La caza en el cante

La caza, pegada a la historia del hombre como el musgo a la piedra, ha dejado su huella en todas las civilizaciones. Y Andalucía, esta vieja y lejana Andalucía tan sabia como incomprendida, no podía ser menos. Así, la caza tiene una fuerte presencia en la más genuina expresión popular andaluza: el cante.

Hay letras casi bucólicas: Tortolilla dime, dime/ en donde tienes tu cama./ En lo alto de aquél cerro,/ debajo de una retama/ donde no llegan los perros. Porque, contra lo que pueda pensar un detractor de la caza, la gente de escopeta tiene su alma en su almario. Y, aunque ésto sólo podamos comprenderlo los cazadores, estamos imbuidos de una especie de amor al animal que queremos conseguir. Dice otro fandango: ¡Cómo me vino a romper/ esa cochina en mi piedra,/ tan airosa y postinera/ que no la quise tirar/ y la dejé que se fuera. Aquí, aunque el cantaor-cazador demuestra verdadero afecto por la cochina, yo tengo serias duda sobre su sinceridad.

     Aquél que no l’ha “tirao”/ a una liebre en su carrera/ se va deste mundo al otro/ sin saber qué es cosa buena. Eso dice otra letra por Huelva, pero las carreras de galgos, ese bellísimo entendimiento entre el hombre, los perros y el caballo, hacen que el aficionado a esta forma de cazar desprecie profundamente la escopeta, con la que tan fácil resulta tumbar a la noble orejona. La rabia y el orgullo del galguero quedan claros en este antiquísimo y redondo fandango: Quien le da un tiro a una liebre/ lo debían de condenar,/ que una liebre se avasalla/ con dos perras “entraillás”./ Y, si se va, que se vaya. Eso es, las cosas hay que hacerlas bien. Cobrar la liebre es lo de menos.

Ahí tienen otra de liebres un tanto surrealista: Más vale querer a un galgo/ que querer a una mujer/ que tenga el pescuezo largo. Claro que, para surrealista, este villancico gitano : Esta noche es Nochebuena/ y no es noche de dormir/ que ha parido la estanquera/ un cochinito “abalí”. La escopeta aparece donde menos se espera. Hasta mezclada con la lírica más dulce. Anda y que te den un tiro/ con pólvora de mis ojos/ y balas de mis suspiros.

Una de perros: Un cochino l’ha “matao”/ por ser valiente mi perra./ Qué grande es la pena mía/ que ya no piso la sierra/ ni voy más de montería. Y es que el perro es el gran amor del cazador. En él puede confiar más que en la mujer: Si el querer que puse en ti/ lo fuera puesto en un perro,/ se viniera “etrás” de mí.

     En el cante flamenco echa raíces toda el alma de Andalucía. En él están, además del amor, los toros y el baile, el oro pálido de los vinos finos y el fogoso caracoleo de los caballos. ¿Cómo iba a quedarse atrás una pasión tan vieja como la caza?

Mayo, 2001

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Carta al último lince

Querido y desdichado gatazo: Perdona que no te llame por tu nombre aunque lo tendrás, controlado como estabas por Miguel y sus muchachos, con tu emisor al cuello y tus andanzas minuciosamente estudiadas por tus protectores. Has sido uno de los últimos de Doñana, pequeño rey de tu territorio, de ese territorio tan minuciosamente marcado para advertencia de intrusos. Has muerto mal. De un escopetazo. Poniendo en entredicho el civismo, el honor de los cazadores. Y yo quiero creer que el que te mató no pensó tirarte. Que, en un trasluzón, tapó para matar un conejo. Estoy seguro. Tengo que conservar la fe en mis compañeros, en quienes comparten conmigo esta vieja dedicación que es la caza. De todas maneras ya tenías esto muy cuesta arriba. Con lo señorón que tú eras para la caza, el conejo se te había puesto por las nubes, con tanta enfermedad, tanto virus y tanta leche. Y la cerretera. Y, luego, los perros de los jabateros que, aunque no fueran a por ti, ¿qué iban a hacer si te cogían los vientos? Mal lo tenías, rey de la marisma.

