El tiempo vuela…

foto fernanda

Esa chica tan guapa de la foto es Fernanda, mi mujer, acompañada por José Cabezas, el buen guarda que fue de Madroñiz. Cuento yo en “Montear en Córdoba” que apretado por los perros, cogió un marrano hermosísimo aquellos limpios derecho, derecho, a tomar la coletilla de monte que empezaba bajo la piedra donde estaba Fernanda que lo dejó cumplir y le colocó una bala de su 44 en las paletas. Llegó José, el guarda, y le echó voces para que bajara de la piedra: -Baje usted, señora, que ha matado un lechonato…

Ése es el lechonato. Y ése José. Qué buen guarda y que gran persona. No hace mucho tiempo, a través de su hijo, tuve noticias suyas. Y está bien, pero con las rodillas desbolilladas, el pobre, de tantos años de briega. Desde mi casa le enviamos un recuerdo muy cariñoso.

Qué buenos tiempos. Al lado mismo de Córdoba monteábamos La Jarosa, El Salado, Los Baldíos, Pedrajas… Y en El Rosal, que se ve desde la terraza de mi casa, echábamos ganchos un día sí y otro no. Y siempre salía algo. Era la época en que Pepín Molina tenía Casas Rubias y Pepe Cañete Mesas Altas. Y Pablito se quedaba con Fuente Vieja, con Los Jarales. Por supuesto, todas aún abiertas.

Tanto en Madroñiz como en otras muchas manchas monteábamos por cuatro perras. Y no matábamos tanto como ahora, pero matábamos, vaya si matábamos. Como no había cercas, si eras joven y les dabas bien a las reses, podían invitarte a cerrar por los ríos para sujetar. Pepín Molina siempre ponía la armada de los chavales. Chavales que le pegaban un tiro a un mosquito.

Esa fotografía de Fernanda con su marrano es de 1980. Y ya llevábamos muchísimo monteado. Veinticinco años. Hay que ver.

“TROFEO”. Madrid, 2005.

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Guerrita

Cuando se llama a una rehala para echar una mancha, el dueño marca en el móvil el número de su perrero.

– Pepe, que el día siete monteamos Los Rasos. Que estés a las diez en la casa.

Y Pepe, el día siete, carga los perros en la furgoneta y se planta en la junta tan ricamente a tiempo de coger un plato de migas. Lo mismito que antes.

Perro Mariano Aguayo

Por los tiempos heroicos, no tan lejanos históricamente hablando, cuando las rehalas eran de Tocinito, Calvo de León, Paco Cívico, Eduardo Sotomayor… Los perreros iban de unas manchas a otras por trochas y veredas, a caballo, con los perros acollarados detrás de ellos. Hacían noche en los caseríos de las fincas que se iban a echar al día siguiente y era un derecho establecido el tener para los perros cama de paja y un saco de pan. Las comunicaciones eran primitivas, por lo que había que programar a largo plazo. Como botón de muestra baste una sucedido de Rafael Guerra Bejarano, “Guerrita”.

Habían monteado los perros del torero por Villaviciosa y hacían noche en La Tejera, a veinte kilómetros de Córdoba, cuando se los pidió un amigo para echar un manchoncillo dos días después. Bueno pues, entonces, ni teléfono, ni tren, ni coches, ni nada. Conque cogió el Guerra a un buhonero andarín, que le decían “Mascatrapos”, de esos que van con una batea pregonando sus mercancías. Que si era capaz de irse ahora mismo, pim-pam, pim-pam, a La Tejera a avisar a Rafalillo, su perrero…

Dicho y hecho. Y dos días después montearon los cruzados burracos de “Guerrita” en la finca de su amigo.

Lo peor del caso fue que, cuando “Mascatrapos” fue a recoger la voluntad del torero, éste, que era muy tacaño, le dio una propina miserable. Y el buen hombre se ponía a pregonar enfrente de los ventanales del “Club Guerrita”, donde paraba Rafael:

– Hay cintas de colores, peines y batidores para el pelo. Brillantina y colonia. No se va más por perros a Villaviciosa. Agujas, hilos, dedales. No se va por más perros a Villaviciosa. Mariposas de la Virgen del Carmen y el almanaque Zaragozano de Don Mariano del Castillo y Ocsiero con el juicio universal meteorológico. No se va más a por perros a Villaviciosa…

Eran otros tiempos y otras gentes, hechas de otros materiales.

Perros Mariano Aguayo

Los gorriones

Gorriones

Mis inicios como cazador fueron muy modestos. En las costillas, malamente manejadas, depositaba todas mis ilusiones venatorias. Y, como pasaba los veranos en la campiña, mi objetivo inmediato eran los gorriones que a mí, tan domésticos ellos, me parecían bastante asequibles. Sí, sí, asequibles. Ni costillas ni liria ni tirachinas ni nada. Es que no había medios. Llevaban desde que el mundo es mundo conviviendo con la gente y sabían de la gente todo lo que de la gente tenían que saber.

Pululaban sobre la era en bandas por encima de las parvas y, cuando los hombres aventaban con sus bielgos, se echaban casi encima de ellos en busca del grano. Pero en cuanto yo iniciaba una maniobra de aproximación con el tirachinas, había espantada general.

Pues, cuanto más difíciles se me ponían, con más afán los buscaba. Era ya una obsesión. Pero nada, que no. Alguno conseguí gracias más a la casualidad que a mi ingenio pero, así en conjunto, tenía absolutamente perdida la batalla. Hasta que un día les gané por la mano.

