Matías García

En memoria de un gran montero.

Se ha ido ahora, en este otoño sin otoñada, mientras todos andábamos mirando al cielo con la esperanza de ver las primeras nubes que suavizasen el arranque de las monterías. Y se ha ido sin molestar, discretamente. Ni él ni Patrito, su mujer, quisieron remover el pequeño mundo de sus amigos, que nos enteramos cuando ya había acabado todo. Ha pasado desapercibida y, sin embargo, la muerte de Matías García Rubio tiene un gran significado para la evolución de la montería cordobesa porque desaparece un montero fundamental.

Los García, los García ganaderos, como tantos terratenientes cordobeses, provenían –remanecían, que diría un serrano castizo- de Soria. Y, desde el último tercio del XIX, han dedicado sus ocios a la sierra siendo dueños de excelentes rehalas. Así llegó hasta Matías la afición y la sabiduría sobre el perro a través de su padre, Matías García Mateo, omnipresente en la montería cordobesa con perreros tan famosos como Manolillo Faldetas y Rafalillo El Travieso y capitán de un grupo selecto de amigos que hicieron de la montería una hermosa forma de vivir la sierra.

Podencos. Mariano Aguayo

Los grandes monteros dueños de perros han hecho pareja siempre con grandes perreros y Matías encontró en José Antonio Montero su imprescindible complemento. Durante veintisiete años –veintiuno tenía José Antonio cuando empezó con él-, mantuvieron cerca de Alcolea, allá donde la sierra comienza a despegarse de la campiña, su rehala de podencos y atravesados. Formaron parte imprescindible del paisaje montero cordobés. Al final, la decadencia física y quizá una cierta amargura por cómo iban evolucionando las cosas en el campo tuvieron a Matías apartado unas cuantas temporadas.

Hoy, afortunadamente, los jóvenes vuelven constantemente la vista a la tradición, tratando de recuperar modos y formas que el tiempo ha canonizado para que no caigan en el olvido. Es como una noble obsesión. Por eso resulta más lamentable que desaparezcan hombres como Matías García Rubio. Porque con monteros así no hacen falta estudiosos de las tradiciones. Ellos son la tradición.

 (“TROFEO”, Madrid, 2009)

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TAUROMAQUIA: Toreo de Salón

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Primero oíamos el ruido de mover muebles; después, no fallaba, el estruendo de un candelabro de plata que al caerse chocaba con el suelo; luego el arrastrar de sillas y butacas; finalmente el regaño de alguno de los mayores :

  • Pero padre, ¿ otra vez ?.

Y la voz autoritaria del abuelo:

  • No importunes, que tengo que tentar las becerras y el día va crecido… y se echa el tiempo encima…ahora oscurece muy pronto.

El salón de arriba había quedado ya expedito, amplísimo, con todo el mobiliario agolpado en un extremo. El abuelo, entonces, se sentaba en su butacón, bajo el ventanal por donde entraba un sol hermoso y dejaba, junto a sí, una silla vacía, a cuyos vanos, de vez en cuando, miraba con mucho amor. Así pasaba algunos minutos, susurrando a la silla vacía palabras que nunca llegamos a oír. Y sonriendo con una luz calmosa que, según me creo, arrancaba del fuego donde arde la felicidad verdadera.

Toreo de Salón. Mariano Aguayo

Las niñas, que eran más despabiladas, cuchicheaban entre sí:

  • Los mayores dicen que algunos días al abuelo se le va la cabeza…

Y otra, que era muy resabida :

  • No es verdad…lo que pasa es que como se va a morir pronto hay veces que tiene visiones del cielo. Por eso le habla a la abuelita María…la que se murió hace muchos años…la del cuadro.

Al abuelo, era verdad, le había venido la viudez muy madrugadora: tendría el pobre no más de cuarenta años, cuando la abuela María, por unos infectos que se le agarraron en los pulmones, se fue para la otra vida más deprisa que corriendo. Pero, a pesar de ello, la abuela María seguía presente en la familia: ya fuera en las habituales evocaciones del abuelo, ya fuera porque su retrato, de joven aún lozana y hermosísima, presidía el salón de arriba.

