Júbel, el perrero y sus perros

No pude acompañar a su familia el día que Júbel –Juan Bautista Beigbeder- murió. Unos días después, llamé a José María Bretón y quedé con él en las perreras. Y allí estuvimos mucho tiempo hablando de Juan, de la rehala, del propio José María.

_PIJ1057La rehala de Júbel está al lado del santuario de Santo Domingo, en el faldeo de la sierra. Es una rehala clásica, muy cordobesa, de cruzados de gran alzada con predominio del podenco. Espléndidos perros que siempre han andado muy bien en la sierra. Las grandes rehalas tienen siempre tras de ellas grandes perreros y los dos que han gobernado ésta con Júbel han sido excelentes: Fue primero Remache y, hace ya muchísimos años, José María. Más de cuarenta años de briega para llegar a este espléndido resultado.

Charlamos de todo. De las nuevas formas, de los perreros nuevecillos, de los monteros ignaros. Le conté cómo, hacía mucho tiempo, me había dicho Júbel

-El día que se retire José María quito los perros.

-Lo decía tengo ya sesenta y siete años aunque, gracias a Dios, estoy muy bien. He llegado hasta aquí porque él siempre me insistía en que siguiera. Y ya ve usted, ha sido él el que se ha ido…

Y, claro, el veterano perrero se emociona. Son muchísimos años juntos seleccionando cachorros, mejorando los encastes, monteando juntos. En lo único en lo que difiero de José María es en nuestras opiniones sobre el trabuco. Él dice que sólo estaba para alegría del montero, que rayaba por dónde se andaba monteando. Yo siempre entendí, con otros perreros viejos, que servía y mucho para echar a correr un marrano atrancado con los perros. Hemos desempolvado nuestra vieja disputa. Pero, en fin, son ganas de bregar. Ya no hay quien vea en el monte un perrero con el trabuco al hombro.

Gran tirador, Júbel fue fundador del Club de Monteros de Córdoba. Y, después, del Club de Monteros del Sur. Desde ellos organizó con éxito monterías para amigos. Pero en mi memoria va a estar siempre como rehalero. Porque a personas como Júbel y José María debemos los monteros la conservación de la pureza de nuestras rehalas, poder seguir monteando con el estilo y las buenas maneras de siempre. Ahora nos deja Júbel, uno de los últimos. Descanse en paz.

(“Trofeo”, Madrid. Julio 2004)

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Memorias de un tiempo perdido

Eduardo Sotomayor.Una  gran rehala histórica

          Era elegantísimo, afable, sereno, educado y muy buen conversador. Gran fumador, hasta en ese pequeño vicio llegaba su cercanía al campo: siempre usó boquillas hechas de canillas de liebres. Eduardo Sotomayor Criado fue un gran señor que participó de las dos pasiones que han dominado el gusto de tantos cordobeses: Los toros y la montería. Fue un excelente rehalero, cuyos perros, junto a los de Guerrita, dieron muchísimo juego en la sierra. En 1928 fundó, acogida al Círculo de la Amistad, la “Peña Campera”, sociedad de monteros que reunió a gente tan estupenda como Ruiz de Castañeda (autor de “Camperas”, un precioso librito de caza y toros), Manuel García Plaza, Villoslada Peichalup, Antonio Losada, Antonio Herruzo, “Machaquito”, Gabriel Bellido, Enrique García Sanz, Mir de las Heras… Montearon mucho juntos, llegando incluso a ampliar su campo de acción organizando expediciones a Marruecos en busca jabalíes. Eduardo Sotomayor, inseparable amigo de Juan Barasona y del marqués del Mérito, es referencia indispensable al tratar la vieja montería cordobesa.

         En cuanto a los toros, heredó la afición de su padre, Florentino Sotomayor, que formó una ganadería con castas de Parladé y Miura, nada menos. Eduardo lidió por primera vez a su nombre en la plaza de Madrid en abril de 1936. Tras la guerra, la ganadería quedó malparada, no llegando a recuperarse hasta los años cincuenta.

