lechosos sin distinguir ni los perfiles de los alcornoques más próximos.

3.MAR.1988 Mariano Aguayo

Eso si, la tortura del oído que, gracias a Dios, lo tengo muy fino. Por mi izquierda, tras aquel telón blanco, se dejó sentir el harpir de un perrete y, en seguida, escuché el chac-chac-chac suavito del portantillo de un cochino que habría tomado delantera porque apenas tronchaba el monte. Luego sentí otras ladras más corridas, más calientes, con esa dicha del podenco que casi parece una queja. Las ciervas. A ver si entraban porque de esas sí que había un cupo de dos. Rechinaba yo los dientes al pensar que un venado de catorce puntas, de esos buenos del Alta, podía estar faldeándose en mis narices, a cien metros del puesto. De un puesto del que yo iba a irme sin conocerlo porque no alcanzaba a ver más que mis botas.

Cuando sentí que los perros remataban por detrás de mí y hube aguantado buen rato más, comencé a recoger mis achacales. Y fue entonces, mientras arreciaban los truenos y culebrillas de uno de los peores días de campo que yo he conocido, cuando alzó la niebla y pude ver qué puesto tan bonito me había dado Jorge. Estaba en un puntal con unos pechetes muy sucios de jara, pero a los que se dominaba muy bien. Ahí tendría que haberse tirado a gusto un cochino, arropado por el monte pero descubierto para la escopeta. Por la derecha estaba más limpio y, a lo lejos, los tetones de monte con alcornoques se perdían hasta los raspiles del horizonte. Lo miré con pena, cogí mis trastes y, despacito, me volví para el coche escogiendo con cuidado el camino.

La Caza en el Cante (XVIII)

Más fandangos de cazadores contentos:

Tengo dos galgos verdinos,

tengo una jaca alazana,

tengo una novia morena,

a tener nadie me gana. (CVC)

Yo no me voy de mi tierra

porque no me da la gana;

yo soy feliz en la sierra

viviendo con mi serrana,

con mi escopeta y mi perra.

El canto de la perdiz.

el perfume de la sierra

el ganao en la sementera.

Es lo que me gusta a mí

al llegar la Primavera. (EC)

Con mis mulos yo labraba

las tierras del encinar,

con mi perrillo cazaba

y en la fuente “La Majá”

bebía y me refrescaba.

CAZADORES Mariano Aguayo

¿Y lo bien que lo pasaba el de aquél fandango que cita el marqués de Laula en sus “Rimas de caza”? Debía ser sevillano y andar por tierras de La Puebla o Doñana:

A la marisma me voy

a cazar el pato real,

tirar tiritos al aire

y ver mi perro nadar. (CM)

Casi nada, el tío. Seguro que, después, se tumbó panza arriba a ver pasar las nubes. Hay esta otra versión:

Me gusta i’ a la marisma

a tira’ al pato real.

Me gusta que caiga al agua

pa ver mi perro nada’

y en la boca me lo traiga.

 

Y seguimos por fandangos en la marisma en esa astuta forma de caza que es acercarse a las piezas llevando del cabestro una caballería:

 

Yo fui a cabestrear

con el astuto “Patero”.

No fui como cazador

fui curioso a ver aquello. (ACB)

 

Una emigración forzada da pie a este cante en el que se añora la tierra que hubo que abandonar:

 

Por tierras desconocidas

pasas fatiga’ y sudores;

la tierra donde has nacío

pa’ cotos de cazadores. (FB-PO)

Esta es una serrana:

 

El que quiera madroños

vaya a la sierra

que se están desgajando

las madroñeras. (SF)

Y una cabal muy cordobesa:

 

Cualquier día d´estos  

me voy pa El Vacar

a cazar perdices, conejos y liebres,

y comerme un pan. (MB)

 

En mi casa y con mi gente

Me llegó, cortadero abajo, Antoñuelo el Orejitas, el perrero de Velasco. Y que qué había hecho.

– Un marrano me ha cogido la vez. Cuando lo he visto por allí arriba, casi en el viso, ya estaba en mitad del cortadero. Con el ruido del agua y el aire que hace, las orejas no sirven para nada. Le he echado una baja al taparse en el monte.

