El oscuro ímpetu mugiente del toro

… y los toros de Guisando,

casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos

hartos de pisar la tierra.

(Federico García Lorca. Llanto

por  Ignacio Sánchez Mejías)

 

El toro. Unido al pueblo español y a sus costumbres desde el fondo lejano de los tiempos. Y con el toro, la fiesta. Y con la fiesta, la belleza que fluye del juego bailado con la muerte. Desde la plástica almagra y negra de Altamira, los artistas han sentido la necesidad de llevar a sus obras el toro, que está ahí desde siempre, como algo telúrico, harto de pisar la tierra.

La representación plástica del toro y su mundo como ahora lo conocemos quizá tiene su primer gran pontífice en Goya con sus aguafuertes y sus retratos de toreros bien plantados. Tanto que, después de Goya, nadie tendría que haberse ocupado de dejar mayores testimonios de esta Fiesta Nacional en la que tantos, de una manera u otra, nos reconocemos. Y, sin embargo, ahí están las corridas de Solana y Zuloaga. Corridas duras, tenebrosas, sin esperanzas para sus protagonistas. Y los toreros sedentes, hieráticos, solemnes de Vázquez Díaz. Y está el dramatismo de Juan Barjola. Y las varas de Antonio Povedano. Varas macizas en las que toro, caballo y picaor hacen una torre que podría ser el símbolo de una tauromaquia que se va. Y, desde Guisando, los escultores se han rendido ante la apostura del toro bravo. Ay, aquél de Benlliure trastabillado tras la estocada de Machaquito. O las líneas fundamentales de sus estructuras en los bronces sabiamente mellados de Venancio.

Hubo una pintura testimonio que quizá surgió para llegar a donde no llegaba la fotografía ofreciendo testimonios gráficos. Y tuvo en Sevilla su mayor auge. Pintores y dibujantes se convirtieron en cazadores del movimiento. Y narraban, con rapidez y economía de rasgos, derechazos, naturales o estocadas para ilustrar las crónicas taurinas de la prensa. Todo este movimiento culminó en el cartel que, desde la pared, cumplía la obligación de llamar al público. Debía ser un pregón pintado. Y ahí quedaron Ruano Llopis, Roberto Domingo, Saavedra… Y se produce una curiosa simbiosis. Ellos plasman en carteles muletazos exquisitos de los grandes maestros. Pero, cuando un aficionado quiere ponderar el arte de su torero preferido, dirá: “Fue un pase de cartel”.

Fue ésta una generación de artistas olvidada a la que se negó el pan y la sal al coincidir con las vanguardias nacientes. Como se olvidó a muchos poetas que la acompañaron. ¿Quién se acuerda hoy de Fernando Villalón? Y fue el que arrancó con este cuarteto su soneto “Plaza de toros”:

Luz hiriente y las voces, las cornetas;

Las banderas liadas por el viento;

Arena y sangre y amurallamiento

Roja la valla que a la res sujeta.

 ¿Se puede pintar mejor? Los toros han estado siempre unidos a todo eso tan difícil de describir y que constituye el mundo flamenco. Los vinos finos, el baile, el cante. Y las ferias. Es un mundo que se vive o no se vive. Fuera de él, se consiguen resultados fríos, como cuando Édouard Manet pinta bailadores españoles. Qué buena pintura y qué malangel. Una corrida es un ballet en el que, indudablemente, se busca la belleza plástica. Pero condicionada por el insuperable dramatismo que añade la pertinaz presencia de la muerte.

Vio Pablo García Baena a “Fosforito” –siempre la fusión del flamenco y la Fiesta- como un espada que plantado ante el oscuro ímpetu mugiente del toro, manda y dirige envolviéndose en la roja capa… Y en esa imagen, nacida de la intuición del poeta, está compendiada toda la plástica del toreo. La belleza única del toro y el rojo de su capa. Si sazonamos con luz de sol y oro de albero, ya tenemos redonda, brillante, completa, la plástica de este arte tan viejo casi como España, esta vieja piel…de toro.

