El gallo de Valeriano

1. Gallo de Valeriano

Es nueve de abril y, tras los cristales de mi estudio, veo pasar presurosa la gente, la poca gente que no tiene más remedio que ir de un lado para otro con la que está cayendo. La lluvia que, como los olores o la música, atrae los recuerdos, me ha hecho recordar al Vale, cuando llamó a la puerta del estudio un día de agua, con aquel impermeable con esclavina, como de cochero, chorreando. Lucía una hermosa sonrisa y, cogido por las patas, me mostró un gallo pero un gallo. Un gallo de esos enormes, rojos y negros, con las plumas del pescuezo doradas y espolones de persona mayor.
Valeriano Pérez Ocaña era todo un personaje. Dueño de rehala, vivía el campo en plenitud. Monteando no se conformaba con tirar una res. Se llevaba la escopeta por si se volaba un pájaro y, de paso, cogía un regajillo y, antes de que soltaran, ya tenía colocada una armada de costillas. Iba por el mundo lo que se dice con una mano por el suelo, otra por el cielo y la boca abierta. Junto a sus perreras tenía una huertezuela, donde criaba verduras para el gasto, y un corral con gallinas. De tarde en tarde, aparecía con unas docenas de huevos para Fernanda porque decía, con razón, que sabían a otra cosa que esos de los cartones de los supermercados. Y ésas no eran más que aficiones porque Valeriano era rico o, por mejor decir, muy rico.
Levantó el gallo, que retorcía el pescuezo buscando una imposible verticalidad, seguramente preocupado con aquella humillación.
-Aquí tienes esto.
Yo miré con desconfianza aquel bicho.
-¿Quieres que te lo mate?
Me debatía entre el horror de convertir el estudio en un matadero y el miedo a ofender a Valeriano rechazando el obsequio. Al final, nos metimos en el trasterillo de mi estudio donde está la pileta del agua y me hizo sostener al gallo por las patas sobre una cubeta sujetándole como pude las alas. Le peló el cogote y le dio un tajo. Y allí había que ver la cantidad de sangre que suelta un gallo. Bueno, pues estuvo el pobre bicho tratando de aletear, cada vez con menos fuerza, hasta que se quedó flojo.
-Ea, ya está. Y dile a Fernanda que no se fíe al guisarlo, que éste no está blanducho como ésos que venden.

3. Echados
Dueño de perros, llamado El Maestro entre la gente del cuchichí por su sabiduría en las cosas de la jaula, trampero y amigo incondicional, Valeriano Pérez Ocaña murió hace ya más de dos años, en otoño, sin llegar a gozar otra temporada. El variopinto mundo de los llamados rehaleros, además de con terratenientes, profesionales, artistas o títulos del reino, ha contado siempre con personajes tan entrañables como éste, ajeno al tiempo que le tocó vivir y bueno hasta los tuétanos. Dios lo tenga en su Santa Gloria.

(Trofeo, Madrid, mayo 20008)

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Pilar Urquijo

(A la memoria a una gran montera)

Tenía muchos, muchísimos años y era pequeñita. Y frágil y encantadora. Pilar Urquijo fue constante compañera de monterías de su esposo, Alonso Álvarez de Toledo, Marqués de Villanueva de Valdueza. Y, tras la muerte de éste, siguió monteando hasta bien pasados los ochenta años, es decir, mientras pudo.
Comenzó Pilar Urquijo su andadura por la caza mayor en una época en que no era fácil para una señora encontrar sitio entre hombres en el recio mundo de la montería. Pero ella, que tenía una resistencia grande en su cuerpo pequeño, se adaptaba a todo. Y tiraba con un express que, supongo, la haría girar a cada disparo con su retroceso.
Siempre gozó del viejo aroma de la montería. Se hizo novia en La Toledana, la finca del Infante don Alfonso de Borbón. Nada menos que en casa de la infanta Alicia, quizá la única gran montera que queda de la misma generación. Y, desde entonces, estuvo en el centro de la montería española conociendo de cerca la componente fundamental de esta hermosa dedicación: el perro. Porque en su casa se formó una de las rehalas más justamente famosas de España, esos valduezas creados por su esposo y recreados día a día por su hijo Alonso, el actual marqués. Un encaste bello y poderoso que ha sentado las bases de tantas rehalas castellanas.
escanear0013Un mérito indirecto de Pilar Urquijo fue la entrada en la afición de su hermano Alfonso, que después dejó tanto testimonio escrito de sus andanzas y opiniones.
Ahora, en estos tiempos en que la montería y su ambiente sería casi irreconocible para ella, nos ha dejado Pilar Urquijo. Se ha ido tan serenamente como vivió, en este Febrero de hielos y nieves que ella no tendría porqué extrañar, habituada a las umbrías, los fríos y los vientos de todas las sierras. Y con ella desaparece uno de los últimos testigos de la época dorada de la montería española.
(TROFEO Abril 2005)

Foto: Pilar Urquijo, marquesa de Valdueza, acompañada de los guardas de El Casarejo; Esteban (guarda mayor) y Eleuterio

Capotazo de banderillero

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Con los palos en la mano era más eficaz que otra cosa : los dejaba con facilidad, encontraba toro en cualquier terreno y, aunque de una agilidad lentora y trastabillada, jamás dio una pasada en falso. Dicho de otro modo: cumplía con su trabajo, sin alharacas y sin estrépitos. Muy profesional.