– ¡Qué mala leche tienen! ¿Y era bueno?

– Si que era buenecito. Pero yo creo que se ha quedado, porque he oído tirar un par de veces después, y los tiros han sido, seguro, en su corrida. Ya veremos. Bañado de colorado venía.

Antoñuelo se puso a acollarar perros, sus hermosos podencos campaneros recalcados, sedeños y blanquísimos. Cuando estuvieron todos, dijo su ayudante con una collera en la mano:

– Aquí faltan dos perros.

Iban las dos rehalas, y los perros se removían mezclándose.

– Yo estoy en que no falta ninguno. Pero vamos a ver. La Marquesa

– Está.

– Curro.

– Está.

– El Hereje.

– Está.

ricardo Mariano Aguayo

Y así siguió la letanía, que Antoñuelo sabe de memoria, y que es la nómina nunca escrita de las dos rehalas de Velasco. El Mono está. Y La Ligera y El Hereje.Y al final:

– ¡Hoé, que estás afartuscado! Aquí están todos los perros. Lo que pasa es que has echado al zurrón una collera de más. Vámonos para abajo.

Entretanto, yo había metido el rifle en su funda y puesto la presilla al catrecillo. Y Antoñuelo, a su ayudante:

– Llévale el rifle a don Mariano.

Con que, aliviado de un peso, me fui con ellos para las furgonetas hablando de perros. Antoñuelo cree conmigo que los campaneros alguna sangre llevan de mastín, aunque hayan perdido los garrones. Si no, no saldrían algunos cachos con las orejas blandas.

Estábamos cerca de las furgonetas. A mí, Juan Cerrillo, que había organizado la echada, me cambió este puesto que había quedado vacío por el que saqué en sorteo. De recula, lo pasé tan ricamente viendo la suelta bastante cerca. Cortaba el faldeo de la mancha y tenía bastantes posibilidades de tirar, como así había sucedido.

En lo de Juan Isidro estábamos, allá por Bélmez. Así que desde el dueño de la finca a los perreros, guías y postores, todos me eran familiares. Pasé un día feliz, porque a mí ya, y cada día más, me pasa como a los cochinos, aunque esté fea la comparación. A ellos les cuesta dejar el arrimo del monte. Se sienten abrigados con el roce de la jara en los costillares. No salen a los limpios más que apretados por los perros. Y aún eso, haciendo la paradilla previa, como apurando lo posible seguir en su natural acomodo. Pues igual, ya ven ustedes. Se conoce que de tantos años de ir tras ellos algo he cogido de sus maneras. Yo soy un cazador cateto. En cuanto me sacan de mi pueblo y mis costumbres me quedo como un perro perdido. Quizá me hubiese gustado andar por ahí, como muchos amigos míos buenos monteros, detrás de los rebecos, machos y arruis, que ocasiones no me han faltado. Lo que pasa es que, en cuando pierdo el roce de las charnecas y madroñas de mi sierra en los zahones no me hallo.

Juanito Cabrera, me había puesto mi armada, me confirmó que mi cochino lo había sujetado Paco Fernández, con que me fui a donde estaban juntando las reses. Y sí que era bueno de cuerpo, pero nuevecillo, con unas defensas que apenas le asomaban. Lo sentí por el matador, pero, la verdad, quedó algo apaciguado el cabreo de habérseme ido a mí.

De vuelta a Córdoba me traje a Pepe Sánchez Cabrera y fuimos repasando los recuerdos y las posibilidades de todas las manchas que se ven desde la carretera, aprovechando yo su saber de más de sesenta años de monte. Paramos en Torreárboles a saludar a Nevero. Bajándonos del coche, entraba él con la jaula cogida a la espalda con los garabatos y cubierta con la sayuela. La escopeta, en un saquete tan viejo que los cañones sacaban un palmo por la punta. Le hablé de unas fundas de loneta de esa de los toldos de los carros que tenía Varona muy baratas en su armería y que estaban muy bien.