(Prólogo en la exposición GALERÍA CARMEN DEL CAMPO, 2005)

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Aquellas chicuelinas

FINITOHan pasado muchos años, demasiados, pero aún permanecen en mi memoria, y aún más, en mi corazón, aquellas chicuelinas. Era un quinto novillo de Torrestrella, burraquito, muy en el tipo de los que por entonces criaba Don Álvaro, que en Gloria esté. Se llamaba Exquisito. Finito lo recogió con el capote, genuflexo, en unos lances que embebieron la embestida y luego, ya en pie, meció unas verónicas transparentes que abrochó con una larga.

La cosa estaba caliente cuando el torero, tras la suerte de varas, se descaró con el novillo. Lo citó de largo: el animal en el tercio, Finito en el mismo anillo de la plaza. El toro se arrancó bravamente y el torero lo acunó (sí, toreó con tanta dulzura que bien podemos decir que lo acunó) en tres chicuelinas que templaron la embestida, con unos ritmos a la par acompasados y clamorosos.

Muchas veces me he preguntado si aquellas chicuelinas no serían un sueño. Muchas veces me he preguntado si no sería mi imaginación, la que hubiera encumbrado aquel quite a la categoría de obra de arte. Muchas veces me he preguntado si no será que el recuerdo pule los defectos, engrandece las virtudes y, pasado el tiempo, nos presenta una realidad equivocada.

Pero hoy, por estas cosas del internet, he dado en youtube con aquellas chicuelinas. Las he contemplado con detalle, con frialdad, hasta con un poquito de “ mala leche “.

Y hoy, una vez más, he comprendido por qué soy finitista. Y aún más: por qué seré finitista hasta que cierre los ojos. Hasta que los cierre para siempre.

Ponerse el mundo por montera

Monteras 15x20 - copiaPara muchos, un torero debe ser, sobre todo, un artista: poder expresar un sentimiento, parar el tiempo y sacudir al público. Ya lo dijo Rafael “ El Gallo “ hace muchos años : “tener un misterio que decir, y decirlo“ .

Otros dicen que lo importante es el valor, que sin esa potencia que nace del corazón, no se puede ser torero… ni torero ni nada en la vida.

Los aficionados más hondos me han hablado siempre de la inteligencia y de la técnica como piedras angulares donde se cimienta el toreo.

Yo, cuando veo la figura de un matador vestido de torero, reparo en su tocado y pienso que para ser una gran figura, además de arte, valor y técnica, hace falta una fuerza especial (algunos, en su estulticia, la llaman locura) una fuerza que les hace perseguir un sueño imposible y, para alcanzarlo no dudar en… ¡¡ponerse el mundo por montera !!

TORERO SENTADO. Ac. 15x11

Mi frustrada alternativa de Agustin Parra “Parrita”

Agustin Parra “Parrita“ tomó la alternativa en Córdoba, el 27 de mayo de 1.976: el padrino fue Curro Romero y como testigo actuó “Niño de la Capea”. Los toros pertenecían a la ganadería de Manuel González Cabello. El toro de la alternativa, de nombre Aguamiel, estaba marcado con el nº 137, era negro zaíno girón, y dio un peso de 517 kilos.

PARRITA

En aquellos tiempos, la Feria se montaba en pleno corazón de Córdoba, en la Avenida de la Victoria, y era muy jaleosa para quienes vivíamos en el centro. Por ello, huyendo del bullicio, y temiendo tanta musicandia y tanta sirena y tanto jolgorio, nos íbamos a pasar unos días al campo. Era acabar los colegios, recoger los bártulos y ¡ea ! para la finca. Los mayores no eran gustosos de las agitaciones y a los chicos, aunque nos tiraban mucho los cacharritos, el látigo, los coches de choque y demás ingenios de los feriantes, nos tentaba más aun el campo. De todos modos hubiera dado igual nuestro criterio: no se nos pedía opinión, como es natural.

Lo que no perdonaban los mayores eran los toros y más de una tarde se bajaban a Córdoba, a ver el festejo. Aquel año me dijeron:

– El día de la alternativa de Parrita, te vienes con nosotros… ya te tenemos comprada la entrada.

