Así es la vida

Antiguamente, cuando la gente monteaba cuando le daba la gana, se esperaba a que corrieran los arroyos de la primera suelta. Se lo  oímos contar a los más viejos. Pero de eso, ya, tal como están hoy las cosas, con la cantidad de manchas que se echan, no se acuerda nadie.

Hoy, como casi todo se vende, hay que cazar cuando se ha programado. Y los programas se ultiman en verano. Luego, con todas las fechas cogidas, a ver quién es el guapo que aplaza. Sus clientes pueden tener otros compromisos, las rehalas estar cogías para otras manchas o pueden haber solicitado ya los linderos. Un lío.

Pero este año ha habido suerte en la orilla. El sábado de apertura todo estaba seco. Y, aún en la mañana del domingo, cuando íbamos a ponernos en Navallana, había que ver las polvaredas que levantaban los coches. Se soltó en el cielo encapotado y hasta la una, sin moverse una gota de aire, el tiempo estaba perfecto para montear. Pero entonces dijo Dios agua va  y nos cayó hasta picón, que se dice.

Cuando no hay reses, ni se oyen ladras, te colocas bien el capote, te trascachas bajo el paraguas, y no se escapa mal. Pero es que allí como tenía un magnífico puesto y se escuchaban muchas ladras, pues eso, que acabé como una sopa.

Lástima que por mor de las normas sólo se pudiera echar aquello como gancho, porque los marranos se cachondeaban de los perros que era un primor. De todas maneras, dos se descuidaron y apartaron por mi puesto con lo que quedé compensado del remojón.

Ahora, con el suelo tierno y el monte bonito, como hacía años que no le recordábamos, encaramos una nueva temporada en la que estar en el campo y contemplarlo ya va a ser una satisfacción añadida al placer de la caza.

 

“Córdoba”, 1996

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Concentración de Rehalas

Una vez más la Asociación de Rehalas de Córdoba que preside Antonio Sojo, ha convocado para una exhibición previa a la temporada. Ya se habían venido realizando concentraciones de este tipo en espacios menos adecuados. Pero esta vez el Ayuntamiento se ha decidido a colaborar proporcionando los medios necesarios para el éxito que se ha obtenido. Y es que quizá los políticos, no siempre muy sensibles a proteger lo que rodea a la caza, han comprendido que más de ciento setenta rehalas en Córdoba son dignas de tener en cuenta.

En El Arenal, con toldillos y anclajes adecuados, pudimos contemplar los mejores podencos andaluces. Los más bellos ejemplos de lebreles mediterráneos que se conservan en España, descendientes de aquellos elegantes canes que acompañan a los faraones en sus mastabas.

Más de treinta rehalas acudieron. Y las voy a citar a todas, sin distinciones, como hizo la organización, que entregó a cada dueño un recuerdo pero sin establecer premios. Fueron las siguientes: de Córdoba, Antonio Molina Becerra, Francisco Jurado Silveria, Francisco Ordoñez Giraldo, Baldomero Cabanillas Pérez, Rafael Arenas Alcaide, Valeriano Pérez Ocaña, Antonio Marín Moya, Juan Beigveder Bellido, Manuel Arenas Molina, José Benavente Caballero, Juan Torres Cobo, Jesús Bernier García, Francisco Gómez Moreno, Joaquín Vadillo Solano, Juan Agredano Ramos, Faustino Almagro Cuevas, Juan Serrano Luque, Antonio Aguilar Cruz, Juan Corral Domenech, José Avilés Romero, Antonio López Fernández, Angel Carrillo Gálvez, Rafael Borland Torres y Antonio Sojo López; de Hinojosa, Isidro Fernández Ramos y Juan Ramos Murillo; de La Fuencubierta, Juan Poley Díaz; de Los Angeles, José María Osuna Ortíz; de Fuente Palmera, Manuel Martínez Barragán; de Cerro Muriano, Antonio Peña Costi; y de Pozoblanco, Emilio Jurado Olmo.

Ahora, a portarse bien en la sierra demostrando que, además de ser tan bonitos, los perros andan como debe ser.

 

(Diario Córdoba, Marzo de 1996.)

