Navidades

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A mí de las Navidades me gusta todo. El turrón de almendra, los mantecados, el anís de Rute, las zambombas, los regalos por Reyes, las pandillas de niños cantando… Hasta los reclamos publicitarios, cuyos mensajes familiares y dulzones estoy dispuesto a creerme a pies juntillas. Todo, ya digo. Porque la Navidad todo lo reviste de nostalgias, de sencillez, y saca a flote lo que nos queda de niños por ahí, por los fondos más secretos de nuestros viejos baúles de recuerdos. Sí, ya sé que más de un sociólogo riguroso condenaría la manipulación a que nos somete la publicidad por esta fechas. Y que a él estas cosas le sientan fatal. Pues que se aguante. Yo me lo paso tan ricamente.

 En Córdoba hace frío. Y lo malo es que podemos meternos en esos días de nublados planos y secos tan típicos de Navidades. Con la falta que hace el agua, que sólo nos visitó, como de cumplido, un poquillo en una otoñada en que apenas llovió para ganar una apuesta.

 Ahora se nos van a acumular los manchones y las monterías que se han ido retrasando porque no corrían los arroyos. Ahora, que tenemos a los estudiantes sedientos de sierra que compense los muchos días de tragar humo por ahi, por las grandes ciudades. Ahora da gusto echar cualquier pegote en familia, con cuatro chuchos y unas pocas escopetas. Ahora, ahora, con la casa de la finca llena de críos, engalanada con globillos de colores, y el belén bien revestido de lentisco, madroña y romero. Con la gente menuda esperando alrededor de la lumbre la vuelta de los cazadores.

 Si hay suerte y llega un cochino al corral trasero de la casa, con todos lo niños alborotando, hay que ver la que se lía. Cualquier lechonato cobra la importancia merecida, y pasa con todo honor al álbum de fotos familiar como si se tratase de un récord  de esos que exhiben con petulancia los grandes cazadores.

 Y, al final, el colofón: los Reyes Magos, que en casas de cazadores siempre vienen cargados de apechusques camperos. Cartuchos, zurrones, catrecillos… Un cuchillo, algún impermeable. Gorras, bufandas, guantes, pastillas para hacer fuego, botas, balas. Y, en años excepcionales, algún rifle o una mira telescópica pueden caer también para la puesta en marcha de un nuevo montero. Así son los Magos tradicionalmente en mi casa. Y sospecho que en las de los lectores de “Trofeo” también.

  Navidad, Navidad, dulce Navidad.

 

(“Trofeo”, Madrid, Navidad,99)

 

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Las dinastías

6-olias

Así como los licenciados se hacen estudiando, los oficios se aprenden trabajando. Y, cuando se ha bregado ya mucho, se considera maestro en lo suyo al muy sabedor, expresión que también ha quedado entre las clases populares como muestra de respeto.

Pero, como nadie nace sabiendo, se avanza mucho en los comienzos cuando se tiene al padre en el mismo oficio y de él se reciben enseñanzas, consejos, recetas y secretillos  que quizá otro maestro guardaría celosamente para sí.

Y así, de padres a hijos, de abuelos a nietos, van creándose a través de generaciones las dinastías. Cada pueblo de la sierra tiene su familia de furtivos, azote de cotos y sinvivir de guardas. Pasaba con los piconeros, los corcheros, los perreros.

Los “Serranillos” llevan cuatro generaciones, que ellos sepan, bregando con perros. Este año se ha retirado Manuel Delgado, perrero en tiempos de Juan Barasona y luego, muchísimos años, de Juan de Dios Olías. Su abuelo ya fue perrero y su padre, Miguel, también, con la rehala de un boticario de Montero que se llamaba Eduardo Cámara. Un mal día, en “Valquemao”, le reventó el trabuco y se llevó media mano.

-Es que mi padre, ¿sabe usted?, para que no se le cayera la pólvora del trabuco, lo atacaba con un poco de monte…

Total, que aquel mal día se le fue la mano apretando la jara.

“Serranillo” ha estado monteando hasta esta temporada. Hasta los sesenta y cinco, que es decir. Y no lo quería dejar. Eso sí, que le dejaban la mano más fácil mostrando siempre los compañeros su consideración y respeto por este gran profesional.