Siento tu muerte, amigo gato, porque contigo estamos perdiendo un tiempo, unas maneras de vivir, de andar por la sierra. Ayer por la mañana gratificábamos a los guardas por tu cabeza. Hay que ver. Y hoy tenemos que defenderte porque te acabas. Quizá cuando un grupo de buenos monteros cordobeses, hace ya muchos años, tomó tu nombre para su peña lo hizo como una premonición. La Peña del Lince te adoptó como símbolo de lo que había que conservar, de lo que se nos estaba yendo. De lo que se nos va sin remedio.

Por mis sierras, por los duros espesinales de Cardeña, tus hermanos se defienden mejor. Y los respetamos. Hace más de quince años que nadie los toca y los guardas no oyen hablar de malos modos con tu gente. Sin embargo, parece que todo está conchabado contra tu raza.

Por mucho sigilo que pongáis en vuestros pasos, silentes y suaves, de patas almohadilladas, los linces podréis libraros de vuestros enemigos tradicionales, pero tenéis en contra al hombre. No porque, como antaño, os amenace con cepos, lazos y venenos. Sino por sus inventos, por su manía de romper las sierras con urbanizaciones, por su afán de trasladarse con prisas, de hacer trenes celosos de su espacio, de manipular las manchas con electricidad. Contigo, querido gatazo, no va a acabar el afán genético por cazar que queda en el fondo de muchos hombres. A ti te va a matar la civilización.

Y cuando desaparezca el último lince, con él se habrá ido parte de nuestra historia. Porque su soporte, las sierras, perdieron su virginidad a manos de un hombre que, poco a poco, va acabando con todo aquello que más debería amar. Y defender. Porque con cada lince que muere todos morimos un poco.

 

(Revista Trofeo)

La vida en el monte

Esa foto, con los tonos sepia por obra del tiempo, venía con otras que me dio un amigo, todas ellas de viejas monterías, y que encontró en una antigua edición de La España inexplorada de Chapman. Alrededor de la tienda de campaña, la bañera, el aguamanil y las toallas al sol, puede adivinarse la presencia de aquellos grandes señores del monte que fueron los Mérito, los Sotomayor, los Algeciras… o ¿por qué no? Del mismísimo don Alfonso XIII. O quizá XII, dado o primitivo de la fotografía.

Los que ahora monteamos no tenemos ni remota idea de lo que sería recorrerse la sierra en los viejos tiempos. Par ir a El Risquillo, dejaban los coches ¡en Fuencaliente! Y hacían el camino a caballo. Eso sí, agenciándose todas las comodidades posibles, como ese cuartillo de baño de lona.

Pero no hay que irse tan atrás. Basta con releer el acta que levantó, con muchísimo ingenio, don Diego Soldevilla y Guzmán, de la montería celebrada en 1943 en La aljabara y Las mesas del Bembézar entre los días 8 y 14 de enero. Los Spinola, Guerra, Ramos, García y otras gentes de la época se mantearon, a golpe de herradura, La piedra de los azores, Las poyatas y el jardín, La solana de palancares, El cerrejón de la Alcarria y El tabaco… Media sierra. Téngase en cuenta que muchas de las manchas citadas son ahora fincas independientes e importantes.

Aquello eran columnas vertebrales firmes aguantando todo lo que hubiera que aguantar. Y, encima, como se quedaron con ganas, echaron de propina, fuera de programa, La solana de la cuesta de los mulos y el barranco de La fuente… Qué casta.

¡Ah! Y olvidaba decir que en aquella participaron varias señoras. Aunque esas, ya se sabe, son más duras que el pedernal.

(Córdoba, 1996.)

Así es la vida

Antiguamente, cuando la gente monteaba cuando le daba la gana, se esperaba a que corrieran los arroyos de la primera suelta. Se lo  oímos contar a los más viejos. Pero de eso, ya, tal como están hoy las cosas, con la cantidad de manchas que se echan, no se acuerda nadie.

Hoy, como casi todo se vende, hay que cazar cuando se ha programado. Y los programas se ultiman en verano. Luego, con todas las fechas cogidas, a ver quién es el guapo que aplaza. Sus clientes pueden tener otros compromisos, las rehalas estar cogías para otras manchas o pueden haber solicitado ya los linderos. Un lío.