Algo más que matar

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Hace ya muchos años, subimos por ahí, por Villaviciosa, a echar un pegullón de monte porque parecía que podía tener unos marranillos. Llevábamos los perros de José Miguel Sánchez y, además de algún amiguete que ahora no recuerdo, venían Fernanda, mis hijos y Pepe Sánchez Cabrera, el padre de José Miguel. El dueño de la finca nos tenía preparadas unas migas con torreznos y, mientras acabábamos con ellas,  fuimos estudiando el manchón y las posturas. En cuanto acabamos las migas rompió a llover.

A Pepe, como andaba ya bastante delanterillo, lo pusimos en el paso más cómodo y los demás armamos aquello como Dios nos dio a entender. Soltamos tarde porque no había carriles y porque, tras las migas y las chicuelas de aguardiente, tuvimos que ponernos a pie.

Soltó Joselón y allí no se escuchaba un jay. Parecía que los cochinos nos habían hecho la pirula. Hasta que, al cabo de una buena media hora, cuando ya tenían casi rematada los perros la rehoyita, empezó un mastín a llamar. Aquello era tan chico que todos lo escuchábamos. Y más perros. Y el lío. Un zambombazo del trabuco y el cochino, por fin, desbarrado derecho, derecho, al paso de un rehalero amigo que estaba en el arroyo y cuyo nombre no quiero recordar.

Se oía el tronchadero que llevaba el marrano para abajo y todos esperábamos con ansia oir tirar. Y pam, pam, pam… Luego, más espaciado, otro intento. Y la ladra larga, corrida, que se perdió por la solana de detrás del paso al que se había ajustado el bicho. Ea, pues a criar, que se dice.

En la casa, arrimados a la lumbre, tras repartirNos los filetes empanados y las tortillas de patatas, desmenuzamos los acontecimientos.

Que podíamos haber hecho mejor, cuántos pinos podríamos sembrar en los boquetes que había dejado en el suelo el cambón que había tirado, adónde habría ido, en busca de más tranquilos encames, el verraco. Después cada uno narró sus recuerdos de casos parecidos y planeamos nuevas aventuras. De regreso a Córdoba, regateando por las curvas de Cerro Muriano, Pepe Sánchez, que venía a mi lado, dijo con los ojos medio entornados por el cansancio:

-Bueno, pues hemos echado un día graciosillo.

Aquella frase de Pepe, ya desgraciadamente desaparecido, ha quedado en mi casa como muletilla tras esos días malos de agua, viento y frío en los que, además, no sale un hopo de la mancha. Y es que simboliza todo lo que existe alrededor de la montería que nos hace seguir viviéndola, sea como sea, a pesar de los pesares.

 

(Trofeo, Julio de 1996.)

Perros pintados

xxx-agarre-1993Pepe Sánchez Cabrera, mi viejo amigo, viejo ya, ¡ay!, por donde se mire, que pasa bastante de los ochenta, ha sido uno de los cazadores más ansioso de Córdoba. Bueno, lo es, gracias a Dios, aunque muy mermado ya de facultades.

Con Pepín Molina, Fernández Valderrama y Juanito Lozano formó un grupo, allá por los años catapún, al que los cordobeses llamaron la FAI, que rastreaba la provincia en busca de las voladas de las tórtolas, desconejaba, monteaba y hacía a todo lo que fuese cazar.

Competía con el grupo que capitaneaba Matías García y, entre todos, pegaban más tiros que los afiliados a la belicosa federación anarquista de la que tomó el mote.

Pues tenía Pepe Sánchez un pachón buenísimo y muy dócil cuya especialidad era el cobro de zorzales.

Pero tenía un defecto, el único, y era el ser remendado, con lo que los zorzales se le desviaban a Pepe de su derechura en cuanto mandaba al pachón a cobrar. Conque, tan asfixia como era, no se le ocurrió mejor remedio para el caso que coger una lata de pintura verde, de esa de las puertas de los cortijos, y darle una mano al animalito.

El pobre perro se quedó muy embotijado lamiéndose y mirándose. Luego se le fue cayendo el pelo a rodales y, por fin, alcachofa.

De esto hace muchísimos años. Pero hoy recuerdo siempre el sucedido cuando se pontifica sobre la Caza, así, con mayúscula. Y se analiza al cazador o, casi, se le psicoanaliza. Y se le dan consejos imperativos sobre lo que debe y lo que no debe hacer.

