Jabalies, marranos, cochinos


Los cordobeses hablamos de cochinos o marranos. Nunca un serrano dirá jabalí. Sí, en cambio, jabalina. Misterios del lenguaje porque por ahí, por Extremadura y por la Sierra Norte de Sevilla, les dicen guarros. Qué cosas.
Bueno, pues los marranos nos tienen este año desconcertados. Fincas llenas de trompadas, resultan vacías cuando se echan Y, en ocasiones, sin verse demasiado hechío, se encuentra uno una finca sopada. Me pasó el otro día al ir a ponerme en en Torreárboles. Andando el carril, no se veía ni un resbalón en los descolgaderos que llevan a Villa Alicia. Además, había por allí una solada de bellotas intacta que hacía suponer lo peor. Que no había un rabo. Pues fue meterme por lo más malo del jaral para alcanzar mi piedra de siempre y aquello daba miedo. Vaya si había cochinos por allí. Yo creo que, con la abundancia, se quedan donde tienen agua y comida y por eso no les cogemos los rastros. Pero, en general, por los comentarios que escuchamos, no responden los resultados a las expectativas creadas para esta temporada por los simpáticos marranetes, que han venido a sustituir en popularidad al tan debilitado conejo. Son la montería accesible a las economías modestas.
Eso sí, que el cochino está llegando a todas partes. Se extiende con muchísima facilidad, se adapta a todos los ambientes y, como tiene tan poca vergüenza, se busca sus comidas sin dificultades y se cruza con facilidad con las cochinas caseras. De ahí el marrano arocho, fino, el jabalí puro, aquél que con un cuerpo desmedrado y escurrido de los cuartos traseros lucía unas navajas de a palmo.

(Córdoba, Noviembre de 1996.)

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¿Sortear o no sortear?

Esta es la cuestión. Así, visto desde fuera, los poco avispados piensan que cuando el dueño de coto invita debe sortear los puestos a ocupar en la montería. Después de todo, ¿no son todos sus amigos? Hoy vamos a dar una muestra de cómo puede resultar un sorteo cuando un dueño de coto deja a la suerte la colocación de sus invitados. Así sale la cosa:

Puesto 12 de la armada del Barranco. Par el tío Romualdo, general de caballería, retirado en 1983. Si el tío Romualdo le echa lo que le tiene que echar para bajar hasta el fondo, de allí hay que sacarlo a hombros.

El 8 de la traviesa de Los Calabozos. Ese que está en la curva del carril, desde el que no se ve ni a contar. Ahí va don Paco, el director del banco que tiene que renovar la póliza de crédito que está vencida desde el martes de la semana pasada.

El 7 de la traviesa del Limón. Ahí mismo, al lado de la casa. Donde la señora marquesa cobró los siete venados. Le toca a un electricista cuñado del novio de la niña del guarda, al que invitaron a última hora porque sobraban dos puestos.

Puesto 11 de La Cumbre, el último del repecho grande, el que acaba ya junto a las buitreras. Es un puesto donde ni los más viejos del lugar recuerdan que se tirase un venado. Lo saca, con mucho arte, don Rafael Picospardos, inspector de Hacienda que tiene que hacer dentro de unos días una revisión de su empresa al dueño del coto. Al mentado dueño, cuando don Rafael le pregunta qué tal es el puesto, se le pone un hermoso color verde oliva pálido.

Bromas aparte, hay que recordar que la historia de la montería es muy larga. Y siempre los dueños de las manchas han colocado a  dedo. Los chavales jóvenes y fuertes al río, por esas veredas que más bien son descolgaderos de reses. Los monteros que por su edad o consideración lo merecen, a los puestos de mejores resultados. Los sacuhigos con los que se quiere cumplir, a las traviesas para que, cuando fallen, las reses sean aprovechadas en los cierres. Y los buenos rifles, los que sujetan, a cerrar la mancha.

