Recuerdos de primavera

Ayer subí a Torreárboles. Hizo un día limpio, azul, con un sol empeñado en agostar todos esos verdes brillantes con los que nos regala la sierra en primavera. Fui contra mi voluntad, puesto que andaba retrasado en mi mensual compromiso con TROFEO y hubiera preferido quedarme escribiendo pero Fernanda, mi mujer, andaba enfurruñada por el olvido en que tenía sus plantas y no hubo más remedio.
COCHIDesde que desviaron la carretera, a la terraza de la casa sólo llega el rumor del campo. Esos sonidos que van desde la nada casi absoluta al duro y rodado croar de las ranas que, a pesar de todas las porquerías que echamos al agua, sobreviven alrededor de la piscina.
Cerró la venta al borde de la carretera y se fueron los venteros, aquellos buenos amigos cazandangas de raza: Baldomero y su suegro, el viejo Francisco Nevero. Nevero, casi analfabeto, que me contaba sucedidos de tal belleza narrativa que me dieron más de un éxito sin más trabajo que ponerlos intactos –o guisados con pocos aliños- sobre el papel. Aquellas historias de la recogida del zumajo para tintes; los pájaros perdices de don Diego, el juez; las carreras de la nietecilla tras los perdigones…
Echado sobre la varanda, maciza ahora de flores de pitiminí, no puedo, ni quiero, evitar la nostalgia de aquellos buenos tiempos en que por las mañanas de verano, antes de entrar al estudio, tomaba café y una copita de aguardiente en la venta. Sin prisas, de charleta con Nevero, mientras entraban y salían los marchantes, todos de la zona y casi todos aficionados a la escopeta. De unos y otros sacábamos lo que podíamos de por dónde andaban las voladas de las tórtolas, de los encames de los cochinos y de la posible tolerancia de los civiles del Muriano.
Tras la desaparición de la venta, sólo quedó por allí el Sastre, con sus cuatro perruchos y sus gallinos, en la casilla del otro lado del arroyo. Y sus fantasías sobre gatos cruzados en lince y visitas nocturnas de las ginetas que, como las coja…
Nos hemos quedado solos. Hasta los cochinos han abandonado los alrededores, manchoneados ya en las hoyas de enfrente y en la umbría. La baña junto al arriate de romeros está lavada, hasta arriba de agua, que no la toman desde hace más de dos meses. Quizá cuando se oree y a ellos, a los que se escaparon, se les haya pasado el susto de los perros y los tiros, volverán por aquí en sus rondas nocturnas. A sus rebuscas y a dar trompadas a las plantas poniéndolo todo patas arriba para desesperación de Fernanda.

(TROFEO, Madrid, 2011)

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Beatus ille…

Monte 2
Ayer, en Torreárboles, estuve gozando uno de mis grandes placeres serranos. Me fui a una recacha con una buena hamaca y, allí, como un lagarto, cerré los ojos y me dejé bañar por la caricia dulce y suave del sol de invierno. Algunas nubes cortadas de esas grandes, camineras, dejaban en sombras durante un rato los cerros. Pero, antes siquiera de que el frío atravesase las ropas, ya estaba allí otra vez aquella fuerza deslumbradora y se agradecía aún más el calor del sol.
Parece que fue ayer cuando echamos el manchón de ahí enfrente, el de la umbría, y es menester ver cómo ha cambiado todo. La encina, en vez de bellotas, tiene ahora los mocos de flores que la renovarán, el durillo anda en flor y están apuntando los brotes en las cornicabras. Ni rastro queda de los madroños que brillaban entre el oscuro verde esmeralda de sus matas y habrán vuelto a tomar sus encames las dos o tres marranas que echamos a correr con una evidente falta de consideración.

Monte 5

Ahora la sierra sirve para estar y meditar. Para trazar las guías de la obra futura. Para alejarse de esas bregas que todos mantenemos en el fragor constante del día a día. Y ¿por qué no? para orar, que desde estos cerros hasta Dios no hay más que un paso.
El cazador sigue siendo cazador cuando se para en lo alto de un peñasco para encender un cigarro y desparrama la vista sobre los barrancos; cuando escudriña lo que le rodea en el puesto, desde el inquieto pechirrubio a la mirla que le anuncia un marrano zorreado; cuando contempla pechenfrente ese revoltillo de hombres, reses y perros que es la echada de una mancha. O cuando se tumba a tomar el sol. El cazador, lo sepa o no, siempre acaba siendo un poco poeta.
La fusión del hombre con la naturaleza ya la cantó un poeta de la Roma esplendente: Beatus ille qui procul negotiis… que inspiró a nuestro fray Luis de León: Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido
Qué bien se está en la sierra. Pero qué bien.