CAPOTAZO

Ahora bien con el capote…con el capote era gloria : en sus manos el percal se mecía templadamente, con suavidad, con los soñolientos ritmos con que una madre acuna un niño y, con esos lances, abría los caminos de la bravura, los amplios horizontes del toreo, del temple y de los misterios del arte.

Luego, hechos los descubrimientos, sería su matador quien triunfara.

Porque él no estaba hecho para triunfar: porque él era gordoncho y torpón, casi contrahecho; porque él no era banderillero de romance, ni de poema, ni de canción…Porque él, por esas cosas de la vida, era sólo un torero de oro que vestía de plata.

Y su matador lo sabía. ¡ Vaya si lo sabía !

La gracia en la palabra

Me confió hace ya años Juan Delibes que había oído decir a su padre, el venerado patriarca, que los escritores andaluces se inventaban palabras. Y no sé yo si en algún caso hay algo de eso pero es lo cierto que, andando con las gentes de nuestras sierras, no hay ninguna necesidad de inventar. Basta con recibir.
Empedernido cazador de palabras del monte, cuando en 1988 decidí que ya no encontraba una más que fichar, publiqué mi Vocabulario Cordobés del Monte y la Montería. Bueno, pues unos meses después, al sacar la segunda edición, tuve que añadir un apéndice con treinta y ocho entradas más ampliando la obra con aportaciones de mis amigos. Muchas de ellas eran conocidas mías pero tan usadas que las daba por asentadas en el diccionario de la RAE. Aquí el que inventa y con muchísima gracia- las palabras es el pueblo enriqueciendo extraordinariamente el castellano.

perros
Estos días ando mucho entre perreros y dueños de perros. Estoy haciendo cuadros con muestras de cada rehala que terminarán reproducidos en mi próximo libro. Y esto tiene para mí dos satisfacciones: la de pintar y la de tratar con gente hecha a andar (o andarear, que se dice por aquí) la sierra.
Hablaba Juan García Liñán, cuyos espléndidos noventa y seis años quería yo aprovechar para identificar personas en viejas fotos sepia, de un perrero que mateaba mucho. Y alababa los perros de Antonio Escote, de Hornachuelos, porque aunque eran muy ligeros, retaquillos los llama él, con ellos se podía echar una mancha y, además, estropeaban poca carne.
José María Bretón, tantos años perrero de Júbel, me contaba cómo se había pasado la vida haciendo aquella gran rehala claseando los perros.
Las capas de los perros, remendados, corbatos, calzados, verdinos, morachos, averdugados dan mucho de sí. Incluso con sus divertidas concreciones. Un podenco no es canela sino colorado. Pero los colorados, si no son muy intensos de color serán aceitunos. Y, si el color es muy débil, encerados. Así llama Curro Vega a muchos de sus perros porque Curro, como Antonio Navajas, tiene el capricho desde hace muchos años de tener perros colorados, capa de tanta tradición en el podenco andaluz.
Una de las cosas que más pone en evidencia la bisoñez de un montero es la forma de expresión. Más aún que la ropa. Recuerdo a uno que, en una junta le preguntó a un perrero si era suyo un perro marrón. Lo miró el otro de reojo y
– Mire usted, marrones son los zapatos. Ese perro es mío, pero es colorao.
Total que, a pesar de lo desarraigados que andan los serranos, conservan y defienden giros y vocablos que habría que declarar habla protegida dado su indudable peligro de extinción.

(Ilustración: Podencos remendados en colorao. Óleo sobre lienzo. 60×73. 2008)

La alternativa

TAUROMAQUIA. Mariano Aguayo (acuarelas) y Rafael del Campo (textos)

Domingo Carracedo, Cebollito en los carteles, tomó la alternativa una tarde de septiembre en su pueblo, sin otro fundamento que cuatro novilladas en plazas portátiles y sin otra pretensión que añadir con cierto sentido ( no mucho, verdaderamente) la leyenda matador de toros en su tarjeta de visita. Los inocentes también tienen derecho a algo de gloria y de autocomplacencia y, si es posible, a darse postín. ¡ Faltaría más!