EDUARDO SOTOMAYOR

Por aquél tiempo en Córdoba no pasaba nada. La guerra estaba demasiado cerca y las cartillas de racionamiento limitaban las posibilidades familiares. Había grandes especuladores pero, en el día a día, el estraperlo era pobre: pan de El Chimeneón bajo los portales de La Corredera y “pastas” de tabaco de Gibraltar. La industria se limitaba a la Sociedad Española de Construcciones Electromecánicas, La Cordobesa y muy poca cosa más. Los hombres de clases medias y altas vestían de traje y corbata y, en verano, los muy elegantes llevaban chaquetas blancas de lino que había que planchar a diario. El héroe del fútbol local era Pepín Camará y el culmen de la pedagogía la escuela de Doña Luciana Centeno.

En aquella Córdoba tranquila, parsimoniosa, florecían las tertulias. Tras “Peña Campera” tuvo su auge montero la “Peña de Caza y Pesca” en la vieja “Granja Royal” de la calle Cruz Conde. Y lo taurino tenía su mentidero en el “Pelu”, un barecito que abrió “Cantimplas”, el que fuera peón de confianza de “Manolete,” en la calle Morerías. Por allí paraban sus hermanos Fernandi y el “Niño de Dios”, también banderilleros, y mucha gente de coleta. Pues, tanto en los ambientes taurinos como monteros, fue Eduardo Sotomayor muy respetado y querido por sus grandes conocimientos y su ponderación.

Pero nada más lejos del estereotipo de aficionado aflamencado y tosco que Sotomayor. Eduardo no sólo fue un hombre cultísimo, sino un muy importante bibliófilo tanto de temas venatorios como taurinos. De ambos consiguió reunir magníficas colecciones haciendo de sus catálogos ediciones no venales. Su biblioteca de temas cinegéticos fue comprada a sus herederos por otro gran bibliófilo: Mauricio Álvarez de las Asturias y Urquijo. En cuanto a la taurina y las colecciones de prensa y carteles que la acompañaban, ignoro cual será su destino actual.

De hombres como Eduardo Sotomayor puede sentirse orgullosa aquella generación que vivió el difícil equilibrio entre el viejo estilo y los nuevos tiempos que llegaron con la posguerra inundándolo todo como una marea alta incontenible.

Colleras y Collarines

En más de una ocasión he escrito que eso de poner al collar de los perros una presilla para en ella fijar la cencerra es una costumbre más bien manchega. Que por aquí, por Córdoba, siempre se usaron collar y collarín a más de, frecuentemente, una cadena para anclaje en las perreras. Pero, mire usted por dónde, Gonzalo Morenés me envía una foto de un collar de la rehala de su abuelo, el marqués de La Guardia, en el que se aprecia una presilla. Por lo demás, el collar tiene la corona de marqués y las iniciales del dueño vaciadas en bronce y pulidas por el uso. Una exquisitez. Y la rehala de La Guardia estaba en San Bernardo, esencia misma de Hornachuelos.

Colleras

Y, sin embargo, yo sigo creyendo que el caso de La Guardia fue un capricho, una excepción, ya que, por esta zona, siempre hemos visto collar, collarín y cadena.

Por testimonios recibidos de los viejos monteros dueños de perros como Curro Spínola las rehalas, hasta entrado el siglo XX, se manejaban con los collares fijados dos a dos con una unión de hierro articulada, formando lo que, naturalmente, se llamó la collera. Así, los perreros tenían que cargar con todos los collares al soltar y sustituirlos por el collarín con cencerra, motivo por el que habitualmente llevaban ayudante. Luego vendría el invento de los dos mosquetones con quitavueltas que permitían la suelta sin quitar los collares.

Hoy, como ya no se mueven los perros tras el perrero sino siempre en furgonetas, las rehalas van adoptando el sistema de la presilla. Incluso rehalas muy cuidadas comos las de Juan Fernández de Mesa y Mari Prieto.

