Algo más que matar

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Hace ya muchos años, subimos por ahí, por Villaviciosa, a echar un pegullón de monte porque parecía que podía tener unos marranillos. Llevábamos los perros de José Miguel Sánchez y, además de algún amiguete que ahora no recuerdo, venían Fernanda, mis hijos y Pepe Sánchez Cabrera, el padre de José Miguel. El dueño de la finca nos tenía preparadas unas migas con torreznos y, mientras acabábamos con ellas,  fuimos estudiando el manchón y las posturas. En cuanto acabamos las migas rompió a llover.

A Pepe, como andaba ya bastante delanterillo, lo pusimos en el paso más cómodo y los demás armamos aquello como Dios nos dio a entender. Soltamos tarde porque no había carriles y porque, tras las migas y las chicuelas de aguardiente, tuvimos que ponernos a pie.

Soltó Joselón y allí no se escuchaba un jay. Parecía que los cochinos nos habían hecho la pirula. Hasta que, al cabo de una buena media hora, cuando ya tenían casi rematada los perros la rehoyita, empezó un mastín a llamar. Aquello era tan chico que todos lo escuchábamos. Y más perros. Y el lío. Un zambombazo del trabuco y el cochino, por fin, desbarrado derecho, derecho, al paso de un rehalero amigo que estaba en el arroyo y cuyo nombre no quiero recordar.

Se oía el tronchadero que llevaba el marrano para abajo y todos esperábamos con ansia oir tirar. Y pam, pam, pam… Luego, más espaciado, otro intento. Y la ladra larga, corrida, que se perdió por la solana de detrás del paso al que se había ajustado el bicho. Ea, pues a criar, que se dice.

En la casa, arrimados a la lumbre, tras repartirNos los filetes empanados y las tortillas de patatas, desmenuzamos los acontecimientos.

Que podíamos haber hecho mejor, cuántos pinos podríamos sembrar en los boquetes que había dejado en el suelo el cambón que había tirado, adónde habría ido, en busca de más tranquilos encames, el verraco. Después cada uno narró sus recuerdos de casos parecidos y planeamos nuevas aventuras. De regreso a Córdoba, regateando por las curvas de Cerro Muriano, Pepe Sánchez, que venía a mi lado, dijo con los ojos medio entornados por el cansancio:

-Bueno, pues hemos echado un día graciosillo.

Aquella frase de Pepe, ya desgraciadamente desaparecido, ha quedado en mi casa como muletilla tras esos días malos de agua, viento y frío en los que, además, no sale un hopo de la mancha. Y es que simboliza todo lo que existe alrededor de la montería que nos hace seguir viviéndola, sea como sea, a pesar de los pesares.

 

(Trofeo, Julio de 1996.)

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Yo no se…

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Yo no sé que tejemanejes se traerá Dios Padre para tener la sierra tan bonita en mitad de esta sequía. Será que aquellas cuatro gotas que nos las trajo en el momento justo. O que los relentes dan los jugos necesarios para las yerbas. El caso es que, cuando uno espera ver hechos yesca los cerrejones de Hornachuelos, Dios se las ha ingeniado para mantenerlos en todo su esplendor.

Las flores de la jara, temblequeantes, anuncian la primavera por los laderos. Y, en los bajos, los chupamieles y las margaritas alegran la vista. Como si tal cosa. Como siempre. A saber qué trastoleteos de aguas escondidas o savias ahorradas tiene la tierra para defenderse en estos tiempos tan duros y volver a florecer en marzo.

Para ir al Retamar, a pasar el día con mi hermano Eduardo y los suyos, me subí por Montealto y las Mezquetillas hasta el embalse del Retortillo. Contemplaba la sierra con ese sosiego, con esa forma de lejanía con que los cazadores curioseamos el monte cuando ya está echada la veda. Cuando se ha producido en nosotros esa extraña transformación que nos lleva de tratar por todos los medios de ponernos a tiro de las reses a contemplarlas con una ternura casi franciscana. Ese es uno de tantos misterios de la caza imposible de explicar a quien no sienta esta pasión.

De todas formas, no hay que vencer tentaciones porque no se ven reses. Los venados, por ahí andarán en lo más hondo de estos umbriones con sus cabezas desmochadas. Y las marranas, con sus rastras o su preñez, al frescor de los encames, en cualquier zarzalón de los arroyos, esperando el amparo de la noche para sus interminables careos.

Para el montero es el de la veda tiempo de nostalgia y reflexión. De repaso a lo mejor de la temporada que se ha ido, que lo malo se va arrinconando en los desvanes de la memoria. Este año, por aquí por las sierras de Córdoba, las grandes alegrías han venido dadas por los cochinos. Monterías ha habido de cobrar cerca del ciento. La Porrá, El Rincón Bajo, La Peña… Manchas a las que malamente se le había venido sacando doce o catorce reses, se le han matado treinta o cuarenta gracias a cómo han proliferado los marranos. Una bendición porque, lo mismo que el conejo fue para la escopeta la cacería del pobre, el marrano ha venido a ser la satisfacción que le queda al montero modesto. Qué nos lo respeten muchos años las enfermedades y que el hombre no invente nada para retenerlo con mañas artificiales. Y si lo inventa, que no se lo permitan.

 (Trofeo, Mayo de 1993.)

