El cochino

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Vamos carrileando una finca en una de esas hermosas tardes del otoño con la orilla incierta. A la vista de los nubarrones que no acaban de descargar, miramos de reojo con cariño el capote impermeable que hemos echado al viejo Land Rover definitivamente descapotado para estos menesteres. Entre los amigos comentamos, gemelos en ristre, cómo van este año las cuernas de los venados.

Con la tranquilidad que dan las cercas para registrar las manchas, valoramos las cabezas más vistosas y discutimos sobre las posibilidades de homologar algún que otro trofeo. Todo esto en mitad del solemne sosiego del silencio del campo, con discreción, en comentarios susurrados, mientras tratamos de sorprender a las reses para acercarnos a ellas todo lo posible.

Pero, de pronto, toda la paz de la sierra salta hecha añicos porque, desde un zarzalón en la caja del arroyo que tenemos por delante, ha saltado una masa negra que gatea arrollándolo todo pechenfrente.

-¡El marrano!

Y ya nada importa. Sólo el bulto del cochino que se deja ver dando torniscazos entre jaras y lenticas, arriba, arriba, en busca del corono. Nadie se acuerda de los venados porque el marrano ha concentrado todas las emociones. Se ha convertido en el protagonista de la tarde.

Los que hemos dedicado tantos días de nuestra afición a andar tras de los marranos manchoneando, buscando las armadas de río o esos rabotes de monte entre manchas por los que suelen mecerse, hemos tenido siempre a este personaje por algo escurridizo, rodeado de misterio.

En las veladas de las vísperas, cuando al amor de la lumbre se conspira con el guarda sobre las posibilidades de un manchón, sobre cómo soltar y dónde poner las escopetas, la imagen del cochino flota en el ambiente como un fantasma invisible del monte, astuto y difícil de localizar.

-Andaban encamando en la solana pero, con estas heladas, pueden haberse cambiado a la umbría, que está más vestida.

Total, que a armar por la cuerda y a soltar en el arroyo, dejando alguna escopeta de recula por si a alguno se le ocurre saltar para atrás, a la solana…

A veces, se echaba un pegote a sabiendas de que sólo podía encamar por allí un cochino grande. Y si no estaba qué se le iba a hacer. Pero si se le cogía allí y teníamos la suerte de que algún puesto se quedase con él, pues eso, que te quedabas como si te hubieses comido un pavo. Y no sólo cuando tú eras el matador porque, de una forma o de otra, en aquellos mojetes participábamos todos. Hasta el que no había tenido más posibilidades de ayudar que cargando el aire.

Echar un manchón con seis u ocho colleras de buenos perros y una docena de escopetas es un placer de dioses. Como la mancha es recogida, se raya muy bien toda la montería, se aprecia la dicha de un perro parando un marrano, cómo acuden más perros, la ladra corrida… hasta el tiro que remata la faena y el regruñir de los perros mordiendo. O, si el cochino no se quedó en el tiro, el increíble remeneo del agarre en todo su dramatismo.

Es el cochino, la mayior ambición de cualquier montero. El más fuerte, el más listo. El rey del monte.

 

(Caza Mayor, Madrid, 1996?)

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La veda, tiempo para leer

Tras el lance, hay un impulso irremediable en el cazador, algo que es superior a su capacidad de resistencia: contarlo. Nuestros sucedidos venatorios, irrepetibles desde luego, se quedan en nada si uno se los guarda en lo hondo del alma. Son sólo humo si sus emociones no pueden compartirse con algún amigo. O con muchos, si conseguimos que nuestra anécdota sea publicada en alguna revista del sector. O con muchísimos, si un conjunto de nuestras aventuras merecen el honor de un libro. Y es que las vivencias del cazador son expansivas. Nada nuevo, de ahí la abundantísima literatura venatoria a través de la cual podemos conocer las más variadas peripecias de quienes nos precedieron en la afición.