Pero este año ha habido suerte en la orilla. El sábado de apertura todo estaba seco. Y, aún en la mañana del domingo, cuando íbamos a ponernos en Navallana, había que ver las polvaredas que levantaban los coches. Se soltó en el cielo encapotado y hasta la una, sin moverse una gota de aire, el tiempo estaba perfecto para montear. Pero entonces dijo Dios agua va  y nos cayó hasta picón, que se dice.

Cuando no hay reses, ni se oyen ladras, te colocas bien el capote, te trascachas bajo el paraguas, y no se escapa mal. Pero es que allí como tenía un magnífico puesto y se escuchaban muchas ladras, pues eso, que acabé como una sopa.

Lástima que por mor de las normas sólo se pudiera echar aquello como gancho, porque los marranos se cachondeaban de los perros que era un primor. De todas maneras, dos se descuidaron y apartaron por mi puesto con lo que quedé compensado del remojón.

Ahora, con el suelo tierno y el monte bonito, como hacía años que no le recordábamos, encaramos una nueva temporada en la que estar en el campo y contemplarlo ya va a ser una satisfacción añadida al placer de la caza.

 

“Córdoba”, 1996

Cien cochinos, cien

El domingo recordaba yo cuando monteábamos Los Conventos allá por los primeros setenta. Los pudientes, con caballerías. Los demás, en el cochecito de San Fernando, unos ratos a pie y otros andando. Aquello no tenía carriles, ni tiraderos. Se llenaba la mancha de escopetas como se podía, se soltaba, y que fuera lo que Dios quisiera. Y, claro, matábamos poco.

Y, luego, el agua. Era como una maldición allí. Siempre diluviaba. Y la odisea de salir, de prisa, de prisa, que se cortaban los arroyos. Un calvario, lo que yo les diga.

Pues, ahora, tan ricamente. La gente se pone en coches, los puestos tienen penchenfrente unos claritales que dan gusto, y a las cuatro todo el mundo está alrededor de las habichuelas.

Se soltó al tope y yo, que estaba en mitad del lío, en la huida a Navallana, puedo asegurar que se monteó divinamente, con orden y despacio. Luego, las rehalas deshicieron su camino para rematar cada mano donde había soltado. Se peinó. Y, claro, con aquellos apretales llenos de cochinos, la gente se tiznaba.

A mí me regaló la suerte el espectáculo de un cochino aguantando en mitad de una lentisca. Se lio un perro a dar de parada. Ladraba, se arrimaba y salía corriendo. Y vuelta otra vez. Luego fueron llegando más perros. Y jay, jay. De vez en cuando salía uno por los aires. Hasta que se arrancó. Pero no para mí, sino para el fondo del barranco.

No sé si se tiraría ni si, si le cumplío a alguien, se cobró. Se llegó hasta mí Julio Sojo, que guiaba unas rehalas. Tampoco había visto si lo habían matado.  Así quedaba el lance para el misterio y el cochino, a lo mejor, perdido por mucho tiempo por aquellos espesinales.

Este año he felicitado más de una vez a José Miguel Sánchez por sus éxitos, pero es que está haciendo una cosa muy difícil, que es dar con los marranos casi siempre. Entre los veintitantos de la víspera en Las Aceras, lo de manolo Navas, y los ¡ochenta y uno! de Los Conventos, se cobraron más de cien en el fin de semana. Ahí queda eso.

 

(Córdoba,  1997.)

Las matas del monte

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Nos pasamos los monteros tantas horas en la sierra que acabamos por no reparar en lo que tenemos en nuestro derredor. Obsesionados con la suelta o con si cargamos el aire; dedicados a estudiar la coletilla de monte que puede tomar un marrano para caer a la umbría de detrás; afinando desesperadamente el oído por si una res viene zorreada… no nos damos cuenta del privilegio que supone pasar unas horas de contemplación en mitad de la naturaleza.

A mí una de las cosas que más me han interesado siempre han sido las matas del monte. Recuerdo que un día, estando con Fernanda, mi mujer, en San Calixto, contamos dieciséis especies alrededor del puesto. Y cada planta tiene su personalidad, su estética, sus virtudes alimenticias o medicinales. O su leyenda negra. Por ejemplo: Si hueles la flor de la adelfa se te hinchan las narices.

