El club de los poetas olvidados

…Hubo durante muchos años en el decadente café Gijón del madrileño Paseo de Recoletos un gran cuadro con los componentes de “Alforjas para la poesía”. Y, entre otros, había poetas muy leídos por todos como Felipe Sassone, Villacañas, Alfredo Marquerie, o Rafael Duyos. ¿Adónde habrán ido a parar? Los espejos del Gijón guardarán sus fantasmas envueltos en nieblas de tabaco.
Seguramente he sido poéticamente incorrecto recordando estos nombres, muchos de ellos anatemizados. Pero he querido que vuelvan a andar en letra impresa. Es que los poetas olvidados me producen una gran ternura.

(Mariano Aguayo, “Córdoba” 2005)

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Carta al último lince

Querido y desdichado gatazo: Perdona que no te llame por tu nombre aunque lo tendrás, controlado como estabas por Miguel y sus muchachos, con tu emisor al cuello y tus andanzas minuciosamente estudiadas por tus protectores. Has sido uno de los últimos de Doñana, pequeño rey de tu territorio, de ese territorio tan minuciosamente marcado para advertencia de intrusos. Has muerto mal. De un escopetazo. Poniendo en entredicho el civismo, el honor de los cazadores. Y yo quiero creer que el que te mató no pensó tirarte. Que, en un trasluzón, tapó para matar un conejo. Estoy seguro. Tengo que conservar la fe en mis compañeros, en quienes comparten conmigo esta vieja dedicación que es la caza. De todas maneras ya tenías esto muy cuesta arriba. Con lo señorón que tú eras para la caza, el conejo se te había puesto por las nubes, con tanta enfermedad, tanto virus y tanta leche. Y la cerretera. Y, luego, los perros de los jabateros que, aunque no fueran a por ti, ¿qué iban a hacer si te cogían los vientos? Mal lo tenías, rey de la marisma.

Siento tu muerte, amigo gato, porque contigo estamos perdiendo un tiempo, unas maneras de vivir, de andar por la sierra. Ayer por la mañana gratificábamos a los guardas por tu cabeza. Hay que ver. Y hoy tenemos que defenderte porque te acabas. Quizá cuando un grupo de buenos monteros cordobeses, hace ya muchos años, tomó tu nombre para su peña lo hizo como una premonición. La Peña del Lince te adoptó como símbolo de lo que había que conservar, de lo que se nos estaba yendo. De lo que se nos va sin remedio.

Por mis sierras, por los duros espesinales de Cardeña, tus hermanos se defienden mejor. Y los respetamos. Hace más de quince años que nadie los toca y los guardas no oyen hablar de malos modos con tu gente. Sin embargo, parece que todo está conchabado contra tu raza.

Por mucho sigilo que pongáis en vuestros pasos, silentes y suaves, de patas almohadilladas, los linces podréis libraros de vuestros enemigos tradicionales, pero tenéis en contra al hombre. No porque, como antaño, os amenace con cepos, lazos y venenos. Sino por sus inventos, por su manía de romper las sierras con urbanizaciones, por su afán de trasladarse con prisas, de hacer trenes celosos de su espacio, de manipular las manchas con electricidad. Contigo, querido gatazo, no va a acabar el afán genético por cazar que queda en el fondo de muchos hombres. A ti te va a matar la civilización.

Y cuando desaparezca el último lince, con él se habrá ido parte de nuestra historia. Porque su soporte, las sierras, perdieron su virginidad a manos de un hombre que, poco a poco, va acabando con todo aquello que más debería amar. Y defender. Porque con cada lince que muere todos morimos un poco.

 

(Revista Trofeo)

La vida en el monte

Esa foto, con los tonos sepia por obra del tiempo, venía con otras que me dio un amigo, todas ellas de viejas monterías, y que encontró en una antigua edición de La España inexplorada de Chapman. Alrededor de la tienda de campaña, la bañera, el aguamanil y las toallas al sol, puede adivinarse la presencia de aquellos grandes señores del monte que fueron los Mérito, los Sotomayor, los Algeciras… o ¿por qué no? Del mismísimo don Alfonso XIII. O quizá XII, dado o primitivo de la fotografía.

Los que ahora monteamos no tenemos ni remota idea de lo que sería recorrerse la sierra en los viejos tiempos. Par ir a El Risquillo, dejaban los coches ¡en Fuencaliente! Y hacían el camino a caballo. Eso sí, agenciándose todas las comodidades posibles, como ese cuartillo de baño de lona.

Pero no hay que irse tan atrás. Basta con releer el acta que levantó, con muchísimo ingenio, don Diego Soldevilla y Guzmán, de la montería celebrada en 1943 en La aljabara y Las mesas del Bembézar entre los días 8 y 14 de enero. Los Spinola, Guerra, Ramos, García y otras gentes de la época se mantearon, a golpe de herradura, La piedra de los azores, Las poyatas y el jardín, La solana de palancares, El cerrejón de la Alcarria y El tabaco… Media sierra. Téngase en cuenta que muchas de las manchas citadas son ahora fincas independientes e importantes.

