Educación

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A veces, cuando veo los comportamientos de algún que otro montero, recuerdo las reprensiones de mi niñez, aquel código no escrito lleno de pequeñas prohibiciones y mandatos. Algunos preceptos tenían explicación, pero la mayoría de ellos sólo se justificaba con una fras



e sagrada, tajante e incontrovertible.

– Eso no se hace porque es una falta de educación.

Ahí quedaba todo. Y Sanseacabó no tiene vigila. Pero es que, además, como en aquellos mis tiempos infantiles las técnicas pedagógicas habían evolucionado poco, si te desmondabas te daban un sopapo que fijaba reciamente la norma en tu memoria, quitándote las ganas de reincidir.

Todo lo que se calificaba como falta de educación molestaba a los demás. Por ética o por estética. Así, evitando cometerlas, acababas convirtiéndote en una persona aceptable y bien acogida que es lo que se trataba de conseguir. La cosa era bien sencilla, lo que pasaba es que hacía falta un maestro bueno y paciente, ya que se tardaba años en desbravar al neófilo.

Bueno. Pues, muchas veces, sufriendo en el campo las impertinencias, malas maneras, feroz egoísmo o tunantería de muchos monteros no tengo más remedio que acordarme de sus padres. O, por mejor decir, echarlos de menos.

Cuando uno ha tenido un padre cazador y tan educado en el campo como en la mesa o en la calle, ha ido aprendiente desde chico todos y cada uno de los pequeños detalles que hacen deliciosa la convivencia con los demás. El manejo de las armas sin inquietar a los compañeros, guardar la mano cazando en ala, no tirar reses que van a cumplir a los pies del vecino, ser cortés con los perreros alabando sus perros cuando lo merezcan, anteponer el gozo de la caza bien jugada a la ambición por el número de piezas o el trofeo… Tener el orgullo de haber sido iniciado por un padre conocedor de las artes de caza y caballeroso en el campo es buena compañía para el alma de un cazador. Y un bálsamo cuando, como es mi caso, el viejo maestro desapareció.

Que a Miguel Delibes le hayan dado el Premio Cervantes no tiene mayor importancia. Si acaso para el premio, que toma prestigio. Pero, se quiera o no, la noticia lo lleva a uno a reflexionar. Y a mí me ha hecho pensar en la multitud de cazadores españoles que, sin un padre aficionado que los forme, han podido beber buenas maneras en las narraciones de Delibes. Aprender a andar por el campo de la mano de este maestro es todo un regalo de lujo que las letras españolas hacen al cazador que quiera portarse bien. Un regalo como el que tuvieron sus hijos desde la cuna al campo. Y que va a quedar ahí para siempre, para las generaciones de cazadores venideras.

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