¿Quién me ha quitado mi patria?

 Rosa Luque escribió una vez en su columna que yo soy uno de esos cordobeses encantados de serlo. Y eso, dado mi profundo arraigo a este hermoso poblachón con mezquita ahora reconvertido en ciudad, es para mí un elogio de mucho mayor calado del que Rosa suponía al escribir. O quizá lo intuía con su fina sensibilidad. Soy tan cordobés que, para mí, un día pasado fuera de Córdoba es un día perdido. Y no es que no me guste salir a Europa, que me gusta. Lo que pasa es que en cuanto llevo una semana fuera de mi casa y mi estudio ya empiezo a mirar para atrás. Dentro de España me muevo mejor, reencontrando siempre en todas las gentes algo común con nosotros, los de junto al Guadalquivir.

 Bueno, pues si estando no ya lejos de Córdoba sino de España me topo con nuestra bandera flameando en el paisaje urbano extraño, toda Córdoba y toda España se me agolpa por sorpresa en la garganta en una mezcla de ternura, de orgullo y de nostalgias. Yo creía que era el amor a la Patria pero ahora me dicen que no, que esas son sensiblerías superadas. Las cosas.

 Hubo un tiempo en que sabíamos quienes eran Indibil y Mandonio y estábamos orgullosos de ellos. Y de los defensores de Numancia. Y de Agustina de Aragón. Y todos los paisajes nuestros, terrosos en Castilla, verdes en Cantabria o luminosos en el Mediterráneo, se nos fundían en la retina componiendo una única belleza que guardábamos en algún sitio del corazón y que se llamaba España.

 Pero un día ¿cuándo?, la idea de la  Patria empezó a palidecer, se bajó a España de su altar y comenzamos a tratarla de tú. A continuación, los intelectuales de la cosa inventaron una labor que daría la vuelta a muchas ilusiones: desmitificar. Y en eso andamos. No hace mucho disentí en estas mismas páginas de ciertas actitudes de Izquierda Unida y un lector, probablemente militante de la coalición, me replicó en carta al director citando un parlamento cinematográfico de Federico Luppi: “El patriotismo es algo de tarados mentales”. Vaya por Dios.

 Lo probable es que estas puestas en solfa del patriotismo vengan como rebote de aquellos despóticos nacionalismos castrenses de paso de la oca, discursos exaltados y libertades confiscadas. Pero esos recelos deben estar ya superados. El buen patriotismo es el útil a España. Hace unos años, en una tertulia privada, varios financieros y prohombres conservadores estaban poniendo en la picota a Emilio Botín por jugar fuerte en inversiones en Sudamérica. Decían que arriesgaba demasiado el dinero de sus impositores por conseguir una expansión española probable, pero no segura. Asistía a la reunión calladito un joven profesor al que, en un momento dado, pidieron su opinión.

 – Si está haciendo eso, a mí el señor Botín me parece un patriota.

 Sobre aquellos prebostes se hizo un silencio espeso y miraron con extrañeza al disidente. Era Luis Arroyo Zapatero, hoy rector de universidad, abierto, libre y vital.

 Pero habrá que habituarse a renunciar a la Patria y hablar de esa cosa difusa que es el país, que no se sabe bien lo que es y que no significa lo mismo para todos. Y, puestos a desmitificar, algún estudioso retorcido acabará descubriendo que los de Numancia eran unos masoquistas y Agustina de Aragón una lesbiana que liberaba sus represiones sexuales a cañonazos. O sea, que de mi Patria no van a quedar más que los recuerdos.

 Córdoba 27-12-2001

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