Plata para el recuerdo

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Los zahones, las alforjas hoy en desuso, aquella escopeta entrañable del abuelo ya tan holguera, son para un cazador tesoros inapreciables que aumentan su valor con el paso del tiempo. Pues ¿y el sombrero?  El de mi mujer debe pesar un par de kilos. Está lleno de broches -me resisto a llamarlos pins, por más que lo admita la Academia- acumulados a lo largo de muchos años. Ninguno es de esos alemanes troquelados. Son modelados y vaciados por plateros cordobeses. Evocan fincas, sociedades de caza, grupos de amigos…

Hoy se me ha ocurrido ir evocando con estos brochecillos, que en Córdoba llaman “escudos” los plateros viejos, las circunstancias que se dieron para que acabaran en el sombrero de una señora.

Los recuerdos almacenados llegan a formar parte del patrimonio de un cazador. Son algo que podrá compartir con hijos y nietos, algo que alimentará sus horas muertas cuando la falta de fuerzas necesariamente lo obligue a retirarse del monte. Pues, mirando ese sombrero, he comprobado cómo el olvido había cubierto de niebla más de un recuerdo, que se ha avivado con el brillo y los nombres de los broches. “Casas Rubias”, “Las Mesas”, “El Santo”; las sociedades de “Los Compadres”, de “Madroñiz”… de los rehaleros de Jaén. A partir del próximo número iré reproduciendo y anotando todos y cada uno de estos airosos recuerdos hechos plata que brillan en el sombrero de Fernanda, una montera ya veterana.

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Las matas del monte

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Nos pasamos los monteros tantas horas en la sierra que acabamos por no reparar en lo que tenemos en nuestro derredor. Obsesionados con la suelta o con si cargamos el aire; dedicados a estudiar la coletilla de monte que puede tomar un marrano para caer a la umbría de detrás; afinando desesperadamente el oído por si una res viene zorreada… no nos damos cuenta del privilegio que supone pasar unas horas de contemplación en mitad de la naturaleza.

A mí una de las cosas que más me han interesado siempre han sido las matas del monte. Recuerdo que un día, estando con Fernanda, mi mujer, en San Calixto, contamos dieciséis especies alrededor del puesto. Y cada planta tiene su personalidad, su estética, sus virtudes alimenticias o medicinales. O su leyenda negra. Por ejemplo: Si hueles la flor de la adelfa se te hinchan las narices.

Cualquier aficionado al monte sabe que el trompo de la jara es una excelente proteína para las reses, que debajo de una retama se cría un cordero o que la perdiz y el cervuno se desviven por la granilla del lentisco.

La bellota es la bendición de la sierra y, en cuanto empieza a gotear, se lleva todas la reses del entorno. Es divertido ver a las ciervas quietas, atentas, expectantes y cómo aprietan a correr al escuchar, tres chaparros más allá, el golpecito en el suelo de una bellota. Rebajados tienen los ruedos de las encinas de tanta rebusca. La bellota más temprana es la del quejigo, a la que sigue la de encina, que es la más dulce, y la de alcornoque. Tan apetecible es esta comida para las reses que es normal oír, cuando entra un venado de careo, que venía “belloteando”.

Hay matas que no las come el cervuno aunque se muera de hambre como el romero, el tomillo y el torvisco. Aunque las dos primeras tienen felices aplicaciones en gastronomía, el torvisco es tan venenoso que sólo sirve para pescar con mal arte entorviscando las aguas.

Debiera organizarse alguna vez un curso sobre vegetación y venatoria. Pero no con biólogos o ingeniero


s como monitores sino, más bien, con algún que otro serrano viejo y sabio al que debiera concederse honoris causa el doctorado en flora del monte.

“Trofeo”, Madrid, 2011

Aquellos años

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Por culpa de Lolo Mtialdea, que me ha dado a leer el manuscrito de sus memorias, he recalado en la nostalgia de aquellos felices años setenta y ochenta, cuando las cosas de la montería se fraguaban en Córdoba en unos pocos centros de decisión. Normalmente bares o tabernas ya que, por estos pagos, nunca cuajó un club de monteros. Por ejemplo, en “El Coto” reinaba Pepín Molina Guerra, continuador de la rehala de Guerrita y organizador de Casas Rubias. Y, en su derredor, andaban Pepe Cañete, que daba Mesas Altas y su primo Pablito que se quedaba con manchas por la zona de Fuente Vieja. Y esto atraía una cohorte de amiguetes tratando de colocarse, perreros ponderando sus excelentes rehalas y monteros en general.

