Jabalies, marranos, cochinos


Los cordobeses hablamos de cochinos o marranos. Nunca un serrano dirá jabalí. Sí, en cambio, jabalina. Misterios del lenguaje porque por ahí, por Extremadura y por la Sierra Norte de Sevilla, les dicen guarros. Qué cosas.
Bueno, pues los marranos nos tienen este año desconcertados. Fincas llenas de trompadas, resultan vacías cuando se echan Y, en ocasiones, sin verse demasiado hechío, se encuentra uno una finca sopada. Me pasó el otro día al ir a ponerme en en Torreárboles. Andando el carril, no se veía ni un resbalón en los descolgaderos que llevan a Villa Alicia. Además, había por allí una solada de bellotas intacta que hacía suponer lo peor. Que no había un rabo. Pues fue meterme por lo más malo del jaral para alcanzar mi piedra de siempre y aquello daba miedo. Vaya si había cochinos por allí. Yo creo que, con la abundancia, se quedan donde tienen agua y comida y por eso no les cogemos los rastros. Pero, en general, por los comentarios que escuchamos, no responden los resultados a las expectativas creadas para esta temporada por los simpáticos marranetes, que han venido a sustituir en popularidad al tan debilitado conejo. Son la montería accesible a las economías modestas.
Eso sí, que el cochino está llegando a todas partes. Se extiende con muchísima facilidad, se adapta a todos los ambientes y, como tiene tan poca vergüenza, se busca sus comidas sin dificultades y se cruza con facilidad con las cochinas caseras. De ahí el marrano arocho, fino, el jabalí puro, aquél que con un cuerpo desmedrado y escurrido de los cuartos traseros lucía unas navajas de a palmo.

(Córdoba, Noviembre de 1996.)

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Cazadores jovenes

Hay muchas formas de acercarse a la caza. La más natural, la que hace que desde la infancia consideremos cazar como algo normal, es ser hijo de cazador. Nadie como el padre puede enseñar a encararse una escopeta, a tratar al perro, a correr la mano en el volateo. Nadie como él para inculcarnos la prudencia en el manejo de las armas, el respeto por los terrenos de los compañeros, la cortesía campera. Pero también están los que se sienten atraídos por este noble ejercicio sin haber tenido tradición de cazadores en su casa.
Tras una montería allá por el norte de la zona de Badajoz, coincidí a la mesa con Ricardo Medem, Juan Delibes y un chico joven que aprovechó la ocasión para ponernos a caldo, acusándonos de prestar poca atención a las nuevas hornadas de cazadores deseosos de continuar las buenas normas y costumbres. El quería que Juan desde su revista, Trofeo, y nosotros al escribir, en lugar de recrearnos en felices experiencias, enseñásemos. Quería técnica. Y con el ardor de la juventud le explicaba a Delibes cómo tenía que hacer su revista.
Bueno, pues, al cabo de un rato de charla, tuve que darle la razón a mi nuevo amigo. Puede que, al final de toda una vida con la escopeta, o el rifle, que tanto da, en las manos, nos dediquemos los cazadores viejos a mirarnos el ombligo, abrigados por los recuerdos de tantos lances vividos.
Cuando los viejos protestan por ver su campo invadido por advenedizos, por gestes que desconocen las normas que ellos consideran sagradas, ignoran que, tal vez, esos recién llegados tienen verdadera sed de saber, de hacer las cosas bien. Y que el amable deber de los que nos consideramos de vuelta (¿pero quién puede considerarse de vuelta en nada?) es ayudar.
Hay, como siempre ha habido, porque la vida se repite, toda una generación de chavales que miran con admiración a los mayores que consideran modelos. Que quieren tomar la herencia de los buenos cazadores cogiendo sus aires en todo. Ellos son el futuro, la esperanza en la continuidad de las buenas maneras.

(Córdoba, 1996.)

¿Sortear o no sortear?

Esta es la cuestión. Así, visto desde fuera, los poco avispados piensan que cuando el dueño de coto invita debe sortear los puestos a ocupar en la montería. Después de todo, ¿no son todos sus amigos? Hoy vamos a dar una muestra de cómo puede resultar un sorteo cuando un dueño de coto deja a la suerte la colocación de sus invitados. Así sale la cosa:

Puesto 12 de la armada del Barranco. Par el tío Romualdo, general de caballería, retirado en 1983. Si el tío Romualdo le echa lo que le tiene que echar para bajar hasta el fondo, de allí hay que sacarlo a hombros.

El 8 de la traviesa de Los Calabozos. Ese que está en la curva del carril, desde el que no se ve ni a contar. Ahí va don Paco, el director del banco que tiene que renovar la póliza de crédito que está vencida desde el martes de la semana pasada.

El 7 de la traviesa del Limón. Ahí mismo, al lado de la casa. Donde la señora marquesa cobró los siete venados. Le toca a un electricista cuñado del novio de la niña del guarda, al que invitaron a última hora porque sobraban dos puestos.

Puesto 11 de La Cumbre, el último del repecho grande, el que acaba ya junto a las buitreras. Es un puesto donde ni los más viejos del lugar recuerdan que se tirase un venado. Lo saca, con mucho arte, don Rafael Picospardos, inspector de Hacienda que tiene que hacer dentro de unos días una revisión de su empresa al dueño del coto. Al mentado dueño, cuando don Rafael le pregunta qué tal es el puesto, se le pone un hermoso color verde oliva pálido.