Y me enseñaban un boleto curiosamente doblado donde, amén de la fecha, se señalaba la ubicación: asiento tres, fila tres, tendido tres.

Entonces la imaginación se desbocaba y las figuraciones tocaban las dudas que siempre plantea lo desconocido:

– ¿ Y los toros son muy grandes ? ¿ Como el macho cabrío que va con las ovejas ?

– Más grandes, mucho más grandes…como la mulilla negra por lo menos.

La primavera había venido lluviosa y las nubes habían descargado con mucha fuerza y eso, aunque había malbaratado algo las cosechas de cereal, iba en beneficio de los pastos, y los arroyos corrían con aguas muy cantarinas, y los veneros manaban mansamente, como mana la sangre de una herida recién abierta. Esto consolaba a mi padre:

– Como ha llovido tanto, es fácil que en verano no falte agua para el ganado….

Y mi abuelo:
– Sí, seguramente…

Pero Sabas, el pastor, que gastaba ese pesimismo reservón de la gente de campo, bufaba desconfiado y advertía:
Bufff…que el verano es muy largo…

Yo, mientras, andaba a lo mío: zascandileando por las cañadas, buscando nidos o lagartos, o ranas…todo con esa indiferencia de animal joven que no se preocupa de nada. En las partes más bajas de la finca y en las vegas que recaían al río, el suelo estaba enguachinado de tanta agua y el barro se pegaba a las botas, por eso, cuando entraba en la casa, dejaba por las habitaciones un reguero de tierra legamosa que irritaba a mi madre:

– ¡ Quítate las botas antes de entrar, que dejas esto hecho una pocilga !

Y al poco:
– ¡ Y cómo traes los pies! ¡ Cámbiate los calcetines y ponte unos secos, que vas a pillar una pulmonía !

Para entonces ya atardecía y mi abuelo, y mi padre, y Sabas, el pastor, se tomaban la copita de vino y hablaban de toros, mientras veían hundirse el sol en las lejanías de poniente.

Parrita es torero y tiene su aquel , pero me da a mí que anda corto de aquí, decía mi abuelo mientras se tocaba el pecho.
Mi padre era más condescendiente :

– Hay que dejarlo que evolucione…que ha empezado en esto ayer mañana, como quien dice. Yo estoy en que la alternativa es precipitada, debería placearse más…

Y yo, que andaba por allí enredando:
– ¿ Y los toros son muy grandes ? ¿ Como el macho cabrío que va con las ovejas ?

Y Sabas, el pastor:
– Más grandes, mucho más grandes… como la mulilla negra, por lo menos.

Era irse el sol y refrescar y levantarse una brisilla y yo, aunque estaba resudado, con la humedad pegada al pecho, y desabrigado, seguía jugando fuera con los perros. Y mi madre:

– ¡Ponte un jersey, que te vas a enfriar !

Pero yo no hacía caso y seguía jugando con los perros, tan a gusto. De vez en cuando mi abuelo me llamaba :

– A ver, dile a Sabas cómo se llamaba el toro de la alternativa de Manolete.

Y yo:
– Mirador, abuelo…. Pero pregunta uno más difícil.
– Pues el de la alternativa de Aparicio.

Y yo, muy sobrado :
– Farruquero, abuelo… Pero pregunta uno más difícil.

Y mi abuelo hacía como que se concentraba mucho:

– Pues el de la alternativa de Antonio Bienvenida

Y yo, muy sobrado, y algo pedantón:
– Cabileño, de Miura.

Mi abuelo se enorgullecía :
– Este nieto me ha salido muy listo.

Yo, mientras, pensaba en la corrida del día siguiente y en cómo se llamaría el toro de la alternativa de Parrita y me juraba que ese nombre nunca se me olvidaría porque los toros eran como las flores, o como los pájaros, o como los parajes, que siempre tiene nombres bonitos que suenan hermosamente al oído.