Cuando menos esperábamos, el abuelo nos gritaba:

  • ¡¡ Preparaos, que sale la primera vaca !!

Y luego, atiplando la voz, se volvía a la silla vacía y bisbiseaba:

  • María, le tengo mucha fe a las vacas que vamos a tentar hoy…son hijas de Aguaverde, ese toro ensabanao que tanto te gusta…yo creo que van a ser de nota…

Y remataba su comentario susurrando:

  • ¡ Qué felices somos, María, qué felices somos !

Se volvía hacia la puerta donde estaba alguno de los nietos, normalmente el más chicuelo, y gritaba con una voz honda, señorial, sin fisuras :

  • ¡¡ Que salga la primera !!

La orden del abuelo rebotaba por las paredes del salón como las hondas de una pedrada en un charco y el niño, divertido, abría la puerta, golpeaba la madera, y gritaba con voz temblorosa e infantil:

  • Ahh, vaquilla, ahh, ahh….

Era Pepillo, el nieto mayor, el encargado de parar a la vaca imaginaria, andando para atrás en el salón . Una toalla rescatada del cuarto de plancha hacía las veces de capote. Daba varios lances como el abuelo tenía enseñado : alargando mucho los brazos para poder valorar la profundidad de la embestida y luego abrochaba un recorte muy torero como remate.

  • ¿ Has visto, María, qué acometividad ? ¡ Cómo repite ! Está desbordando a Pepillo, y mira que Pepillo es torero poderoso…

Y remataba su comentario susurrando:

  • ¡ Qué felices somos, María, qué felices somos !

El primo Bernardo era el más grandón de todos nosotros así que hacía las veces de percherón. Cuando el abuelo lo indicaba salía con Ignacio, el más ruincillo de los nietos, montado sobre él. Ignacio llevaba una gorrilla ladeada en la cabeza y una garrota en la mano a guisa de pica. Con su tipo de flor recién tronchada Ignacio era lo menos parecido a un picador, pero era el único con el que Bernardo medio podía manejarse, así que nadie lo libraba de su papel de varilarguero.

Y el abuelo :

  • ¡ Pica delanterito y sin pegar mucho !

Ignacio provocaba con su garrota :

  • ¡ Ahh, ahh ….!

Bernardo se movía adelante y atrás y daba su caracoleo para que la vaquilla imaginaria se arrancara. Así, varias veces, simulaban la suerte de varas, hasta que el abuelo quedaba satisfecho. Musitaba :

  • Yo creo, María, que vamos a aprobar esta vaca. Ha tomado seis varas…cada vez arrancándose desde más lejos…y no se ha repuchado …vamos a ver cómo embiste en la muleta.

Y remataba su comentario susurrando:

  • ¡ Qué felices somos, María, qué felices somos !

Y luego, ya a voz en grito:

  • ¡ Vamos a verla en la muleta !

A ese tercio salíamos los nietos que no habíamos intervenido aún, uno detrás de otro, según el orden que marcaba el abuelo:

  • ¡ A ver, tú…sal …!

Y también ahí había que seguir sus indicaciones:

  • ¡ Piérdele más pasos ¡
  • ¡No la ahogues tanto, dale sitio!
  • ¡ Pruébala por el izquierdo….!

O bien :

  • ¡ Crúzate al pitón contrario !
  • ¡ Sácala a los medios !
  • ¡ Déjale la muleta puesta !

Cuando más a gusto estábamos disfrutando de nuestras simulaciones, sonaba la campanada del reloj de pared : la una de la tarde. Y era como si una pedrada rompiera el fanal donde nuestras imaginaciones estaban presas y ese mundo imaginario se quebrara y se contaminara de realidad. Y entonces, como por ensalmo, aparecía Leonor, con la bandeja y la jarra de vino porque el abuelo, desde que había memoria, jamás había perdonado la copita de vino del medio día.

  • Don Esteban, es la hora de la copa.