A través de muchas generaciones, la sabiduría montera ha colocado a los monteros. Sin dejar nada al azar. Por algo será.

(Córdoba, Noviembre de 1996.)

 

Jaralta

sin-titulo-1-2A mí maldita la gracia que me hace que a las fincas se les cambie el nombre. Sobre todo porque, normalmente, es para empeorar. Pero en el caso de Jaralta creo que Santiago Muñoz ha acertado.

Al juntar bajo una linde Coto Enrique con otras manchas eligió el nombre de una suerte menos añadida para nombre del conjunto. Y la verdad es que Jaralta es un topónimo bello y poético que, por lo demás, ya estaba por aquellos cerros.

Al lado de Pozoblanco, en el sosegado y ganadero valle cordobés de Los Pedroches, Jaralta es una especie de isla montera que, desde mediados de los setenta, fue cogiendo cochinos hasta darse monterías excelentes.

Y, en cuanto al cervuno, los venados de La Zarca, la finca que la Administración tiene por el Calatreveño, se aquerencian por allí, cobrándose de muy buenas cabezas.

Ya venía teniendo la montería de Jaralta un alto nivel social. Pero este año, con Santiago Muñoz metido a ganadero de reses bravas con envidiable éxito, aquello tenía algo de ambiente festivo de una tienta.

La junta de la mañana fue más montera. Pero ya por la tarde acudieron invitados como los dos Peralta,  Jesulín de Ubrique, Javier Conde, Fermín Vioque, Diodoro Canorea… Vamos, que ni en un patio de caballos. Políticos como Javier Arenas. Y Aurelio Teno, que ha ennoblecido la finca con una escultura bellísima.

A mí Santiago, que me cuida muy bien, me dio un puesto para ver toda la montería. Con la Atalaya a la espalda, sobre un puntal que dominaba los barrancos, asistí al hermoso espectáculo de las rehalas peinando el monte.

Las ladras podían seguirse por el blanquear de los perros. Y hubo un momento en que podía ver montear rehalas de dos sueltas.

Con un viento que nos bamboleaba, era imposible rayar las corridas de las reses. Y cazando de vista se matan mal los cochinos. Desgraciadamente, a mí no me gatearon por el canuto de mi izquierda, donde los hubiese tirado muy bien, entesterados. Dos veces pude tirar.

Con los perros casi mordiéndoles, cruzaban un cortadero que tenía por debajo, bastante lejos. Iban que escarbaban, con el copete tieso. Uno se me fue y otro se quedó. Pero vi cochinos por todas partes. Uno, muy grande, cayendo para el barranco. Y un jabardillo de ocho o diez. Una montería divertida de verdad.

Como Santiago Muñoz, con la cátedra, el bufete y todas esas cosas tan molestas que hace la gente importante, tiene poco tiempo para divertirse con sus amigos, ha buscado una fórmula perfecta para atender en un día a cazadores y taurinos: montería de mañana y fiesta de tarde.

Y le sale bastante bien.

Navidades

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A mí de las Navidades me gusta todo. El turrón de almendra, los mantecados, el anís de Rute, las zambombas, los regalos por Reyes, las pandillas de niños cantando… Hasta los reclamos publicitarios, cuyos mensajes familiares y dulzones estoy dispuesto a creerme a pies juntillas. Todo, ya digo. Porque la Navidad todo lo reviste de nostalgias, de sencillez, y saca a flote lo que nos queda de niños por ahí, por los fondos más secretos de nuestros viejos baúles de recuerdos. Sí, ya sé que más de un sociólogo riguroso condenaría la manipulación a que nos somete la publicidad por esta fechas. Y que a él estas cosas le sientan fatal. Pues que se aguante. Yo me lo paso tan ricamente.

 En Córdoba hace frío. Y lo malo es que podemos meternos en esos días de nublados planos y secos tan típicos de Navidades. Con la falta que hace el agua, que sólo nos visitó, como de cumplido, un poquillo en una otoñada en que apenas llovió para ganar una apuesta.