Para los que monteamos

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Para los que monteamos como la cosa más natural del mundo sin que nadie en las familias recuerde quién comenzó a cazar, se van acumulando recuerdos que, a veces, merece fijarlo. Por ejemplo: Alfredo Calvo inició en la caza al hijo de un amigo, Juan Cocero.

Alfredo murió y, poco después, esta temporada en Zahurdillas, Juanito se ha hecho novio. Pues Carlos Valverde, abogado cordobés, montero viejo y poeta (no sabría yo ordenar estos títulos) lo cuenta en verso:

Este Juanito Cocero

tan jovencillo y tan fino,

hasta Zahurdillas se vino

a investirse de montero.

Tiene suerte el puñetero

que en lances tan arriesgados

en jarales apretados

no ha sentido nunca miedo

y le manda los venados

desde el cielo Don Alfredo.

 

Y sin caer una gota, qué desesperación. Bueno, ha llovido lo justo para ganar una apuesta. Y es que cuando la Navidad se pone encapotada y fría, ya se sabe. Y vienen los problemas para rayar donde andarán encamando los marranos. Y los fracasos. Cuando los esperan en las solanas por mor del frío, pues eso, que están en las umbrías defendiéndose del aire. Qué ganado.

Por eso es cuestión de trabajárselos, de mucho mirar el suelo y las bañas, las trompadas y los descolgaderos. Los de mi grupo, que con variantes sigue siendo la vieja reunión de Madroñiz, dimos con ellos en La Peña y en Los Riscos. Del centenar pasamos. Todo un acierto de José Miguel Sánchez, nuestro ¿cómo se dice?, bueno, héroe particular, de cuya afición todos nos aprovechamos.

Chamocho se lució en Montealegre. ¡Doscientos cuarenta y ocho venados, veintiún gamos y treinta y un cochinos! Y, encima, había muchos venados con buenas cabezas. Lo raro es que este año se han matado los marranos en Las Minillas, en lugar de en la otra mancha, El Peñón, que es lo tradicional. A esos, es que no hay quien los entienda.

(Trofeo, Febrero de 1993.)

Hornachuelos

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Hace unos meses, Enrique Valdenebro, aquel Conde de San Remy que fue rejoneador, ya saben, me dejó un bellísimo libro de firmas que quería iniciar en La Toba, su finca, para que le hiciese la embocadura. Envuelto por un dibujo en el que un cochino corría entre el monte, escribí este breve poemilla:

 

La Jara,

la madroñera,

el lentisco,

la dureza y el frescor.

Las carrascas y alcornoques.

Hondas umbrías sin voz.

Los quejigos,

los chaparros.

El cochino es un asombra,

un vislumbre,

un trasluzón.

Noble sierra de Hornachuelos

áspera, bronca, cerril.

Sus casas hospitalarias

y su gente señoril.

Fuentelavirgen,

El Aguila,

Torralba,

Navaloscorchos,

El Asiento.

Y, entre todas,

recoleta y primorosa,

como una dama,

La Toba

 

Ahora, al pedirme Ignacio Ñudi que dedique mi rincón a Hornachuelos, me parecen esos versos una buena prueba de amor por la más bella zona que soñarse pueda para montear a la española.

Quienes sólo hayan monteado en grandes cerrejones armados a lo largo de interminables cortafuegos, desconocen los afables alcornocales, vestidos de monte de cabeza, de estas benditas sierras. Aquí se ponen las escopetas a lo largo de las cañadas, buscando los ajustes en los horcajos, colgándose de balconcillo sobre los arroyones para poder tirar penchengrente.. ¡Ay, esos puestos en los que se domina el monte por el que los marranos llevan su portantillo seguidete, creyéndose arropados por las matas!.

Las reses de Hornachuelos fueron conservadas por los dueños de cotos imponiendo normas, como la prohibición de matar ciervas, mucho antes de que se le ocurriese a los legisladores. O levantando las escopetas en plena montería para evitar matar demasiado. Y eso, antes de que alguien tuviese la nefasta idea de hacer la primera cerca.

En esa zona, regateada por el Bembézar, el bellísimo río con nombre de resonancias africanas, del que Marquina dijo que era como una idea de Dios arando la inmensidad, no hay dos fincas que se parezcan.

Todas tienen su personalidad. San Calixto, con su viejo monasterio; Mezquetillas, que guardan los recuerdos de todos los Calvo de León, de la escapada montera de Don Alfonso XII en 1883; El Rincón Bajo de Juan García Liñán, que allí se hizo novio en 1910 y conserva la finca monteándola en el mismo puesto; y Las Aljabaras, La Mata, El Aguila, La Baja, Las Umbrías de Santa María, Mosqueros, Las Altas… Sólo estos nombres ya huelen a monte, a reses, a tradición. A monterías de siempre, donde cada cual sabe exactamente lo que tiene que hacer y donde cada cosa esta precisamente donde tiene que estar.

Ahora Hornachuelos es parque natural. Dios quiera que sus rectores usesn bien de sus recién adquiridas facultades. Porque esta zona ha llegado hasta hoy todo su esplendor gracias a una sabia conjunción de naturaleza y cultura. Una vieja cultura equilibrada entre dueños, monteros, guardas, arrentines, furtivos y civiles. Sin que la Administración haya tenido que poner, para nada, su mano pecadora en esta hermosa obra de Dios y sus criaturas.

 

(Trofeo, Julio de 1993.)