“Navalagrulla”. Montear a las puertas de Córdoba.

Desde el puntalito donde me había colocado el destino dominaba unos cerros macizos de monte y chaparros. Verdes oscuros, brillantes. Y, al fondo, azuleaban Córdoba y la campiña en unos colores más pálidos cuanto más lejanos, que acababan perdiéndose en lo hondo de los llanos, allá al Sur del Guadalquivir.
Merecía la pena llegar hasta allí sólo por aquél bellísimo espectáculo, que el estar acostumbrados nos hace olvidar a los cordobeses este privilegio de tener la sierra a las puertas de la ciudad.
Pero yo había ido allí a cazar. Y para que estuviese en aquel puesto el que le ayudó al destino fue Rafael Mateos, uno de los socios que cazan la finca y que era postor de mi armada. Porque cuando ya llevábamos todos la vereda para colocarnos, resultó que íbamos dos escopetas para un mismo paso. Conque Rafael me dejó el suyo y siguió para ponerse al final.
El puesto estaba en pleno monte. Muy bien colocado porque los marranos podrían mecerse por aquél puntal. Pero muy sucio. No se veía ni a cantar. Así que me pasé mi buena media hora pisando jaras, aclarando como pude aquello, a ver si se le ocurría aportar por allí a un cochino
Jabalíes DueñasPues resultó que había caído en la teta, que se dice. Cuando entraron los perros en la umbría que yo tenía enfrente no daban abasto a correr cochinos. Aquello es que hervía. Tiraban todas las escopetas de los alrededores. Los arrollones no paraban. Y ladras para arriba y para abajo. Se meneaban las lentiscas que era una gloria. Pero ni por casualidad se veía blanquear un perro, tan cerrados estaban aquellos apretales.
Por fin, me pareció que un cochino había enderezado su corrida para arriba. Escuchaba el tronchadero que traía derecho, derecho, a mi paso. Me desesperaba tratando de adivinar por donde me iba a romper, porque iba a ser visto y no visto. Entreví el copete en un trascaluzón por encima de la jara, al fondo del puesto, por lo peor. Le eché una bala y se volvió. Lo habría agarrado. Pero, por si acaso, pegué el cerrojazo y le asegundé, ya entre el monte. Se desbarró para el barranco pero me pareció que bregaba. Poco después, se pusieron a morder los perros. Pues no estaba mal la cosa.
Maté después otro muy lejos, gateando por una solana que tenía detrás. Lo tiré por aquello de que donde no matan las balas es en las alforjas. Pero tuve suerte y se quedó. Y es que hay días en que todo le sale a uno bien. Y fincas que se dan, como me pasa a mí con Navalagrulla.
Esta montería ha sido otra de la orgánica de Sojo y Antonio Sanz Yergo. O Sanz y Sojo, tanto monta, que para eso van en todo al alimón desde hace muchísimos años.
Me alegró ver en la junta a un viejo amigo, Perico Guerrero Pemán, que se ha echado a esto del monte. Con él estuve alrededor de las migas y con los socios que ahora tienen la caza de la finca, José Espejo, su Presidente, y su hermano Antonio, con el que ya he coincidido muchas veces en el campo. Pero, aparte algún perrero amigo, conocía pocas personas más.
Montear es muy caro. La caza, qué le vamos a hacer, es un bien escaso y somos muchos los que sentimos esta puñetera pasión de la montería. Por eso, aprecio tanto estas orgánicas modestas que pueden poner a cualquiera, por poca capacidad económica que tenga, en trance de matar un marrano que es, al final la mayor ambición del buen aficionado.
Pero lo más fatigoso de estas monterías modestas, sin caballerías, es arrastrar los cochinos. Y otra vez apareció como un ángel tutelar Rafael Mateos que, con su hijo, con Antonio Espejo y conmigo sacó mi cochina a puerto de claridad. Mi ayuda, la verdad, fue más bien simbólica pero, en fin, hice lo que pude.
Fueron ellos después por el raspil de la solana y me quedé yo en el puesto para guiarlos hasta donde estaba la otra cochina. Se cargaron las dos, y a la junta. Por allí no es que se hubieran acabado las habichuelas, es que habían fregado ya las perolas. Pero bastante me importaba a mí comer o no comer,después del día que había echado.