El abuelo se rebullía en su butaca, se quedaba como traspuesto, volvía a la realidad y se levantaba torpemente, premiosamente, agarraba el brazo del nieto que le pillara más cerca y, arrastrando los pies, dejaba el salón. Antes de salir, volvía los ojos hacia los vanos de la silla vacía y su mirar rebosaba de tristeza, una tristeza entre perpleja y dolorida, como el vuelo de un pájaro hacia el ocaso.

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 Aquella mañana mi padre torció el hocico y dijo:

  • Esto de que el abuelo lleve un par de días sin querer tomar la copita de vino me tiene mosquiento…me da muy mal barrunto.

Así que llamó a Paquillo, que era el médico de la familia y amigo queridísimo. Paquillo además de galeno era agricultor y, para él, la medicina y la agricultura eran ciencias paralelas que se regían por dos principios inmutables : las estaciones del año y el fatalismo, de modo que, tirando de uno de los dos, se podía explicar, y aún sanar, cualquier mal.

Toreo de Salón. Mariano Aguayo

 Que entraba una epidemia de gripe en casa:

  • Ahora en invierno es lo que toca…abrigaos bien y nada de medicinas que esto se cura solo.

Si a la niña le lloraban los ojos y casi no podía respirar era por la alergia:

  • Ahora en primavera es lo que toca…la resguardáis unos días y nada de medicinas que esto se cura solo.

Para el reuma de la tía Pura también tenía explicación:

  • En un otoño tan lluvioso es lo que toca…a ver si para de llover… y nada de medicinas que esto se cura solo.

Pero cuando aquel día Paquillo le echó la vista encima al abuelo se le cambió la cara : le vio el mirar tan apagado, y la nariz, ya de por sí prominente, tan afilada y extremosa, que no pudo evitar un suspiro. Luego le tomó el pulso y lo estuvo trasteando con el fonendo un largo rato. Finalmente llamó a mi padre a un aparte y dijo:

  • Con la edad que tiene morirse es lo que toca …no creo que salga de esta.

Y como Paquillo nunca marraba pasó lo que tenía que pasar: que, a los dos días, murió el abuelo, tranquilamente, sin agonía, con esa naturalidad con que suceden las estaciones y van mutando los ciclos naturales y, como era propio en un hombre tan cristiano, se subió a los cielos a verle el rostro a Dios.

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 El abuelo tenía mandado que, antes del funeral, se le dijera una Misa en casa. Como éramos muchos en la familia y había que avisar a muchos amigos cercanos , tuvimos que despejar el salón de arriba, que era la pieza más espaciosa. Movimos muebles, arrastramos sillas y butacas, y dejamos un amplio espacio diáfano. Por descuido, entre tanta mudanza y tanta precipitación, el candelabro de plata se estrelló contra el suelo y se partió un brazo.

Toreo de Salón. Mariano Aguayo

Llegó a oficiar Don Nacho, que era muy amigo de la familia. Se había ordenado ya mayorcete pero, la verdad, es que a nadie sorprendió, porque desde siempre se sabía que era un hombre de Dios y, por tanto, lo natural es que se consagrara.

Mientras decía su homilía, mi imaginación perdió la hebra y se desmandó: pensaba que el abuelo debería estar a esas horas en el Cielo , viendo el rostro a Dios, que es lo que me tenían enseñado , pero si su felicidad había de ser plena, tenía que estar también junto a la abuela María, paseando entre toros, o tentando vaquillas de aquella ganadería que, cuando era aún joven y tenía ilusiones, había comprado y había puesto a nombre de su mujer.

Y seguramente, pensaba yo, estaría susurrándole al oído esa cantinela que no era más que el deseo que la muerte le había arrebatado tempranamente :

  • ¡Qué felices somos, María, qué felices!

Esa felicidad, por fin, después de tantos años, debía ser verdad, tenía que ser verdad. Yo no sé de teologías ni de ciencias divinas pero el sentido común, y aún más el corazón, me decían que la cosa debía ser así.