Lleva la rehala de los Olías Sebastián, su sobrino y heredero en el oficio, otro magnífico perrero. Pero “Serranillo” no usa la libertad de su jubilación para dar vueltas por ahí pegando la hebra con el primero que se encuentra. En las frescas mañanas de la sierra, se va a las perreras con su sobrino a verle campear los perros, a ayudarle en lo que puede, a aconsejarle en cruzas…

En un rincón, hechos un ovillo, con las narices bajo el rabo, reliados, están los cachorros de esta Primavera. “Serranillo” los estudia, los compara, recuerda de qué cruzas remanecen, discute con su sobrino y con Juan de Dios. Y todos lo escuchan con respeto, como depositario que es de una sabiduría acumulada por generaciones. Por una de esas dinastías a las que tanto tenemos que agradecer los que amamos de verdad el monte.

Papeles

papeles

La gente de escopeta tenemos que tentarnos la ropa cuando de papeles se trata. Porque, a ver, que levante la mano el que esté seguro de tenerlos todos. A mí me parece que ahora estoy en paz y gracias a Dios. Por tener, tengo hasta la factura de haber comprado una caja fuerte espantosa donde reposan los restos de mi vieja lavativa y todos los cerrojos. Por fin le encontré sitio detrás de una puerta y ahí está defendiendo de los chorizos las armas en su veraniego abandono.

Y es que es menester ver la cantidad de papeles que produce esto de la escopeta. Deben ser los tics residuales de una época. O esa manía de considerar al cazador como un delincuente en potencia por el sólo hecho de portar un arma.

¿Quiere usted cazar? Apunte. Certificado de antecedentes penales porque, para empezar, hay que darle patada a la presunción de inocencia. Certificado médico. Esto es nuevo, creado hace pocos años para enfollonar un poco más la cosa. Licencia para escopeta. Licencia para rifle. Guías de las armas. Licencia de caza. (Ojo, si usted es inquietillo y un poco nómada, diecisiete. Una por cada autonomía). Y para dejar algún arma a su hijo, autorización escrita. Pero renovada, porque la consideran caducada a los diez días.

Y algo se me estará olvidando porque, cuando un guardia civil pide la documentación, a uno siempre se le coge un pellizquito por ahí dentro. No hay manera de andar seguro. ¿Y los dueños de coto?

Más papeles. Guías de las rehalas, permisos variados, licencia sanitaria… Señor, qué cruz.

Por los últimos sesenta, tuvo un disgustillo en su montería Lucas Prado, que daba La Adelfilla. La Guardia Civil necesitaba un papel más y por poco tiene que suspender. Al año siguiente, el hombre estaba forrado. Tenía papeles hasta en el cielo de la boca. Y como, después de todo, tenía cierta amistad con él, le dijo muy ufano en la junta al comandante de puesto:

-Ea, sargento, a ver si este año falta algún papelito.

Y el otro

-No provoque usted, Don Lucas, que a lo mejor falta algo.

-Venga, pida usted por esa boca.

-¿Dónde está la pólvora para los trabucos?

Lucas se quedó un poco desconcertado.

-Ahí, en ese coche. ¿Y eso qué tiene que ver?

-No, nada. Era por si, por casualidad, se le hubiera olvidado a usted sacar la guía para transporte de explosivos.

-Hombre, verá usted, eso…

-No, Don Lucas, déjelo, si no se la voy a pedir. Pero, si la tuviera, tenga usted en cuenta que el coche que trae la pólvora tendría que llevar banderitas coloradas, como es preceptivo. Y no las veo.

Así que, con los guardias, a callar, que nunca se sabe. Quizá, lo mejor es no encontrárselos nunca, como mi amigo Nevero que anda siempre de furtivo y lleva menos papeles que una liebre.

(Revista Trofeo, 9 de septiembre 1995)

La música del monte

1-podencos

Como las cosas cambian tan despacio, ni te das cuenta. Y fue un perrero, Manolo el Pintado, quien me lo hizo ver el otro día. Los perros ya no ladran como antes. Yo, la verdad, no me lo creí. Para mí, los intocables siempre fueron los podencos y los cochinos. Ambos, unas creaciones de Dios cuyos instintos nadie podría manipular.

Pero, claro, en las dos o tres monterías siguientes, no pude evitar poner la oreja con desconfianza. Y estoy bastante preocupado porque me parece que tienen razón, qué le vamos a hacer.

Tuve en Navalagrulla la fortuna de tener pechenfrente la umbría donde dieron los perros con los marranos. Aquello estaba sopado, que se dice. En cuanto dieron cara las rehalas, cada perro llevaba su cochino por delante. Por aquel apretal, ni se adivinaban blanquear los perros pero se veían los madroños y lentiscos más altos cimbrear que era una gloria.

