Quitar los perros

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De vez en cuando me tomo un día libre y me voy del estudio paseando hacia el centro. A nada. A vaguear por Córdoba. Me llego a El Coto, que ahora anda por registros taurinos con mucha gente de coleta entre sus habituales. O a Milán, a tomarme un cafelito con Rafa del Río cotilleando de la Ama y esas cosas. También puede echar un ratito de charla, al paso, con algún amiguete. Y así, cuando acuerdo, se me ha ido la mañana. Ni he pintado, ni escrito, ni nada de nada. Pero me vuelvo enriquecido por el roce con los amigos.

El otro día recalé por El Risquillo, el bar que puso en el Gran Capitán Antonio, el hijo de Pepe Velasco, adonde ahora para mucha gente del mundillo de la montería. Y me senté con él y con su padre en uno de los veladores de la acera tratando de recoger el poco de aire fresco que corría en la calurosa mañana cordobesa.

Pepe y yo tenemos un viejo contencioso porque no me da una caracola que me tiene prometida hace mucho tiempo. Dijo Antonio:

 – No te vemos por aquí. ¿Qué es, que has tenido alguna exposición fuera?

– No. Lo que pasa es que, cuando dejo de pintar, me entretengo echando la caracola.

Y Pepe, ante el desconcierto de su hijo,

– Esas son mariconadas que dice éste porque no le apaño una caracola. Pero te juro que es que se me olvida. Mañana te la preparo.

Pepe anda ahora como un perro perdido porque ha tenido que dejar la rehala. Estaba harto de la lucha porque ya las cosas no están como estaban. Ahora hay que ser poco menos que un diplomático para colocar los perros y Pepe es un hombre bronco, de sierra. Pero quitar los perros duele. Estuvimos hablando del Hereje, mi modelo favorito. Y del Mono, del Artillero, de Curro, de La Marquesa. De los perros buenos y los perros bonitos. Recordamos la primera vez que fuimos a las perreras y me sacó Antoñuelo, el Orejitas, un par de perros feísimos, con las orejas sorollonas y llenos de cortes y mataduras. Decía Pepe

– ¡Gilipollas, que eres gilipollas! Si Don Mariano lo que quiere para pintar son perros bonitos, no que sean buenos…

Repasamos los viejos tiempos, las viejas gentes, la época más brillante de su rehala. Aquellos perros poderosos, blancos todos, hasta los mastines ligeros… Y en éstas, Pepe que se emociona, se viene abajo y su voz se quiebra. Porque será muy recio y muy bronco, pero cuarenta y dos años con los perros son muchos años. Y quitarlos ahora es cerrar una página de la historia montera de Córdoba y de su vida. Y de la mía. Y de la de todos los monteros de estas sierras porque, desde nuestra primera juventud hasta hoy, siempre estuvieron presentes en nuestras aventuras los perros de Velasco…

 

“Trofeo, Madrid, 1996”

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