Antes de despedirnos, Don Nacho se me acercó y me susurró algo al oído. Quise entender que me decía:

  • A lo que pensabas mientras yo predicaba, te digo que sí…

Pero no estoy totalmente seguro…había hablado muy bajo y el ambiente bullía en ruidos.

Afuera ya había caído la noche y hacía frío y de la oscuridad del cielo manaban gotas muy gordas: estaba lloviendo.

Paquillo, el médico, comentó:

  • Llueve con mucha melancolía…hoy es lo que toca.

Y salió a la calle, abrió el paraguas y se fue canturreando coplillas tristes a media voz.

Una caracola para Belén

Esto del monte y la montería no se escoge. Un niño empieza a despertar a las cosas y, mire usted por donde, no puede evitar que eso que ve hacer a su padre también le apasione a él. Y mi nieta Belén, que ha visto montear desde que tiene uso de razón a sus padres, sus abuelos, a sus abuelas, a sus tíos… está cogida por esta hermosa locura de la sierra, las reses, los perros, las armas y los tiros. Y, como aún es una niña, hace lo único que puede hacer para estar cerca de todo este lío: Entra con los perros. Cuando se montea en casa de su otro abuelo, se pone los zahones de piel de potro que le hicimos de chico a su padre y se va con Óscar, el perrero de Curro Vega. Y a patear sierra.

Caracola. Mariano Aguayo

Pues tenía yo unas caracolas que me había regalado José María Cabanás y, aprovechando una visita a las perreras de García-Liñán, me llevé una a ver si me la preparaba Ballesteros. Y tuve la suerte de que estaba por allí el padre, Curro, uno de los grandes perreros cordobeses que, en un periquete, la comunicó y, tras unas cuantas pruebas, acabó sacándole ese dulce, asordado y firme son que tanto nos gusta escuchar en la sierra. Ya en el estudio, la pinté de bandera española. Cuando Belén la vio, por poco se muere. Merece la pena acertar con un regalo sólo por ver cómo se iluminan los ojos de un niño.

Cestillo con romero. Mariano Aguayo

Me gustaría saber qué va a pasar el año que viene cuando mi nieta quiera usar su caracola. Puede que vuelva locos a los perros de Óscar o puede que los acostumbre a los dos sones. Ya me contará. Pero, pase lo que pase, es lo cierto que Belén, tan delicadamente femenina, tiene una afición muy especial, tan lejos como pensarse pueda de lo que suele ser normal en el sofisticado mundo de los niños urbanitas.

El tiempo dirá pero, hoy por hoy, Belén es una especie de alevín de ese grupo, si no numeroso sí puro y apasionado, de las señoras monteras de verdad. Tiene a quien salirle.

TAUROMAQUIA: El fracaso y el triunfo

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Venían de torear. Hacía una noche hermosa: la luna, oronda en los altos del cielo, alumbraba la oscuridad y la hacía casi acogedora. La cuadrilla iba silenciosa y meditabunda en la camiona: la tarde había sido complicada; un lote correoso; toros mansones y avisados; público desabrido ; bronca.

Al revolver la curva les sorprendieron las luminosidades de un bar de carretera y el maestro dijo:

  • Paramos aquí a cenar.

Se apartaron. Había varias mesas ocupadas así que buscaron un rinconcillo en la terraza, alejado del gentío, para comer tranquilos. Nunca faltaba algún aficionado que los reconociera y se arrimara y los entretuviera un buen rato comentando banalidades, y aquella noche no había buen humor que compartir: la tarde había sido complicada; un lote correoso; toros mansones y avisados; público desabrido ; bronca.

El fracaso by Mariano Aguayo

Una brisilla refrescaba los cuerpos con suaves acometidas y después de la tarde tan perra que habían pasado,  aquello animaba al relajo y al optimismo:

  • Al menos hemos salido por nuestro pie.

En la explanada había varios árboles altos y el arreciar de la brisa hacía que sus hojas compusieran músicas de rumores, que llenaban a los toreros de una paz inexplicable.