(TROFEO, Madrid, 2007)

Jabalines, madroños y exvotos

Saliendo  de Torreárboles hay que subir hasta la curva de la Herradura y desde allí, faldeando los chaparrales de San Cebrián, se llega al santuario de Nuestra Señora de Linares. El camino es afable, ya que sólo hay que dejarse ir por una vieja vereda de carne sin grandes bajadas ni repechos. Si se mira hacia abajo, por donde va la ya perdida vía del tren de Almorchón, el monte es cerrado, lujoso. Apretado de madroños, lentiscas y ulagas. Y, ya en lo hondo del todo, por donde corre el arroyo del Helechar, hacen las zarzas su natural barrera sólo franqueada por los descolgaderos que buscan el agua. Por todo el camino, las trompadas de los cochinos en la tierra jugosa. Y, al coronar una loma, a la volcada, blanca y airosa, la ermita.

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Quien colocó allí la imagen de la Virgen fue el mismísimo San Fernando, cuando asentó sus reales en aquella hermosa colina desde la que divisaba la caída de la sierra hasta el valle del Guadalquivir con Córdoba allá abajo. En el cancel hay muchos exvotos con leyendas deliciosamente ingenuas: Hallandose Martín elias Con un tavardillo insultado se encomendó a Ntra. Sª de Linares i milagrosamente Sanó. Año de 1836. Y así. Sería interesante buscar en los exvotos la huella de la caza. Hay uno en la Ermita del Calvario de Montalbán cuyo texto es muy divertido: El día 28 de Mayo de 180. Domingo de la Santíssima Trinidad yendo a carrera tendida en un caballo Dn Antonio Villamil y Trellez tropezó en un marrano y cayó precipitando al ginete de un modo mortal y engargantado el pie derecho en el Estribo fue arrastrado y quebrándose milagrosamente la correa lo libertó de la Vida la Santísima Trinidad… En la pintura conmemorativa, puede apreciarse cómo el marrano era jabalí, que no casero, a la vista de su facha y de su rabo, con pelo y caído y no engarabitado.

Gracias a Dios, a pesar de toda la presión que sufren por las urbanizaciones que peligrosamente se acercan, los cochinos siguen siendo los señores de aquellas lomas. Y, desde la explanada que se abre ante el santuario de Linares, se está rodeado de monte muy caliente desde el que, seguramente, nos puede estar venteando algún verraco. Por ahora puede estar tranquilo pero, en cuanto pase la otoñada, podemos darle un susto en cualquiera de las manchas que rodean el santuario: Navalagrulla, Las Pitas, La Alcaidía… Que no se fíe, que los cordobeses somos así.

Las matas de la Sierra

El madroño, el lentisco, el durillo forman el monte de cabeza que también se llamó siempre roíjo. En la sie­rra se están haciendo las matas y los que al llegar el invierno serán rojos y jugosos madroños son hoy unas bolillas pálidas, apenas reconocibles entre las hojas de un verde lujoso.

Las cornicabras también lucen brillantes con los cornezuelos secos del año pasado cargados de resina perfumada. Por el otoño pon­drán sus notas anaranjadas, como llamas, en mitad de los cerros. Y, luego, están las matas que las reses no comerán, aunque se mueran de hambre, como el torvisco y el romero. El romero, sin embargo, gusta a los conejos que se ponen de bolo, roen sus ta­llos, lo dejan caer, y a comer.

Cestillo con flores Mariano Aguayo

Llenas del vigor que les sube desde el pie por estas aguas de primavera, brillan al sol con las flores ya pasadas la hiniesta y la jara; los chaparros se van cargando de mocos y las adelfas se aprietan en los regajos con las zarzas y el espino majoleto. Las au­lagas cuajadas de flores de oro y la zarzaparrilla; la riparia de uvas diminutas y el rusco; el tomillo real, el orégano y el hinojo, tan humildes y tan generosos perfumando. Por los bajos, junto al arroyo, se ven las trompadas frescas de los marranos buscando los bulbos de los candilitos.

Septiembre traerá color dorado a las manzanillas del pi­ruétano y las bolas del rusco se volverán rojas. Y se tornará en fuerte azul nacarado la granilla del durillo y en un vivo encarnado la del lentisco. Da gloria andarear la sierra en estos primeros compases del cálido verano de Sierra Morena, antes de que los pastos se sequen hasta quedar crujientes en mitad del estiaje.

Hace pocos dias subió por Torrearboles un amigo y, comentando el buen mayo de aguas, me sorprendió su ignorancia en lo que al monte toca. No dis­tinguía un lentisco de un acebuche. Pero lo más notable es que este amigo mío es un cazador apasionado, de esos a los que les duele que termine una temporada y ansían la llegada del otoño para volver a las armas. ¿Será que a esta clase de monteros tan sólo les interesa la sierra para matar?

