Así es la vida

Antiguamente, cuando la gente monteaba cuando le daba la gana, se esperaba a que corrieran los arroyos de la primera suelta. Se lo  oímos contar a los más viejos. Pero de eso, ya, tal como están hoy las cosas, con la cantidad de manchas que se echan, no se acuerda nadie.

Hoy, como casi todo se vende, hay que cazar cuando se ha programado. Y los programas se ultiman en verano. Luego, con todas las fechas cogidas, a ver quién es el guapo que aplaza. Sus clientes pueden tener otros compromisos, las rehalas estar cogías para otras manchas o pueden haber solicitado ya los linderos. Un lío.

Pero este año ha habido suerte en la orilla. El sábado de apertura todo estaba seco. Y, aún en la mañana del domingo, cuando íbamos a ponernos en Navallana, había que ver las polvaredas que levantaban los coches. Se soltó en el cielo encapotado y hasta la una, sin moverse una gota de aire, el tiempo estaba perfecto para montear. Pero entonces dijo Dios agua va  y nos cayó hasta picón, que se dice.

Cuando no hay reses, ni se oyen ladras, te colocas bien el capote, te trascachas bajo el paraguas, y no se escapa mal. Pero es que allí como tenía un magnífico puesto y se escuchaban muchas ladras, pues eso, que acabé como una sopa.

Lástima que por mor de las normas sólo se pudiera echar aquello como gancho, porque los marranos se cachondeaban de los perros que era un primor. De todas maneras, dos se descuidaron y apartaron por mi puesto con lo que quedé compensado del remojón.

Ahora, con el suelo tierno y el monte bonito, como hacía años que no le recordábamos, encaramos una nueva temporada en la que estar en el campo y contemplarlo ya va a ser una satisfacción añadida al placer de la caza.

 

“Córdoba”, 1996

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Jabalies, marranos, cochinos


Los cordobeses hablamos de cochinos o marranos. Nunca un serrano dirá jabalí. Sí, en cambio, jabalina. Misterios del lenguaje porque por ahí, por Extremadura y por la Sierra Norte de Sevilla, les dicen guarros. Qué cosas.
Bueno, pues los marranos nos tienen este año desconcertados. Fincas llenas de trompadas, resultan vacías cuando se echan Y, en ocasiones, sin verse demasiado hechío, se encuentra uno una finca sopada. Me pasó el otro día al ir a ponerme en en Torreárboles. Andando el carril, no se veía ni un resbalón en los descolgaderos que llevan a Villa Alicia. Además, había por allí una solada de bellotas intacta que hacía suponer lo peor. Que no había un rabo. Pues fue meterme por lo más malo del jaral para alcanzar mi piedra de siempre y aquello daba miedo. Vaya si había cochinos por allí. Yo creo que, con la abundancia, se quedan donde tienen agua y comida y por eso no les cogemos los rastros. Pero, en general, por los comentarios que escuchamos, no responden los resultados a las expectativas creadas para esta temporada por los simpáticos marranetes, que han venido a sustituir en popularidad al tan debilitado conejo. Son la montería accesible a las economías modestas.
Eso sí, que el cochino está llegando a todas partes. Se extiende con muchísima facilidad, se adapta a todos los ambientes y, como tiene tan poca vergüenza, se busca sus comidas sin dificultades y se cruza con facilidad con las cochinas caseras. De ahí el marrano arocho, fino, el jabalí puro, aquél que con un cuerpo desmedrado y escurrido de los cuartos traseros lucía unas navajas de a palmo.

(Córdoba, Noviembre de 1996.)

Cien cochinos, cien

El domingo recordaba yo cuando monteábamos Los Conventos allá por los primeros setenta. Los pudientes, con caballerías. Los demás, en el cochecito de San Fernando, unos ratos a pie y otros andando. Aquello no tenía carriles, ni tiraderos. Se llenaba la mancha de escopetas como se podía, se soltaba, y que fuera lo que Dios quisiera. Y, claro, matábamos poco.

Y, luego, el agua. Era como una maldición allí. Siempre diluviaba. Y la odisea de salir, de prisa, de prisa, que se cortaban los arroyos. Un calvario, lo que yo les diga.

Pues, ahora, tan ricamente. La gente se pone en coches, los puestos tienen penchenfrente unos claritales que dan gusto, y a las cuatro todo el mundo está alrededor de las habichuelas.