Les servía una camarerilla que debía ser hija de los dueños. Tenía la color blanca, como un pan a medio cocer, las formas mujeriles tímidamente esbozadas…y los ojos azules, como el cielo, cuando el cielo está hermoso. Mientras, ajenos a todo, los toreros comían en silencio, mascullando mucho las presillas de conejo al ajillo que les había servido la niña y alegrando el cuerpo, de vez en cuando, con un traguillo de tintorro.

Paco Montes, el picador, lengüeteaba muy satisfecho y acompasaba su comer con sonidos muy rítmicos.

El mozo de estoques dijo :

  • No hagas ruido, guarro.

Pero Paco no hacía caso: después de la penitencia que había pasado aquella tarde para picar a su toro no estaba dispuesto a poner limitaciones a su disfrute y él, si no lengüeteaba y no hacía ruido, no disfrutaba de la comida. Así que no reparó en las indicaciones :

  • No hagas ruido, guarro.
  • Baahh….

En esto sonó el móvil. Era el apoderado. Conversó brevemente con el mozo de estoques. Y este dio el parte :

  • Que han aprobado la corrida de mañana entera. Que está muy bien hecha. Sólo hay uno que desentona, un poquillo por cornalón…quizá algo pasado de romana….

Y soltó, lamentoso, la noticia :

  • Pesa setecientos kilos el bicho…
  • Bueno, mientras no nos toque a nosotros, dijo “ Pachorras “, el banderillero.

El maestro entrecerró los ojos. Tenía fresca la tarde tan mala que habían pasado : un lote correoso; toros mansones y avisados; público desabrido ; bronca. Pero le acuciaba el deseo de triunfar…era como cuando quería orinar y no podía porque tenía el traje de luces puesto y lo desasosegaba una comezón muy mala y casi reventaba. Pues así: que tenía que triunfar porque si no reventaba. Por eso comentó :

  • Lo importante es que embista…como toque el grande y meta la cara le voy a formar un gazpacho que vais a ver…

La camarerilla estaba recogiendo los platos. Tenía la color blanca, como un pan a medio cocer, las formas mujeriles tímidamente esbozadas…y los ojos azules, como el cielo, cuando el cielo está hermoso. De pronto canturreó, como para sí misma :

  • La suerte… la suerte no sabemos dónde puede estar escondida, esperándonos.

Y siguió con su trabajo.

Juanillo Sánchez era el otro picador de la cuadrilla. Le decían “ El Papa “ porque se parecía a Juan Pablo II, cuando joven. Era muy religioso y le gustaba que lo llamaran así : “ El Papa “. Lo llevaba a gala.

  • ¡¡ Papa, pícalo delantero !!
  • ¡¡ Papa, señalarlo, no más !!
  • ¡¡ Papa, no le tapes la salida !!

Era también el más ilustrado de la cuadrilla y en su alma había una vibración sensible que lo inclinaba a recitar poemas y a echar en las conversaciones algún pensamiento:

  • Si el toreo es poesía, el pase de pecho es un endecasílabo que vacía la bravura.

La cuadrilla no lo entendía bien, pero le gustaba la música del verso, y por eso lo jaleaban :

  • ¡¡ Ole !!
  • ¡¡ Ole tu arte, Santo Padre !!

Y “ El Papa “ reía escandaloso, con un torrente de risas, y se le abermejaba el rostro y contagiaba a la cuadrilla, que se esponjaba de optimismo y se le olvidaba la tarde tan perra que habían pasado : un lote correoso; toros mansones y avisados; público desabrido ; bronca.

Entonces el maestro susurró algo que acababa de escuchar y que venía al pelo:

  • Vamos a ver mañana… porque la suerte…la suerte no sabemos dónde puede estar escondida, esperándonos.

Y cerró los ojos e imaginó a la camarerilla y su cuerpo blanco, como un pan a medio cocer, con las formas mujeriles tímidamente esbozadas…y los ojos azules, como el cielo, cuando el cielo está hermoso. Y le dieron unas ganas muy fuertes, muy fuertes, de triunfar.

