Torpeando…

El domingo anduve torpeando. Torpear no es un verbo de mi invención sino escuchado a mi muy imaginativo amigo Jaime Parias. Un verbo que da muy bien la imagen del torpe ocasional. Porque si fuese habitual, el torpe sería malo, chambón, manta o sacuhigo. Bueno. Estas aclaraciones vienen a justificar, bien que débilmente, mi actuación en uno de los sitios en que menos puedes disimular tu particular desastre: un manchón en familia. Estábamos a ciervas y marranos y yo tenía un puesto que era todo un espectáculo, amplio, montero, precioso.

Cinco ciervas tiré con estos mejorables resultados: Me entró la primera muy fuerte y, cuando la tuve dentro del campo de la mira, rocé en demasía el gatillo y se me fue el tiro antes de afinarla. Bien. Luego maté tres: Una, como Dios manda; a otra le eché el mondongo fuera y me la cobraron en el fondo de un barranco. La otra estaba viva cuando llegué por los rastros y me la cobró Jorge Martínez, hijo, con su perra y su cuchillo. Total, que las maté a sustos y pellizcos. Para meter la cara en un charco.

Torpeando by Mariano Aguayo

Mi nieta María es una secretaria optimista.

-Abuelo, cinco ciervas tenemos.

Y señalaba en el campo los sitios donde las había tirado:

-Una, dos, tres…

-Espera, espera, que las cobremos.

A la quinta le había echado un tiro en lo alto del cerro de enfrente tapándose en un chaparro, y, cuando subí y miré el suelo, ¿qué creen ustedes que sucedió? Pues eso. Y es que cuando el año está de leches hasta los chivos la dan.

Me puse a recoger los achacales mientras rumiaba sombrías impresiones sobre la cura de humildad sufrida, cuando apareció un venado trotón atravesando un testerillo que tenía a mi derecha. A cascaporro. María me animó:

-Pero, abuelo, ¿Porqué no lo tiras?

-Es que estamos sólo a ciervas.

-Tú mátalo y luego dices que te has equivocado.

Ole. Qué arte. A sus nueve años, Maria, pletórica de afición, está apuntando maneras que habrá que reorientar pero, hoy por hoy, como asesora de monte es un verdadero peligro.

(“Trofeo”, Madrid, 2011)

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TAUROMAQUIA: Guerrita

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Un gran reloj de pared presidía la estancia del Club Guerrita y salpicaba, con su tic, tac, el silencio de la habitación. Era un tic, tac, muy débil, casi lejano, por eso , si de la calle llegaba el rumor de la vida, o si en el interior se animaba algo la tertulia con conversaciones comedidas y pausadas,  el tic , tac, se perdía absorbido por los ruidos y era como una gota de agua, una gota de confundida entre las olas del mar.

El reloj era, además, anarquista y no se sometía a ninguna norma y había días en que se adelantaba frenético acelerando el paso del tiempo; otros en que adormecía sus ritmos y se retrasaba haciendo que el tiempo casi se detuviera. Otras veces, pocas, simplemente se paraba, para luego, sin motivo aparente, resucitar y recomenzar , otra vez, con el temblor de sus agujas, a medir el paso de la vida : tic, tac, tic, tac…..

Guerrita de Mariano Aguayo

Por eso Don Avelino, que tenía inclinaciones de poeta, decía:

  • Rafael, en esta habitación el tiempo, o no pasa, o pasa muy deprisa, según disponga ése, y señalaba al reloj.

Y Rafael Guerra, “ Guerrita “, desde la atalaya de su soberbia y de su inteligencia práctica, lo miraba con una mirada, no se sabía si perpleja o simplemente despreciativa y, antes de hablar, reflexionaba. Y durante ese escaso periodo se hacía el silencio y sólo se escuchaba el tic, tac, tic, tac del reloj de pared…. Luego el Guerra musitaba, bajo, muy bajito:

  • Mentecato….

Sólo eso :

  • Mentecato…

Y Don Avelino, que como era sordo no había oído nada, continuaba con sus filosofías y, si estaba envalentonado, aburría a todos hablando del “ tempus fugit “, el eterno retorno, y todas las tonterías que se le iban ocurriendo.