Mariano Aguayo

(Págs. Córdoba, 17.02.1997)

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El temple

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

TEMPLEEsos minutos que pasaba en el patio de cuadrillas, a punto de liarse el capote de paseo, no tenían lidia posible y el miedo lo acogotaba y no sabía cómo entretenerlo. Desde los tiempos de novillero había buscado una triquiñuela para vencer ese miedo, pero no había podido encontrar alguna receta que fuera infalible. A veces optaba por aislarse, meterse en sí con la actitud indiferente de una vaca cuando la ordeñan, y buscar en la memoria, ese caldero íntimo donde se recuecen las experiencias pasadas, un recuerdo amable, de los que le esponjaban el corazón y le hacían coger optimismo y fuerza.

Algunas tardes había sacado del caldero una imagen hermosa: él mismo, muy niño aún, cogido de la mano de su madre paseando por los jardines de Los Patos, echando trigo a las palomas. O más mayorcete, con su padre, cazando conejos , en los arroyos veraniegos, con tres o cuatro perrillos , armado de su escopetilla de 12 milímetros. Aquellas rememoraciones le llenaban el ánimo de felicidad, ahuyentaban el miedo, y le hacía estar luego inteligente y lucido delante del toro. Y, casi siempre, triunfar.

Pero no siempre había suerte : otras veces la memoria le traía recuerdos de cornadas, como aquella tarde en Murcia en que un toro le abrió el muslo en dos, como si fuera un libro , y, entonces, tenía que retornar apresuradamente de su ensoñación y hablar con cualquiera de la cuadrilla cosas intrascendentes y comentar evidencias para entretener los miedos.
– Pues se ha llenado la plaza…
– ¡ Qué buen tiempo hace !
– ¡ A ver si embiste el ganado !

Aquella tarde, sin embargo, cuando se aisló, la mente no le trajo recuerdos, ni buenos ni malos, sino una frase:

– Sin movimiento, no hay toreo…pero mientras más lento sea el movimiento, mayor será el toreo.

El maestro no recordaba haberla oído jamás, ni mucho menos haberla leído, que el maestro no era gustoso de la letra impresa, pero sabía bien que el inconsciente funciona, muchas veces, mejor que el consciente, de modo que si la frase le venía a la mente por algo sería.

Se abstrajo unos momentos meditándola, pero sin entenderla bien del todo.
Enseguida rompió el pasodoble y empezó el paseíllo.

Cuando salió su primer toro el maestro aún tenía fresco el requerreque de la frasecita :
– Sin movimiento, no hay toreo…pero mientras más lento sea el movimiento, mayor será el toreo
Y aún seguía sin comprenderla. Pero el maestro era hombre más de acción que de pensamiento, y se dejaba llevar más por el sentimiento que por la razón. Por eso, tan pronto sitió la caricia del percal entre las manos se transformó.
– Sin movimiento, no hay toreo…pero mientras más lento sea el movimiento, mayor será el toreo

Y templó tanto a la verónica que sus lances se pararon en la memoria de los aficionados…tanto se pararon que aún siguen ahí.

Natural. 11x15

Primavera

1º Perdiz

Ayer estuve en Mezquetillas. Parecía que no iba a llover nunca y hay que ver cómo está la sierra. Verde, que revienta de verde, y hermosa, pintada por los cantuesos, la manzanilla y los chupamieles. Los carriles están encharcados y el pasto jugoso. No se ve ni una cruza. ¿Para qué se van a mover las reses, si tienen junto a las camas la comida y el agua?
Como ando buceando en viejas fotos, al llegar al collado donde se bifurcan los caminos de las dos Mezquetillas, la de Calvo de León y la de Parias, que ahora es de Martínez Sagrera, no puedo evitar la evocación de los antiguos dueños, que hicieron de estas manchas el sancta santorum de la montería de Hornachuelos. Y San Bernardo, Torralba, El Rincón, Santa María, …
Esta sierra tiene una fisonomía especial, con sus cañaditas, sus horcajos, sus balconcillos… Aquí se tira pechenfrente, en corto, escuchando el tronchar del monte, gozando el lance.