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Al hotel llegaron bien pasada la media noche. Los de a pie se fueron directos a la habitación. Los picadores, por el contrario, se quedaron en el bar. El camarero era muy educado :

Cuadrilla. Mariano Aguayo

  • Señores, vamos a cerrar…
  • Y a mí que más me importa, dijo Paco Montes. Deja ahí la botella de güisqui…. y unos pocos hielos…cárgalo todo a la habitación.

A “ El Papa “ el alcohol le hacía florecer ideas :

  • ¿ Te has dado cuenta, Paco, que el toreo por bajo es alto toreo ?
  • ¿ Te has dado cuenta, Paco, que suerte y muerte sólo se diferencian en la primera letra ?
  • ¿ Te has dado cuenta, Paco, qué difícil es decir mucho con pocas palabras y qué difícil es torear hondo con pocos pases ?

Paco Montes era muy bruto y, como es natural, jamás se había hecho esas reflexiones. Y tampoco le importaban. A él le bastaba, para sentirse feliz, picar bien en el morillo y lengüetear mucho al comer. Pero tampoco era gustoso de reconocer su tosquedad :

  • Claro que me he dado cuenta, “Papa”, claro que me he dado cuenta…

Cuando la botella de DYC expiró “ El Papa “ echó un bostezo más largo que el AVE :

  • Paco, estoy muy a gusto, pero me voy a dormir.

Y pegando camballadas se fue para la habitación. Trajinó lo suyo para meter la llave en la cerradura, pero al final tuvo suerte y la puerta se abrió.

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Los días de corrida el maestro se levantaba tarde, se saltaba el desayuno y almorzaba sobre las doce, muy ligerito: tortilla francesa y cafelillo. Ya está. Era muy reservado, tímido y pudoroso, para eso de comer en compañía, así que sólo toleraba la presencia de alguien de la cuadrilla. Normalmente “ El Papa “ porque los otros estaban en el sorteo , enlotando los toros y metiendo luego la mano en el sombrero a ver qué les deparaba la fortuna.

Sorbían las últimas gotillas de café cuando vieron la cara de acelga que traía “ El Pachorra “ y se pusieron en lo peor . Y acertaron:

  • Maestro, nos ha tocado el zambombo de setecientos kilos. Y, no le engaño: tiene leña para pasar varios inviernos…

Pero al maestro le sigue acuciando el deseo de triunfar… es como cuando quiere orinar y no puede porque lleva el traje de luces puesto y lo desasosiega una comezón muy mala y casi revienta. Pues lo mismo: que esa tarde tiene que triunfar, porque si no revienta.

El Triunfo. Mariano Aguayo

Así que sonríe, se enchula y, con estudiada indiferencia, dice :

  • ¿ Setecientos kilos ?…Peor “ pa “ las mulillas, que lo tendrán que arrastrar….

Y luego se vuelve al mozo de espadas, que anda también por ahí con ademán contrito :

  • Hoy apriétame bien los machos, que me voy a arrimar.

Después sale al jardín para que el sol le temple el alma porque, oculto en lo más hondo, el miedo, ese miedo que nadie adivina, le está mordiendo. Y mira al cielo, que se ve hermosísimo, azul, como los ojos de la camarerilla de la noche anterior. Al decir de los teólogos Dios está en todas partes, pero el maestro cree más bien que Dios está en el cielo, porque es un lugar bello, tan bello como los ojos de la camarerilla. El, si fuera Dios, sin duda, estaría en el cielo o junto a la camarerilla de los ojos azules: ambas cosas, piensa, deben ser muy parecidas. Pero él no es Dios y, además, tiene que matar en un rato un toraco de setecientos kilos. Por eso mirando hacia arriba, reza :

  • Señor, ayúdame esta tarde..que me lo voy a jugar todo y de ese todo, quizá la vida sea lo menos importante…

Y reza y reza, y repite sus oraciones, sin saber muy bien a quien reza ni por qué.

