Alonso Valdueza, la caza y el Rey

Hace ya varios años, por el 93 más o menos, me mandó Paco León el borrador de un manifiesto que, para fijar los cánones de lo que debiera ser la montería española, estaban preparando un grupo de personas y entidades. Y recuerdo que sólo pude añadir como buen andaluz- una observación sobre el uso del trabuco y muy poco más, porque el texto era perfecto. Lo publicó Trofeo en cuadernillo ilustrado por Barca en Octubre de 1994. Y, como consecuencia de aquél documento, se creó un premio para recompensar a personas que se acercasen al ideal que el manifiesto preconizaba. Este año, en lugar de a una persona se le ha dado a un colectivo, a unos perros, a la rehala de Valdueza, a los valdueza.
Pero una rehala no sale así como así. Esa rehala la formó, por los primeros cuarenta, el marqués de Valdueza fundiendo castas de podenco campanero y mastín extremeño. Así fueron evolucionando estos perros, añadiéndose más tarde algo de sangre de grifón. Y surgieron los poderosos, altivos y tenaces valduezas que hoy prestan su facha y su sangre a tantas rehalas castellanas y extremeñas.

Valdueza. Lienzo. 60x73
Pero, como sucede con cualquier obra, detrás de toda gran rehala hay la tesonera voluntad de un dueño. Y un gran perrero, en este caso Pedro Castro cariñosamente conocido de todos los monteros españoles como Periquillo Valdueza. Hoy conduce los perros Santiago Cano.
Pero el premio se da a ese gran aficionado que ha conservado, con todos los sacrificios, alegrías y sinsabores que eso supone, la rehala que creó su padre. A Alonso Álvarez de Toledo y Urquijo, Marqués de Villanueva de Valdueza. Y, como Alonso fue uno de aquellos chavales que acompañaron en La Jarilla el bachillerato del Príncipe de España, el Rey quiso estar con nosotros.
Ya la sola presencia de Su Majestad suponía un apoyo implícito para la caza, tan falta de calor hoy. Pero es que, además, sin estar previsto en el protocolo, don Juan Carlos tomó el micrófono y nos habló. Recordó cómo había matado su primera cochina tutelado por el viejo marqués de Valdueza, el padre de Alonso; se afirmó en su defensa de la caza y -esto nos llegó al alma a los castizos- prometió montear más. No ya cazar más. Dijo montear.
La cabeza de podenco de bronce que materializa el premio Manifiesto ha ido a manos de Alonso Valdueza, un cazador apegado a nuestras sierras y sus maneras. Al que caen bien los zahones y que es capaz de adivinar las ideas a un cochino. Se ha premiado a un montero viejo asistido del cariño de un rey cazador. Laus Deo.
(TROFEO. Madrid, 2001)

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Castoreños

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

La abuela Dolores cumplió los cien hace varios años y con sus achaques y sus puniciones ahí sigue tan terne, la mujer.

-Abuela, ¿ cuántos años tiene usted ?

-Yo, como la coñac…

Y ante la perplejidad del preguntador, se sonríe pícara y aclara :

-Yo como la coñac…ciento tres.

La abuela es muy discreta y no se queja jamás: ni de los dolores del reuma, ni de los mareos que la afligen cuando menos se lo espera y la hacen derrumbarse , ni del resto de penitencias que la vejez le impone. La abuela, si acaso, se lamenta de estar viva todavía, tan a destiempo, molestando a su hija que ya es delanterilla y tiene también su edad y las lacerías que impone el paso del tiempo y a la que , por todo ello, se le hacen cuesta arriba las servidumbres de tener que cuidar a una madre tan revieja.

– Abuela, ¿ cuántos años tiene usted ?

– Yo, como la coñac…ciento tres.