Ya en septiembre, acabadas las labores en las parvas, la paja estaba almacenada en dos grandes almiares, uno de los cuales tenía ya abierto un extremo para ir gastando. Y, para que las gallinas no pudieran escarbar echando al suelo la paja, habían cubierto el tajo con tela metálica. Pero los gorriones hicieron un boquete en el borde de la tela y, cuando me acerqué, la operación la tuve clara. Con sólo tapar aquella entrada con la mano, allí quedó toda la banda aleteando entre la paja y la red. Cogí cuarenta y tres con gran satisfacción de mis mayores y regruñidos de la cocinera que tuvo que desplumarlos. Ese día, sin saber porqué, perdí toda la ilusión por los gorriones.

niño Mariano Aguayo

Luego vinieron los Reyes Magos con mi primera escopeta de doce milímetros. Y los conejos. Y las escopetas serias, los rifles, las reses… y, con los años, el convencimiento de que la escasez, la dificultad y el esfuerzo, son imprescindibles para gozar de la caza. Claro que yo, a mis siete años, no había leído a Ortega.

Las matas de la sierra

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El madroño, el lentisco, el durillo forman el monte de cabeza que también se llamó siempre roíjo. En la sierra se están haciendo las matas y los que al llegar el invierno serán rojos y jugosos madroños son hoy unas bolillas pálidas, apenas reconocibles entre las hojas de un verde lujoso.
Las cornicabras también lucen brillantes con los cornezuelos secos del año pasado cargados de resina perfumada. Por el otoño pondrán sus notas anaranjadas, como llamas, en mitad de los cerros. Y, luego, están las matas que las reses no comerán, aunque se mueran de hambre, como el torvisco y el romero. El romero, sin embargo, gusta a los conejos que se ponen de bolo, roen sus tallos, lo dejan caer, y a comer.
Llenas del vigor que les sube desde el pie por estas aguas de primavera, brillan al sol con las flores ya pasadas la hiniesta y
la jara; los chaparros se van cargando de mocos y las adelfas se aprietan en los regajos con las zarzas y el espino majoleto. Las aulagas cuajadas de flores de oro y la zarzaparrilla; la riparia de uvas diminutas y el rusco; el tomillo real, el orégano y el hinojo, tan humildes y tan generosos perfumando. Por los bajos, junto al arroyo, se ven las trompadas frescas de los marranos buscando los bulbos de los candilitos.

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Septiembre traerá color dorado a las manzanillas del piruétano y las bolas del rusco se volverán rojas. Y se tornará en fuerte azul nacarado la granilla del durillo y en un vivo encarnado la del lentisco. Da gloria andarear la sierra en estos primeros compases del cálido verano de Sierra Morena, antes de que los pastos se sequen hasta quedar crujientes en mitad del estiaje.
Hace pocos dias subió por Torrearboles un amigo y, comentando el buen mayo de aguas, me sorprendió su ignorancia en lo que al monte toca. No distinguía un lentisco de un acebuche. Pero lo más notable es que este amigo mío es un cazador apasionado, de esos a los que les duele que termine una temporada y ansían la llegada del otoño para volver a las armas. ¿Será que a esta clase de monteros tan sólo les interesa la sierra para matar?

Era del año la estación florida… (Góngora)

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Pasábamos un par de días en Sierra Alta y, aprovechando una clara, salimos a coger espárragos. Había estado lloviendo mansamente toda la mañana y el campo brillaba como recién barnizado. Sobre el pasto verde, había rodales color violeta de los chupamieles, los cantuesos y los matagallos. Dejamos el coche en una loma y nos abrimos. Yo cogí un regajo que caía hacia un barranco. De vez en cuando daba con las camas de los marranos, arrimadas con recato a las lentiscas más grandes. Se habrían mudado cuando la montería, por que esta fue la última mancha que se echó. ¿Por donde andarán ahora estos compadres?
Escuché el blando tropel de un jabardillo de reses. Sólo pude entreverlas recortadas contra el viso. Me rompieron cerca pero, a pesar de ir soliviantadas, apenas levantaban rumor con el suelo tan tierno. Las habría levantado otro de nuestros esparragueros. Iba un vareto y, por lo que me pareció, algunos venados desmogados. Debían ser grandes porque los nuevecillos aún no han tirado las cuernas.

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Las perdices andaban en colleras entre las flores y, como allí están muy tranquilas, apeonaban por delante sin mayores inquietudes. El macho con el moño erizado por la desconfianza y la pájara, más dócil, siguiendo a su pareja. Pero, con el suelo tan esponjoso, a veces uno se les echa encima y, entonces, viene el hermoso sobresalto del recio arrancar de la perdiz.
De pronto, otra vez el agua. Y a correr para los coches. Por la tarde, mi nieta Elena compuso, ayudada por su padre, un collage con los restos de un mohino que había encontrado muerto, ya seco. Quedó muy aparente, con sus alas extendidas, el bonete negro y su bonito color azul. Lo único que me chocó un poco fue que tituló el trabajo, con la torpe letra de sus cuatro años, “Rabilargo”. Habrá aprendido la palabreja en el colegio. Aquí, cuando acordemos, vamos a hablar todos como funcionarios de medio ambiente.
Luego vino lo de picar los espárragos al amor de la lumbre mientras comentábamos las incidencias del día. Sobre todo el susto que se llevó Elena, mi nuera, que levantó un marrano de su cama. Y, de remate, los espárragos esparragados, que es una redundancia que practica insuperablemente mi mujer. Con huevos escalfados, faltaría más.
Cosas de la Primavera, cuando todo está compuesto y en paz.

Publicado en Trofeo, año 2002: “Era del año la estación florida… (Góngora)”