Carta al último lince

Querido y desdichado gatazo: Perdona que no te llame por tu nombre aunque lo tendrás, controlado como estabas por Miguel y sus muchachos, con tu emisor al cuello y tus andanzas minuciosamente estudiadas por tus protectores. Has sido uno de los últimos de Doñana, pequeño rey de tu territorio, de ese territorio tan minuciosamente marcado para advertencia de intrusos. Has muerto mal. De un escopetazo. Poniendo en entredicho el civismo, el honor de los cazadores. Y yo quiero creer que el que te mató no pensó tirarte. Que, en un trasluzón, tapó para matar un conejo. Estoy seguro. Tengo que conservar la fe en mis compañeros, en quienes comparten conmigo esta vieja dedicación que es la caza. De todas maneras ya tenías esto muy cuesta arriba. Con lo señorón que tú eras para la caza, el conejo se te había puesto por las nubes, con tanta enfermedad, tanto virus y tanta leche. Y la cerretera. Y, luego, los perros de los jabateros que, aunque no fueran a por ti, ¿qué iban a hacer si te cogían los vientos? Mal lo tenías, rey de la marisma.

Siento tu muerte, amigo gato, porque contigo estamos perdiendo un tiempo, unas maneras de vivir, de andar por la sierra. Ayer por la mañana gratificábamos a los guardas por tu cabeza. Hay que ver. Y hoy tenemos que defenderte porque te acabas. Quizá cuando un grupo de buenos monteros cordobeses, hace ya muchos años, tomó tu nombre para su peña lo hizo como una premonición. La Peña del Lince te adoptó como símbolo de lo que había que conservar, de lo que se nos estaba yendo. De lo que se nos va sin remedio.

Por mis sierras, por los duros espesinales de Cardeña, tus hermanos se defienden mejor. Y los respetamos. Hace más de quince años que nadie los toca y los guardas no oyen hablar de malos modos con tu gente. Sin embargo, parece que todo está conchabado contra tu raza.

Por mucho sigilo que pongáis en vuestros pasos, silentes y suaves, de patas almohadilladas, los linces podréis libraros de vuestros enemigos tradicionales, pero tenéis en contra al hombre. No porque, como antaño, os amenace con cepos, lazos y venenos. Sino por sus inventos, por su manía de romper las sierras con urbanizaciones, por su afán de trasladarse con prisas, de hacer trenes celosos de su espacio, de manipular las manchas con electricidad. Contigo, querido gatazo, no va a acabar el afán genético por cazar que queda en el fondo de muchos hombres. A ti te va a matar la civilización.

Y cuando desaparezca el último lince, con él se habrá ido parte de nuestra historia. Porque su soporte, las sierras, perdieron su virginidad a manos de un hombre que, poco a poco, va acabando con todo aquello que más debería amar. Y defender. Porque con cada lince que muere todos morimos un poco.

 

(Revista Trofeo)

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