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Después de la corrida volvieron por donde habían venido. También hacía una noche hermosa: la luna, oronda en los altos del cielo, alumbraba la oscuridad, y la hacía casi acogedora. La cuadrilla iba feliz y bulliciosa en la camiona comentado el éxito: la tarde había sido completa; un lote bonancible; toros muy nobles, especialmente uno de setecientos kilos que había embestido con ritmo y profundidad; el público afable ; cuatro orejas y un rabo. El rabo del morlaco de setecientos kilos.

Al revolver la curva les sorprendieron las luminosidades del bar de carretera y el maestro dijo:

  • Paramos aquí a cenar.

Se apartaron. Había varias mesas ocupadas, pero en el medio había libre una grande . Se sentaron. Se arrimaron varios aficionados. Comentaban la gran tarde. Todos compartían el buen humor. El maestro se hacía fotos con la gente y repartía abrazos. No lo dejaban ni comer. Pero no torcía el hocico. Antes al contrario: atendía a todos con amabilidad.

Entonces, Juanillo Sánchez “ El Papa “ dijo:

  • La alegría es un don de Dios y , si no se comparte, es un pecado muy gordo y además la antesala de la tristeza.

Y todos los de la cuadrilla, desde el maestro hasta el mozo de estoques, asintieron, y siguieron atendiendo a la buena gente .

Ninguno entendió bien el dicho, pero a todos gustó el significado que columbraron:

  • ¡¡ Ole !!
  • ¡¡ Ole tu verdad, Santo Padre !!

Cuando se quedaron tranquilos el maestro miró a la camarerilla que los atendía. Tenía la color blanca, como un pan a medio cocer, las formas mujeriles tímidamente esbozadas…y los ojos azules, como el cielo, cuando el cielo está hermoso. No sabe si se está enamorando de ella. O sí sólo es que le gusta, como otras tantas mujeres le han gustado hasta ahora. Estas cosas son confusas. Aunque hoy el sentimiento es diferente, más conmovedor y , cree, o quiere creer, que a lo mejor se está topando con el amor en un sitio inesperado, porque, como la vida le ha demostrado, la suerte… la suerte no sabemos bien dónde puede estar escondida, esperándonos.

Y mira arriba, al cielo, y no lo ve azul, sino negro como un toro, y claveteado de estrellas que relucen temblorosas, pero igualmente hermoso.

Según va pasando

Hace muchos años, esperando en un descampado de la provincia de Jaén que reparasen una avería del Talgo, pregunté a uno de aquellos ferroviarios que llamábamos factores cuánto iba a tardar en repararse la cosa.

-Unos veinte minutos. Es la catenaria ¿sabe usted?

Como llevábamos más de un cuarto de hora paseando por el andén, quise precisar.

-Pero ¿veinte minutos desde ahora o desde que pasó?

-Según va pasando…

En la Baja

Y es que las cosas hay que tomárselas con sosiego, con una cierta mezcla de pereza y fatalismo. A mí, antes, la temporada me ponía de los nervios. Todo era tensión por si no te habían avisado para ésta o aquella montería; revisar la agenda del año pasado para sopesar las posibilidades; llevar las estadísticas de las reses matadas y compararlas con las de los amigos… No me importaba otra cosa. Pero ogaño las cosas se suceden con mayor mesura y cada vez valoro más los acontecimientos paralelos a esta incurable manía de montear. Primum vivere.

Una de las delicias de las juntas es reencontrar viejos amigos. En Las Chirivías Bajas, lo de Rafael Álvarez Buiza, estaba Juan Hinojosa Vacas, al que no veía desde una exposición en 1992. Dieciséis años son muchos años, pero allí estábamos los dos, divirtiéndonos tan ricamente con los cochinos, y gozando del calor de la casa rural que se ha inventado Rafael en el corazón mismo de aquellas sierras.

Cornicabra

Otros importantísimos acontecimientos son los noviazgos. Hay dos nuevas monteras que me importan especialmente: Mariví Ortíz Martínez-Sagrera y mi sobrina Carolina Fernández de Córdova. A ver si ésta sale tan aficionada y buena tiradora como su padre.