– Mire usted, que no. Que yo no bajo a Córdoba. Fui cuando me operaron del estómago, pero ya estoy bueno. Me cuido, eso sí. Un cafelito con el aguardiente dulce. Y luego, a media mañana según vaya la orilla, me hago un bocadillo de jamón y me lo aprieto, bien apretado, con una cerveza. Y mientras yo vaya bien, baja a Córdoba mi yerno Baldomero, que es más nuevo. A mi no me prueba el frío que corre por aquellas umbrías de las calles. Y aluego las gentes, que están más corridas que las liebres de La Atalaya.

Total, que a Nevero también le cuesta salir de su encamadero. A él, a los cochinos y a mí nos pasa como a aquella vieja que, preparándose a bien morir, le decía al cura que le pintaba lo bien que lo iba a pasar en el Paraíso:

– Desengáñese usted, padre, que como en su casa de una.

La Caza en el Cante (XVII)

Más ejemplos de felicidad serrana:

 

Para llenarme de campo

me gusta ir de cacería.

Voy con la mente perdía

mientras escucho el reclamo

de las perdices bravías.

 

Cuando comienzan las lluvias

y reverdece la sierra

en el monte yo me pierdo

con mi escopeta y mi perro

y el amigo que más quiero.

 

Como al cuervo la colina

me gusta el campo, señores,

como al cuco las encinas,

como al jabalí la noche,

como al fuego la resina.

 

Los trompetazos del alba

al día están despertando

y en la ladera del río

los perdigones cantando

cuando se espereza el frío.

 

PÁJARO Mariano Aguayo

Otra letra llena de amor por la sierra es ésta de fandango de Alosno:

Quiero vivir en el Picote

por que me gusta el oír

por la mañana temprano

el canto de la perdiz

en lo alto del Romerano.

O esta otra versión:

Quiero vivir en la sierra,

porque me gusta el oír,

el canto de la perdiz

que, celosa, pide guerra. (JCL)

 

Y esta serrana que canta la otoñada:

Ya llegó la berrea,

retumba el campo.

Por culpa de las jembras

pelean los machos.

Réquiem por unas tradiciones

El día de agua hacía que, de vez en vez, se parasen los perros a sacudirse. Las cencerras pirripirri-rín lo anunciaban. En el monte todos estaban calados. Caía varetuda.

El mastín iba solo por la veredilla. Su cencerra sonicheaba en el silencio del monte, entre la jara, clín-clín, clirirín, clín. Pero de pronto se paró el suave soniquete. Algo le había cargado el aire al perrazo. La cama del marrano. Y en seguida jau…jau… dando de parada, lento pero con obstinación, decidido. De allí no iba a moverse mientras le hiciera cara el verraco.

Dos cachorros sedeños, ligeros, de esos que ya van cazando, pero un poco alocados, se asomaron a unas piedras y acudieron a la llamada del viejo. Furiosos ladraban sin decidirse a morder al marrano que, sabedor de su poder, se encaraba con los tres. Entonces el perrero, que iba por el raspil, calentó el trabuco que estaba chorreando. Tres mixtos quemó. Le echó el cuerno de la pólvora y sujetando el arma bajo el brazo izquierdo soltó un zampoñazo que hizo temblar las bellotas. Y el marrano se desbarró, con los perros a sus alcances, hasta los puestos del regajo.

ac llamando Mariano Aguayo

Perreros de Córdoba. Ginés Faldetas, Rafalillo El Travieso, Manolillo Espinacas, Joselón, Pepillo, Serranillo, El Cristiano, El Rubio, Antoñuelo El Orejitas, y qué sé yo cuántos más buenos conocedores de su oficio que sabían para lo que servía el trabuco.

Yo presentí el paso definitivo al olvido de este poderos auxiliar del perrero cuando, hace algunos años, dueños de coto, amantes de lo clásico tuvieron que exigirlo.

– Dile a tu perrero que si viene sin trabuco no suelta.

Son ganas de prolongar las agonías. Porque al perrero al que se obliga a llevar trabuco habría que explicarle para qué sirve. Todos hemos visto asomar alguno a un corono y soltar un par de zambombazos que, por supuesto, no sirven para nada. Y, si no, no hay más que ver cómo las ciervas siguen amagadas en su lentisca, aunque estén a cincuenta pasos de donde se anda trabuqueando.