2º - 22x33.Oct.08
Volví a ver la capilla de la casa. La campana guarda silencio porque ya no se convoca, como antiguamente, a misa los domingos. No hay que hacer muchos esfuerzos para imaginarse una junta de las de los años veinte, con monteros elegantes, los zahones lustrados, los sombreros a dos aguas. Por allí cerca, las caballerías y los brillantes autos, con sus bocinas de pera de goma junto a la ventanilla, sus deslumbradores cromados, sus ruedas de radios de madera y aquellas correas de hebillas rutilantes que abrazaban el capó.
Hemos aprovechado una clara para dar un paseo. La sierra es intemporal y la yerba brilla mojada bajo el amable sol de mayo como hace cincuenta, cien o mil años. Las cornicabras y los lentiscos son por aquí arborescentes. Hemos llegado al puesto donde estuve este año, un boquete muy sucio y muy carnicero. Pero a la imaginación le cuesta un enorme esfuerzo recomponer la jornada. Y es que no me veo por aquí con un rifle en las manos.
Siempre me pasa igual. Echan la veda y hay unos días en que se echa de menos la briega de la temporada de monte pero, cuando se vuelve por la sierra tras la Semana Santa, perfumada de incienso y cera quemada, todo es distinto. Y para las reses también. Las ciervas pariendo, las cochinas con rastra y los venados con los brevones de la cuerna. Hasta que comience a picarles el terciopelo y se pongan a varear el monte y los chaparrillos nuevos…
Y, en Otoño, otra vez.

(TROFEO, Madrid, 2000)

Venirse arriba

TORITO III. 10X12TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Recostado en la barrera, el maestro miraba con una mezcla de preocupación e indolencia el tercio de banderillas, que discurría complicado y peligroso. El Beni, a pesar de ser capotero poderoso, sujetaba al bicho en el tercio a duras penas , que así estaba el animal de andarín y descompuesto. Y Palillo, no obstante ser un buen banderillero y estar muy ágil, daba pasadas en falso sin poder prender ni un solo palitroque.
El maestro pensaba:

“ …todo es conforme y según y el toro tiene sus problemas, espera y se acuesta por el derecho y rebaña por el izquierdo… el público no lo ve…porque el público es necio…pero vaya arreones pega el bicho…y yo no me voy a dejar coger por un buey…que me abroncan..pues vale…la bronca más larga dura cinco minutos y la cornada más chica quince días….”

Palillo había dejado una banderilla en el costillar y el público le pitaba con ganas.
El maestro pensaba:
“…si me doblo con él y le aguanto los tres o cuatro primeros arreones soy capaz de meterlo en la muleta…..pero eso es echar la moneda al aire y jugármela…..y yo no me voy a dejar coger por un buey…que me abroncan…pues vale…la bronca más larga dura cinco minutos y la cornada más chica quince días….”
Palillo había dado otra pasada en falso y ahora era el turno de Bombilla, que estaba ya viejo y regordío, y torpeaba mucho. Si de joven ya era pataleto y lentorro, ahora, con más de cincuenta años y con episcopal panza de arzobispo, todas sus carencias se agolpaban en cada suerte y era un peligro constante.

El maestro pensaba :

“…le doy cuatro trapazos, le toco los costillares y lo paro…y en cuanto se descuide le meto un golletazo y fuera líos… yo no me voy a dejar coger por un buey…que me abroncan…pues vale…la bronca más larga dura cinco minutos y la cornada más chica quince días….”

CITANDO8
En esto sonaron clarines y timbales. Pacorro, el mozo de estoques, le arrimó los trastos. Lo animó.

Vamos, maestro, que en la vida y el toreo hay qué demostrar quién es uno…y tú eres el mejor.
Y al maestro, esas simples palabras, le prendieron un fuego en los adentros , y se vino arriba, dispuesto a jugársela porque, aunque es verdad que la bronca más larga no dura más de cinco minutos, y aunque también es verdad que la cornada más chica no dura menos de quince días, no es menos cierto que el triunfo dura para siempre, para siempre, para siempre….

Jee, toro, jee……

Acoso y derribo del cazador

Cuando se remató y llegamos a la casa hice una declaración solemne a mi amigo Alberto. Nunca, en mi vida, me habían entrado tantos cochinos a un puesto. Y cómo corren en el cortadero, que se escupen en las manos antes de saltar. Hubo un momento en que me comían. Maté los que pude y se me fueron los que pudieron, con lo que ellos y yo cumplimos con nuestro deber.

