Concentración de Rehalas

Una vez más la Asociación de Rehalas de Córdoba que preside Antonio Sojo, ha convocado para una exhibición previa a la temporada. Ya se habían venido realizando concentraciones de este tipo en espacios menos adecuados. Pero esta vez el Ayuntamiento se ha decidido a colaborar proporcionando los medios necesarios para el éxito que se ha obtenido. Y es que quizá los políticos, no siempre muy sensibles a proteger lo que rodea a la caza, han comprendido que más de ciento setenta rehalas en Córdoba son dignas de tener en cuenta.

En El Arenal, con toldillos y anclajes adecuados, pudimos contemplar los mejores podencos andaluces. Los más bellos ejemplos de lebreles mediterráneos que se conservan en España, descendientes de aquellos elegantes canes que acompañan a los faraones en sus mastabas.

Más de treinta rehalas acudieron. Y las voy a citar a todas, sin distinciones, como hizo la organización, que entregó a cada dueño un recuerdo pero sin establecer premios. Fueron las siguientes: de Córdoba, Antonio Molina Becerra, Francisco Jurado Silveria, Francisco Ordoñez Giraldo, Baldomero Cabanillas Pérez, Rafael Arenas Alcaide, Valeriano Pérez Ocaña, Antonio Marín Moya, Juan Beigveder Bellido, Manuel Arenas Molina, José Benavente Caballero, Juan Torres Cobo, Jesús Bernier García, Francisco Gómez Moreno, Joaquín Vadillo Solano, Juan Agredano Ramos, Faustino Almagro Cuevas, Juan Serrano Luque, Antonio Aguilar Cruz, Juan Corral Domenech, José Avilés Romero, Antonio López Fernández, Angel Carrillo Gálvez, Rafael Borland Torres y Antonio Sojo López; de Hinojosa, Isidro Fernández Ramos y Juan Ramos Murillo; de La Fuencubierta, Juan Poley Díaz; de Los Angeles, José María Osuna Ortíz; de Fuente Palmera, Manuel Martínez Barragán; de Cerro Muriano, Antonio Peña Costi; y de Pozoblanco, Emilio Jurado Olmo.

Ahora, a portarse bien en la sierra demostrando que, además de ser tan bonitos, los perros andan como debe ser.

 

(Diario Córdoba, Marzo de 1996.)

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La música del monte

1-podencos

Como las cosas cambian tan despacio, ni te das cuenta. Y fue un perrero, Manolo el Pintado, quien me lo hizo ver el otro día. Los perros ya no ladran como antes. Yo, la verdad, no me lo creí. Para mí, los intocables siempre fueron los podencos y los cochinos. Ambos, unas creaciones de Dios cuyos instintos nadie podría manipular.

Pero, claro, en las dos o tres monterías siguientes, no pude evitar poner la oreja con desconfianza. Y estoy bastante preocupado porque me parece que tienen razón, qué le vamos a hacer.

Tuve en Navalagrulla la fortuna de tener pechenfrente la umbría donde dieron los perros con los marranos. Aquello estaba sopado, que se dice. En cuanto dieron cara las rehalas, cada perro llevaba su cochino por delante. Por aquel apretal, ni se adivinaban blanquear los perros pero se veían los madroños y lentiscos más altos cimbrear que era una gloria.

Bueno, pues yo no voy a decir que ningún perro latiese. Pero, para el lío de cochinos que allí se formó faltaban ladras. Se oía la dicha, ronca y tesonera de algún mastín. Y dar de parada. Y los harpidos de arranque en el primer pechugón. Desde luego, algunos podencos ponían alegría en la mañana con sus ladras corridas. Pero había marranos que se desbarraban tronchando monte sin que se oyese el harpir de un perro.

Manolo el Pintao asegura que a los perros les falta alguna vitamina, que se lo han dicho a él. El perrero de José María Cabanás dice que, como sólo se sacan los perros ya hechos, el cachorro no sale latiendo. Porque el latido es una queja por no poder alcanzar la res. Pero luego viene El Indio, otro perrero de los viejos, que saca a los podencos desde cachorros y nota el mismo problema. ¿Será que era con los conejos con los que el podenco aprendía a latir? ¿Influirá en el comportamiento del perro el no poderlos campear en verano?

Los chavales que empiezan a montear ni recuerdan ya el son del trabuco. Aquél tronar lejano y redondo que nos anunciaba que habían soltado o que se había arrancado una res. Que nos permitía calcular por dónde se estaba monteando. Los trabucazos, las voces de los perreros y las ladras eran la música de fondo de la montería andaluza. A ver si, después de todo, los zampoñazos del trabuco excitaban al podenco arrancando sus quejidos. O a lo mejor son figuraciones y estamos viendo fantasmas los que ya nos vamos acostumbrando a que nos lo vayan quitando todo. Menos lo ya bailado.