La Veda

Fui por el centro, a las once, a hacer unas cosillas y me pasé por Milán. En Milán es donde se cuecen en temporada todos los planes monteros. Bueno, los pequeños planes, los bonitos. Las grandes monterías comerciales para gentes de fuera con mucho dinero fresco se planean en despachos con secretarias y papel de cartas con logotipo. Pero en Milán es donde Rafael Prado se pone de acuerdo con Antoñín Flores, el nieto más joven de El Guerra, para echar esos mogotes tan buenos que están por ahí, por El Hoyo de Belmez, y Juan Cerrillo le da vueltas a cómo y cuándo montear lo de Juan Isidro que lo ha encargado de la orgánica. En Milán suelo tomarme un café con Juanito Cabrera, mientras trato de aprender de él algo más de esta inacabable ciencia de lo que al monte toca. Bueno, pues las mesas de Milán estaban llenas de niñas con primaverales minifaldas, agentes de la propiedad inmobiliaria y señoras reunidas para su café de los miércoles charlando todas a la vez. Menos mal que me topé con Antoñín Flores que andaba por allí, igual que yo, como un perro perdido en medio de la inactividad de la veda. Nos vimos el uno al otro como el que ve aparecérsele San Rafael. Y allá que nos pasamos una buena hora dándole vueltas a esto de los perros y las rehalas, los manchones de descaste y cómo están las orgánicas.

Antonio Flores, nieto de Guerrita

Y es que nos quedamos sin saber que hacer con la nostalgia. Luego, cuando se secan los pastos y ya puede uno, al darse una vuelta por el campo, echar la escopeta por si salta un conejete es otra cosa. Además, se va llevando todo para adelante con los ojos por si se ven las trompadas de un marrano o los rastros de una res. Pero la primavera es la primavera.

Ayer, en Torreárboles, acompañé a Fernanda que quería coger tomillo real. Es que vio el otro día un saquito de arpillera muy gracioso en unos grandes almacenes. Era tomillo para poner dentro de los armarios y dar buen olor. Pero lo compró, y a lo que el pobre tomillo olía, después de pasar las ducas de la sociedad de consumo y el marquetin ese, era a seco, a guardado y a viejo. Con que dimos la vuelta a la umbrigüela del otro lado del arroyo y en la linde con La Balanzona, recogimos las diminutas hojillas que olían tan ricamente a monte y a limpio.

Vino con nosotros la nietecilla de Nevero, que se perdía entre el yerbazal sobre el que no conseguía asomar la cabeza. Jugaba a hacer saltar periquitos en la palma de la mano.

– Me ha enseñado mi abuelo. Y a hacer con juncos molinillos en el chorrero del regajo. Y relojes con yerbas de esas que se llaman tenedores. Los viejos saben mucho porque lo han estudiado todo.

Y a no chillar cuando andas por el campo ¿no te enseñó tu abuelo? Porque así te oyen los bichos y la gente mientras tú no escuchas nada.

Sí que me lo tiene dicho. Pero eso es antes y después. Ahora, en el tiempo de las yerbas verdes y las flores voy hablando en alto, aunque vaya sola, para que se larguen las bichas, lagarto, lagarto, y no me den sustos saliéndome de los pies.

Volvimos por la vegueta de junto a Salmerón y está morada como la túnica de Nuestro Padre Jesús. Son los chupamieles. Millares y millares de florecillas. Este año cada mata estará orgullosa de sus colores. Los matagallos y el cantueso también se adornan de morado. Y hay rodales blancos de manzanilla y dorados de las otras margaritas y los jaramagos. También la ingesta pone sus manchitas de oro al pie de la solana. Esa solana la gateó el año pasado el marraco que levantó Tana, la mastina, cuando iba con los niños de paseo. Estaba encamado en los zarzalotes del arroyo y cogió para arriba, despacito, volviéndose de cuando en cuando a mirarlos, allí entesterado, mientras ellos gritaban excitados por la presencia de aquel bicharraco y la mastina, cachorra ella, le amonestaba con su bronca voz.

Ahora ni rastros se ven de cochinos. ¿Dónde estará andareando este ganado? Con tanta comida y tanta agua, en cualquier sitio se aquerencia una marrana para criar sus rayones sin mayor necesidad de caminatas.

Entretanto, los monteros vamos a volvernos a otras tradiciones y querencias, que también para nosotros cuenta la primavera. La feria, el Rocío, los toros y las soleadas playas del Sur. Hasta que el otoño, con su olor a tierra mojada y el rodar de los berridos de los venados, nos haga volver de nuevo la cara a nuestras sierras, la ropa de monte y las armas.

Perros, perreros y guías

Antonio Sanz asomó al barranco y echó voces.

– Tú. El de la solana. Párate, hombre, no pases el arroyo y sigue para la carretera, que te estás dejando ahí una rehoya muy buena.