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A mis doce años, entré yo en el mágico mundo de los relatos de caza con un libro en el que derroché mis ahorros deslumbrado por su título: El matador de leones, de Gérard. Lo había editado Espasa-Calpe en su colección Austral y lo conservo con mis mejores fetiches infantiles junto a Las travesuras de Guillermo de Richmal Crompton. 

Más tarde fui adquiriendo libros de caza llenos de descomunales hazañas africanas que contrastaban con mis mínimas experiencias de cazador incipiente. Mis trampas, mi escopeta de 12 milímetros Por aquellos tiempos, los niños ni nos asomábamos a la montería.
Un día se presentó mi padre con un libro en el que, según él, podría aprender mucho. Era Veinte años de caza mayor. Esa obra y, más tarde, Solitario, también de elección paterna, fueron dos libros que me impresionaron profundamente. Solitario es una narración de tal belleza y ternura que Fernanda, mi mujer, no quiere releerlo en tiempo de monterías porque la hace ponerse de parte de los cochinos.
De entonces para acá, Dios mío, qué cataratas de literatura venatoria. Todos hemos hecho partícipes a los amigos de nuestros lances, de nuestras inquietudes y -¿por qué no?- de nuestras frustraciones. Conque los cazadores de mi generación hemos gozado doblemente el campo: en felices jornadas de caza y en las luminosas imágenes surgidas de las páginas de los demás. Hemos participado de las emociones de Covarsí, del marqués de Valdueza, del general Morales Prieto, de Diego Muñoz Cobo, de Rocío Berantevilla. Y de Paco León y Alfonso de Urquijo. Eso, por citar sólo a los ya desaparecidos.
Este de veda es tiempo para que las perdices saquen sus pollos; para que los venados desmogados escondan su vergüenza en lo más espeso del monte; para que todos los bichos del campo tengan el necesario sosiego para criar. Es el tiempo ideal para, bien engrasadas las armas en su armero, dedicarnos a leer y releer a los clásicos convertidos ya en amigos a fuer de compenetrarnos con sus sucedidos.

Beatus ille…

Monte 2
Ayer, en Torreárboles, estuve gozando uno de mis grandes placeres serranos. Me fui a una recacha con una buena hamaca y, allí, como un lagarto, cerré los ojos y me dejé bañar por la caricia dulce y suave del sol de invierno. Algunas nubes cortadas de esas grandes, camineras, dejaban en sombras durante un rato los cerros. Pero, antes siquiera de que el frío atravesase las ropas, ya estaba allí otra vez aquella fuerza deslumbradora y se agradecía aún más el calor del sol.
Parece que fue ayer cuando echamos el manchón de ahí enfrente, el de la umbría, y es menester ver cómo ha cambiado todo. La encina, en vez de bellotas, tiene ahora los mocos de flores que la renovarán, el durillo anda en flor y están apuntando los brotes en las cornicabras. Ni rastro queda de los madroños que brillaban entre el oscuro verde esmeralda de sus matas y habrán vuelto a tomar sus encames las dos o tres marranas que echamos a correr con una evidente falta de consideración.

Monte 5

Ahora la sierra sirve para estar y meditar. Para trazar las guías de la obra futura. Para alejarse de esas bregas que todos mantenemos en el fragor constante del día a día. Y ¿por qué no? para orar, que desde estos cerros hasta Dios no hay más que un paso.
El cazador sigue siendo cazador cuando se para en lo alto de un peñasco para encender un cigarro y desparrama la vista sobre los barrancos; cuando escudriña lo que le rodea en el puesto, desde el inquieto pechirrubio a la mirla que le anuncia un marrano zorreado; cuando contempla pechenfrente ese revoltillo de hombres, reses y perros que es la echada de una mancha. O cuando se tumba a tomar el sol. El cazador, lo sepa o no, siempre acaba siendo un poco poeta.
La fusión del hombre con la naturaleza ya la cantó un poeta de la Roma esplendente: Beatus ille qui procul negotiis… que inspiró a nuestro fray Luis de León: Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido
Qué bien se está en la sierra. Pero qué bien.

