ac-cochino

Todos los cazadores reconocemos al cochino una especial capacidad para cogernos la vez. Hagan memoria de las ocasiones en que lo esperábamos en aquel clarillo y se echó al regajo. O de tantos lances en los que escuchando el monte, con ese charabasqueo suave y esperanzador, se hizo el silencio y el marrano, poco después, pegó el torniscazo porque nos había sacado por el aire. Estos y muchos indicios más nos han llevado a mitificar los instintos del cochino hasta concederle una especie de superior magín, compuesto de astucia y desconfianza, para defenderse de nuestras añagazas, inteligencia que iría en aumento con los años hasta llegar a ser casi diabólica en los viejos machos. Todo esto es lo que los hace más difíciles de matar que las reses, más noblejonas ellas.

Yo también lo creía así y, en mi primera juventud, decía aquello de:

-Claro, aquí no había cochinos buenos porque se habrán salido al armar, escuchando las voces y relinchos de las caballerías.

O aquello otro:

-Hay que ver, el bicharraco. Iba zorreando andando hacia la montería, buscando por el aire el hueco para pasearse.

O:

-Venía rompiendo el monte y, al llegar a la monda se paró. Bueno, pues tenía ya el rifle bajado cuando saltó casi sin poner las patas en lo claro. Estos marranos viejos saben latín.

Y no, señor. Yo estoy en que, desde que el cochino es cochino, se han organizado a través de las generaciones sus genes para hacer esas cosas. Porque en hacerlas bien les va la vida. En su cerebro se amontonan los instintos y actúan en consecuencia. Pero desde que nacen. Recuerdo un día en que un amigo me colocó en una torreta que había levantado para tirar en medio de la jara o sobre un estrecho cortafuegos que tenía a los pies. Pues, muy avanzada la montería, escuché un ruidillo muy leve y gruñir bajito. Venía un rayón chiquitillo, que húmedo estaría aún de las pares de la madre. Bueno, pues llegó corriendo al borde del monte, se paró a escuchar y a cargarse de vientos con los pelillos tiesos, y arrancó como un cohete. Ni el más curtido verraco lo hubiera hecho mejor.

Otro sí digo. El sábado pasado tuve un puesto de los soñados. De pulpitillo sobre un arroyón con un testero enfrente con jara clarilla por la que un marrano podía costearse tranquilo, por sentirse arropado, mientras yo lo estaba dominando. A izquierda y derecha, un carril para tirar al cruce. Pero me habían monteado aquello ya y las rehalas habían volcado dejando la mancha en silencio.

Todos los monteros viejos sabemos que, cuando pasan los perros, hay que aguantar atentos porque los marranos, después de defenderse como pueden, suelen desmancharse al quedar todo en silencio. Conque en esas estaba cuando vi un trasluzón en el jaral pero, como no se movía el monte, creí que podía ser un juanico  o alguna otra alimaña. Lo que fuera se venía rebajando… Y por fin, aparecieron. Eran dos marranetes que no llegarían a una arrobilla. Con las rayas en los lomos venían, uno por los pasos del otro, chanteadetes, graciosísimos. Bajaron al arroyo por lo más sucio y los escuché gatear para mí. Tengo yo la costumbre de registrar los descolgaderos próximos al puesto para evitar que las reses me sorprendan, y pensé

-¿A que me rompen por lo más tomado?

Y así fue. Cruzaron lo limpio que escarbaban con las pezuñillas. Como dos maestros. Como si llevaran una docena de monterías sobre los lomos. Y hermanados se perdieron en el monte. Por ahí andarán, dando trompadas y buscando bellota. Y la verdad es que entre los primalones que me entren el año que viene, si es que Dios darme salud y vida para seguir monteando, no me gustaría que estuviesen estos dos. A lo mejor, de tanto pensar en los cochinos, he acabado tomándoles cariño. O será que los años nos inclinan más a la ternura. Y es que voy siendo delanterillo.

(Trofeo, Abril de 1993.)

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Perros pintados

xxx-agarre-1993Pepe Sánchez Cabrera, mi viejo amigo, viejo ya, ¡ay!, por donde se mire, que pasa bastante de los ochenta, ha sido uno de los cazadores más ansioso de Córdoba. Bueno, lo es, gracias a Dios, aunque muy mermado ya de facultades.