 Ahora se nos van a acumular los manchones y las monterías que se han ido retrasando porque no corrían los arroyos. Ahora, que tenemos a los estudiantes sedientos de sierra que compense los muchos días de tragar humo por ahi, por las grandes ciudades. Ahora da gusto echar cualquier pegote en familia, con cuatro chuchos y unas pocas escopetas. Ahora, ahora, con la casa de la finca llena de críos, engalanada con globillos de colores, y el belén bien revestido de lentisco, madroña y romero. Con la gente menuda esperando alrededor de la lumbre la vuelta de los cazadores.

 Si hay suerte y llega un cochino al corral trasero de la casa, con todos lo niños alborotando, hay que ver la que se lía. Cualquier lechonato cobra la importancia merecida, y pasa con todo honor al álbum de fotos familiar como si se tratase de un récord  de esos que exhiben con petulancia los grandes cazadores.

 Y, al final, el colofón: los Reyes Magos, que en casas de cazadores siempre vienen cargados de apechusques camperos. Cartuchos, zurrones, catrecillos… Un cuchillo, algún impermeable. Gorras, bufandas, guantes, pastillas para hacer fuego, botas, balas. Y, en años excepcionales, algún rifle o una mira telescópica pueden caer también para la puesta en marcha de un nuevo montero. Así son los Magos tradicionalmente en mi casa. Y sospecho que en las de los lectores de “Trofeo” también.

  Navidad, Navidad, dulce Navidad.

 

(“Trofeo”, Madrid, Navidad,99)

 

Las dinastías

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Así como los licenciados se hacen estudiando, los oficios se aprenden trabajando. Y, cuando se ha bregado ya mucho, se considera maestro en lo suyo al muy sabedor, expresión que también ha quedado entre las clases populares como muestra de respeto.

Pero, como nadie nace sabiendo, se avanza mucho en los comienzos cuando se tiene al padre en el mismo oficio y de él se reciben enseñanzas, consejos, recetas y secretillos  que quizá otro maestro guardaría celosamente para sí.

Y así, de padres a hijos, de abuelos a nietos, van creándose a través de generaciones las dinastías. Cada pueblo de la sierra tiene su familia de furtivos, azote de cotos y sinvivir de guardas. Pasaba con los piconeros, los corcheros, los perreros.

Los “Serranillos” llevan cuatro generaciones, que ellos sepan, bregando con perros. Este año se ha retirado Manuel Delgado, perrero en tiempos de Juan Barasona y luego, muchísimos años, de Juan de Dios Olías. Su abuelo ya fue perrero y su padre, Miguel, también, con la rehala de un boticario de Montero que se llamaba Eduardo Cámara. Un mal día, en “Valquemao”, le reventó el trabuco y se llevó media mano.

-Es que mi padre, ¿sabe usted?, para que no se le cayera la pólvora del trabuco, lo atacaba con un poco de monte…

Total, que aquel mal día se le fue la mano apretando la jara.

“Serranillo” ha estado monteando hasta esta temporada. Hasta los sesenta y cinco, que es decir. Y no lo quería dejar. Eso sí, que le dejaban la mano más fácil mostrando siempre los compañeros su consideración y respeto por este gran profesional.

Lleva la rehala de los Olías Sebastián, su sobrino y heredero en el oficio, otro magnífico perrero. Pero “Serranillo” no usa la libertad de su jubilación para dar vueltas por ahí pegando la hebra con el primero que se encuentra. En las frescas mañanas de la sierra, se va a las perreras con su sobrino a verle campear los perros, a ayudarle en lo que puede, a aconsejarle en cruzas…

En un rincón, hechos un ovillo, con las narices bajo el rabo, reliados, están los cachorros de esta Primavera. “Serranillo” los estudia, los compara, recuerda de qué cruzas remanecen, discute con su sobrino y con Juan de Dios. Y todos lo escuchan con respeto, como depositario que es de una sabiduría acumulada por generaciones. Por una de esas dinastías a las que tanto tenemos que agradecer los que amamos de verdad el monte.