21. CASTOREÑOS

Cuentan que la abuela Dolores fue una moza de impresión: una morenaza de esas que pare Córdoba tan a menudo. Y castiza, además. Y “ bragá “. No podía ser de otra manera. Su padre, el señor Manuel, picador de toros , fue muchos años con Belmonte; aún se recuerda su senequismo y una forma de picar los toros, tan medida, que podría decirse que era casi dulce. Su marido, Julián del Río, también fue varilarguero fino, con mucho temple en la mano izquierda, que es la que gobierna el caballo, y permite que la suerte se haga con torería. Y, con esa reata, pasó lo natural: que la abuela Dolores, cuando llegó la hora, parió a varón que, con el andar del tiempo, también fue piquero muy celebrado y que siempre anduvo colocado en las mejores cuadrillas: “ Manoliyo de Córdoba “, se llamó.

– Abuela, ¿ cuántos años tiene usted ?

– Yo, como la coñac…ciento tres.

La cosa es que, hace unos días, se la llevaron a la residencia de las monjas. La hija con la que vive se opera de lo que sea. No es mal de morir, pero la deja impedida unos días, así que la van a acoplar con las monjas para que la atiendan durante un tiempecillo. La abuela no se ha disgustado, que la pobre tiene buen conformar, y como todavía se vale por sí, ha ido haciendo ella misma su hatillo, calmosamente, empacando sus cosas más personales . Cuando lo tiene todo más o menos averiguado abre el armario, trastea y saca tres castoreños : el de su padre, el de su marido, y el que fuera de su hijo….Los tres murieron hace mucho y le han visto ya el rostro a Dios.

Y remira los castoreños, los acaricia, y los abraza con mucha delicadeza.

– Son mis recuerdos, ¿ sabe usted ? Donde yo vaya, van ellos.

Luego los mete delicadamente en una bolsa grande.

– Ea, vámonos con las monjas, que se atardece.

Pero los aires del convento le han hecho mal a la abuela y se le ha agarrado una miseria a los bronquios y le ha pasado como a los canarios cuando se dejan en corriente: que se ha abuhado, se ha metido en sí, y a los dos días ha entregado el ánima.

Y hoy, las pocas conocencias que tenía la abuela Dolores, la hemos despedido para siempre en el Cementerio de la Salud. Mientras iban emparedando su último cuartillo, ya encajado en sus adentros el ataúd pobre y brilloso, alguien, creo que un nieto, ha echado al hueco los tres castoreños , porque es de ley que a la abuela la acompañen sus recuerdos, también en este último aposento, y que todos juntos se hagan compaña en esa soledad.

– Son mis recuerdos, ¿ sabe usted ? Donde yo vaya, van ellos.

A la vuelta, mientras atardecía este enero seco, luminoso y frío, he parado en el bar de Roque a echar un cafelillo que me consolara el cuerpo , pero sobre todo que le diera alivio el alma. Y he querido aliñarlo con unas gotillas de coñac que le aporten más reciedumbre a la infusión.

– Ponme de ése, he dicho señalando una botella.

Y Roque ha servido en la taza humeante un chorreón de coñac 103.

Luego, conforme bebía, he sentido que, con ese sorbo de café negro, berrendo en coñac 103, homenajeaba a la abuela Dolores, que ya no cumplirá, por más que nos empeñemos, los ciento cuatro, y he recordado sus carnes enjutas, su pelo blanco, y esa sonrisa pícara:

– Abuela, ¿ cuántos años tiene usted ?

– Yo, como la coñac…ciento tres.

Y he sentido la tristeza que deja en el alma lo definitivo.