Las cosas del monte se movían por las que pudiéramos llamar familias. Y Lolo andaba en la de su tío Andrés Mialdea, que había comprado Las Mesas de Marina a las que añadió La Gitana formando un buen coto de caza mayor. Toda esta harca recalaba en el bar “Moriles”, de la avenida de Antonio Maura. Andrés, como patriarca, estaba por encima del bien y del mal. Los puestos, las echadas y las fechas las llevaban su cuñado Benito Lozano y su sobrino Lolo. Y alrededor, cómo no, otra pléyade de buenos aficionados. José María Cabanás, Antonio Arenas, Jose Mari Prieto… Y aquellas tertulias no eran impermeables en absoluto, que yo mismo estaba en las dos.

En el “Gran Bar” se cocían los planes de Rafael Bernal, su dueño, y Cipriano Sánchez. Todo alrededor de Taqueros, coto que poseían en común. Y era aquel otro núcleo nada despreciable de monteros cordobeses.

No sabría yo decir si se gozaba más en el campo o con el vino charlado de las tabernas. De aquellas reuniones salía uno pleno de ilusión, con una fe inquebrantable en el buen puesto que se había agenciado. Era una fe viva, mantenida, que sólo iba debilitándose, si no habías tirado, cuando comenzaban a sonar las caracolas llamando a los últimos perros que remoloneaban en la mancha.

Y, el lunes, vuelta a empezar. A recargar ilusiones y a intrigar a ver cómo conseguías un puesto en el que ponerte a menos de cien pasos de un cochino. Por aquellos tiempos las monterías, al menos en Córdoba, aún cabalgaban entre la tradición y el comercio que vino después. Se ponían “armadas de los niños” para sujetar reses y se charlaba más que se mataba. Y, además, éramos muy jóvenes. Qué buenos tiempos.

(Prólogo para “40 AÑOS MONTEANDO”

                     LOLO MIALDEA)

Narrando en veda

Qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Por aquí, la primavera es vista y no vista. Toda aquella lujuria de colorines se ha ido apagando en los cerros. La yerba se torna pajiza y el sol pega sin piedad. Y ya mismo está aquí, crujiente y áspero, el verano con sus conciertos de chicharras. Y el calor con su escala cuesta arriba: El calor, la calor, los calores y las calores, según la sabia clasificación de los Quintero. Cuando las calores, se mueven las imágenes cerca del horizonte como si tuvieran azogue. Y, ya, mejor es estarse quietos.

Por Córdoba se busca la sombra y, en cuanto se juntan dos o tres monteros, se forman tertulias en las que se chismorrea sobre las orgánicas, se comentan resultados, se habla de la incidencia de la crisis. Pero, sobre todo, se narran lances. Antes o después, cada cual procura colocarle al auditorio alguna aventura de la temporada. Yo sostengo que cuando se echa a rodar un cochino, aún está dando tumbos cuando ya está uno tramando cómo se lo va a contar a los amigos. Y ahí está el origen de la casi inevitable vocación del cazador por la narrativa.

Dice Chani (Pérez Henares, claro) que hay que distinguir entre cazadores que escriben y escritores que cazan. Bueno. A mí me parece que eso no tiene más importancia ya que el cazador no escribe porque tenga ambiciones literarias. Escribe porque no lo puede remediar. Contamos nuestras peripecias como si estuviéramos entre amigos, pero con la ventaja de que nadie nos contradice. Se mata un cochino parado, ahí enfrente, clareado entre la jara en la asomadilla de antes de saltar y, al escribir, es que iba escupido el tío, por el quinto pino y enmontado… El papel, que es muy sufrido. Pero, ay, la tertulia es otra cosa. En la tertulia te puede salir el reventador de turno:

-¿En La Retamosa dices que fue eso? Pero, hombre, Rafalito, si yo te estaba viendo desde la traviesa…

Es que somos pocos y nos conocemos mucho. Mejor, desde luego, la literatura.

 

(“Trofeo” en Madrid. Julio, 2009)perro-descando