Me acosté pensando en nombres de toros: Mirador, Farruquero, Cabileño….y en Buenasuerte, Sueñomío, Ropalimpia…y en Florbella, Pajarito y Soñador…y así me quedé dormido, hasta que, de madrugada me despertaron unos retemblidos de frío y un agudo aguijón clavado en la garganta.

– El niño tiene anginas, se ha enfriado….

Pronto se urdieron los remedios naturales con lo que había más a mano y me hicieron un cocimiento de hojas de eucalipto y zumo de limón que me consoló el cuerpo. Pero, aunque hubo mejoría, mi madre se negó a que fuera a la corrida.

Al mediodía se presentó Sabas con una botella:

– Es aguamiel…es lo mejor para el dolor de garganta. Lo hago yo mismo.

El brebaje estaba muy goloso y, aunque poco, tenía algo de alcohol, así que a mí los lingotazos me dieron mucho alivio y entre el sosiego que me procuraba y el calor del brasero me quedé dormido. Cuando desperté mi padre, mi abuelo y Sabas se habían ido a la corrida. Mi madre me lo explicaba :

– Si hubieras ido te pondrías peor…pero dice el abuelo que si mejoras te lleva pasado mañana, que torea otra vez…

Yo me quedé dentro de la casa lamentando mi infortunio : …Mirador, Farruquero, Cabileño….y Buenasuerte, Sueñomío, Ropalimpia…y Florbella, Pajarito y Soñador… Y pensando en cual sería el nombre del toro de la alternativa de Parrita, cuya lidia no vería. De vez en cuando buscaba el consuelo de del aguamiel de Sabas, y me echaba al cuerpo un lingotazo dulce como la melaza y reparador como abrazo cálido.

Ya bien anochecido sentí acercarse el traqueteo del coche cerro arriba y vislumbré el resplandor de los faros que iluminaban la oscuridad.

– ¡ Ya están aquí !
Los oía comentar sus pareceres .

Mi abuelo :
– El muchacho es torero y tiene su aquel , pero me da a mí que anda corto de aquí, decía mientras se tocaba el pecho.

Mi padre :
– Hay que dejarlo que evolucione…que ha empezado en esto ayer mañana, como quien dice. Yo estoy en que la alternativa ha sido algo precipitada…

Yo andaba adormilado, por efectos del aguamiel, así que no pregunté cómo había ido la tarde, ni si Parrita había cortado algo, ni cómo había estado Curro Romero…sólo dije :

– ¿Cómo se llamaba el toro de la alternativa ?

Mi abuelo me miró afectuoso. Señaló la botella de licor que Sabas me había dejado por la mañana y dijo:

– Aguamiel, se llamaba Aguamiel… ¡ Qué casualidad !

Los mayores sonrieron y yo pensé algo de lo que el paso del tiempo me ha ido convenciendo cada día más : que la vida tiene unas coincidencias raras, muy raras….y muchas veces demasiado irónicas.

TORITO IV. 10X12-2

Machaquito

Machaquito-2
A Rafael González Madrid “ Machaquito “, la historia lo ha acollarado con Benlliure y con su famosa escultura “ La Estocada de la tarde “. Y el tiempo, que todo lo cura y todo lo simplifica, y los poetas, que todo lo cantan y todo lo truecan, lo presentan como un gran estoqueador: mas sólo eso.

Pero yo me malicio que hubo mucho más toreo dentro de ese torero : poder, valor, honradez…y una extraña pinturería cordobesa, mezcla de senequismo y arrebato, tan escasa aún, un siglo después, en los coletudos de esta tierra.

Benlliure_EstocadaMachaquito[1]

Los fingimientos

DE RODILLAS 1Yo, señores, más que de leer, soy de releer. Me produce mucho goce irrumpir en mi biblioteca y coger un libro, cualquiera, abrirlo por donde quiera el azar y, sin mayores probaturas, empezar a leerlo. O, por mejor decir, a releerlo. Esa anarquía, en contra de lo que pudiera pensarse, no es perjudicial, porque como el argumento del libro me lo sé, el desinterés por el fondo me hace centrarme en la forma y regustar las palabras que eligió el escritor, su eufonía, sus resonancias o evocaciones… en fin… leer pausadamente, sin desazón y sin más interés que disfrutar de lo bien escrito….