Bromas aparte, hay que recordar que la historia de la montería es muy larga. Y siempre los dueños de las manchas han colocado a  dedo. Los chavales jóvenes y fuertes al río, por esas veredas que más bien son descolgaderos de reses. Los monteros que por su edad o consideración lo merecen, a los puestos de mejores resultados. Los sacuhigos con los que se quiere cumplir, a las traviesas para que, cuando fallen, las reses sean aprovechadas en los cierres. Y los buenos rifles, los que sujetan, a cerrar la mancha.

A través de muchas generaciones, la sabiduría montera ha colocado a los monteros. Sin dejar nada al azar. Por algo será.

(Córdoba, Noviembre de 1996.)

 

Cien cochinos, cien

El domingo recordaba yo cuando monteábamos Los Conventos allá por los primeros setenta. Los pudientes, con caballerías. Los demás, en el cochecito de San Fernando, unos ratos a pie y otros andando. Aquello no tenía carriles, ni tiraderos. Se llenaba la mancha de escopetas como se podía, se soltaba, y que fuera lo que Dios quisiera. Y, claro, matábamos poco.

Y, luego, el agua. Era como una maldición allí. Siempre diluviaba. Y la odisea de salir, de prisa, de prisa, que se cortaban los arroyos. Un calvario, lo que yo les diga.

Pues, ahora, tan ricamente. La gente se pone en coches, los puestos tienen penchenfrente unos claritales que dan gusto, y a las cuatro todo el mundo está alrededor de las habichuelas.

Se soltó al tope y yo, que estaba en mitad del lío, en la huida a Navallana, puedo asegurar que se monteó divinamente, con orden y despacio. Luego, las rehalas deshicieron su camino para rematar cada mano donde había soltado. Se peinó. Y, claro, con aquellos apretales llenos de cochinos, la gente se tiznaba.

A mí me regaló la suerte el espectáculo de un cochino aguantando en mitad de una lentisca. Se lio un perro a dar de parada. Ladraba, se arrimaba y salía corriendo. Y vuelta otra vez. Luego fueron llegando más perros. Y jay, jay. De vez en cuando salía uno por los aires. Hasta que se arrancó. Pero no para mí, sino para el fondo del barranco.

No sé si se tiraría ni si, si le cumplío a alguien, se cobró. Se llegó hasta mí Julio Sojo, que guiaba unas rehalas. Tampoco había visto si lo habían matado.  Así quedaba el lance para el misterio y el cochino, a lo mejor, perdido por mucho tiempo por aquellos espesinales.

Este año he felicitado más de una vez a José Miguel Sánchez por sus éxitos, pero es que está haciendo una cosa muy difícil, que es dar con los marranos casi siempre. Entre los veintitantos de la víspera en Las Aceras, lo de manolo Navas, y los ¡ochenta y uno! de Los Conventos, se cobraron más de cien en el fin de semana. Ahí queda eso.

 

(Córdoba,  1997.)

Perros, perreros y guías

oteroAntonio Sanz asomó al barranco y echó voces.

-Tú. El de la solana. Párate, hombre, no pases el arroyo y sigue para la carretera, que te estás dejando ahí una rehoya muy buena.

El otro no lo oía y más voces.

-Faliiiiii… Dile a ése que siga para abajo, para la carretera. Y tú, el de la cañada, resúbete un poco para la umbría, que ahí es donde puede haber un cochino. No, no por el arroyo. Para arriba. Eso es. Sigue por ahí, que vas bien. Era como dirigir una orquesta de ladridos, voces y caracolas. A mí, que se monteaba bien la umbría me venía de perlas porque estaba puesto en la huida necesaria de la hoya de Torreárboles a los barrancos de Valdegrillos.

Pues todavía estaban los perreros en la falda de aquel fortísimo apretal, cuando se puso a dar de parada un perrete canela a mis mismos pies. Señalaba al marrano en una cornicabra que sobresalía entre aquel monte tan trabado de madroñas, carrascas y lentiscos. Y jau-jua, jau-jau, y el cochino haciéndole cara y aguantando. Fueron llegando perros y, por fin, se arromolinó el monte y, con un tronchadero que parecía que se llevaba por delante las matas, se arrancó el bicho.

Pero me dejó con el molde. Porque, en vez de subir como hacen siempre que corren a su amor, se desbarró por el arroyo, tapado, sin que yo lo viese ni un segundo. Pasó la cañada, repechó ya muy lejos, y el puesto que había en las piedras altas le echó un tiro al cruzar el espinazo de piedra que hay por allí. Siguió el marrano su corrida con un colón de perros a su alcance y se perdió, ahora sí, hacia los altos.

A mis espaldas, se escuchaba el vocear de Julio Sojo guiando las rehalas por los barrancos de Valdegrillos. Y, por la armada de La higuera, por Los naranjos, no dejaban de tirar. Decía Julio

-Sí, señor, así se mata. Qué calzones más bien cortados te ha puesto El Buitre, Rafael.

Yo no tiré. Pero me di por satisfecho con ver como Antonio Sanz bordada la mancha y con la faena del perrete. Fue uno de esos días en los que uno conoce a fondo la finca, la gente y los perros. Y en los que los propios organizadores guían las rehalas. Eso es montera de artesanía.

 

(“Córdoba”, 1996.)