El trabuco es utilísimo cuando los perros lían un marrano que se resiste a arrancar. Con él se defiende al perro, al echar a correr al valiente que le hace cara. Con él se enardece la rehala cuando se forma una ladra corrida. Y el marrano atrancado con los perros, por instinto, siente al escuchar el trabuco que el hombre está de parte del enemigo.

Pero, poco a poco, en la montería andaluza nos estamos quedando sin nada. Entre las cercas, el trofeísmo y las prisas, cuando acordemos, nos vamos a reducir, exclusivamente, a matar. Y en esto de la caza, como en el amor, es muy importante el antes y el después. Los oficios se están reduciendo a la eficacia. Ya las caballerías no bajan a los arroyos. Se sacan las reses echándoles un cable del que tira un tractor. Se ponen las armadas por pistas forestales bien conservadas, cerrando en un santiamén las manchas. Con lo que eso mata.

Y claro, los perreros van al parejo. Hasta se inventaron unas pistolas de avancarga que sustituían al trabuco haciendo un ruidito parecido para no llevar tanto peso por el monte. Vaya por Dios. Y han sustituido la montera por cualquier cosa que cubra la cabeza. Y el coleto, tan español desde los tercios de Flandes, por monos azules e impermeables amarillo rabiosos, de los que usan los de Obras Públicas.

Dice un amigo mío, de esos que organizan monterías millonarias, que lo que me pasa es que soy un romántico. Puede. Pero es que me importa mucho la estética del monte. Por cierto, tengo en mi estudio un trabuco herrumbroso que ha llegado hasta mí por transmisión familiar. Debe ser de mediados del siglo XIX. Está desgastada su madera de encina de tantos días de briega. Pues he tenido la curiosidad de comprobarlo y pesa más de cuatro kilos. Pero aquéllos eran otros tiempos y otros perreros. Qué le vamos a hacer.

El Apego a la Sierra

Los cantes grandes, como la debla, la carcelera o el martinete son la expresión de las penas del pueblo gitano, de los calés sometidos por los geres. Con las soleares y las siguiriyas afloran la pasión y el desamor y son los que generan los “sonidos negros”. Pero es en los cantes chicos donde aparece la anécdota menuda, el momento de felicidad en el campo, hasta el más refinado hedonismo cuando el cantaor se da un baño de sierra. Y aquí conviene hacer una observación. Hay quien opina -por ejemplo, Bonald- que el flamenco está fosilizado, ya que las condiciones de opresión, pobreza y marginalidad que lo incubaron han desaparecido. Pero la dedicación a la caza sigue siendo la misma y propiciando los mismos temas. Luego por la zona del Andévalo sigue correspondiéndose perfectamente el hecho vivo con su expresión flamenca. Hoy, más que diferenciarse entre cantes grandes y chicos, se valoran como chicos o grandes los cantaores. Si no, no hay más que escuchar a Camarón por sevillanas o a Paco Toronjo por Huelva.

Jabalí Mariano Aguayo

Unos ejemplos de fandangos que parecen empapados de espíritu horaciano:

Del lobo me gusta el pelo,

del jabalí los andares,

de las perdices el vuelo,

de la sierra los jarales

y de Andalucía el cielo.

 

Soy hombre de tierras duras,

de lentisco’ y pinares,

me gusta bebé en mi mano

agua de los manantiales

por la mañana temprano.

Allá por los años veinte, hubo un cacique en Huelva que mangoneaba un negocio tan lucrativo como el del cobro de consumos. Originario de Alosno, reclutó entre gentes fieles de la zona, en un caso de claro nepotismo, los funcionarios que necesitaba, con lo que muchos emigraron esperando grandes beneficios de su nueva dedicación. Pero no debió salir bien a todos este desarraigo. Y ahí quedó este fandango de un cazador desilusionado:

De las cosillas más malas

que yo hice en este mundo

fue dejar mi escopetilla

y marcharme a los consumos. (MRJ)

Otro bucólico fandango huelvano:

Dos tórtolas he traío

mira qué bonitas son.

De un árbol las he cogío

que estaban tomando el sol

metiditas en su nío.

Y seguimos por fandangos. Manuel Soto, el Sordera, se anticipa al gozo del cazador:

Con unos cuantos amigos

yo me fui de cacería.

Llegando a la serranía

pegó mi jaca un relincho.

No sé lo que presentía.