Collera Mariano Aguayo

Como la iconografía es tan ilustrativa, he consultado muchas fotos viejas en las que, frecuentemente, se ve a las rehalas en reposo con los collares principales y sin collarines. Pero eso queda explicado porque, como es lógico, los perreros sólo les ponían las cencerrillas a los perros para el monte, al soltar.

Total, que la evolución es ésta: Colleras (collares unidos) y collarín, colleras separables y collarín y, finalmente, collares con presilla. Los colores como divisas en el collar vinieron en tiempos relativamente modernos, siendo uno de los primeros en pintarlos Rafael Guerra, que los tuvo rojos con una chapa rotulada “GUERRITA”.

Son cosas éstas que no tienen mayor importancia pero que si no las escribimos acaban perdiéndose en la niebla de los tiempos. Y hay muchos jóvenes monteros amantes de las tradiciones a los que les gusta conocer la pequeña historia de la montería. Gracias a Dios.

                                   Mariano Aguayo. (“Trofeo”, Madrid, 2010)

Terminó la montería

AGUAYO Ac. 18X27

(Artículo publicado en Trofeo en 2000. Como ejercicio de nostalgia hacia Juan de Dios y Sebastián)

Ayer me acerqué a las perreras de Juan de Dios, en el faldeo de la sierra. Llegué sobre las once y Sebastián estaba para desayunar. Y a bien que desayuna tonterías. Un hoyo de pan de boba con aceite (de oliva virgen, faltaría más), chorizo curado y aceitunas. Mientras come charlamos de perros. Sin prisas.

Sebastián quiere buscar un semental de fuera, para refrescar la casta. Él lleva las cruzas en la cabeza, aunque Juan de Dios sí, Juan de Dios todo apunta. Pasamos revista a las rehalas, a los perreros. A los incidentes de la temporada. Saca luego cuatro colleras para que yo trabaje con ellas. No les puede poner cencerras por los nervios, que se creen que van a soltarlos para montear. Los que se quedan se soliviantan y tardan en tranquilizarse. Están preciosos. Como casi todos son sedeños y están bien comidos y descansados…

AGUAYO.Ac.21X29.2011.AGARRE

Los trata con cariño Sebastián. Los acaricia con la voz. Aunque, al cabo de un rato, se forma una escandalera allí dentro y tiene que entrar con el vergajo.

– ¿Qué es, que me vais a matar un perro, malditasmadres?

Chilla uno de los valientes al sentir el castigo y todos se refugian por los rincones, huyendo de la autoridad. Se restablece la calma.

– Ya me lo tenían entrecogido. ¿Ha visto usted qué bonitos están? Ven acá “Secreto”. A ver si te quedas tranquilo, que vas a estar en los cuadros.

Es que se van a buscar la sombra. A “Secreto”, mi modelo favorito, lo ha acollerado con un hermano y hacen una pareja perfecta de podencos andaluces sedeños, con sus miradas de buenos casi veladas por el pelo.

La mañana es azul y limpia. No se mueve una hoja. La sierra está floreciendo y las lagartijas se asoman a los chuecos de los troncos. Se escucha el guirigay de herrerillos, chamarices, jilgueros y ruiseñores. Chilla una mirla. Toda la sierra está compuesta y casi es difícil imaginar a estos perros agarrando un marrano. Uno de esos marranos que andarán encamando tranquilos al frescor de las umbrías.

Vuelvo para Córdoba y al dar vista a Montoro me detengo para contemplarla. Estoy un rato allí, viéndola recostada en su cerro sobre el Guadalquivir como una pequeña Toledo. Y pienso cómo cualquier preocupación se me ha quedado atrás, en la charla con Sebastián, entre sus podencos, colgada de algún chaparro como un trapo viejo. La montería, ya, hasta el Otoño. Recuerdo unos hermosos versos del marqués de Santillana:

 “…acabó su montería;

falagando los sus canes,

olvidando sus afanes,

cansancio e melancolía”.

Hoy, como en el Siglo XV. Qué cosa tan vieja es ésta de la caza.