(TROFEO, Madrid, 2007)

“Navalagrulla”. Montear a las puertas de Córdoba.

Desde el puntalito donde me había colocado el destino dominaba unos cerros macizos de monte y chaparros. Verdes oscuros, brillantes. Y, al fondo, azuleaban Córdoba y la campiña en unos colores más pálidos cuanto más lejanos, que acababan perdiéndose en lo hondo de los llanos, allá al Sur del Guadalquivir.
Merecía la pena llegar hasta allí sólo por aquél bellísimo espectáculo, que el estar acostumbrados nos hace olvidar a los cordobeses este privilegio de tener la sierra a las puertas de la ciudad.
Pero yo había ido allí a cazar. Y para que estuviese en aquel puesto el que le ayudó al destino fue Rafael Mateos, uno de los socios que cazan la finca y que era postor de mi armada. Porque cuando ya llevábamos todos la vereda para colocarnos, resultó que íbamos dos escopetas para un mismo paso. Conque Rafael me dejó el suyo y siguió para ponerse al final.
El puesto estaba en pleno monte. Muy bien colocado porque los marranos podrían mecerse por aquél puntal. Pero muy sucio. No se veía ni a cantar. Así que me pasé mi buena media hora pisando jaras, aclarando como pude aquello, a ver si se le ocurría aportar por allí a un cochino
Jabalíes DueñasPues resultó que había caído en la teta, que se dice. Cuando entraron los perros en la umbría que yo tenía enfrente no daban abasto a correr cochinos. Aquello es que hervía. Tiraban todas las escopetas de los alrededores. Los arrollones no paraban. Y ladras para arriba y para abajo. Se meneaban las lentiscas que era una gloria. Pero ni por casualidad se veía blanquear un perro, tan cerrados estaban aquellos apretales.
Por fin, me pareció que un cochino había enderezado su corrida para arriba. Escuchaba el tronchadero que traía derecho, derecho, a mi paso. Me desesperaba tratando de adivinar por donde me iba a romper, porque iba a ser visto y no visto. Entreví el copete en un trascaluzón por encima de la jara, al fondo del puesto, por lo peor. Le eché una bala y se volvió. Lo habría agarrado. Pero, por si acaso, pegué el cerrojazo y le asegundé, ya entre el monte. Se desbarró para el barranco pero me pareció que bregaba. Poco después, se pusieron a morder los perros. Pues no estaba mal la cosa.
Maté después otro muy lejos, gateando por una solana que tenía detrás. Lo tiré por aquello de que donde no matan las balas es en las alforjas. Pero tuve suerte y se quedó. Y es que hay días en que todo le sale a uno bien. Y fincas que se dan, como me pasa a mí con Navalagrulla.
Esta montería ha sido otra de la orgánica de Sojo y Antonio Sanz Yergo. O Sanz y Sojo, tanto monta, que para eso van en todo al alimón desde hace muchísimos años.
Me alegró ver en la junta a un viejo amigo, Perico Guerrero Pemán, que se ha echado a esto del monte. Con él estuve alrededor de las migas y con los socios que ahora tienen la caza de la finca, José Espejo, su Presidente, y su hermano Antonio, con el que ya he coincidido muchas veces en el campo. Pero, aparte algún perrero amigo, conocía pocas personas más.
Montear es muy caro. La caza, qué le vamos a hacer, es un bien escaso y somos muchos los que sentimos esta puñetera pasión de la montería. Por eso, aprecio tanto estas orgánicas modestas que pueden poner a cualquiera, por poca capacidad económica que tenga, en trance de matar un marrano que es, al final la mayor ambición del buen aficionado.
Pero lo más fatigoso de estas monterías modestas, sin caballerías, es arrastrar los cochinos. Y otra vez apareció como un ángel tutelar Rafael Mateos que, con su hijo, con Antonio Espejo y conmigo sacó mi cochina a puerto de claridad. Mi ayuda, la verdad, fue más bien simbólica pero, en fin, hice lo que pude.
Fueron ellos después por el raspil de la solana y me quedé yo en el puesto para guiarlos hasta donde estaba la otra cochina. Se cargaron las dos, y a la junta. Por allí no es que se hubieran acabado las habichuelas, es que habían fregado ya las perolas. Pero bastante me importaba a mí comer o no comer,después del día que había echado.