Memorias de un tiempo perdido

Eduardo Sotomayor.Una  gran rehala histórica

          Era elegantísimo, afable, sereno, educado y muy buen conversador. Gran fumador, hasta en ese pequeño vicio llegaba su cercanía al campo: siempre usó boquillas hechas de canillas de liebres. Eduardo Sotomayor Criado fue un gran señor que participó de las dos pasiones que han dominado el gusto de tantos cordobeses: Los toros y la montería. Fue un excelente rehalero, cuyos perros, junto a los de Guerrita, dieron muchísimo juego en la sierra. En 1928 fundó, acogida al Círculo de la Amistad, la “Peña Campera”, sociedad de monteros que reunió a gente tan estupenda como Ruiz de Castañeda (autor de “Camperas”, un precioso librito de caza y toros), Manuel García Plaza, Villoslada Peichalup, Antonio Losada, Antonio Herruzo, “Machaquito”, Gabriel Bellido, Enrique García Sanz, Mir de las Heras… Montearon mucho juntos, llegando incluso a ampliar su campo de acción organizando expediciones a Marruecos en busca jabalíes. Eduardo Sotomayor, inseparable amigo de Juan Barasona y del marqués del Mérito, es referencia indispensable al tratar la vieja montería cordobesa.

         En cuanto a los toros, heredó la afición de su padre, Florentino Sotomayor, que formó una ganadería con castas de Parladé y Miura, nada menos. Eduardo lidió por primera vez a su nombre en la plaza de Madrid en abril de 1936. Tras la guerra, la ganadería quedó malparada, no llegando a recuperarse hasta los años cincuenta.

EDUARDO SOTOMAYOR

Por aquél tiempo en Córdoba no pasaba nada. La guerra estaba demasiado cerca y las cartillas de racionamiento limitaban las posibilidades familiares. Había grandes especuladores pero, en el día a día, el estraperlo era pobre: pan de El Chimeneón bajo los portales de La Corredera y “pastas” de tabaco de Gibraltar. La industria se limitaba a la Sociedad Española de Construcciones Electromecánicas, La Cordobesa y muy poca cosa más. Los hombres de clases medias y altas vestían de traje y corbata y, en verano, los muy elegantes llevaban chaquetas blancas de lino que había que planchar a diario. El héroe del fútbol local era Pepín Camará y el culmen de la pedagogía la escuela de Doña Luciana Centeno.

En aquella Córdoba tranquila, parsimoniosa, florecían las tertulias. Tras “Peña Campera” tuvo su auge montero la “Peña de Caza y Pesca” en la vieja “Granja Royal” de la calle Cruz Conde. Y lo taurino tenía su mentidero en el “Pelu”, un barecito que abrió “Cantimplas”, el que fuera peón de confianza de “Manolete,” en la calle Morerías. Por allí paraban sus hermanos Fernandi y el “Niño de Dios”, también banderilleros, y mucha gente de coleta. Pues, tanto en los ambientes taurinos como monteros, fue Eduardo Sotomayor muy respetado y querido por sus grandes conocimientos y su ponderación.

Pero nada más lejos del estereotipo de aficionado aflamencado y tosco que Sotomayor. Eduardo no sólo fue un hombre cultísimo, sino un muy importante bibliófilo tanto de temas venatorios como taurinos. De ambos consiguió reunir magníficas colecciones haciendo de sus catálogos ediciones no venales. Su biblioteca de temas cinegéticos fue comprada a sus herederos por otro gran bibliófilo: Mauricio Álvarez de las Asturias y Urquijo. En cuanto a la taurina y las colecciones de prensa y carteles que la acompañaban, ignoro cual será su destino actual.

De hombres como Eduardo Sotomayor puede sentirse orgullosa aquella generación que vivió el difícil equilibrio entre el viejo estilo y los nuevos tiempos que llegaron con la posguerra inundándolo todo como una marea alta incontenible.

El toreo hondo

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Era un 26 de septiembre de 1.985. Pozoblanco. Se acartelaban Emilio Muñoz, Espartaco y El Soro. Un año antes, en ese mismo coso y ese mismo día, había sido cogido mortalmente Paquirri. Del cartel de aquella tarde ya sólo vivía El Soro porque  al Yiyo, un toro, le había partido el corazón en Colmenar, unas semanas atrás. Como la muerte mueve tantas pasiones y como el morbo tiene tanto tirón en la taquilla, se había acabado el papel.