Se soltó al tope y yo, que estaba en mitad del lío, en la huida a Navallana, puedo asegurar que se monteó divinamente, con orden y despacio. Luego, las rehalas deshicieron su camino para rematar cada mano donde había soltado. Se peinó. Y, claro, con aquellos apretales llenos de cochinos, la gente se tiznaba.

A mí me regaló la suerte el espectáculo de un cochino aguantando en mitad de una lentisca. Se lio un perro a dar de parada. Ladraba, se arrimaba y salía corriendo. Y vuelta otra vez. Luego fueron llegando más perros. Y jay, jay. De vez en cuando salía uno por los aires. Hasta que se arrancó. Pero no para mí, sino para el fondo del barranco.

No sé si se tiraría ni si, si le cumplío a alguien, se cobró. Se llegó hasta mí Julio Sojo, que guiaba unas rehalas. Tampoco había visto si lo habían matado.  Así quedaba el lance para el misterio y el cochino, a lo mejor, perdido por mucho tiempo por aquellos espesinales.

Este año he felicitado más de una vez a José Miguel Sánchez por sus éxitos, pero es que está haciendo una cosa muy difícil, que es dar con los marranos casi siempre. Entre los veintitantos de la víspera en Las Aceras, lo de manolo Navas, y los ¡ochenta y uno! de Los Conventos, se cobraron más de cien en el fin de semana. Ahí queda eso.

 

(Córdoba,  1997.)

Yo no se…

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Yo no sé que tejemanejes se traerá Dios Padre para tener la sierra tan bonita en mitad de esta sequía. Será que aquellas cuatro gotas que nos las trajo en el momento justo. O que los relentes dan los jugos necesarios para las yerbas. El caso es que, cuando uno espera ver hechos yesca los cerrejones de Hornachuelos, Dios se las ha ingeniado para mantenerlos en todo su esplendor.

Las flores de la jara, temblequeantes, anuncian la primavera por los laderos. Y, en los bajos, los chupamieles y las margaritas alegran la vista. Como si tal cosa. Como siempre. A saber qué trastoleteos de aguas escondidas o savias ahorradas tiene la tierra para defenderse en estos tiempos tan duros y volver a florecer en marzo.

Para ir al Retamar, a pasar el día con mi hermano Eduardo y los suyos, me subí por Montealto y las Mezquetillas hasta el embalse del Retortillo. Contemplaba la sierra con ese sosiego, con esa forma de lejanía con que los cazadores curioseamos el monte cuando ya está echada la veda. Cuando se ha producido en nosotros esa extraña transformación que nos lleva de tratar por todos los medios de ponernos a tiro de las reses a contemplarlas con una ternura casi franciscana. Ese es uno de tantos misterios de la caza imposible de explicar a quien no sienta esta pasión.

De todas formas, no hay que vencer tentaciones porque no se ven reses. Los venados, por ahí andarán en lo más hondo de estos umbriones con sus cabezas desmochadas. Y las marranas, con sus rastras o su preñez, al frescor de los encames, en cualquier zarzalón de los arroyos, esperando el amparo de la noche para sus interminables careos.

Para el montero es el de la veda tiempo de nostalgia y reflexión. De repaso a lo mejor de la temporada que se ha ido, que lo malo se va arrinconando en los desvanes de la memoria. Este año, por aquí por las sierras de Córdoba, las grandes alegrías han venido dadas por los cochinos. Monterías ha habido de cobrar cerca del ciento. La Porrá, El Rincón Bajo, La Peña… Manchas a las que malamente se le había venido sacando doce o catorce reses, se le han matado treinta o cuarenta gracias a cómo han proliferado los marranos. Una bendición porque, lo mismo que el conejo fue para la escopeta la cacería del pobre, el marrano ha venido a ser la satisfacción que le queda al montero modesto. Qué nos lo respeten muchos años las enfermedades y que el hombre no invente nada para retenerlo con mañas artificiales. Y si lo inventa, que no se lo permitan.

 (Trofeo, Mayo de 1993.)

Para los que monteamos

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Para los que monteamos como la cosa más natural del mundo sin que nadie en las familias recuerde quién comenzó a cazar, se van acumulando recuerdos que, a veces, merece fijarlo. Por ejemplo: Alfredo Calvo inició en la caza al hijo de un amigo, Juan Cocero.