Bueno, pues yo no voy a decir que ningún perro latiese. Pero, para el lío de cochinos que allí se formó faltaban ladras. Se oía la dicha, ronca y tesonera de algún mastín. Y dar de parada. Y los harpidos de arranque en el primer pechugón. Desde luego, algunos podencos ponían alegría en la mañana con sus ladras corridas. Pero había marranos que se desbarraban tronchando monte sin que se oyese el harpir de un perro.

Manolo el Pintao asegura que a los perros les falta alguna vitamina, que se lo han dicho a él. El perrero de José María Cabanás dice que, como sólo se sacan los perros ya hechos, el cachorro no sale latiendo. Porque el latido es una queja por no poder alcanzar la res. Pero luego viene El Indio, otro perrero de los viejos, que saca a los podencos desde cachorros y nota el mismo problema. ¿Será que era con los conejos con los que el podenco aprendía a latir? ¿Influirá en el comportamiento del perro el no poderlos campear en verano?

Los chavales que empiezan a montear ni recuerdan ya el son del trabuco. Aquél tronar lejano y redondo que nos anunciaba que habían soltado o que se había arrancado una res. Que nos permitía calcular por dónde se estaba monteando. Los trabucazos, las voces de los perreros y las ladras eran la música de fondo de la montería andaluza. A ver si, después de todo, los zampoñazos del trabuco excitaban al podenco arrancando sus quejidos. O a lo mejor son figuraciones y estamos viendo fantasmas los que ya nos vamos acostumbrando a que nos lo vayan quitando todo. Menos lo ya bailado.

(Trofeo, Enero de 1995.)

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No es que yo sea un supersticioso, así, de esos que se cruzan con un entierro y ya tienen el día desquiciado. Eso no. Pero como el pan se quede boca arriba en la mesa lo pongo con la soleta para el mantel, como debe estar. ¿Qué trabajo cuesta? Yo no digo que el pan vuelto dé mala pata, pero por si acaso  ¿Y qué necesidad hay de pasar bajo una escalera? Y otras cosillas hay por ahí que también cuido u observo. Por ejemplo, no me gusta entrar en las cosas con mal pie. Y me parece que esta temporada la he pringado. Y todo por andar tentando a la fortuna.

Recordarán quienes hayan tenido la paciencia de leerme cómo me regocijé contando el fallo de un amigo al que se le fue un marrano capón. Y estos días pasados lo pasé tan ricamente viendo una foto divertidísima que publicó TROFEO de un cochinete, corriendo a toda leche, tras el que se veían unas nubecillas de polvo delatoras de varios tiros traseros. Era emblemática.

Bueno, pues la diosa Fortuna me estaba esperando. El otro día se dio Valdegrillos con Torreárboles y echamos el pie que no era. Los cochinos no estaban en la rehoya donde nos ponemos siempre Fernanda, mis hijos y yo. Esta vez encamaban todos en el barrando grande, en Valdegrillos. Nosotros, muy serios, en lo alto de los peñascos, sin ver un rabo, y la gente tostándose allá abajo, pim, pam, pim, pam, que aquello era una gloria.

Pero nada, que no, que en la umbrigüela del agua, por debajo de mi paso, no había más que un par de lechonatos que, en cuanto los movieron los perros, le dieron la vuelta al cerro sin coger el canutillo que los hubiera puesto a mis pies, como era su obligación.

Traían aquella mano tres rehalas y Peña se paró a hablar conmigo. Que si tenía agua fresca. Con la barriga que tiene, venía carleando. Había echado la umbría a media cimbra.

-Siempre me toca por lo peor.

Volcó y se debilitaron sus voces. Y, luego, al ratillo,

-Ahí va, para arriba, el marrano. ¡Qué grande es!

Se me salía el corazón por la boca. Aunque todavía no oía el monte, el cochino me podía subir al collado. Pero no estaría para mí. Lo ví, al otro lado de la cañada, gateando por el cerro de enfrente. Se perdía y asomaba entre la jara. Dudaba si tirarlo tan lejos, pero, después de todo, ¿qué tenía que perder? Lo esperé en un claro con piedras que había ya cerca del corono y allí le eché un par de balas. Cuando volcó, quedaron dos nubecitas de polvo sobre la tierra reseca, churrascada por la maldita sequía.

Aparte el cabreo de fallar un marrano, lo que más me preocupó fue que esa era la primera montería de la temporada. Conque, empezando las cosas así, aunque yo no sea supersticioso, habrá que buscarse una pata de conejo para conjurar el mal fario. Si no, apañados estamos.