Se nos va a examinar a ver si distinguimos un arrendajo de un mohino. Y, los que se hallan en posesión de las verdades ecológicas trascendentales nos miran así, sosquinos, como si fuésemos los responsables del agujero en la capa de ozono ese.

A tanto llega la cosa que un amigo mío que ha hecho un libro sobre caza confiesa que ha maquillado las narraciones de agarres, cobros y rastreos porque le han aconsejado quitar sangre. Parece que la gente anda muy sensibilizada. Pues mira que bien.

Con esto de la escopeta ha pasado como con la misa. Antes del Concilio se iba a misa porque sí. Luego empezamos a preguntarnos por qué íbamos. Cuando yo era chico, y no tan chico, se cazaba porque sí. Y a mis veinticinco años, cuando había matado -hay quien dice que se debe decir cobrado, para quitar hierro- más de la mitad de las perdices y conejos de mi vida, nunca había hablado con nadie sobre caza. Ni había oído hablar.

Pero hoy las cosas se están torciendo, con tanto ecologismo, tanta filosofía y tanta chominada. Conque los cazadores de verdad, los viscerales, los que llevamos carga genética de matadores, tendremos que ir pensando en pintarnos de verde para hacernos perdonar. Lo malo es que, de aquí a nada, la caza, alcachofa.

(Trofeo, Septiembre de 1993.)

La música del monte

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Como las cosas cambian tan despacio, ni te das cuenta. Y fue un perrero, Manolo el Pintado, quien me lo hizo ver el otro día. Los perros ya no ladran como antes. Yo, la verdad, no me lo creí. Para mí, los intocables siempre fueron los podencos y los cochinos. Ambos, unas creaciones de Dios cuyos instintos nadie podría manipular.

Pero, claro, en las dos o tres monterías siguientes, no pude evitar poner la oreja con desconfianza. Y estoy bastante preocupado porque me parece que tienen razón, qué le vamos a hacer.

Tuve en Navalagrulla la fortuna de tener pechenfrente la umbría donde dieron los perros con los marranos. Aquello estaba sopado, que se dice. En cuanto dieron cara las rehalas, cada perro llevaba su cochino por delante. Por aquel apretal, ni se adivinaban blanquear los perros pero se veían los madroños y lentiscos más altos cimbrear que era una gloria.

Bueno, pues yo no voy a decir que ningún perro latiese. Pero, para el lío de cochinos que allí se formó faltaban ladras. Se oía la dicha, ronca y tesonera de algún mastín. Y dar de parada. Y los harpidos de arranque en el primer pechugón. Desde luego, algunos podencos ponían alegría en la mañana con sus ladras corridas. Pero había marranos que se desbarraban tronchando monte sin que se oyese el harpir de un perro.

Manolo el Pintao asegura que a los perros les falta alguna vitamina, que se lo han dicho a él. El perrero de José María Cabanás dice que, como sólo se sacan los perros ya hechos, el cachorro no sale latiendo. Porque el latido es una queja por no poder alcanzar la res. Pero luego viene El Indio, otro perrero de los viejos, que saca a los podencos desde cachorros y nota el mismo problema. ¿Será que era con los conejos con los que el podenco aprendía a latir? ¿Influirá en el comportamiento del perro el no poderlos campear en verano?

Los chavales que empiezan a montear ni recuerdan ya el son del trabuco. Aquél tronar lejano y redondo que nos anunciaba que habían soltado o que se había arrancado una res. Que nos permitía calcular por dónde se estaba monteando. Los trabucazos, las voces de los perreros y las ladras eran la música de fondo de la montería andaluza. A ver si, después de todo, los zampoñazos del trabuco excitaban al podenco arrancando sus quejidos. O a lo mejor son figuraciones y estamos viendo fantasmas los que ya nos vamos acostumbrando a que nos lo vayan quitando todo. Menos lo ya bailado.

(Trofeo, Enero de 1995.)

Una rehala centenaria

rehala-centenaria

En el salón de la casa de Torralba, en Hornachuelos, comentaban los monteros con Don Alfonso XIII lo bien que había andado en la mancha de Natera y quiso el monarca conocer al perrero para felicitarlo. Conque llamaron a Rafalillo, que asomó la cabeza muerto de miedo sólo con pensar que iba a comparecer ante el rey de España. Pues no hizo más que poner sus botas claveteadas con tachuelas en el piso y se escurrió cayendo cuan largo era. Así que, para evitar nuevos accidentes, atravesó a gatas la estancia. Y aquella aventura pasó a formar parte del largo anecdotario de Rafalillo.