1. Con corrales

 En el patio de cuadrillas, entre El Soro,  superviviente del cartel maldito, y Espartaco, disparado tras su éxitos en Sevilla, Madrid, Bilbao… Emilio Muñoz,  parecía un  tímido convidado de piedra: nadie echaba cuentas de él. Estoy por asegurar que había espectadores que ni sabían  que toreaba.

Se guardó el correspondiente minuto de silencio. Emoción. El Soro dejó un ramo de flores blancas en el lugar donde había sido prendido Paquirri. Emoción. Luego empezó la corrida. El Soro y Espartaco respondieron a lo que de ellos se demandaba y  abusaron de un toreo, vamos a decir con todo respeto y máxima caridad,  facilón y efectista.  Visto el acopio de vulgaridad me hice la pregunta con la que me he fustigado tantas tardes de toros: ¿qué hago yo aquí?

3. Toro 14x20

En esto salió el cuarto. Muñoz, torero entonces en franca decadencia y, según decían, con graves problemas personales y taurinos,   andaba entre los pitones como  alma en pena, con más dudas que Descartes. Y en esto, sin que nadie lo esperara, se arrebató, y dio dos tandas de naturales recargados, hondos, con la muleta templada, pero con la figura tensa, forzada…Ahí no había  estética al uso: ni la natural de Manzanares, ni la mayestática de Curro, ni la barroca de Paula…Muñoz estaba haciendo un toreo  fuera de los cánones del arte al uso…no había música callada del toreo, ni garbo, ni relojes que se pararan, ni pulsos que se adormecieran…  lo que había era mucha mala sombra y muchos demonios que, aquerenciados en lo adentros del torero, salían afuera en forma de muletazos al natural, mandones, semicirculares, de mano baja y curva largura. Era la verdad del toreo, esa verdad que siempre conmueve, aunque no se componga la figura: la verdad de coger al toro  largo, llevarlo lo más lejos posible, con la muleta arrastrando, y de arrematar al final con limpieza. La verdad del toreo hondo. Y es que, como dijo Belmonte, “se torea como se es “y Muñoz estaba toreando tal y como él era entonces: tenso, preocupado, frustrado…pero con toda su verdad de gran torero. Y esa verdad, por su autenticidad, era bella, aunque no fuera estética.

Después de Muñoz, siguió la tarde como era previsible: rodillazos, medios pases, orejas…

Llegando a Córdoba, mi padre, con esa sabiduría de los buenos aficionados, me dijo:

  • Cuatro o cinco de los que hemos estado hoy en Pozoblanco, nos vamos a acordar de esto toda la vida.

Coronábamos Cerro Muriano y, al fondo, se veían resplandecer las luces de la ciudad.

Hoy, más de treinta años después, me sigo acordando de todo: de que era un cuarto toro, de que Muñoz vestía de grosella y oro, y de que toreó al natural con la belleza auténtica de la verdad,  una belleza que, a veces, no tiene por qué ser bella. Y es que tengo una memoria prodigiosa para las cosas insignificantes… ¿O será al revés?  Quiero decir: que me acuerdo precisamente de las cosas que sí valen la pena… y que siguen valiéndola treinta años después…

Los valduezas

 

Mediado el siglo XX decide Alonso Álvarez de Toledo y Cabeza de Vaca, marqués de Villanueva de Valdueza, formar rehala y así tiene su origen un encaste que hoy forma parte de la fisonomía montera de Castilla. Su hijo, actual marqués y dueño de la rehala desde 1978, hizo una nota para mi libro sobre rehalas que reproduzco dada su indiscutible autoridad:

En el inicio, la rehala se formó con perro, que se sabía hacían a la caza mayor, que se fueron consiguiendo de los ganaderos locales. Inmediatamente se empezaron a criar en la finca Azagala, de Alburquerque (Badajoz), perros cruzados de los mastines ligeros, que cuidaban de los atajos de ovejas del ataque del lobo, y podencos ibéricos de La Campana (Sevilla), por considerar este cruce el más idóneo para la montería, cuando menos en una buena parte de las sierras donde se cazaba.