En estas estaban cuando el camarero dejó sobre la mesa de mármol una jarra grande de vino y un platillo con cuatro aceitunas miserables.

Uno, vista la desproporción entre el vino y el condumio, dijo:

  • Beber es de señores y comer de lobos.

Y el Guerra corroboró :

  • Claro, claro…

Estaban todos en silencio cuando aportó por allí Don Ricardo con un muchachete espigado y juncal, con tipo de torerillo.

El Guerra miró al chico de arriba abajo , sin comedimiento ninguno, y Don Ricardo, a modo de justificación, dijo:

  • Quiere ser torero, Rafael…el sábado torea en Almuradiel. Quería que te conociera…

Y el Guerra, con absoluta indiferencia :

  • Claro, claro…

Se mojó los labios de vino.

El plato de aceitunillas miserables apenas había menguado. La jarra de vino, sin embargo, si había menguado bastante.

Uno dijo:

  • Beber es de señores y comer de lobos.

Y el Guerra corroboró:

  • Claro, claro…

La conversación, aunque pausada, se iba ramificando.

El Guerra tomó la palabra para hablar de toros, de un barrabás que le había hecho pasar un quinario, que se venía al pecho y no había forma de domeñarlo. Judío se llamaba el bicho….El Guerra, a pesar de su soberbia, reconocía que no pudo con él….

  • Ese toro tenía dentro al Demonio…me adivinaba la acción, me cogía la vez, y se me venía al cuerpo…

Entonces se hacía el silencio : todos se callaban y reflexionaban sobre Judío y sus maldades , sin poder entender que ni siquiera Rafael, el torero más poderoso entre los poderosos, hubiera podido someterlo.

  • Tic, tac, tic, tac….

A Don Ricardo, por su parte, le preocupaban las tormentas que estaban cayendo con mucha violencia y comentaba que echaban abajo los trigales y pudrían el grano y….una ruina….Entonces se hacía el silencio : todos se callaban y reflexionaban sobre la desgracia de Don Ricardo, que tenía poco más o menos tres mil fanegas de campiña, el pobrecito, y se le iba a malbaratar el cereal…   ¡ Qué desgracia más grande ¡

  • Tic, tac, tic, tac….

 Entre los contertulios estaba Don Cristóbal, que era ganadero. Se lamentaba por el pedero que amenazaba a sus animales. Con tanta lluvia los suelos estaba enguachinados y a sus ovejas se les agarraba el infecto en las pezuñas y los hatajos se le encojaban enteritos, uno detrás de otros…Entonces se hacía el silencio : todos se callaban y reflexionaban sobre la desgracia de Don Cristóbal, que tenía poco más o menos tres mil cabezas de merinas, el pobrecito, y se le iban a malbaratar ni se sabía cuántos animales…¡Qué desgracia más grande!

  • Tic, tac, tic, tac….

La cosa se animaba y las copas de vino se llenaban y se vaciaban rápidamente. Entonces el Guerra se comió una aceituna y, como si hubiese abierto la veda, el muchachete se tiró al plato y pilló varias: se comía el fruto y escupía el hueso, todo a la vez, con inusitada pericia. Se veía que el zorzalillo traía hambres atrasadas.

El Guerra siguió con lo suyo :

  • La cosa es que le cambié los terrenos al morlaco y lo llevé a tablas para que se parara y poderlo matar como fuera pero, a pesar de eso…

Fue cuando el muchachete, dirigiéndose al Guerra por primera vez, intervino :

  • Compañero, lo que usted debió hacer con el barrabás, compañero, no fue arrimarlo a tablas, sino…

Se hizo un silencio de los que pesan y que no hay quien levante.

  • Tic, tac, tic, tac….

El Guerra, desde lo alto de su soberbia, miró muy calmoso, y como el que escupe, dijo:

  • Tú y yo, ¿ compañeros ? Como no sea compañeros de comer “ asitunas “ ….

A pesar del silencio, no se oía el tic, tac, tic, tac…era porque al reloj se le había congelado el alma y se había parado….

Al muchachete le pasó algo parecido: se le congeló el alma.

