Aquellas chicuelinas

FINITOHan pasado muchos años, demasiados, pero aún permanecen en mi memoria, y aún más, en mi corazón, aquellas chicuelinas. Era un quinto novillo de Torrestrella, burraquito, muy en el tipo de los que por entonces criaba Don Álvaro, que en Gloria esté. Se llamaba Exquisito. Finito lo recogió con el capote, genuflexo, en unos lances que embebieron la embestida y luego, ya en pie, meció unas verónicas transparentes que abrochó con una larga.

La cosa estaba caliente cuando el torero, tras la suerte de varas, se descaró con el novillo. Lo citó de largo: el animal en el tercio, Finito en el mismo anillo de la plaza. El toro se arrancó bravamente y el torero lo acunó (sí, toreó con tanta dulzura que bien podemos decir que lo acunó) en tres chicuelinas que templaron la embestida, con unos ritmos a la par acompasados y clamorosos.

Muchas veces me he preguntado si aquellas chicuelinas no serían un sueño. Muchas veces me he preguntado si no sería mi imaginación, la que hubiera encumbrado aquel quite a la categoría de obra de arte. Muchas veces me he preguntado si no será que el recuerdo pule los defectos, engrandece las virtudes y, pasado el tiempo, nos presenta una realidad equivocada.

Pero hoy, por estas cosas del internet, he dado en youtube con aquellas chicuelinas. Las he contemplado con detalle, con frialdad, hasta con un poquito de “ mala leche “.

Y hoy, una vez más, he comprendido por qué soy finitista. Y aún más: por qué seré finitista hasta que cierre los ojos. Hasta que los cierre para siempre.

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