La suelta

Todos los aficiones a la caza mayor saben que, para poderlos gobernar, los perros en las rehalas se sujetan dos a dos. Pero los monteros muy viejos recuerdan cómo, cuando ellos empezaron a conocer el campo, los perros no se acollaraban con mosquetones. Los collares estaban fijos dos a dos y, para soltar, se les quitaban. Entonces quedaban sólo con el collarín de la cencerra. Por eso los perreros solían llevar ayudante, que cargaban con las que se llamaban colleras. Colleras de collares. Ese es el motivo por el que, en la sierra, se ha llamado indistintamente acollarar o acollarar al hecho de unir los perros para poderlos manejar mejor.

La suelta era un rito. Como las fincas no estaban tan carrileadas como ahora, había que llegar a donde se quería comenzar a montear con los perros sujetos, Y, así, se hacía el camino por veredas y atajos con los perros acollarados detrás de los perreros. Llegado el momento en que se calculaba que ya estaban puestas todas las escopetas (hoy eso se sabe por radio), se liberaban los perros de sus collares y a cazar.

Ay una curiosa distinción entre las rehalas andaluzas y las de La Mancha. Mientras las nuestras llevan collar para sujetar y collarín para la cencerrilla, las manchegas sólo llevan un collar fuerte en el que va inserta con una presilla la cencerra.

Como, además de los dos collares es frecuente que muchos perreros coloquen una cadena para fijar a los perros en los anclajes de la perrera, nuestros podencos tienen una especial arrogancia con tanto atalaje.

Al llegar a un collado las rehalas tras los talones de sus perreros, era de ver el revuelo de los perros relatiéndose, presintiendo la caza tan pronto se soltaba la primera collera. Las carreras, los quejidos de impaciencia, las alegres zambullidas en el monte. Pero eso, ya casi se va también perdiendo porque, en los más de los casos, la suelta se reduce a abrir las puertas de una furgoneta.

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Así es la vida

Antiguamente, cuando la gente monteaba cuando le daba la gana, se esperaba a que corrieran los arroyos de la primera suelta. Se lo  oímos contar a los más viejos. Pero de eso, ya, tal como están hoy las cosas, con la cantidad de manchas que se echan, no se acuerda nadie.

Hoy, como casi todo se vende, hay que cazar cuando se ha programado. Y los programas se ultiman en verano. Luego, con todas las fechas cogidas, a ver quién es el guapo que aplaza. Sus clientes pueden tener otros compromisos, las rehalas estar cogías para otras manchas o pueden haber solicitado ya los linderos. Un lío.

Pero este año ha habido suerte en la orilla. El sábado de apertura todo estaba seco. Y, aún en la mañana del domingo, cuando íbamos a ponernos en Navallana, había que ver las polvaredas que levantaban los coches. Se soltó en el cielo encapotado y hasta la una, sin moverse una gota de aire, el tiempo estaba perfecto para montear. Pero entonces dijo Dios agua va  y nos cayó hasta picón, que se dice.

Cuando no hay reses, ni se oyen ladras, te colocas bien el capote, te trascachas bajo el paraguas, y no se escapa mal. Pero es que allí como tenía un magnífico puesto y se escuchaban muchas ladras, pues eso, que acabé como una sopa.

Lástima que por mor de las normas sólo se pudiera echar aquello como gancho, porque los marranos se cachondeaban de los perros que era un primor. De todas maneras, dos se descuidaron y apartaron por mi puesto con lo que quedé compensado del remojón.

Ahora, con el suelo tierno y el monte bonito, como hacía años que no le recordábamos, encaramos una nueva temporada en la que estar en el campo y contemplarlo ya va a ser una satisfacción añadida al placer de la caza.

 

“Córdoba”, 1996

Bestiario de Sierra Morena


Alfonso de Urquijo, en esta su obra póstuma, ha querido recuperar la tradición literaria española de los bestiarios, narraciones y fábulas protagonizados por animales que alcanzan su mayor vigor con Cervantes, en el diálogo entre los perros Cipión y Berganza. Pone jugosas historias en boca de ciervos, ratones, machos monteses o jabalíes ambientando sus aventuras con naturalidad. Una delicia es la narración de la batalla de las Navas de Tolosa hecha por un viejo lobo, descendiente de los que hueseaban a la cola de los ejércitos. El Bestiario de Sierra Morena es, quizá sin pretenderlo, una obra didáctica en la que alguien poco avisado en las cosas del monte, llegará a conocer desde el orden en que se dan las bellotas de quejigo, encina y alcornoque hasta las plantas y frutos que constituyen las comidas de las reses. Y todo ello en un lenguaje amable, sin pretensiones de pontificar, pero aflorando toda la sabiduría que Urquijo atesoró tras tantísimos años de pisar la sierra con amor.

Hecho en la última etapa de su vida, requirió el apoyo y la colaboración de su inseparable amigo Paco León, cuya fina sensibilidad se reconoce en muchas felices imágenes y en en la gracia que aporta a la prosa como la salsa al asado.

La edición de este libro, imprescindible en la biblioteca de cualquier amante de la naturaleza o estudioso de ella, ha sido muy cuidada por la editorial, enriqueciéndola con bellas ilustraciones de Varela Simó. La editorial es Acualarga editores, S.L., Madrid, 1996.