Con Pepín Molina, Fernández Valderrama y Juanito Lozano formó un grupo, allá por los años catapún, al que los cordobeses llamaron la FAI, que rastreaba la provincia en busca de las voladas de las tórtolas, desconejaba, monteaba y hacía a todo lo que fuese cazar.

Competía con el grupo que capitaneaba Matías García y, entre todos, pegaban más tiros que los afiliados a la belicosa federación anarquista de la que tomó el mote.

Pues tenía Pepe Sánchez un pachón buenísimo y muy dócil cuya especialidad era el cobro de zorzales.

Pero tenía un defecto, el único, y era el ser remendado, con lo que los zorzales se le desviaban a Pepe de su derechura en cuanto mandaba al pachón a cobrar. Conque, tan asfixia como era, no se le ocurrió mejor remedio para el caso que coger una lata de pintura verde, de esa de las puertas de los cortijos, y darle una mano al animalito.

El pobre perro se quedó muy embotijado lamiéndose y mirándose. Luego se le fue cayendo el pelo a rodales y, por fin, alcachofa.

De esto hace muchísimos años. Pero hoy recuerdo siempre el sucedido cuando se pontifica sobre la Caza, así, con mayúscula. Y se analiza al cazador o, casi, se le psicoanaliza. Y se le dan consejos imperativos sobre lo que debe y lo que no debe hacer.

Se nos va a examinar a ver si distinguimos un arrendajo de un mohino. Y, los que se hallan en posesión de las verdades ecológicas trascendentales nos miran así, sosquinos, como si fuésemos los responsables del agujero en la capa de ozono ese.

A tanto llega la cosa que un amigo mío que ha hecho un libro sobre caza confiesa que ha maquillado las narraciones de agarres, cobros y rastreos porque le han aconsejado quitar sangre. Parece que la gente anda muy sensibilizada. Pues mira que bien.

Con esto de la escopeta ha pasado como con la misa. Antes del Concilio se iba a misa porque sí. Luego empezamos a preguntarnos por qué íbamos. Cuando yo era chico, y no tan chico, se cazaba porque sí. Y a mis veinticinco años, cuando había matado -hay quien dice que se debe decir cobrado, para quitar hierro- más de la mitad de las perdices y conejos de mi vida, nunca había hablado con nadie sobre caza. Ni había oído hablar.

Pero hoy las cosas se están torciendo, con tanto ecologismo, tanta filosofía y tanta chominada. Conque los cazadores de verdad, los viscerales, los que llevamos carga genética de matadores, tendremos que ir pensando en pintarnos de verde para hacernos perdonar. Lo malo es que, de aquí a nada, la caza, alcachofa.

(Trofeo, Septiembre de 1993.)

Educación

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A veces, cuando veo los comportamientos de algún que otro montero, recuerdo las reprensiones de mi niñez, aquel código no escrito lleno de pequeñas prohibiciones y mandatos. Algunos preceptos tenían explicación, pero la mayoría de ellos sólo se justificaba con una fras



e sagrada, tajante e incontrovertible.

– Eso no se hace porque es una falta de educación.

Ahí quedaba todo. Y Sanseacabó no tiene vigila. Pero es que, además, como en aquellos mis tiempos infantiles las técnicas pedagógicas habían evolucionado poco, si te desmondabas te daban un sopapo que fijaba reciamente la norma en tu memoria, quitándote las ganas de reincidir.

Todo lo que se calificaba como falta de educación molestaba a los demás. Por ética o por estética. Así, evitando cometerlas, acababas convirtiéndote en una persona aceptable y bien acogida que es lo que se trataba de conseguir. La cosa era bien sencilla, lo que pasaba es que hacía falta un maestro bueno y paciente, ya que se tardaba años en desbravar al neófilo.

Bueno. Pues, muchas veces, sufriendo en el campo las impertinencias, malas maneras, feroz egoísmo o tunantería de muchos monteros no tengo más remedio que acordarme de sus padres. O, por mejor decir, echarlos de menos.