Alfredo murió y, poco después, esta temporada en Zahurdillas, Juanito se ha hecho novio. Pues Carlos Valverde, abogado cordobés, montero viejo y poeta (no sabría yo ordenar estos títulos) lo cuenta en verso:

Este Juanito Cocero

tan jovencillo y tan fino,

hasta Zahurdillas se vino

a investirse de montero.

Tiene suerte el puñetero

que en lances tan arriesgados

en jarales apretados

no ha sentido nunca miedo

y le manda los venados

desde el cielo Don Alfredo.

 

Y sin caer una gota, qué desesperación. Bueno, ha llovido lo justo para ganar una apuesta. Y es que cuando la Navidad se pone encapotada y fría, ya se sabe. Y vienen los problemas para rayar donde andarán encamando los marranos. Y los fracasos. Cuando los esperan en las solanas por mor del frío, pues eso, que están en las umbrías defendiéndose del aire. Qué ganado.

Por eso es cuestión de trabajárselos, de mucho mirar el suelo y las bañas, las trompadas y los descolgaderos. Los de mi grupo, que con variantes sigue siendo la vieja reunión de Madroñiz, dimos con ellos en La Peña y en Los Riscos. Del centenar pasamos. Todo un acierto de José Miguel Sánchez, nuestro ¿cómo se dice?, bueno, héroe particular, de cuya afición todos nos aprovechamos.

Chamocho se lució en Montealegre. ¡Doscientos cuarenta y ocho venados, veintiún gamos y treinta y un cochinos! Y, encima, había muchos venados con buenas cabezas. Lo raro es que este año se han matado los marranos en Las Minillas, en lugar de en la otra mancha, El Peñón, que es lo tradicional. A esos, es que no hay quien los entienda.

(Trofeo, Febrero de 1993.)

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Todos los cazadores reconocemos al cochino una especial capacidad para cogernos la vez. Hagan memoria de las ocasiones en que lo esperábamos en aquel clarillo y se echó al regajo. O de tantos lances en los que escuchando el monte, con ese charabasqueo suave y esperanzador, se hizo el silencio y el marrano, poco después, pegó el torniscazo porque nos había sacado por el aire. Estos y muchos indicios más nos han llevado a mitificar los instintos del cochino hasta concederle una especie de superior magín, compuesto de astucia y desconfianza, para defenderse de nuestras añagazas, inteligencia que iría en aumento con los años hasta llegar a ser casi diabólica en los viejos machos. Todo esto es lo que los hace más difíciles de matar que las reses, más noblejonas ellas.

Yo también lo creía así y, en mi primera juventud, decía aquello de:

-Claro, aquí no había cochinos buenos porque se habrán salido al armar, escuchando las voces y relinchos de las caballerías.

O aquello otro:

-Hay que ver, el bicharraco. Iba zorreando andando hacia la montería, buscando por el aire el hueco para pasearse.

O:

-Venía rompiendo el monte y, al llegar a la monda se paró. Bueno, pues tenía ya el rifle bajado cuando saltó casi sin poner las patas en lo claro. Estos marranos viejos saben latín.

Y no, señor. Yo estoy en que, desde que el cochino es cochino, se han organizado a través de las generaciones sus genes para hacer esas cosas. Porque en hacerlas bien les va la vida. En su cerebro se amontonan los instintos y actúan en consecuencia. Pero desde que nacen. Recuerdo un día en que un amigo me colocó en una torreta que había levantado para tirar en medio de la jara o sobre un estrecho cortafuegos que tenía a los pies. Pues, muy avanzada la montería, escuché un ruidillo muy leve y gruñir bajito. Venía un rayón chiquitillo, que húmedo estaría aún de las pares de la madre. Bueno, pues llegó corriendo al borde del monte, se paró a escuchar y a cargarse de vientos con los pelillos tiesos, y arrancó como un cohete. Ni el más curtido verraco lo hubiera hecho mejor.

Otro sí digo. El sábado pasado tuve un puesto de los soñados. De pulpitillo sobre un arroyón con un testero enfrente con jara clarilla por la que un marrano podía costearse tranquilo, por sentirse arropado, mientras yo lo estaba dominando. A izquierda y derecha, un carril para tirar al cruce. Pero me habían monteado aquello ya y las rehalas habían volcado dejando la mancha en silencio.