Con el transcurso de los años el tipo de perro se va consolidando. Se crían los cachorros en Piedrabuena ya dentro de los perros nacidos y seleccionados en la casa. Poco a poco, el tipo se va fijando y se empieza a seleccionar también por capa, teniendo hoy un perro prácticamente tipificado en morfología y de capa blanca-encerada. El gran reto es conseguir que sea aceptado como raza pura Valdueza.

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Hoy los valduezas han dado origen a grandes rehalas castellanas entre las que el propio Alonso Álvarez de Toledo cita los “burracos” de Pedro González de Castejón, descendientes de los de su Casa, la del Marqués de Puebla de Cazalla, la del Vizconde de Salinas, las de Fernando León y Gonzalo Morenés, la de Francisco Hurtado de Amézaga…

Los valduezas en Castilla, más que una rehala que alcanza la excelencia, han sido una verdadera revolución.

“Na” de “na”

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

La poesía, afirma el Quijote, es enfermedad incurable y pegadiza. Y en eso, como en otras muchas cosas, se parecen la poesía y el buen toreo. Si el enfermo de poesía rastrea entre los poemarios en la busca de un par de versos o de un par de palabras bien acompasadas, que sean fogonazos de belleza o que encierren una gran verdad, también el enfermo de buen toreo busca incansable imágenes, aunque sean aisladas, de esa faena soñada.

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Por eso cualquier corrida, por plomiza que sea, suele dejar en el recuerdo del aficionado alguna memoria aprovechable: un lance capotero, un saber andar a los toros o un acompasado remate para abrochar una serie. Son imágenes que permanecen ya para siempre. Y que uno, si echa mano de la memoria, ese caldero donde se recuecen los recuerdos, puede regustar cuando quiera.

– ¿ Qué tal la corrida ?

– “ Na “ de “ na “…pero el sexto tenía pies…lo recogió Morante, se espatarró, se estirazó con el capote..uff..las tres verónicas han valido el precio de la entrada.

– ¿ Y luego ?

– Pues luego lo que tenía que pasar : “ na “ de “ na “ .

Y así, el enfermo de buen toreo, va pasando su vida a golpe de verso y de recuerdo, entre detalles toreros que, no se sabe bien, si fueron reales o simplemente imaginados….

Perros reseros: el podenco colorado

El podenco colorado no puede en puridad considerarse un encaste, ni siquiera una variedad, ya que únicamente la capa lo distingue de sus hermanos. Fue el gusto por ver bien los perros en el monte lo que hizo que los dueños de rehalas fuesen seleccionando sus perros tomando como bases las capas blancas, ya completas, ya remendadas. Y hay que reconocer que nada hay tan alegre como la bandera de un perro blanco que trastea el monte. Sin embargo, antiguamente eran mucho más frecuentes que hoy los podencos canela en los distintos matices de sus capas: en sentido descendente de intensidad en el color, retintos, colorados, aceitunos o encerados.

Podenco andaluz colorao

Me decía Pepe Ortega, gran aficionado al perro y dueño de una excelente rehala, que había oído comentar más de una vez que el podenco colorado tenía más duros y resistentes los pulpejos. Pero tanto a Pepe como a mí eso nos parece una leyenda serrana, cosa que corroboran Manolo Pedrosa y Juan de Dios Pliego, verdaderas autoridades en el podenco andaluz.

Por esta zona han tenido el gusto de uniformar su rehala con esta capa tan buenos aficionados como Curro Vega, q.e.p.d., Antonio Navajas y Jesús Bernier, si bien algunos de sus perros han tenido otra manchas menores blancas, como estrellas, calzas, corbatas, collares o luceros.

De todas formas, nunca he entendido que se dé prioridad a la capa de los perros en su selección. Lo que tienen que hacer los perros es andar bien en el monte, no ser colorados o berrendos y con gafas. Pero, en fin, cada uno con su rehala hace lo que más le gusta, que para divertirse la tiene. Y, además, que, como decía el Guerra,

Ca cual es ca cual y ca uno es ca uno.