Me gusta mucho Cela: más el Cela de los inicios y de los libros de viajes y de los relatos cortos, que el Cela de las novelas circulares, de la verbosidad inalcanzable, de las historias desestructuradas, ininteligibles y, aunque me esté mal el decirlo, absurdas. Sí, absurdas.

Hoy la casualidad me ha puesto en las manos un libro de Cela titulado “ Las compañías convenientes y otros fingimientos y cegueras “ Y, conforme a mi costumbre, he empezado a releerlo. Primero el título. Varias veces, porque ese título es hermoso : tiene ritmos de poema, hondas sugerencias, ajustadas redondeces…. Y me he quedado ahí, porque, enseguida, al leer varias veces la palabra “fingimientos “, mi “ yo “ taurino me ha llevado a la plaza de toros de Córdoba, muchos años atrás ( ¿ más de cuarenta ? ) y los recuerdos se han hecho amos de la situación…..

DE RODILLAS 2Se corría una novillada. Un cartel modesto. Festejo de cuatro novillos para dos novilleros de la tierra. Y estábamos cuatro gatos. Cuatro gatos…. y mi abuelo y yo.

El novillero que abre cartel, tiene clase, pero le falta de aquí, dijo mi abuelo mientras se tocaba el pecho. El otro, que debuta hoy con picadores, es tremendista.
Y luego profetizó:
No creo que veamos nada…..
Pero al instante matizó:
…….. aunque en los toros siempre se aprende algo.

El primero de los novilleros , como se maliciaba mi abuelo, no hizo gran cosa : no se puso en el sitio, dudó y cuando, después de mucho probar, provocaba la embestida, pingaba en el embroque desluciendo la suerte. La gente le pitó: sin saña, pero le pitó.

Por su parte, el otro chaval, el tremendista, se metió a la gente en el bolsillo: saltos, rodillazos, desplantes…pases, lo que se dice pases, no dio ni uno: pero le echó desparpajo y simpatía. Dos orejas.

Mi abuelo cabeceaba con desaprobación:

Hijo mío, esto no es torear…es….es… es otra cosa.

Salió el tercero : era la última oportunidad para el chaval que había abierto plaza. MI abuelo insistió:

Es una pena, porque este torero tiene clase, pero le falta de aquí.
Y se tocó el pecho.
Pero el chaval quería triunfar y, fue coger la muleta, y liarse a dar saltos, rodillazos, desplantes…pases, lo que se dice pases, no dio ni uno: pero le echaba sonrisas, sobrecarga de ademanes, gestualidad, exageraciones…. Sin embargo el público no entró en la faena y le pitaba: sin saña, pero le pitaba.

En mi inocencia, le pregunté a mi abuelo:

¿ Por qué al otro le han dado dos orejas y a este que ha hecho lo mismo le pitan ?
MI abuelo le dio una honda calada al habano : en aquellos tiempos, se permitían muchas cosas que hoy que vivimos en libertad están prohibidas ….¡ Qué le vamos a hacer !

Luego expiró el humo premiosamente y dijo:

Verás, hijo mío, en el toreo cada uno debe comportarse como es…tiene que interpretar el toreo que le sale de dentro…y este chaval ha imitado, ha fingido ser otro torero y claro , no ha llegado al público… En el toreo, como en la vida, lo peor es fingir….
Terminado el festejo, camino de casa, mi abuelo, que ya torpeaba de las piernas, se apoyaba en su bastón y se asía con fuerza a mi brazo derecho, buscando seguridad.
Al cabo de un rato se paró resollar, me miró y comentó:
Ya te dije que no creía que hoy viéramos nada aprovechable.
Pero al instante matizó:
…….. aunque en los toros siempre se aprende algo…del toreo o de la vida…
Y con honda sabiduría remató:

¡¡Que malo es fingir!!… En el torero y en la vida, lo peor es fingir….