Cuando uno ha tenido un padre cazador y tan educado en el campo como en la mesa o en la calle, ha ido aprendiente desde chico todos y cada uno de los pequeños detalles que hacen deliciosa la convivencia con los demás. El manejo de las armas sin inquietar a los compañeros, guardar la mano cazando en ala, no tirar reses que van a cumplir a los pies del vecino, ser cortés con los perreros alabando sus perros cuando lo merezcan, anteponer el gozo de la caza bien jugada a la ambición por el número de piezas o el trofeo… Tener el orgullo de haber sido iniciado por un padre conocedor de las artes de caza y caballeroso en el campo es buena compañía para el alma de un cazador. Y un bálsamo cuando, como es mi caso, el viejo maestro desapareció.

Que a Miguel Delibes le hayan dado el Premio Cervantes no tiene mayor importancia. Si acaso para el premio, que toma prestigio. Pero, se quiera o no, la noticia lo lleva a uno a reflexionar. Y a mí me ha hecho pensar en la multitud de cazadores españoles que, sin un padre aficionado que los forme, han podido beber buenas maneras en las narraciones de Delibes. Aprender a andar por el campo de la mano de este maestro es todo un regalo de lujo que las letras españolas hacen al cazador que quiera portarse bien. Un regalo como el que tuvieron sus hijos desde la cuna al campo. Y que va a quedar ahí para siempre, para las generaciones de cazadores venideras.

Jaralta

sin-titulo-1-2A mí maldita la gracia que me hace que a las fincas se les cambie el nombre. Sobre todo porque, normalmente, es para empeorar. Pero en el caso de Jaralta creo que Santiago Muñoz ha acertado.

Al juntar bajo una linde Coto Enrique con otras manchas eligió el nombre de una suerte menos añadida para nombre del conjunto. Y la verdad es que Jaralta es un topónimo bello y poético que, por lo demás, ya estaba por aquellos cerros.

Al lado de Pozoblanco, en el sosegado y ganadero valle cordobés de Los Pedroches, Jaralta es una especie de isla montera que, desde mediados de los setenta, fue cogiendo cochinos hasta darse monterías excelentes.

Y, en cuanto al cervuno, los venados de La Zarca, la finca que la Administración tiene por el Calatreveño, se aquerencian por allí, cobrándose de muy buenas cabezas.

Ya venía teniendo la montería de Jaralta un alto nivel social. Pero este año, con Santiago Muñoz metido a ganadero de reses bravas con envidiable éxito, aquello tenía algo de ambiente festivo de una tienta.

La junta de la mañana fue más montera. Pero ya por la tarde acudieron invitados como los dos Peralta,  Jesulín de Ubrique, Javier Conde, Fermín Vioque, Diodoro Canorea… Vamos, que ni en un patio de caballos. Políticos como Javier Arenas. Y Aurelio Teno, que ha ennoblecido la finca con una escultura bellísima.

A mí Santiago, que me cuida muy bien, me dio un puesto para ver toda la montería. Con la Atalaya a la espalda, sobre un puntal que dominaba los barrancos, asistí al hermoso espectáculo de las rehalas peinando el monte.

Las ladras podían seguirse por el blanquear de los perros. Y hubo un momento en que podía ver montear rehalas de dos sueltas.

Con un viento que nos bamboleaba, era imposible rayar las corridas de las reses. Y cazando de vista se matan mal los cochinos. Desgraciadamente, a mí no me gatearon por el canuto de mi izquierda, donde los hubiese tirado muy bien, entesterados. Dos veces pude tirar.

Con los perros casi mordiéndoles, cruzaban un cortadero que tenía por debajo, bastante lejos. Iban que escarbaban, con el copete tieso. Uno se me fue y otro se quedó. Pero vi cochinos por todas partes. Uno, muy grande, cayendo para el barranco. Y un jabardillo de ocho o diez. Una montería divertida de verdad.

Como Santiago Muñoz, con la cátedra, el bufete y todas esas cosas tan molestas que hace la gente importante, tiene poco tiempo para divertirse con sus amigos, ha buscado una fórmula perfecta para atender en un día a cazadores y taurinos: montería de mañana y fiesta de tarde.

Y le sale bastante bien.