Y, entre col y col, lechuga. Voy monteando con bastante éxito en mis lances y, desde luego, en manchas con encanto. Y tomándomelo todo con mucha sabiduría, gozando los días según van pasando…

TAUROMAQUIA: El Público

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Hay historias, como la que sigue, que enseñan que la vida de un aficionado a los toros se hace con un poquito de locura, un poquito de bohemia y un poquito de desacato.

Mariano Aguayo

Se lo había asegurado a su mujer :

  • Me voy a Sevilla a ver a Curro, y a la noche, después de la corrida, vuelvo en el tren.

Y la mujer, a regañadientes:

  • Pero no bebas…

Pero, cosas que pasan: a Curro le dio por estar cumbre y mecer en su muleta a un toro de Don Álvaro y, como es natural, hubo que celebrarlo. Y se le fue la mano. Y, cuando acordó, ya había amanecido y ya habían cantado todos los gallos de todos los corrales del mundo.

  • Uff…mi señora se lo va a tomar regular nada más.

Mariano Aguayo

Para colmo a Curro lo repetían a los dos días… Y, como el hombre no está hecho para vencer ciertas tentaciones, era preciso encontrar una excusa y quedarse en Sevilla a ver si el milagro de Curro se repetía otra vez.

Complicado: su mujer no era mansita, más bien lo contrario, siempre llevaba la carita alta y, por menos de nada, pegaba un arreón y se venía a los pechos tirando gañafones y resoplando.

  • ¡Qué mala suerte tuviste en el sorteo de mujeres ¡le zaherían amigos favorecidos por parientas más modositas!.
  • Pues sí…me ha salido un poquito “ ijaputa “

Así que el hombre andaba cavilando sus dudas y sus prevenciones cuando, de sopetón, al doblar la esquina, se topó con la oficina de correos…Le vino la inspiración. Entró muy decidido y dictó este telegrama:

  • Perdido el tren de hoy y el de mañana. Vuelvo pasado.

Eran otros tiempos: no había móvil, ni whatsapp ni buenas carreteras…

¡¡Qué delicia¡¡

¿Han llegado las reses?

Todavía suenan las caracolas llamando a algunos perros remolones cuando la tarde va ya pardeando y los monteros comienzan a llegar a la casa. El ritual siempre es el mismo. Mientras se espera a los rezagados, se toma una cerveza y se charla sobre los lances y el trabajo de los perros. En el ambiente chispean las explicaciones cuando el día ha sido feliz o se percibe una cierta apatía si las cosas no han salido bien. Luego, cuando las charlas van ya perdiendo fuerza y el frío se hace notar, se invita a pasar a la casa para reconfortarse con el imprescindible plato de potaje o de cocido. Eso sí, ya sentados y con mayor sosiego.

Con un Venado. Mariano Aguayo

Con un Venado. Mariano Aguayo

Tras superar la tentación de los postres o haber caído en ella, alguien dice:

-¿Han llegado ya las reses?

Y ahí viene la prueba de fuego de una buena organización. Porque, si se ha dado un gancho en el que se han cobrado siete marranos, es fácil tenerlos allí en fila, muy serios, al acabar de almorzar. Pero si hay que aportar a la junta doscientas reses estamos hablando de otra cosa muy distinta. Aquí te quiero, escopeta, que diría un clásico.

Eso supone que, tan pronto quede en el aire eso tan difícil de percibir que es el fin de la echada, aparezcan por las armadas los remolques. Y los arrieros con su par de caballerías para arrimar las reses que hayan quedado a trasmano. Y eso en todas las armadas a la vez. Y venga, venga, aligerando, que viene la noche.

MADROÑO. Mariano Aguayo

Madroño. Mariano Aguayo

En manchas que tienen el orgullo de hacer bien estas cosas, he tenido que buscar alguna vez a un postor por haber encontrado por la sangre una res tras su tempranera visita.

Para un montero novato o poco avisado puede pasar desapercibido lo que supone tener en filas y ordenadas por tamaños todas las reses cuando, con una copa en la mano, sale a la noche a buscar su venado. Pero eso es todo un alarde de conocimiento, de precisión, de acierto… y de largueza en los jornales.