Dar la cara

1996

Cuando se convirtió Constantino, todo el Imperio fue tras él y, sin más reflexiones teológicas, se hizo cristiano. Desde entonces se llamó constantinismo al arrastre del ejemplo del poder, del prestigio. Es la inspiración desde arriba, la influencia sobre los demás de la actitud del líder, temido, admirado o ambas cosas a la vez.

Y esto pasa, no ya en las cosas grandiosas sino en las minucias del día a día. El duque de Windsor, aquél espejo de dandis, necesitó sustituir sus pantalones manchados por aceite yendo a las carreras y, con las prisas, no dio tiempo a planchar unos que se encontraron en una tienda. Desde entonces se impusieron los pantalones con raya.

Hoy, cuando tan frecuente resulta denostar a la caza en los medios de comunicación, cuando existe tanto movimiento en su contra, cuando los cazadores parecemos unos monstruos chupasangres de bambis, deben los aficionados notables por su posición o prestigio hacer profesión de fe cinegética.

No hace mucho, en una cena de monteros, agradecí al presidente del Senado que fuese cazador sin avergonzarse. Y el marqués de Valdueza, rehalero hijo de rehalero, comentó enseguida.

-Si no se avergüenza el Rey, ¿por qué habría de avergonzarse nadie?

Así es y así debe ser. Del Rey abajo, ninguno.

Y tenemos más ejemplos de todos conocidos en la familia real.

Quizás el más simpático el de la infanta Alicia, que sigue monteando felizmente a pesar de su avanzada edad. Y por muchos años.

Nuestras encendidas defensas de la caza en las revistas especializadas nos dejan tan contentos a nosotros mismos pero de poco sirven hacia afuera. Sin embargo, las sosegadas cacerías de Miguel Delibes por él narradas con sencillez han hecho respetar la caza más que cien discursos. El ejemplo, el ejemplo. Si se es cazador, hay que dar la cara para conservar una cultura vieja como el hombre, tan rica en tradiciones como fértil en convivencias.

(Trofeo, Septiembre de 1996.)

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El marrano de “Mezquetillas”

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Echábamos “Mezquetillas”, las de Eloy, Martín y Jorge Martínez Sagrera. Mi puesto estaba colgado sobre un regajo que cae al Retortillo. Un puesto corto pero con mucho ajuste. A mí los horcajos, cuando hay cochinos, me gustan muchísimo. Y resultó, de verdad, muy movidito. No había hecho más que ponerme cuando escuché, por la parte más alta del testero que tenía enfrente, un charabasqueo esperanzador. Y, enseguida entreví una piarilla de marranos que caían por el río. Iban que escarbaban y no se iban a dejar ver más que un momento. Me fui con el que me pareció más grande y rodó hasta los primeros tamujos. Lo escuché bregar en una charca. Se había quedado.

Media hora más tarde, por el otro lado del puesto, me entraron dos primalones corriendo hermanados. Eché a rodar uno cuando caía al regajo y me quedé con el otro al repechar. Fernanda también había matado un lechonato del jabardillo.

Bien vencida la montería, me metí entre los tamujos a buscar mi cochino, el grande, Tenía que llevar el rifle muy bajo, por si se me arrancaba, que no me embarazasen las ramas, que estaba aquello muy espeso. La sangre estaba clara. Sin embargo, perdía los rastros porque el cochino entraba y salía en el agua. Además, yo no lo podía seguir por las estrechísimas gateras que cogía, entre los tamujos de finas espinas.

Llegó de recogida Martín Martínez.

-No podemos dejar ese marrano con tanta sangre. Te voy a mandar a Rafael Durán, el guarda mayor del Alta Alta, que es muy bueno rastreando.

Al cabo de un rato llegó Rafael. Venía con su chiquillo, que también es muy aficionado. Y, lo que son las cosas, esa vez entramos sin el rifle. Y eso que me lo recordó Rafael pero, como hacía tanto rato que lo había tirado y había oído chapotear al marrano en el río, pensé que estaría muerto.

Retomó Rafael la sangre donde yo la perdía y, sin una vacilación, fue siguiendo los rastros, apartando como podía los espinos entre los que había que moverse con muchas dificultades. Ibamos en silencio hasta que, poco más lejos, dijo Rafael.

-Aquí está el cochino. Está muerto.

En cuanto oyó la voz, el marrano pegó un bufido y, arrollando las matas, se nos vino encima. Y eso eran dos tíos corriendo todo seguido sin mirar para atrás. Ni los tamujos pinchaban, ni nada, ni nada.

Cuando pusimos una distancia razonable, se llegó el hijo de Rafael al puesto a buscar el rifle y volví sobre mis pasos con cuidadito. A unos quince metros, vi menearse los tamujos y la cabezota del cochino y le puse una bala en los encuentros. Era una cochina enorme con un tiro bajo.

Cuando llegamos a la casa, casi todo el mundo había comido ya. Pero yo, aunque nunca llevo taco puesto, no había sentido hambre en un día de tantas emociones. Se habían cobrado setenta y tres cochinos y sesenta y cuatro venados. Conque todos andaban encantados narrando sus lances mientras esperaban que vinieran las reses del campo.

Pero en la montería, como en todo, lo más importante es llegar a ser el mejor en algo. Y Rafael Durán y yo somos los dos andaluces que mejor corren delante de un cochino. O yo y Rafael Durán, que no tengo muy claro quien fue el que llegó antes a zona de seguridad.

 

(Trofeo, Madrid 1996.)

