La sierra otra vez

A los doctores
Antonio Allona y Francisco Sánchez de Puerta con mi agradecimiento.

El camino de Villaviciosa es de una gran belleza, sobre todo desde que se deja la carretera general a Badajoz y se comienza a bajar al pantano de Puente Nuevo. Allí, casi siempre, se mete uno en la niebla que no despeja hasta coronar el collado de los Venados. Luego, repechando, repechando, otra vez el sol, aún tímido, tratando de levantar el frío pegado con tesón a las umbrías. Y arriba el pueblo, blanco, aún desperezándose en la mañana helada.
Un mes llevaba yo quitado de mis briegas habituales. Había estado más malo que un perro. Pero como todo pasa, aunque muy débil, estaba recuperando la normalidad cuando me llamó Antonio Soto.
-Bueno ¿qué? ¿Vienes o no vienes a Los Llanos? ¿Y qué más da que estés fuerte o débil? Te voy a poner a doscientos metros de la casa en un puesto que te caes del coche y allí estás. Al solecito y en recacha.
9. Correndo venadoConque me decidí. Y allí estaba, flojo como un pellejo de breva, que levantar el rifle ya me parecía un esfuerzo importante. No hay como la convalecencia para que los amigos te muestren su cariño. Me llevó al puesto Antonio Sotomayor. Y, ya en mi catrecillo, con el rifle terciado sobre los zahones y la gorra acomodada a los ojos, sentí cómo acababa de retomar el ritmo de la vida.
Tras una mañana tan fría, parecía mentira lo pronto que había templado la orilla. Y es que, ya a las once y media, el sol había comenzado a hacer su trabajo.
Entró un venado. Largo, corriendo mucho. Lo afiné bien, le corrí la mano, le eché un tiro y se me fue. Luego tiró otro Fernanda y, con gran falta de consideración a mi persona, lo hizo un taco. Menos mal que pude justificarme matando otro venado que pasó con las mismas maneras que el primero.
La salud es uno de los bienes más ansiados, casi mitificados por la gente. Se ruega por ella, se la invoca. En los viejos cantes del pueblo gitano, hay un remate que ya es clásico: Toítos le piden a Dios la salud, la libertad La salud. Esa cosa que sólo los enfermos saben qué es. Y que sólo se saborea en plenitud cuando se recupera. Cuando se recupera y se vuelve a estar en un puesto de montería, con todos los colores de la sierra en los ojos y el sol bañándote el alma.
Ahora mis hijos, cuando se interesan los amigos, no tienen que dar muchos detalles:
-¿Mi padre? Anteayer mató un venado.

(“TROFEO”, Madrid, 2008)

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