CEBOLLITOPara la ocasión Cebollito alquiló a Modesto Sánchez, sastre de toreros, un vestido de torear color indefinido, quizá en tiempos fuera tabaco, o caña, o mostaza, quien sabe, lo que sí es cierto es que el día de la alternativa parecía de mierda y oro ( dicho sea con respeto) así estaba de astroso y desgastado. Por si fuera poco, la taleguilla tenía un costurón mal recosido a la altura de la ingle por donde se le fue la sangre y después la vida al valiente novillero El Exquisito ( se ignora su verdadero nombre ) el día de no sé que Virgen, de un año que no recuerdo, en un pueblo manchego ( ¿ o era extremeño? ) que a nadie importa.

Pero con Cebollito no iban supersticiones ni fatalismos ni era él persona que creyera, como algunos poetas ( los poetas suelen ser gente rara y peregrina) que la vida se repite y que la historia siempre termina por retornar. Por eso cuando su padrino, el diestro mejicano Abundio Irving Palomo de Popocatepelt le cedió los tratos, se fue al toro con templanza y decisión y se dijo : Vamos a cortarle las orejas Cebollo (Cuando se hablaba a sí mismo omitía el diminutivo, probablemente para darse ánimos y no desmerecer ante la propia opinión).

Y aunque el toro se vencía por el pitón derecho se empeñó en torearlo por ese lado ( ahí está el mérito, que se palpe la tragedia, ¡ Olé los toreros valientes! )y de su contumacia e insistencia surgieron dos derechazos, el primero compuestito, y no hubo lugar al tercero porque el toro le metió el pitón a la altura de la ingle, descosiendo el costurón mal recosido de la taleguilla. Conforme caía, el marrajo le tiró un hachazo en dirección al cuello, pero se conoce que el animalito, con la emoción de ver a su presa indefensa, se precipitó y marró el viaje y así, por milímetros, salvó Cebollito la yugular. Ya en el suelo, babeado, pateado, humillado y malherido por el toro, que no cejaba en buscarlo, Cebollito sacó el estoque y, como quien no quiere la cosa, lo hundió en el costado del cornúpeta, con tal precisión y buen tino que le picó el corazón, y lo hizo rodar sin puntilla. LA plaza irrumpió en una ovación atronadora. A Cebollito le fueron concedidas las dos orejas y el rabo.

Como rémora de la cornada le ha quedado a Domingo Carracedo Cebollito una cojera de las perpetuas, que le hace andar a ritmo de pirueta sostenida, con una muleta ( ortopédica, claro) que el maneja con galanura y buenas maneras, seguramente por deformación profesional. En los bares donde entra vendiendo lotería, bolígrafos o tabaco de contrabando suele encontrase con los novilleros de moda, con sus chaquetas cruzadas, sus corbatas de seda y su pelo engominado. : Buenas tardes, maestro, le saludan. Cebollito nunca se ha parado a pensar si lo de maestro es por respeto o por sorna. Y yo, que quieren que les diga, creo que hace bien.

Beatus ille…

Monte 2
Ayer, en Torreárboles, estuve gozando uno de mis grandes placeres serranos. Me fui a una recacha con una buena hamaca y, allí, como un lagarto, cerré los ojos y me dejé bañar por la caricia dulce y suave del sol de invierno. Algunas nubes cortadas de esas grandes, camineras, dejaban en sombras durante un rato los cerros. Pero, antes siquiera de que el frío atravesase las ropas, ya estaba allí otra vez aquella fuerza deslumbradora y se agradecía aún más el calor del sol.
Parece que fue ayer cuando echamos el manchón de ahí enfrente, el de la umbría, y es menester ver cómo ha cambiado todo. La encina, en vez de bellotas, tiene ahora los mocos de flores que la renovarán, el durillo anda en flor y están apuntando los brotes en las cornicabras. Ni rastro queda de los madroños que brillaban entre el oscuro verde esmeralda de sus matas y habrán vuelto a tomar sus encames las dos o tres marranas que echamos a correr con una evidente falta de consideración.

Monte 5

Ahora la sierra sirve para estar y meditar. Para trazar las guías de la obra futura. Para alejarse de esas bregas que todos mantenemos en el fragor constante del día a día. Y ¿por qué no? para orar, que desde estos cerros hasta Dios no hay más que un paso.
El cazador sigue siendo cazador cuando se para en lo alto de un peñasco para encender un cigarro y desparrama la vista sobre los barrancos; cuando escudriña lo que le rodea en el puesto, desde el inquieto pechirrubio a la mirla que le anuncia un marrano zorreado; cuando contempla pechenfrente ese revoltillo de hombres, reses y perros que es la echada de una mancha. O cuando se tumba a tomar el sol. El cazador, lo sepa o no, siempre acaba siendo un poco poeta.
La fusión del hombre con la naturaleza ya la cantó un poeta de la Roma esplendente: Beatus ille qui procul negotiis… que inspiró a nuestro fray Luis de León: Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido
Qué bien se está en la sierra. Pero qué bien.

(TROFEO, Madrid, 2007)