Mariano Aguayo

(Págs. Córdoba, 17.02.1997)

Y, por fin, el agua

Bueno, pues ya está Dios lloviendo sobre los campos. Y el agua puede meterse en temporal con este cielo encapotado, bien apretado de nubes, que sólo deja pasar una luz muy pobre. De vez en cuando rueda un trueno lejano.

Hace muchos años que no veíamos la sierra tan seca. El monte está engurruñido. Tanto que, si le diese a un marrano por pasarse pechenfrente por una solana, se le iban a ver hasta las pezuñas cuando, en tiempos normales, sólo veríamos banderear un poco las pimpolletas de las jaras.

JabalíesY es que está todo churruscado. Mantener las reses en las grandes cercas ha supuesto este año unos ingentes esfuerzos económicos. Y todo para conseguir solamente unos resultados pobres en cuanto a gallardía de cuernas. Bien alimentados con apoyos artificiales, hay fincas en las que los venados están espelotados, hasta con brillo en el pelo, pero con cabezas más pobres que las del año anterior.

El monte de cabeza es un invento de Dios. El roíjo, que dicen los serranos, del que un venado puede elegir entre los renuevos aterciopelados de las madroñas, el durillo o las carrascas, no puede sustituirse con dinero. ¿Habrá algo más deseable para las reses que la granilla del lentisco?

Y están los pastos, que también han faltado a lista. Dice Jorge Martínez, que sabe muchísimo de esto, que lo mejor para que den los venados  buenas cabezas son las flores. Las flores, coronando una buena primavera de pastos ricos. Un símbolo.

Pues nada. Se pueden estudiar los componentes de los piensos, tratar de que tengan todo lo que suponemos que las reses necesitan, usar de generosidad en las raciones. Y, con esta sequía, las cuernas, para atrás.

¿Y los pobres cochinos? Cómo lo están pasando de mal en este durísimo final del estiaje. Llegan hueseando a todas partes, perdida la vergüenza apretados por las hambres. Y dando facilidades a quienes los presionan con los aguardos.

Bendita lluvia. Ahora aprieta más. Desde la ventana de mi estudio veo la cortina de agua y escucho su inefable música al rebotar contra el suelo. A ver si sigue muchos días. Lástima que los chiquillos están en clase, porque me gustaría oír sus gritos clásicos saludando la lluvia. Que llueva, que llueva…

(Tarjeta “Jabalíes”, en la Paris: Galerie Dorothée Chastel – Montpensier, 1995.)

Jabalines, madroños y exvotos

Saliendo  de Torreárboles hay que subir hasta la curva de la Herradura y desde allí, faldeando los chaparrales de San Cebrián, se llega al santuario de Nuestra Señora de Linares. El camino es afable, ya que sólo hay que dejarse ir por una vieja vereda de carne sin grandes bajadas ni repechos. Si se mira hacia abajo, por donde va la ya perdida vía del tren de Almorchón, el monte es cerrado, lujoso. Apretado de madroños, lentiscas y ulagas. Y, ya en lo hondo del todo, por donde corre el arroyo del Helechar, hacen las zarzas su natural barrera sólo franqueada por los descolgaderos que buscan el agua. Por todo el camino, las trompadas de los cochinos en la tierra jugosa. Y, al coronar una loma, a la volcada, blanca y airosa, la ermita.