(Trofeo, Enero de 1995.)

Quitar los perros

perro-el-mono

De vez en cuando me tomo un día libre y me voy del estudio paseando hacia el centro. A nada. A vaguear por Córdoba. Me llego a El Coto, que ahora anda por registros taurinos con mucha gente de coleta entre sus habituales. O a Milán, a tomarme un cafelito con Rafa del Río cotilleando de la Ama y esas cosas. También puede echar un ratito de charla, al paso, con algún amiguete. Y así, cuando acuerdo, se me ha ido la mañana. Ni he pintado, ni escrito, ni nada de nada. Pero me vuelvo enriquecido por el roce con los amigos.

El otro día recalé por El Risquillo, el bar que puso en el Gran Capitán Antonio, el hijo de Pepe Velasco, adonde ahora para mucha gente del mundillo de la montería. Y me senté con él y con su padre en uno de los veladores de la acera tratando de recoger el poco de aire fresco que corría en la calurosa mañana cordobesa.

Pepe y yo tenemos un viejo contencioso porque no me da una caracola que me tiene prometida hace mucho tiempo. Dijo Antonio:

 – No te vemos por aquí. ¿Qué es, que has tenido alguna exposición fuera?

– No. Lo que pasa es que, cuando dejo de pintar, me entretengo echando la caracola.

Y Pepe, ante el desconcierto de su hijo,

– Esas son mariconadas que dice éste porque no le apaño una caracola. Pero te juro que es que se me olvida. Mañana te la preparo.

Pepe anda ahora como un perro perdido porque ha tenido que dejar la rehala. Estaba harto de la lucha porque ya las cosas no están como estaban. Ahora hay que ser poco menos que un diplomático para colocar los perros y Pepe es un hombre bronco, de sierra. Pero quitar los perros duele. Estuvimos hablando del Hereje, mi modelo favorito. Y del Mono, del Artillero, de Curro, de La Marquesa. De los perros buenos y los perros bonitos. Recordamos la primera vez que fuimos a las perreras y me sacó Antoñuelo, el Orejitas, un par de perros feísimos, con las orejas sorollonas y llenos de cortes y mataduras. Decía Pepe

– ¡Gilipollas, que eres gilipollas! Si Don Mariano lo que quiere para pintar son perros bonitos, no que sean buenos…

Repasamos los viejos tiempos, las viejas gentes, la época más brillante de su rehala. Aquellos perros poderosos, blancos todos, hasta los mastines ligeros… Y en éstas, Pepe que se emociona, se viene abajo y su voz se quiebra. Porque será muy recio y muy bronco, pero cuarenta y dos años con los perros son muchos años. Y quitarlos ahora es cerrar una página de la historia montera de Córdoba y de su vida. Y de la mía. Y de la de todos los monteros de estas sierras porque, desde nuestra primera juventud hasta hoy, siempre estuvieron presentes en nuestras aventuras los perros de Velasco…

 

“Trofeo, Madrid, 1996”

La gracia en la palabra

Me confió hace ya años Juan Delibes que había oído decir a su padre, el venerado patriarca, que los escritores andaluces se inventaban palabras. Y no sé yo si en algún caso hay algo de eso pero es lo cierto que, andando con las gentes de nuestras sierras, no hay ninguna necesidad de inventar. Basta con recibir.
Empedernido cazador de palabras del monte, cuando en 1988 decidí que ya no encontraba una más que fichar, publiqué mi Vocabulario Cordobés del Monte y la Montería. Bueno, pues unos meses después, al sacar la segunda edición, tuve que añadir un apéndice con treinta y ocho entradas más ampliando la obra con aportaciones de mis amigos. Muchas de ellas eran conocidas mías pero tan usadas que las daba por asentadas en el diccionario de la RAE. Aquí el que inventa y con muchísima gracia- las palabras es el pueblo enriqueciendo extraordinariamente el castellano.