El cochino

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Vamos carrileando una finca en una de esas hermosas tardes del otoño con la orilla incierta. A la vista de los nubarrones que no acaban de descargar, miramos de reojo con cariño el capote impermeable que hemos echado al viejo Land Rover definitivamente descapotado para estos menesteres. Entre los amigos comentamos, gemelos en ristre, cómo van este año las cuernas de los venados.

Con la tranquilidad que dan las cercas para registrar las manchas, valoramos las cabezas más vistosas y discutimos sobre las posibilidades de homologar algún que otro trofeo. Todo esto en mitad del solemne sosiego del silencio del campo, con discreción, en comentarios susurrados, mientras tratamos de sorprender a las reses para acercarnos a ellas todo lo posible.

Pero, de pronto, toda la paz de la sierra salta hecha añicos porque, desde un zarzalón en la caja del arroyo que tenemos por delante, ha saltado una masa negra que gatea arrollándolo todo pechenfrente.

-¡El marrano!

Y ya nada importa. Sólo el bulto del cochino que se deja ver dando torniscazos entre jaras y lenticas, arriba, arriba, en busca del corono. Nadie se acuerda de los venados porque el marrano ha concentrado todas las emociones. Se ha convertido en el protagonista de la tarde.

Los que hemos dedicado tantos días de nuestra afición a andar tras de los marranos manchoneando, buscando las armadas de río o esos rabotes de monte entre manchas por los que suelen mecerse, hemos tenido siempre a este personaje por algo escurridizo, rodeado de misterio.

En las veladas de las vísperas, cuando al amor de la lumbre se conspira con el guarda sobre las posibilidades de un manchón, sobre cómo soltar y dónde poner las escopetas, la imagen del cochino flota en el ambiente como un fantasma invisible del monte, astuto y difícil de localizar.

-Andaban encamando en la solana pero, con estas heladas, pueden haberse cambiado a la umbría, que está más vestida.

Total, que a armar por la cuerda y a soltar en el arroyo, dejando alguna escopeta de recula por si a alguno se le ocurre saltar para atrás, a la solana…

A veces, se echaba un pegote a sabiendas de que sólo podía encamar por allí un cochino grande. Y si no estaba qué se le iba a hacer. Pero si se le cogía allí y teníamos la suerte de que algún puesto se quedase con él, pues eso, que te quedabas como si te hubieses comido un pavo. Y no sólo cuando tú eras el matador porque, de una forma o de otra, en aquellos mojetes participábamos todos. Hasta el que no había tenido más posibilidades de ayudar que cargando el aire.

Echar un manchón con seis u ocho colleras de buenos perros y una docena de escopetas es un placer de dioses. Como la mancha es recogida, se raya muy bien toda la montería, se aprecia la dicha de un perro parando un marrano, cómo acuden más perros, la ladra corrida… hasta el tiro que remata la faena y el regruñir de los perros mordiendo. O, si el cochino no se quedó en el tiro, el increíble remeneo del agarre en todo su dramatismo.

Es el cochino, la mayior ambición de cualquier montero. El más fuerte, el más listo. El rey del monte.

 

(Caza Mayor, Madrid, 1996?)

Arroyo Molino Alto

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Hubo un tiempo en que yo escribía en un cuadernillo mis andanzas monteras. Desgraciadamente, por mi maldita desidia para estas cosas, dejé de hacerlo al cabo de un tiempo. Pero conservo una nota que dice así: 2-1-74. ARROYO MOLINO ALTO. Montería de invitación que dan Jesús Carmona y Fernando Grande, tío y sobrino. Me dan el 12 de Molinillo y voy de capitán de armada. Con Marianillo. Cargamos el aire. Y así se nos corren cuatro o cinco reses. Por fin, ya cerca de las cuatro, una ladra muy de lejos. Baja un buen venado y me mejoro. Lo mato. Me volví sin esperar la cabeza porque era ya muy tarde. Marianillo lo pasó bomba.

La nota, tan sucinta, no aclara por qué aquel día no me acompañó Fernanda, mi mujer, mi compañera siempre, pero es evidente la razón. Mi hijo menor, Ricardo, tenía poco más de un mes cuando aquello. Y la maternidad ha sido la única causa dirimente para que Fernanda falte a una montería. Sí que precisan muy bien mis demás datos de la temporada el ambiente montero cordobés de entonces. Pepín Molina bregaba con Casas Rubias (Ay, aquellas manchas del Névalo, Plaza de Armas, El Torvisco, Las Tinajas, La Isla). Pepe Cañete tenía Mesas Altas y su primo Pablo organizaba unos cachibucheos divertidísimos en la zona de Posadas- Villaviciosa: Verracosillas, Los Brecinales… Y existían las rehalas del Hornillo: Pepe Ortíz, Santiago Echevarría, Manolo Navas, Eduardo Quero… Anda, que no ha llovido desde entonces.

A mí me invitó en aquella ocasión, ceremonioso, serio, a la antigua, Jesús Carmona, que en paz descanse. Y lo acompañaba uno de sus hijos, Fernando, que, con la carrera recién terminada, era una un brazo derecho en el campo.

Desde entonces, ni un solo año he dejado de ir a Arroyo Molino Alto. Allí hemos cobrado muchísimas reses tanto yo como Fernanda y algunos de mis hijos. Unas veces invitados de Jesús Carmona, otras de Fernando Grande. Allí se hizo novio mi hijo Ricardo.

Partida la finca en dos, llegó una de sus suertes a manos de Fernando Carmona González de Canales, que ha seguido la tradición familiar de usar la manca sólo para diversión de sus amigos. La zona está ahora llena de cercas, las cosas no son como fueron, pero él sigue ahí, como siempre, como si nada hubiese pasado. Como si no nos hubiesen pasado a todos por encima veinte años de caza mayor.

 

Revista Trofeo, Febrero de 1996.