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Quien colocó allí la imagen de la Virgen fue el mismísimo San Fernando, cuando asentó sus reales en aquella hermosa colina desde la que divisaba la caída de la sierra hasta el valle del Guadalquivir con Córdoba allá abajo. En el cancel hay muchos exvotos con leyendas deliciosamente ingenuas: Hallandose Martín elias Con un tavardillo insultado se encomendó a Ntra. Sª de Linares i milagrosamente Sanó. Año de 1836. Y así. Sería interesante buscar en los exvotos la huella de la caza. Hay uno en la Ermita del Calvario de Montalbán cuyo texto es muy divertido: El día 28 de Mayo de 180. Domingo de la Santíssima Trinidad yendo a carrera tendida en un caballo Dn Antonio Villamil y Trellez tropezó en un marrano y cayó precipitando al ginete de un modo mortal y engargantado el pie derecho en el Estribo fue arrastrado y quebrándose milagrosamente la correa lo libertó de la Vida la Santísima Trinidad… En la pintura conmemorativa, puede apreciarse cómo el marrano era jabalí, que no casero, a la vista de su facha y de su rabo, con pelo y caído y no engarabitado.

Gracias a Dios, a pesar de toda la presión que sufren por las urbanizaciones que peligrosamente se acercan, los cochinos siguen siendo los señores de aquellas lomas. Y, desde la explanada que se abre ante el santuario de Linares, se está rodeado de monte muy caliente desde el que, seguramente, nos puede estar venteando algún verraco. Por ahora puede estar tranquilo pero, en cuanto pase la otoñada, podemos darle un susto en cualquiera de las manchas que rodean el santuario: Navalagrulla, Las Pitas, La Alcaidía… Que no se fíe, que los cordobeses somos así.

Torpeando…

El domingo anduve torpeando. Torpear no es un verbo de mi invención sino escuchado a mi muy imaginativo amigo Jaime Parias. Un verbo que da muy bien la imagen del torpe ocasional. Porque si fuese habitual, el torpe sería malo, chambón, manta o sacuhigo. Bueno. Estas aclaraciones vienen a justificar, bien que débilmente, mi actuación en uno de los sitios en que menos puedes disimular tu particular desastre: un manchón en familia. Estábamos a ciervas y marranos y yo tenía un puesto que era todo un espectáculo, amplio, montero, precioso.

Cinco ciervas tiré con estos mejorables resultados: Me entró la primera muy fuerte y, cuando la tuve dentro del campo de la mira, rocé en demasía el gatillo y se me fue el tiro antes de afinarla. Bien. Luego maté tres: Una, como Dios manda; a otra le eché el mondongo fuera y me la cobraron en el fondo de un barranco. La otra estaba viva cuando llegué por los rastros y me la cobró Jorge Martínez, hijo, con su perra y su cuchillo. Total, que las maté a sustos y pellizcos. Para meter la cara en un charco.

Torpeando by Mariano Aguayo

Mi nieta María es una secretaria optimista.

-Abuelo, cinco ciervas tenemos.

Y señalaba en el campo los sitios donde las había tirado:

-Una, dos, tres…

-Espera, espera, que las cobremos.

A la quinta le había echado un tiro en lo alto del cerro de enfrente tapándose en un chaparro, y, cuando subí y miré el suelo, ¿qué creen ustedes que sucedió? Pues eso. Y es que cuando el año está de leches hasta los chivos la dan.

Me puse a recoger los achacales mientras rumiaba sombrías impresiones sobre la cura de humildad sufrida, cuando apareció un venado trotón atravesando un testerillo que tenía a mi derecha. A cascaporro. María me animó:

-Pero, abuelo, ¿Porqué no lo tiras?

-Es que estamos sólo a ciervas.

-Tú mátalo y luego dices que te has equivocado.

Ole. Qué arte. A sus nueve años, Maria, pletórica de afición, está apuntando maneras que habrá que reorientar pero, hoy por hoy, como asesora de monte es un verdadero peligro.

(“Trofeo”, Madrid, 2011)