perros
Estos días ando mucho entre perreros y dueños de perros. Estoy haciendo cuadros con muestras de cada rehala que terminarán reproducidos en mi próximo libro. Y esto tiene para mí dos satisfacciones: la de pintar y la de tratar con gente hecha a andar (o andarear, que se dice por aquí) la sierra.
Hablaba Juan García Liñán, cuyos espléndidos noventa y seis años quería yo aprovechar para identificar personas en viejas fotos sepia, de un perrero que mateaba mucho. Y alababa los perros de Antonio Escote, de Hornachuelos, porque aunque eran muy ligeros, retaquillos los llama él, con ellos se podía echar una mancha y, además, estropeaban poca carne.
José María Bretón, tantos años perrero de Júbel, me contaba cómo se había pasado la vida haciendo aquella gran rehala claseando los perros.
Las capas de los perros, remendados, corbatos, calzados, verdinos, morachos, averdugados dan mucho de sí. Incluso con sus divertidas concreciones. Un podenco no es canela sino colorado. Pero los colorados, si no son muy intensos de color serán aceitunos. Y, si el color es muy débil, encerados. Así llama Curro Vega a muchos de sus perros porque Curro, como Antonio Navajas, tiene el capricho desde hace muchos años de tener perros colorados, capa de tanta tradición en el podenco andaluz.
Una de las cosas que más pone en evidencia la bisoñez de un montero es la forma de expresión. Más aún que la ropa. Recuerdo a uno que, en una junta le preguntó a un perrero si era suyo un perro marrón. Lo miró el otro de reojo y
– Mire usted, marrones son los zapatos. Ese perro es mío, pero es colorao.
Total que, a pesar de lo desarraigados que andan los serranos, conservan y defienden giros y vocablos que habría que declarar habla protegida dado su indudable peligro de extinción.

(Ilustración: Podencos remendados en colorao. Óleo sobre lienzo. 60×73. 2008)

Villaviciosa

A Rafael Rivas, un alcalde que no considera políticamente incorrecto confraternizar con la gente montera.

El domingo pasado fui hasta Villaviciosa de Córdoba invitado por Paco Cano a una concentración de rehalas. Sin zahones, sin rifle. A charlar un rato de perros con amigos de toda la vida.

A Villaviciosa puedes llegar desde Santa María de Trassierra (aquella de Faciendo la vía del Calatraveño por Santa María, vencido del sueño… que cantara el marqués de Santillana), pasando Las Albertillas (¡qué buena gente!) y cayendo al Control de los forestales para tomar por el Collado de los Lobos el camino del Névalo, de Casas Rubias, de Cabeza Agüilla,… O enfilar la carretera vieja, la que sube por Los Arenales, dejando a los lados La Tejera, El Santo, Los Valsequillos, La Umbría de Yllescas, gateando trabajosamente por unas curvas que han tenido siempre merecida fama entre la gente cordobesa.

Puedes entrar también desde la carretera de Badajoz, por el pantano de Puente Nuevo a alcanzar el Collado de los Venados, hasta el mismo pueblo. O bajar desde Villanueva del Rey, entre cotos de tanta nombradía como Los Posteruelos o el Puerto del Toro. Desde Posadas, pasarás manchas tan emblemáticas como Navalcastaño, Los Jarales, Fuente Vieja. Hasta Los Llanos. O sea que, entres por donde entres al hermoso término de Villaviciosa, vas a estar pisando tierras de caza mayor vestidas del más rico monte que disfrutarse pueda.

Febrero1

Allí los apretales de lentiscas, madroñas, aulagas y cornicabras; los jarales que, al recrecerse, forman mezquitillas que casi los hacen más fáciles de atravesar; allí los peñascos, los puestos de balcón desde los que se domina el portantillo zorreado de un marrano.

Allí los podencos finos, cuya quintaesencia fijó, por los años sesenta, Carlos Escobar. Eran blancos, sedeños, con buena alzada y, por no sé qué milagro de la genética, con los ojos casi blancos como una marca de la casa.

Allí los perreros buenos y los buenos dueños de perros: José Rojo, “Chatarra”, Carlos de la Torre, Rafael Cabrera, los “Tábanos”, “El Peque”, Pedro Carretero, “El Piojo”, José

Juárez, José María Ruiz, Julián Contreras, Manolo Cabrera, Miguel Díaz, “Canito”, Rafael Madueño… y tantos y tantos… Y, pesando para siempre en el recuerdo de aquellos cerros, las sombras de los grandes desaparecidos. ¡Ay, aquél magnífico Joselón!

A la sombra fresca de un grupo de eucaliptos, a las afueras del pueblo, festejamos la trayectoria de monteros viejos como Rafael Cruz, alma de Las Albertillas, y de guardas de larga presencia en la sierra: José Mariscal y Germán Guijo.

Y así anduvimos entreteniendo la veda los que siempre estamos dispuestos a hablar de perros, de tiros, de reses. De monte y de montería.

(“Trofeo”, Octubre 2010)

Júbel, el perrero y sus perros

No pude acompañar a su familia el día que Júbel –Juan Bautista Beigbeder- murió. Unos días después, llamé a José María Bretón y quedé con él en las perreras. Y allí estuvimos mucho tiempo hablando de Juan, de la rehala, del propio José María.