Alguien, rellenó las copas y, por decir algo, comentó:

  • Beber es de señores y comer de lobos

Pero ahora, el Guerra, no dijo, como siempre decía :

  • Claro, claro….

Simplemente guardó silencio.

Colleras y Collarines

En más de una ocasión he escrito que eso de poner al collar de los perros una presilla para en ella fijar la cencerra es una costumbre más bien manchega. Que por aquí, por Córdoba, siempre se usaron collar y collarín a más de, frecuentemente, una cadena para anclaje en las perreras. Pero, mire usted por dónde, Gonzalo Morenés me envía una foto de un collar de la rehala de su abuelo, el marqués de La Guardia, en el que se aprecia una presilla. Por lo demás, el collar tiene la corona de marqués y las iniciales del dueño vaciadas en bronce y pulidas por el uso. Una exquisitez. Y la rehala de La Guardia estaba en San Bernardo, esencia misma de Hornachuelos.

Colleras

Y, sin embargo, yo sigo creyendo que el caso de La Guardia fue un capricho, una excepción, ya que, por esta zona, siempre hemos visto collar, collarín y cadena.

Por testimonios recibidos de los viejos monteros dueños de perros como Curro Spínola las rehalas, hasta entrado el siglo XX, se manejaban con los collares fijados dos a dos con una unión de hierro articulada, formando lo que, naturalmente, se llamó la collera. Así, los perreros tenían que cargar con todos los collares al soltar y sustituirlos por el collarín con cencerra, motivo por el que habitualmente llevaban ayudante. Luego vendría el invento de los dos mosquetones con quitavueltas que permitían la suelta sin quitar los collares.

Hoy, como ya no se mueven los perros tras el perrero sino siempre en furgonetas, las rehalas van adoptando el sistema de la presilla. Incluso rehalas muy cuidadas comos las de Juan Fernández de Mesa y Mari Prieto.

Collera Mariano Aguayo

Como la iconografía es tan ilustrativa, he consultado muchas fotos viejas en las que, frecuentemente, se ve a las rehalas en reposo con los collares principales y sin collarines. Pero eso queda explicado porque, como es lógico, los perreros sólo les ponían las cencerrillas a los perros para el monte, al soltar.

Total, que la evolución es ésta: Colleras (collares unidos) y collarín, colleras separables y collarín y, finalmente, collares con presilla. Los colores como divisas en el collar vinieron en tiempos relativamente modernos, siendo uno de los primeros en pintarlos Rafael Guerra, que los tuvo rojos con una chapa rotulada “GUERRITA”.

Son cosas éstas que no tienen mayor importancia pero que si no las escribimos acaban perdiéndose en la niebla de los tiempos. Y hay muchos jóvenes monteros amantes de las tradiciones a los que les gusta conocer la pequeña historia de la montería. Gracias a Dios.

                                   Mariano Aguayo. (“Trofeo”, Madrid, 2010)

TAUROMAQUIA: Señoritas toreras

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Señoritas Toreras. Mariano Aguayo

Se llamaba Antonio Jiménez, pero le decían “ El Nene “.

Muy encanijado. Las carnes escurridas. Los perfiles afilados, como un silbido. Y los pelos hirsutos, amarillosos, como si tuviera un rastrojo en la cabeza. Y un puñadito de pecas mal repartidas,   esturreadas por la cara, como puestas al azar. Y los ojos vivaces, inteligentes, con más chispas que una candela. Así era “ El Nene “.

Y listo como el hambre. Ya lo decían los aficionados :

  • ¿Este ?…este es más listo que una rata.

Si el novillo era abanto y los peones no se daban maña para pararlo, salía él, un niño todavía, y lo recogía, y andando para atrás lo embebía en el capote, y lo fijaba…Y luego le pegaba tres lances y una media enroscándoselo. Y la gente loca, loca, loca “ perdía “….

  • ¿Este ?… este es más sabio que Joselito.

E igual si el bicho era gazapón, de esos que luego arrean al arrancarse. Y pegan gañafones. Y se frenan. Y resoplan. Pues lo mismo: lo sobaba por bajo, con suavidad , pero con mando, y el animal se entregaba y si de salida tiraba viajes y punteaba los trastos, ahora metía la carita con profundidad y alargaba el embestir hasta donde la muleta lo llevaba. Y la gente loca, loca, loca “ perdía “…

  • ¿Este ?…este es más poderoso que Domingo Ortega.