Dar la cara

1996

Cuando se convirtió Constantino, todo el Imperio fue tras él y, sin más reflexiones teológicas, se hizo cristiano. Desde entonces se llamó constantinismo al arrastre del ejemplo del poder, del prestigio. Es la inspiración desde arriba, la influencia sobre los demás de la actitud del líder, temido, admirado o ambas cosas a la vez.

Y esto pasa, no ya en las cosas grandiosas sino en las minucias del día a día. El duque de Windsor, aquél espejo de dandis, necesitó sustituir sus pantalones manchados por aceite yendo a las carreras y, con las prisas, no dio tiempo a planchar unos que se encontraron en una tienda. Desde entonces se impusieron los pantalones con raya.

Hoy, cuando tan frecuente resulta denostar a la caza en los medios de comunicación, cuando existe tanto movimiento en su contra, cuando los cazadores parecemos unos monstruos chupasangres de bambis, deben los aficionados notables por su posición o prestigio hacer profesión de fe cinegética.

No hace mucho, en una cena de monteros, agradecí al presidente del Senado que fuese cazador sin avergonzarse. Y el marqués de Valdueza, rehalero hijo de rehalero, comentó enseguida.

-Si no se avergüenza el Rey, ¿por qué habría de avergonzarse nadie?

Así es y así debe ser. Del Rey abajo, ninguno.

Y tenemos más ejemplos de todos conocidos en la familia real.

Quizás el más simpático el de la infanta Alicia, que sigue monteando felizmente a pesar de su avanzada edad. Y por muchos años.

Nuestras encendidas defensas de la caza en las revistas especializadas nos dejan tan contentos a nosotros mismos pero de poco sirven hacia afuera. Sin embargo, las sosegadas cacerías de Miguel Delibes por él narradas con sencillez han hecho respetar la caza más que cien discursos. El ejemplo, el ejemplo. Si se es cazador, hay que dar la cara para conservar una cultura vieja como el hombre, tan rica en tradiciones como fértil en convivencias.

(Trofeo, Septiembre de 1996.)

Plata para el recuerdo

sombrero

Los zahones, las alforjas hoy en desuso, aquella escopeta entrañable del abuelo ya tan holguera, son para un cazador tesoros inapreciables que aumentan su valor con el paso del tiempo. Pues ¿y el sombrero?  El de mi mujer debe pesar un par de kilos. Está lleno de broches -me resisto a llamarlos pins, por más que lo admita la Academia- acumulados a lo largo de muchos años. Ninguno es de esos alemanes troquelados. Son modelados y vaciados por plateros cordobeses. Evocan fincas, sociedades de caza, grupos de amigos…

Hoy se me ha ocurrido ir evocando con estos brochecillos, que en Córdoba llaman “escudos” los plateros viejos, las circunstancias que se dieron para que acabaran en el sombrero de una señora.

Los recuerdos almacenados llegan a formar parte del patrimonio de un cazador. Son algo que podrá compartir con hijos y nietos, algo que alimentará sus horas muertas cuando la falta de fuerzas necesariamente lo obligue a retirarse del monte. Pues, mirando ese sombrero, he comprobado cómo el olvido había cubierto de niebla más de un recuerdo, que se ha avivado con el brillo y los nombres de los broches. “Casas Rubias”, “Las Mesas”, “El Santo”; las sociedades de “Los Compadres”, de “Madroñiz”… de los rehaleros de Jaén. A partir del próximo número iré reproduciendo y anotando todos y cada uno de estos airosos recuerdos hechos plata que brillan en el sombrero de Fernanda, una montera ya veterana.