_PIJ1057La rehala de Júbel está al lado del santuario de Santo Domingo, en el faldeo de la sierra. Es una rehala clásica, muy cordobesa, de cruzados de gran alzada con predominio del podenco. Espléndidos perros que siempre han andado muy bien en la sierra. Las grandes rehalas tienen siempre tras de ellas grandes perreros y los dos que han gobernado ésta con Júbel han sido excelentes: Fue primero Remache y, hace ya muchísimos años, José María. Más de cuarenta años de briega para llegar a este espléndido resultado.

Charlamos de todo. De las nuevas formas, de los perreros nuevecillos, de los monteros ignaros. Le conté cómo, hacía mucho tiempo, me había dicho Júbel

-El día que se retire José María quito los perros.

-Lo decía tengo ya sesenta y siete años aunque, gracias a Dios, estoy muy bien. He llegado hasta aquí porque él siempre me insistía en que siguiera. Y ya ve usted, ha sido él el que se ha ido…

Y, claro, el veterano perrero se emociona. Son muchísimos años juntos seleccionando cachorros, mejorando los encastes, monteando juntos. En lo único en lo que difiero de José María es en nuestras opiniones sobre el trabuco. Él dice que sólo estaba para alegría del montero, que rayaba por dónde se andaba monteando. Yo siempre entendí, con otros perreros viejos, que servía y mucho para echar a correr un marrano atrancado con los perros. Hemos desempolvado nuestra vieja disputa. Pero, en fin, son ganas de bregar. Ya no hay quien vea en el monte un perrero con el trabuco al hombro.

Gran tirador, Júbel fue fundador del Club de Monteros de Córdoba. Y, después, del Club de Monteros del Sur. Desde ellos organizó con éxito monterías para amigos. Pero en mi memoria va a estar siempre como rehalero. Porque a personas como Júbel y José María debemos los monteros la conservación de la pureza de nuestras rehalas, poder seguir monteando con el estilo y las buenas maneras de siempre. Ahora nos deja Júbel, uno de los últimos. Descanse en paz.

(“Trofeo”, Madrid. Julio 2004)

Alonso Valdueza, la caza y el Rey

Hace ya varios años, por el 93 más o menos, me mandó Paco León el borrador de un manifiesto que, para fijar los cánones de lo que debiera ser la montería española, estaban preparando un grupo de personas y entidades. Y recuerdo que sólo pude añadir como buen andaluz- una observación sobre el uso del trabuco y muy poco más, porque el texto era perfecto. Lo publicó Trofeo en cuadernillo ilustrado por Barca en Octubre de 1994. Y, como consecuencia de aquél documento, se creó un premio para recompensar a personas que se acercasen al ideal que el manifiesto preconizaba. Este año, en lugar de a una persona se le ha dado a un colectivo, a unos perros, a la rehala de Valdueza, a los valdueza.
Pero una rehala no sale así como así. Esa rehala la formó, por los primeros cuarenta, el marqués de Valdueza fundiendo castas de podenco campanero y mastín extremeño. Así fueron evolucionando estos perros, añadiéndose más tarde algo de sangre de grifón. Y surgieron los poderosos, altivos y tenaces valduezas que hoy prestan su facha y su sangre a tantas rehalas castellanas y extremeñas.

Valdueza. Lienzo. 60x73
Pero, como sucede con cualquier obra, detrás de toda gran rehala hay la tesonera voluntad de un dueño. Y un gran perrero, en este caso Pedro Castro cariñosamente conocido de todos los monteros españoles como Periquillo Valdueza. Hoy conduce los perros Santiago Cano.
Pero el premio se da a ese gran aficionado que ha conservado, con todos los sacrificios, alegrías y sinsabores que eso supone, la rehala que creó su padre. A Alonso Álvarez de Toledo y Urquijo, Marqués de Villanueva de Valdueza. Y, como Alonso fue uno de aquellos chavales que acompañaron en La Jarilla el bachillerato del Príncipe de España, el Rey quiso estar con nosotros.
Ya la sola presencia de Su Majestad suponía un apoyo implícito para la caza, tan falta de calor hoy. Pero es que, además, sin estar previsto en el protocolo, don Juan Carlos tomó el micrófono y nos habló. Recordó cómo había matado su primera cochina tutelado por el viejo marqués de Valdueza, el padre de Alonso; se afirmó en su defensa de la caza y -esto nos llegó al alma a los castizos- prometió montear más. No ya cazar más. Dijo montear.
La cabeza de podenco de bronce que materializa el premio Manifiesto ha ido a manos de Alonso Valdueza, un cazador apegado a nuestras sierras y sus maneras. Al que caen bien los zahones y que es capaz de adivinar las ideas a un cochino. Se ha premiado a un montero viejo asistido del cariño de un rey cazador. Laus Deo.
(TROFEO. Madrid, 2001)