El otro no lo oía y más voces.

– Faliiiiii… Dile a ése que siga para abajo, hombre, para la carretera. Y tú, el de la cañada, resúbete un poco para la umbría, que ahí es donde puede haber un cochino. No, no por el arroyo. Para arriba. Eso es. Sigue por ahí, que vas bien.

Era como dirigir una orquesta de ladridos, voces y caracolas. A mí, que se monteara bien la umbría me venía de perlas porque estaba puesto en la huida necesaria de la hoya de Torreárboles a los barrancones de Valdegrillos.

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Pues todavía estaban los perreros en la falda de aquél fortísimo apretal, cuando se puso a dar de parada un perrete canela a mis mismos pies. Señalaba al marrano en una cornicabra que sobresalía entre aquél monte tan trabado de madroñas, carrascas y lentiscas. Y jau-jau, jau-jau, y el cochino haciéndole cara y aguantando. Fueron llegando perros y, por fin, se arremolinó el monte y, con un tronchadero que parecía que se llevaba por delante las matas, se arrancó el bicho.

Pero me dejó con el molde. Porque, en vez de subir como hacen siempre que corren a su amor, se desbarró para el arroyo, tapado, sin que yo lo viese ni un segundo. Pasó la cañada, repechó ya muy lejos, y el puesto que había en las piedras altas le echó un tiro al cruzar el espinazo de piedra que hay por allí. Siguió el marrano su corrida con un colón de perros a sus alcances y se perdió, ahora sí, hacia los altos.

A mis espaldas, se escuchaba el vocear de Julio Sojo guiando las rehalas por los barrancos de Valdegrillos. Y, por la armada de La Higuera, por Los Naranjos, no dejaban de tirar. Decía Julio

– Sí, señor, así se mata. Qué calzones más bien cortados te ha puesto El Buitre, Rafael.

Yo no tiré. Pero me di por satisfecho con ver cómo Antonio Sanz bordaba la mancha y con la faena del perrete. Fue uno de esos días en los que uno conoce a fondo la finca, la gente y los perros. Y en los que los propios organizadores guían las rehalas. Eso es montear de artesanía.

Mediada la temporada

Cuando yo era jovencito, llegada esta altura de la temporada siempre había alguno en la tertulia que se dejaba caer con aquello de:

-Lo que no se haya hecho ya para Navidades…

Y era verdad. Quedaban manchones, cosas de cochinos, cachibucheos menores. Y aquella barbaridad de las segundas vueltas. Pero se había monteado casi todo. Y, como todas las cosas, aquello tenía su explicación y era que, al no haber cercas, todos querían montear pronto con la sana intención de cogerle la vez al vecino. Muy de comprender, desde luego.

1979. Torrearboles. En la vieja venta, con un grupo de amigos tras un manchon. Con el venado, Alfonso Fernandez de Cordova y Fernando Aguayo

Un manchón resultado: En “Torreárboles” Alfonso Fernández de Córdova, con Fernando Aguayo con un venado. A derecha: Mariano Aguayo, Pepe Sánchez, mi hijo Mariano, Juan Malo de Molina, Joaquín Fernández de Córdova, Fernanda, mi mujer, Diego Molina. Después a espaldas, Bambi Villegas.

Pero ahora es otra cosa. Que sí, que ya hemos dejado atrás unos cuantos días de los más felices. Hemos echado toda Sierra Alta. Y El Gamir. Y El Albercial. Y esa delicatessen que tiene Luis Delgado escondida por ahí, por tierras de Fuenteobejuna. Y otras muchas manchas de las que tendremos que hablar. Y La Aliseda… Dios mío, que atestón de reses. Y encima, Enrique Albert, que no fuéramos tímidos, que él lo que quería era quitar ciervas. Así que duro con ellas que a mí, contra lo que dice algún que otro exquisito, los lances con las ciervas me entusiasman. Y además, pues eso, que se defiende el monte, que capaces son de dejarlo atoconado como crezca demasiado la población de cervuno. La Aliseda, un fin de semana absolutamente feliz.

Han pasado las Navidades, sí, pero ogaño las cosas son de otra manera, ya digo. Y, tras el pequeño descanso que suele dársele al calendario del monte, encaramos enero y febrero con manchas ilusionantes. Yo no sé a ustedes pero a mí, mientras más monteo, más ganas tengo de volver a coger el rifle, de vivir la vida de esa forma tan especial que es andar por la sierra con los amigos. Y, ya, si uno tiene la suerte de que le entre esa soñada piara de marranos… Conque agradezco mucho que ahora las temporadas se alarguen. Que antes, entre que no se empezaba a montear hasta que corrían los arroyos, que había menos manchas y que se echaban lo antes posible, una temporada se iba en un suspiro.

( “Trofeo”, Feb 2010)