Rafalillo era el perrero de Joaquín Natera Junquera que se hizo novio en Mesas Altas, la finca familiar, con un corzo en 1881. Poco después echó perros y esa rehala pasó a su muerte a su hijo Joaquín, rehalero de los que han hecho época, llegando por los años cuarenta a conseguir fijar la famosa casta de los currillos, tan recordados por la vieja gente montera de Córdoba. Por entonces se retiró muy viejo Rafalillo y tomó el gobierno de la rehala El Cristiano.

Al morir sus hijos, heredó los perros su sobrino carnal Joaquín Natera Rodríguez, que nos dejó para siempre, ya a avanzada edad, la pasada temporada. Para entonces, su rehala había cumplido ciento seis años de existencia sin interrupciones.

Como Joaquín no tenía hijos, preocupaba la posible desaparición de la rehala decana de Córdoba. Pero, gracias a Dios, va a seguir en la sierra. Con Paco Álvarez Natera, hijo de una hermana de Joaquín.

Al viejo Cristiano lo había sucedido su hijo, del mismo apodo, y ahora seguirá el perrero que estuvo los últimos años con Joaquín: Rojitas. Cuatro generaciones de buenos perreros y de buenos monteros.

Perdóneseme esta retahíla de datos, que más parecen de manual infantil de historia. Pero es que es así; es que se trata de nuestra historia montera que no se ha escrito en dos días.

Este año nos va a faltar Joaquín Natera. Pero su recuerdo va a seguir entre nosotros, en nuestra historia montera, entre los alcornocales de Hornachuelos, con su perrero, con sus perros.

Revista Trofeo, Madrid 1996.

Los perros inocentes

PODENCOS 114 X195Ayer me di una vuelta por el centro. Córdoba está aplomada, con los cielos bajos amenazando agua. A las puertas de Gaudí, una tertulia de gente montera. Antoñín Flores, alguno de los Jiménez Sedano, Juan Cabrera, Lucilo Martínez, Antonio Pérez Barquero, Matías García… Me acerco y le digo a Matías
– Oye, Matías, ¿tú eres rehalero de catrecillo?
– ¿Qué si yo soy qué? me mira bastante desconfiado.
Matías, más de cincuenta años monteando con perros, de su padre o suyos, no sabe que se ha inventado esa calificación. Yo ya lo suponía, pero le he preguntado por verle la cara de desconcierto. Rehalero de catrecillo le dicen ahora al de siempre, al que no vende el puesto, sino que lo ocupa a cambio de aportar sus perros. A nuevas maneras nuevos nombres.
Antes no existían problemas. Había monteros que tenían perros y ya está. Las monterías no se vendían y cada cual aportaba algo. Quién la mancha, quién los perros, quién solamente su cuerpo serrano y su rifle. Se llamaba a los amigos y, si faltaba gente, se acababa de cerrar con escopetas negras. Aquellas eran rehalas: Juan de Dios Porras, Juan Calvo de León, Juan García Liñán, Curro Spínola, Joaquín Natera, Pepe Molleja, Guerrita, Paco Cívico, Barasona, Montesión, Olías… Y todos con perreros de campanillas: El Cristiano, Rafalillo, Saleri, Ginés, El Travieso, Pepillo… Eso por aquí, que anda que en Castilla… Arión, Viana, Valdueza, Urquijo… Yo qué sé…
Pero esos eran otros tiempos en los que ni siquiera se empleaba la palabra rehalero. Ahora estamos hechos un lío. Hay rehalas que se ofrecen por un jornal. Rehaleros – perreros que entran con sus perros. Otros venden el puesto que les corresponde. Están los que se alquilan por toda la temporada. Y, por fin, los menos, tienen su rehala por derecho, es decir, los perros y las perreras de su propiedad y el perrero asalariado con dedicación plena.
De vuelta a casa, aligerando porque empezaba a llover, pensaba yo en las reivindicaciones de las rehalas y en lo que se está escribiendo sobre ello. Y es que ni todos son iguales ni pueden exigir lo mismo. Los únicos que siguen siendo fieles a sus obligaciones sin mayores exigencias son los perros porque esos, gracias a Dios, siempre son inocentes.

(Trofeo, Madrid, 2001.