Por si fuera poco “ El Nene “ tenía arte, componía la figura con mucha naturalidad, con mucho sabor, y, llegado el caso, hasta se arrebataba e improvisaba un adorno, un desplante jacarandoso, un detalle torero….Y la gente loca, loca, loca “ perdía “….

  • ¿Este ?…este tiene más arte que El Paula.

Pero la vida fue pasando porque, como dijo no sé quien, todo pasa y todo llega, porque lo nuestro es pasar… y no sé cuantas zarandajas más. Y “ El Nene “ creció y el cuerpo le fue cambiando y cogió tipo de hombre. No es que engordara, pero   tomó ya otra cochura, más madura, con más trapío.

Don Liborio, que era muy seguidor suyo y pedante hasta el extremo, se lamentaba:

  • Ya no tiene la languidez de efebo que lo adornaba antaño, cuando su toreo era puro, como el beso de una rosa…

Y a la par de la madurez le vino la consciencia y, por ende, el miedo. Y el miedo se le agarró a la garganta y lo desarboló. Y ya no recogía los novillos abantos; y a los gazapones les pegaba cuatro trapazos y los estoqueaba como mejor podía, de un golletazo a paso de banderillas, y fuera líos; y así tarde tras tarde, fracaso tras fracaso: una tarde estaba desinhibido, otra birlongo, otro tiraba por la calle de en medio y le pitaban fuerte… y , poco a poco, terminó de malbaratarse como torero.

Hasta que cansado de pasar calamidades y de escuchar broncas y de sentir el miedo agarrado en la garganta se dijo : ya no puedo más. Y lo dejó todo. Todo menos la afición. Sabía que podía haber sido el mejor. Pero se había quedado en el camino: por el miedo. Maldito miedo. Siempre el miedo.

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Pero hay vida después del toreo y era preciso ganar de comer. Montó sus negociejos. La cosa la orientó bien porque “ El Nene “ era listo, más listo que una rata, y a la nada estaba ganando cuartos. Así que se casó. Aquello era una felicidad distinta, más pausada. Sin miedos. Al poco, como suele pasar en estos casos debido a las vehemencias de la juventud, la señora quedó embarazada. Y el gusano del toreo empezó a remorder de nuevo:

  • ¿Y si fuera varón ? A lo mejor podría llegar dónde yo no pude…

Y los pensamientos se desembridaban e iban solos, como si tuvieran vida propia, imaginando tersas verónicas , chicuelinas ajustadas que barrían la arena, tandas de naturales arrastrando la muleta, remates, adornos, estoconazos…. Y él desde la barrera, aconsejando al hijo :

  • Niño, déjasela puesta…no le pierdas pasos…ahí…ahí..bien…bien… ¡¡ bieeeen¡¡…

Pero las cosas : Dios quiso que el hijo fuera una hembrita: preciosa, recortadita, de carilla redondita y ojos dulces. Pero hembrita al fin y al cabo, y esto se compadecía mal con sus esperanzas taurinas.

Su compadre Manolín, que tampoco llegó a nada y ahora andaba suelto de banderillero, era muy bruto. Pero bruto de verdad :

  • ¿Una niña ? Vaya…te acompaño en el sentimiento…una desgracia como otra cualquiera…

Es una gran verdad eso de que Dios tiene una caligrafía confusa, y escribe torcido en líneas rectas. O al revés, que escribe recto en líneas torcidas, que lo mismo da. Y por eso la niña sacó casta. Y afición. Y desde muy pequeñuela hacía ascos a las muñecas y, en cuanto podía, echaba mano de un trapo y dibujaba lances en el aire.

Monteras. Mariano Aguayo

A “El Nene“ hubo que animarlo poco para que la llevara a las novilladas sin caballos; para que le enseñara el correcto manejo de los trastos; y luego, conforme crecía, para irla iniciando en saberes más ocultos, como las distancias, los terrenos, las querencias…

“El Nene“ sentía una gran satisfacción con estas cosas, aunque su mujer, que era muy maliciosa,   estaba escarapelada,:

  • A ver si me la vas a convertir en un marimacho con tanto toreo.