Todos los monteros viejos sabemos que, cuando pasan los perros, hay que aguantar atentos porque los marranos, después de defenderse como pueden, suelen desmancharse al quedar todo en silencio. Conque en esas estaba cuando vi un trasluzón en el jaral pero, como no se movía el monte, creí que podía ser un juanico  o alguna otra alimaña. Lo que fuera se venía rebajando… Y por fin, aparecieron. Eran dos marranetes que no llegarían a una arrobilla. Con las rayas en los lomos venían, uno por los pasos del otro, chanteadetes, graciosísimos. Bajaron al arroyo por lo más sucio y los escuché gatear para mí. Tengo yo la costumbre de registrar los descolgaderos próximos al puesto para evitar que las reses me sorprendan, y pensé

-¿A que me rompen por lo más tomado?

Y así fue. Cruzaron lo limpio que escarbaban con las pezuñillas. Como dos maestros. Como si llevaran una docena de monterías sobre los lomos. Y hermanados se perdieron en el monte. Por ahí andarán, dando trompadas y buscando bellota. Y la verdad es que entre los primalones que me entren el año que viene, si es que Dios darme salud y vida para seguir monteando, no me gustaría que estuviesen estos dos. A lo mejor, de tanto pensar en los cochinos, he acabado tomándoles cariño. O será que los años nos inclinan más a la ternura. Y es que voy siendo delanterillo.

(Trofeo, Abril de 1993.)

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No es que yo sea un supersticioso, así, de esos que se cruzan con un entierro y ya tienen el día desquiciado. Eso no. Pero como el pan se quede boca arriba en la mesa lo pongo con la soleta para el mantel, como debe estar. ¿Qué trabajo cuesta? Yo no digo que el pan vuelto dé mala pata, pero por si acaso  ¿Y qué necesidad hay de pasar bajo una escalera? Y otras cosillas hay por ahí que también cuido u observo. Por ejemplo, no me gusta entrar en las cosas con mal pie. Y me parece que esta temporada la he pringado. Y todo por andar tentando a la fortuna.

Recordarán quienes hayan tenido la paciencia de leerme cómo me regocijé contando el fallo de un amigo al que se le fue un marrano capón. Y estos días pasados lo pasé tan ricamente viendo una foto divertidísima que publicó TROFEO de un cochinete, corriendo a toda leche, tras el que se veían unas nubecillas de polvo delatoras de varios tiros traseros. Era emblemática.

Bueno, pues la diosa Fortuna me estaba esperando. El otro día se dio Valdegrillos con Torreárboles y echamos el pie que no era. Los cochinos no estaban en la rehoya donde nos ponemos siempre Fernanda, mis hijos y yo. Esta vez encamaban todos en el barrando grande, en Valdegrillos. Nosotros, muy serios, en lo alto de los peñascos, sin ver un rabo, y la gente tostándose allá abajo, pim, pam, pim, pam, que aquello era una gloria.

Pero nada, que no, que en la umbrigüela del agua, por debajo de mi paso, no había más que un par de lechonatos que, en cuanto los movieron los perros, le dieron la vuelta al cerro sin coger el canutillo que los hubiera puesto a mis pies, como era su obligación.

Traían aquella mano tres rehalas y Peña se paró a hablar conmigo. Que si tenía agua fresca. Con la barriga que tiene, venía carleando. Había echado la umbría a media cimbra.

-Siempre me toca por lo peor.

Volcó y se debilitaron sus voces. Y, luego, al ratillo,

-Ahí va, para arriba, el marrano. ¡Qué grande es!

Se me salía el corazón por la boca. Aunque todavía no oía el monte, el cochino me podía subir al collado. Pero no estaría para mí. Lo ví, al otro lado de la cañada, gateando por el cerro de enfrente. Se perdía y asomaba entre la jara. Dudaba si tirarlo tan lejos, pero, después de todo, ¿qué tenía que perder? Lo esperé en un claro con piedras que había ya cerca del corono y allí le eché un par de balas. Cuando volcó, quedaron dos nubecitas de polvo sobre la tierra reseca, churrascada por la maldita sequía.

Aparte el cabreo de fallar un marrano, lo que más me preocupó fue que esa era la primera montería de la temporada. Conque, empezando las cosas así, aunque yo no sea supersticioso, habrá que buscarse una pata de conejo para conjurar el mal fario. Si no, apañados estamos.