Aquello eran columnas vertebrales firmes aguantando todo lo que hubiera que aguantar. Y, encima, como se quedaron con ganas, echaron de propina, fuera de programa, La solana de la cuesta de los mulos y el barranco de La fuente… Qué casta.

¡Ah! Y olvidaba decir que en aquella participaron varias señoras. Aunque esas, ya se sabe, son más duras que el pedernal.

(Córdoba, 1996.)

Así es la vida

Antiguamente, cuando la gente monteaba cuando le daba la gana, se esperaba a que corrieran los arroyos de la primera suelta. Se lo  oímos contar a los más viejos. Pero de eso, ya, tal como están hoy las cosas, con la cantidad de manchas que se echan, no se acuerda nadie.

Hoy, como casi todo se vende, hay que cazar cuando se ha programado. Y los programas se ultiman en verano. Luego, con todas las fechas cogidas, a ver quién es el guapo que aplaza. Sus clientes pueden tener otros compromisos, las rehalas estar cogías para otras manchas o pueden haber solicitado ya los linderos. Un lío.

Pero este año ha habido suerte en la orilla. El sábado de apertura todo estaba seco. Y, aún en la mañana del domingo, cuando íbamos a ponernos en Navallana, había que ver las polvaredas que levantaban los coches. Se soltó en el cielo encapotado y hasta la una, sin moverse una gota de aire, el tiempo estaba perfecto para montear. Pero entonces dijo Dios agua va  y nos cayó hasta picón, que se dice.

Cuando no hay reses, ni se oyen ladras, te colocas bien el capote, te trascachas bajo el paraguas, y no se escapa mal. Pero es que allí como tenía un magnífico puesto y se escuchaban muchas ladras, pues eso, que acabé como una sopa.

Lástima que por mor de las normas sólo se pudiera echar aquello como gancho, porque los marranos se cachondeaban de los perros que era un primor. De todas maneras, dos se descuidaron y apartaron por mi puesto con lo que quedé compensado del remojón.

Ahora, con el suelo tierno y el monte bonito, como hacía años que no le recordábamos, encaramos una nueva temporada en la que estar en el campo y contemplarlo ya va a ser una satisfacción añadida al placer de la caza.

 

“Córdoba”, 1996

¿Sortear o no sortear?

Esta es la cuestión. Así, visto desde fuera, los poco avispados piensan que cuando el dueño de coto invita debe sortear los puestos a ocupar en la montería. Después de todo, ¿no son todos sus amigos? Hoy vamos a dar una muestra de cómo puede resultar un sorteo cuando un dueño de coto deja a la suerte la colocación de sus invitados. Así sale la cosa:

Puesto 12 de la armada del Barranco. Par el tío Romualdo, general de caballería, retirado en 1983. Si el tío Romualdo le echa lo que le tiene que echar para bajar hasta el fondo, de allí hay que sacarlo a hombros.

El 8 de la traviesa de Los Calabozos. Ese que está en la curva del carril, desde el que no se ve ni a contar. Ahí va don Paco, el director del banco que tiene que renovar la póliza de crédito que está vencida desde el martes de la semana pasada.

El 7 de la traviesa del Limón. Ahí mismo, al lado de la casa. Donde la señora marquesa cobró los siete venados. Le toca a un electricista cuñado del novio de la niña del guarda, al que invitaron a última hora porque sobraban dos puestos.

Puesto 11 de La Cumbre, el último del repecho grande, el que acaba ya junto a las buitreras. Es un puesto donde ni los más viejos del lugar recuerdan que se tirase un venado. Lo saca, con mucho arte, don Rafael Picospardos, inspector de Hacienda que tiene que hacer dentro de unos días una revisión de su empresa al dueño del coto. Al mentado dueño, cuando don Rafael le pregunta qué tal es el puesto, se le pone un hermoso color verde oliva pálido.

Bromas aparte, hay que recordar que la historia de la montería es muy larga. Y siempre los dueños de las manchas han colocado a  dedo. Los chavales jóvenes y fuertes al río, por esas veredas que más bien son descolgaderos de reses. Los monteros que por su edad o consideración lo merecen, a los puestos de mejores resultados. Los sacuhigos con los que se quiere cumplir, a las traviesas para que, cuando fallen, las reses sean aprovechadas en los cierres. Y los buenos rifles, los que sujetan, a cerrar la mancha.

A través de muchas generaciones, la sabiduría montera ha colocado a los monteros. Sin dejar nada al azar. Por algo será.

(Córdoba, Noviembre de 1996.)

 

Cien cochinos, cien

El domingo recordaba yo cuando monteábamos Los Conventos allá por los primeros setenta. Los pudientes, con caballerías. Los demás, en el cochecito de San Fernando, unos ratos a pie y otros andando. Aquello no tenía carriles, ni tiraderos. Se llenaba la mancha de escopetas como se podía, se soltaba, y que fuera lo que Dios quisiera. Y, claro, matábamos poco.

Y, luego, el agua. Era como una maldición allí. Siempre diluviaba. Y la odisea de salir, de prisa, de prisa, que se cortaban los arroyos. Un calvario, lo que yo les diga.