Cualquier aficionado al monte sabe que el trompo de la jara es una excelente proteína para las reses, que debajo de una retama se cría un cordero o que la perdiz y el cervuno se desviven por la granilla del lentisco.

La bellota es la bendición de la sierra y, en cuanto empieza a gotear, se lleva todas la reses del entorno. Es divertido ver a las ciervas quietas, atentas, expectantes y cómo aprietan a correr al escuchar, tres chaparros más allá, el golpecito en el suelo de una bellota. Rebajados tienen los ruedos de las encinas de tanta rebusca. La bellota más temprana es la del quejigo, a la que sigue la de encina, que es la más dulce, y la de alcornoque. Tan apetecible es esta comida para las reses que es normal oír, cuando entra un venado de careo, que venía “belloteando”.

Hay matas que no las come el cervuno aunque se muera de hambre como el romero, el tomillo y el torvisco. Aunque las dos primeras tienen felices aplicaciones en gastronomía, el torvisco es tan venenoso que sólo sirve para pescar con mal arte entorviscando las aguas.

Debiera organizarse alguna vez un curso sobre vegetación y venatoria. Pero no con biólogos o ingeniero


s como monitores sino, más bien, con algún que otro serrano viejo y sabio al que debiera concederse honoris causa el doctorado en flora del monte.

“Trofeo”, Madrid, 2011

Recuerdos de primavera

Ayer subí a Torreárboles. Hizo un día limpio, azul, con un sol empeñado en agostar todos esos verdes brillantes con los que nos regala la sierra en primavera. Fui contra mi voluntad, puesto que andaba retrasado en mi mensual compromiso con TROFEO y hubiera preferido quedarme escribiendo pero Fernanda, mi mujer, andaba enfurruñada por el olvido en que tenía sus plantas y no hubo más remedio.
COCHIDesde que desviaron la carretera, a la terraza de la casa sólo llega el rumor del campo. Esos sonidos que van desde la nada casi absoluta al duro y rodado croar de las ranas que, a pesar de todas las porquerías que echamos al agua, sobreviven alrededor de la piscina.
Cerró la venta al borde de la carretera y se fueron los venteros, aquellos buenos amigos cazandangas de raza: Baldomero y su suegro, el viejo Francisco Nevero. Nevero, casi analfabeto, que me contaba sucedidos de tal belleza narrativa que me dieron más de un éxito sin más trabajo que ponerlos intactos –o guisados con pocos aliños- sobre el papel. Aquellas historias de la recogida del zumajo para tintes; los pájaros perdices de don Diego, el juez; las carreras de la nietecilla tras los perdigones…
Echado sobre la varanda, maciza ahora de flores de pitiminí, no puedo, ni quiero, evitar la nostalgia de aquellos buenos tiempos en que por las mañanas de verano, antes de entrar al estudio, tomaba café y una copita de aguardiente en la venta. Sin prisas, de charleta con Nevero, mientras entraban y salían los marchantes, todos de la zona y casi todos aficionados a la escopeta. De unos y otros sacábamos lo que podíamos de por dónde andaban las voladas de las tórtolas, de los encames de los cochinos y de la posible tolerancia de los civiles del Muriano.
Tras la desaparición de la venta, sólo quedó por allí el Sastre, con sus cuatro perruchos y sus gallinos, en la casilla del otro lado del arroyo. Y sus fantasías sobre gatos cruzados en lince y visitas nocturnas de las ginetas que, como las coja…
Nos hemos quedado solos. Hasta los cochinos han abandonado los alrededores, manchoneados ya en las hoyas de enfrente y en la umbría. La baña junto al arriate de romeros está lavada, hasta arriba de agua, que no la toman desde hace más de dos meses. Quizá cuando se oree y a ellos, a los que se escaparon, se les haya pasado el susto de los perros y los tiros, volverán por aquí en sus rondas nocturnas. A sus rebuscas y a dar trompadas a las plantas poniéndolo todo patas arriba para desesperación de Fernanda.

(TROFEO, Madrid, 2011)