Y “El Nene“:

  • Que es un juego, mujer, un juego…

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Con que un juego, sí, sí: el Domingo de Resurrección debutó con picadores. En Córdoba. Con mucho ambiente. Y “ El Nene “ volvió a sentir el miedo agarrado a la garganta. Hacía 20 años que no sabía lo que era el miedo al toro. Ahora lo sentía con más fuerza. Porque “ El Nene “ antes que torero, era padre.

El miedo. Maldito miedo. Siempre el miedo.

Sentado en su barrera, el frío de la piedra le gateaba por las acequias del cuerpo y se le remansa en el corazón. Y se lo arrecía.

¡¡Se arrepentía de tantas cosas!!. De haberla llevado a las novilladas sin caballos; de haberle enseñado el correcto manejo de los trastos; de haberla iniciado en saberes más ocultos, como las distancias, los terrenos, las querencias…

Ahora, al verla sonriente y bellísima, al frente de su cuadrilla, se lo censuraba con todo rigor :

  • ¡¡Fuiste un inconsciente…un loco…un irresponsable¡¡

Cuando sonaron los clarines y salió el novillo, antes incluso de que la niña se abriera de capote, “ El Nene “ se levantó enajenado y se ocultó en el vomitorio, tapándose el rostro, llorando de miedo.

El miedo. Maldito miedo. Siempre el miedo.

Entonces, con toda la crueldad de que era capaz, se dijo :

  • ¡¡Eres un inconsciente…un loco…un irresponsable¡¡¡ ¡¡¡Pero sobre todo eres un cobarde¡¡¡

Mientras, en la plaza, la niña mecía al novillo en verónicas transparentes y las ovaciones volaban como pájaros desbandados, atronándolo todo.

Y “El Nene“ no vió nada: por el miedo. Maldito miedo. Siempre el miedo.

El cochino en su encame

Desde mi ventana el cielo se ve plano, agrisado como la panza de una burra. Los que apretaban el paso mirando de reojo al cielo, y más cuando comenzaron a caer los primeros goterones, ya se han sosegado, provistos de impermeables o bajo la engañosa protección de los paraguas. Hasta mi mesa llega el rumor tesonero del agua de este primer temporal de la otoñada y, desde el abrigo del estudio, he dado en imaginar qué pensará un cochino de estas primeras aguas arrimado a la cepa de alguna madroña grande o trascachado en cualquier zarzalón.

Con los ojillos entreabiertos sentirá la alegría biológica, para él inexplicable, de la humedad que va empapando el campo, llenándolo de esa vida que, con el tiempo, llegará hasta la última rama del monte. A las pimpolletas de los chaparros, hasta la más ligera brizna de yerba, engordando bellotas y candilitos. Él no lo sabe, pero siente en su sangre la bondad del agua.

El cochino en su encame. Mariano Aguayo

Tampoco sabe que eso ya no es tan importante, que si no corren los arroyos, le pondrán agua en los pantanillos y, si no hay suficiente bellota, le echarán más pienso en los comederos.

Lo de sus abuelos era otra cosa. Si no había qué comer, tocaba andar. Y allá que iban con su portantillo seguidete, por mitad del monte, cerro tras cerro, en busca de mejores acomodos. Porque hacía calor o porque helaba, porque había bellota o se habían rebuscado las últimas, porque les había dado el humazo de la gente, ya andaban de mudanza. Hasta cuando cercaron las manchas para sujetar el cervuno. Eso a ellos les dio igual. Estaban las gateras. Y su jeta para levantar sin mayores fatigas las mallas. Eran libres, libres como el viento. Pero eso cambió.

Él ya se está costumbrando a no poder ir a ninguna parte. Desde que era un lechonato, está hecho a correr de los perros y dar vueltas por la mancha sin que le pase nada. Acaba cansado, eso sí, amagado en cualquier apretal hasta que se van perros y perreros y esa gente que se sube a las torretas.