COCHINOS AVELLARA la noche siguiente, en la cama, al filo del delicioso lindazo que separa el sueño de la vigilia, repasaba todos los lances, revivía el romper de los cochinos al cortadero, los rastreos entre la jara, el siempre feliz descubrimiento del marrano muerto… Pero, al principio levemente y después con fuerza, me fue desvelando el fantasma de ese toro administrativo que nos acabará cogiendo a los cazadores por mucho que corramos.
En el trasnoche de la víspera, de sobremesa, anduvimos cambiando sombrías impresiones sobre las trabas, calla vez más desesperantes que se están poniendo a la caza. Sobre todo los que ya vamos delanterillos nos vamos a encontrar un día con que no superamos alguna de las increíbles pruebas médicas a que nos van a someter. 0 las síquicas. Y es que ahora nos van a vigilar mucho, no vaya a ser que nos dé por asesinar a alguien de un escopetazo. Como si no hubiera por ahí cuchillos, hachas, estacas, sogas, venenos, azadas y pedruscos con los que despachar un cristiano. 0, desde antes de que hubiera cristianos, la quijada de un burro, que esa si que es un arma con solera. Pero vamos a no darle ideas a Interior, que a lo peor se le ocurre prohibir los burros.
No me voy a quejar aquí de la inquina con que el Gobierno parece mirar a la caza, como si el millón y medio de cazadores que en España somos no votáramos. Y no lo haré porque sé que protestar en TROFEO o en otra revista de caza es como mirarnos el ombligo. Nos quedamos encantados de lo ingenioso que quedó nuestro escrito, que leen sólo otros convencidos, y tal día hizo un año. Eso no sirve para nada. Veré que puedo hacer en ,algún medio de información general contra esta torva manía que nos tiene el Gobierno. Y es que todos los que sentimos amor por la caza tenemos el deber de defenderla para que esta dedicación, tan vieja como el hombre, llegue al alcance de nuestro hijos y de los que vengan detrás.
Yo, al final, me dormí arrullado por la egoísta consideración de que, con mi historial de montero y después de días como el de ayer con todos aquellos marranos patas arriba, a ver quién es el guapo que me quita lo bailado.
Por cierto, que Alberto me pidió que callase su apellido pero nada me dijo del nombre de la finca. Estábamos en El Avellanar. Laus Deo.

Trofeo, Madrid 1999.

La sierra otra vez

A los doctores
Antonio Allona y Francisco Sánchez de Puerta con mi agradecimiento.

El camino de Villaviciosa es de una gran belleza, sobre todo desde que se deja la carretera general a Badajoz y se comienza a bajar al pantano de Puente Nuevo. Allí, casi siempre, se mete uno en la niebla que no despeja hasta coronar el collado de los Venados. Luego, repechando, repechando, otra vez el sol, aún tímido, tratando de levantar el frío pegado con tesón a las umbrías. Y arriba el pueblo, blanco, aún desperezándose en la mañana helada.
Un mes llevaba yo quitado de mis briegas habituales. Había estado más malo que un perro. Pero como todo pasa, aunque muy débil, estaba recuperando la normalidad cuando me llamó Antonio Soto.
-Bueno ¿qué? ¿Vienes o no vienes a Los Llanos? ¿Y qué más da que estés fuerte o débil? Te voy a poner a doscientos metros de la casa en un puesto que te caes del coche y allí estás. Al solecito y en recacha.
9. Correndo venadoConque me decidí. Y allí estaba, flojo como un pellejo de breva, que levantar el rifle ya me parecía un esfuerzo importante. No hay como la convalecencia para que los amigos te muestren su cariño. Me llevó al puesto Antonio Sotomayor. Y, ya en mi catrecillo, con el rifle terciado sobre los zahones y la gorra acomodada a los ojos, sentí cómo acababa de retomar el ritmo de la vida.
Tras una mañana tan fría, parecía mentira lo pronto que había templado la orilla. Y es que, ya a las once y media, el sol había comenzado a hacer su trabajo.
Entró un venado. Largo, corriendo mucho. Lo afiné bien, le corrí la mano, le eché un tiro y se me fue. Luego tiró otro Fernanda y, con gran falta de consideración a mi persona, lo hizo un taco. Menos mal que pude justificarme matando otro venado que pasó con las mismas maneras que el primero.
La salud es uno de los bienes más ansiados, casi mitificados por la gente. Se ruega por ella, se la invoca. En los viejos cantes del pueblo gitano, hay un remate que ya es clásico: Toítos le piden a Dios la salud, la libertad La salud. Esa cosa que sólo los enfermos saben qué es. Y que sólo se saborea en plenitud cuando se recupera. Cuando se recupera y se vuelve a estar en un puesto de montería, con todos los colores de la sierra en los ojos y el sol bañándote el alma.
Ahora mis hijos, cuando se interesan los amigos, no tienen que dar muchos detalles:
-¿Mi padre? Anteayer mató un venado.

(“TROFEO”, Madrid, 2008)