Pues, ahora, tan ricamente. La gente se pone en coches, los puestos tienen penchenfrente unos claritales que dan gusto, y a las cuatro todo el mundo está alrededor de las habichuelas.

Se soltó al tope y yo, que estaba en mitad del lío, en la huida a Navallana, puedo asegurar que se monteó divinamente, con orden y despacio. Luego, las rehalas deshicieron su camino para rematar cada mano donde había soltado. Se peinó. Y, claro, con aquellos apretales llenos de cochinos, la gente se tiznaba.

A mí me regaló la suerte el espectáculo de un cochino aguantando en mitad de una lentisca. Se lio un perro a dar de parada. Ladraba, se arrimaba y salía corriendo. Y vuelta otra vez. Luego fueron llegando más perros. Y jay, jay. De vez en cuando salía uno por los aires. Hasta que se arrancó. Pero no para mí, sino para el fondo del barranco.

No sé si se tiraría ni si, si le cumplío a alguien, se cobró. Se llegó hasta mí Julio Sojo, que guiaba unas rehalas. Tampoco había visto si lo habían matado.  Así quedaba el lance para el misterio y el cochino, a lo mejor, perdido por mucho tiempo por aquellos espesinales.

Este año he felicitado más de una vez a José Miguel Sánchez por sus éxitos, pero es que está haciendo una cosa muy difícil, que es dar con los marranos casi siempre. Entre los veintitantos de la víspera en Las Aceras, lo de manolo Navas, y los ¡ochenta y uno! de Los Conventos, se cobraron más de cien en el fin de semana. Ahí queda eso.

 

(Córdoba,  1997.)

Hornachuelos

xxx-podencos-echados

Hace unos meses, Enrique Valdenebro, aquel Conde de San Remy que fue rejoneador, ya saben, me dejó un bellísimo libro de firmas que quería iniciar en La Toba, su finca, para que le hiciese la embocadura. Envuelto por un dibujo en el que un cochino corría entre el monte, escribí este breve poemilla:

 

La Jara,

la madroñera,

el lentisco,

la dureza y el frescor.

Las carrascas y alcornoques.

Hondas umbrías sin voz.

Los quejigos,

los chaparros.

El cochino es un asombra,

un vislumbre,

un trasluzón.

Noble sierra de Hornachuelos

áspera, bronca, cerril.

Sus casas hospitalarias

y su gente señoril.

Fuentelavirgen,

El Aguila,

Torralba,

Navaloscorchos,

El Asiento.

Y, entre todas,

recoleta y primorosa,

como una dama,

La Toba

 

Ahora, al pedirme Ignacio Ñudi que dedique mi rincón a Hornachuelos, me parecen esos versos una buena prueba de amor por la más bella zona que soñarse pueda para montear a la española.

Quienes sólo hayan monteado en grandes cerrejones armados a lo largo de interminables cortafuegos, desconocen los afables alcornocales, vestidos de monte de cabeza, de estas benditas sierras. Aquí se ponen las escopetas a lo largo de las cañadas, buscando los ajustes en los horcajos, colgándose de balconcillo sobre los arroyones para poder tirar penchengrente.. ¡Ay, esos puestos en los que se domina el monte por el que los marranos llevan su portantillo seguidete, creyéndose arropados por las matas!.

Las reses de Hornachuelos fueron conservadas por los dueños de cotos imponiendo normas, como la prohibición de matar ciervas, mucho antes de que se le ocurriese a los legisladores. O levantando las escopetas en plena montería para evitar matar demasiado. Y eso, antes de que alguien tuviese la nefasta idea de hacer la primera cerca.

En esa zona, regateada por el Bembézar, el bellísimo río con nombre de resonancias africanas, del que Marquina dijo que era como una idea de Dios arando la inmensidad, no hay dos fincas que se parezcan.

Todas tienen su personalidad. San Calixto, con su viejo monasterio; Mezquetillas, que guardan los recuerdos de todos los Calvo de León, de la escapada montera de Don Alfonso XII en 1883; El Rincón Bajo de Juan García Liñán, que allí se hizo novio en 1910 y conserva la finca monteándola en el mismo puesto; y Las Aljabaras, La Mata, El Aguila, La Baja, Las Umbrías de Santa María, Mosqueros, Las Altas… Sólo estos nombres ya huelen a monte, a reses, a tradición. A monterías de siempre, donde cada cual sabe exactamente lo que tiene que hacer y donde cada cosa esta precisamente donde tiene que estar.

Ahora Hornachuelos es parque natural. Dios quiera que sus rectores usesn bien de sus recién adquiridas facultades. Porque esta zona ha llegado hasta hoy todo su esplendor gracias a una sabia conjunción de naturaleza y cultura. Una vieja cultura equilibrada entre dueños, monteros, guardas, arrentines, furtivos y civiles. Sin que la Administración haya tenido que poner, para nada, su mano pecadora en esta hermosa obra de Dios y sus criaturas.

 

(Trofeo, Julio de 1993.)