Él no sabe que está vivo y ha llegado a este otoño porque los monteros lo han dejado pasar por los tiraderos hasta que sea mayor, hasta que tenga unas defensas que merezcan el honor de ser condecoradas. No sabe que todavía no lo han matado por la sencilla razón de que está cercado. Sujeto, sin ninguna posibilidad de largarse.

Ya nadie tiene que saber catar la mancha a ver si están, o no, él y su pandilla. Están, claro que están, y los van a matar cuando quieran sin que sirvan para nada sus maroteos, sus asomadillas, sus tradicionales trucos para esquivar la muerte. Están fritos, los pobres.

Pero, en fin, mientras sí o mientras no, ahí están tan a gusto y tan rebién en sus encames, sintiendo en sus lomos la bendición del agua en esta otoñada a la que tanto le ha costado romper.

 

                                       “TROFEO”, Madrid, 1910

TAUROMAQUIA: El viejo aficionado y “El Cordobés”

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Habían sido muchas cosas pequeñas, menudencias, insignificancias, pero todas unidas le habían acharado el ánimo y lo habían puesto a disgusto con la vida:

  • A ver si el Señor me recoge de una vez…

El mundo había cambiado y España, aunque con una poquita de demora, también. Y él ya estaba viejo para adaptarse a estos nuevos usos. Además, es que no le daba la gana de adaptarse, esa era la pura verdad.

EL VIEJO MARIANO AGUAYO

(Dibujo en el El viejo aficionado y “El Cordobés”)

Iba Gran Capitán adelante con sus andares pausados y su presencia de señor de otro tiempo: el bastón en la mano derecha, más por prudencia que por otra cosa; la corbata, perfecta, anudada al estilo windsor; y el sombrero tocado con un ligero desvío a la derecha, buscando una estudiada estética. El sombrero, aunque le protegía la calva del sol de media tarde, lo vestía por el empaque que le confería. Mayormente. Los tenía de varios modelos y colores y le daría rubor confesar el tiempo que pasaba hasta decidir que tocado combinaba mejor con cada traje.

En estas se cruzó con Don Martín, el párroco: iba desaliñado, con una chaqueta frangollona y una corbata de pésimo gusto. Cosas del concilio….Le hubiera gustado decirle:

  • Don Martín, ¿Donde va usted con esa pinta de vendedor de crece pelo?

O afearle que no llevase la clásica teja:

  • Don Martín, sin tocado parece usted un guardia civil sin tricornio.

Pero Don Rafael respetaba a los consagrados y se limitó a dar las buenas tardes fríamente y luego a murmurar:

  • ¡Cómo está el mundo ¡ A ver si tengo suerte y me muero pronto…

Siguió avanzado por Gran Capitán. Como Don Rafael había leído a Machado sabía que “quien habla solo espera hablar a Dios un día“. Así que continuó con su soliloquio:

  • A los toreros les pasa lo mismo. Antes se veía a uno por la calle y se le conocía nada más que por la forma de andar, por el empaque: ese huele a torero, decíamos. Ahora parece cantantes ingleses, de esos que tiene la voz afinada, como de maricón: los “billis” me parece que se llaman.

En estas llegó a Savarín y se acodó en la barra. A sus espaldas estaba el coso de los Tejares. Y la gente goteando para adentro, porque había festejo menor.

Berna, el camarero, lo conocía bien:

  • ¿Café, Don Rafael?

Asintió.

Mientras paladeaba la infusión reflexionaba sobre el toreo:

  • El toreo debe ser poderoso: Domingo Ortega, Marcial… y, por encima de todos, Joselito El Gallo… ¿Tan difícil es comprender una cosa tan sencilla?

Un sorbito:

  • Reglas las clásicas : los engaños “ palante “ y el remate “ patrás “. Y dominar a la fiera…pero sin brusquedades…mover las telas como quien acaricia…todo debe tener su mesura, su sentido. Y saber andarle a los toros: esto se está perdiendo, pero es muy importante. ¿Tan difícil es una cosa tan sencilla?

Echó otro sorbito de café caliente y removió otras pocas ideas más:

  • Y las distancias bien medidas, la limpieza de las suertes, la templanza, porque todo en la lidia tiene su finalidad, su geometría… ¿Tan difícil es entender una cosa tan sencilla?

Acabó el cafelillo:

  • Lo que hace este muchacho de los pelos será lo que sea, pero a mí me parece que no es torear…eso desde luego. ¿Un espectáculo?…No digo que no…pero para el que le guste… a mí me parece hasta chabacano.

El bar hervía como una olla de ruidos y a Don Rafael le desagradaba el bullicio: las voces, las aglomeraciones, la destemplanza del ambiente…prefería el silencio, el equilibrio de una conversación honda y pausada.

 Decidió que se iba y se cruzaba ya a la plaza: quedaban quince minutos para que empezara el festejo.

  • Berna, ¿Cuánto te debo?

 Berna señaló el lado opuesto de la barra:

  • Está usted invitado por Manolo.

Don Rafael era un señor. Cruzó la sala. El humo del tabaco niebleaba el ambiente.

  • Muy agradecido, Manolo.

Benítez sonrió su extensa dentadura:

  • Don Rafael, que a usted no le guste mi toreo no quiere decir que no podamos ser amigos.

Conversaron un rato. Luego se estrecharon las manos:

  • Ea, a seguir bien.

Don Rafael rompió para la plaza. Su planta quijotesca de viejo aficionado destacaba entre las gentes, gentes más recortaditas que sólo eran públicos…gentes que veían y no sabían ver…que sólo se preocupaban de vivir, no de entender.

Pensaba en el toreo de Benítez y meneaba la cabeza de un lado a otro, calamocheando con desaprobación:

  • Este muchacho…

Luego recordó su amplia sonrisa, su desparpajo, su arrojo, esa vehemencia desinhibida con que se comportaba dentro y fuera de la plaza y, casi sin darse cuenta, súbitamente, empezó a columbrar que su toreo, a lo mejor sí era toreo, distinto al que él entendía, pero toreo.

Entonces Don Rafael sintió que le daban unas ganas muy fuertes de vivir, de seguir viviendo, aunque fuera en un mundo que no era el suyo.

Se acomodó el sombrero con disimulada coquetería y se preguntó:

  • ¿Tan difícil es entender una cosa tan sencilla?

Pero no hubo respuesta.

No podía haberla

Un respeto…

-Maté seis cochinos, tres de ellos metal

Ea, ahí queda eso. En el lenguaje críptico del montero snob ya no se llama medallas a los cochinos que, supuestamente, van a merecerlas tras ser homologados. Ni siquiera de tablilla. Ahora, un cochino con buenas defensas es metal. Hay que estar al día en esto del lenguaje y coger al vuelo los vocablos recién llegados porque, si no, puede parecer que uno no está en la pomada. Ya no tiene gracia decir:

-Se cobraron veintitrés cochinos. De ellos, siete bocas.

Un respeto (Mariano Aguayo)

Eso está superado. Ahora, en vez de bocas hay que decir metal. Habría que convocar un concurso de cursilería cinegética para elegir el siguiente palabro con que los elegantísimos urbanitas vestidos de campo designen las defensas de un marrano.

Alguna vez escribí que he llegado a tomarles cariño a los cochinos. Me hacen gracia su astucia, su habilidad para colarse siempre por el sitio más sucio del puesto, su sentido para sacarnos por el aire, su natural desconfianza. Y todo eso con independencia de su edad, que un lechón tiene las mismas mañas que un marrano viejo. El cochino, haciendo un resumen castizo es… un cabroncete, eternamente dispuesto a dejar nuestras intenciones en el molde. Quizá por eso, los marranos cobrados se han exhibido siempre con el mayor orgullo en las juntas, colocándolos por orden decreciente de tamaños y procurando que se vean sus defensas. Y eso está muy rebién. Pero ahora les ponen unos soportes que les elevan las cabezas quedando los pobres bichos con la boca abierta mirando al cielo como si atacasen el “Adiós a la vida” de “Tosca”.

Medallas, bocas, metal, artilugios metálicos. Pero, hombre, por Dios. Qué falta de respeto.

                             Mariano Aguayo (“Trofeo”, Madrid. Marzo. 2005)