La veda, tiempo para leer

Tras el lance, hay un impulso irremediable en el cazador, algo que es superior a su capacidad de resistencia: contarlo. Nuestros sucedidos venatorios, irrepetibles desde luego, se quedan en nada si uno se los guarda en lo hondo del alma. Son sólo humo si sus emociones no pueden compartirse con algún amigo. O con muchos, si conseguimos que nuestra anécdota sea publicada en alguna revista del sector. O con muchísimos, si un conjunto de nuestras aventuras merecen el honor de un libro. Y es que las vivencias del cazador son expansivas. Nada nuevo, de ahí la abundantísima literatura venatoria a través de la cual podemos conocer las más variadas peripecias de quienes nos precedieron en la afición.

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A mis doce años, entré yo en el mágico mundo de los relatos de caza con un libro en el que derroché mis ahorros deslumbrado por su título: El matador de leones, de Gérard. Lo había editado Espasa-Calpe en su colección Austral y lo conservo con mis mejores fetiches infantiles junto a Las travesuras de Guillermo de Richmal Crompton. 

Más tarde fui adquiriendo libros de caza llenos de descomunales hazañas africanas que contrastaban con mis mínimas experiencias de cazador incipiente. Mis trampas, mi escopeta de 12 milímetros Por aquellos tiempos, los niños ni nos asomábamos a la montería.
Un día se presentó mi padre con un libro en el que, según él, podría aprender mucho. Era Veinte años de caza mayor. Esa obra y, más tarde, Solitario, también de elección paterna, fueron dos libros que me impresionaron profundamente. Solitario es una narración de tal belleza y ternura que Fernanda, mi mujer, no quiere releerlo en tiempo de monterías porque la hace ponerse de parte de los cochinos.
De entonces para acá, Dios mío, qué cataratas de literatura venatoria. Todos hemos hecho partícipes a los amigos de nuestros lances, de nuestras inquietudes y -¿por qué no?- de nuestras frustraciones. Conque los cazadores de mi generación hemos gozado doblemente el campo: en felices jornadas de caza y en las luminosas imágenes surgidas de las páginas de los demás. Hemos participado de las emociones de Covarsí, del marqués de Valdueza, del general Morales Prieto, de Diego Muñoz Cobo, de Rocío Berantevilla. Y de Paco León y Alfonso de Urquijo. Eso, por citar sólo a los ya desaparecidos.
Este de veda es tiempo para que las perdices saquen sus pollos; para que los venados desmogados escondan su vergüenza en lo más espeso del monte; para que todos los bichos del campo tengan el necesario sosiego para criar. Es el tiempo ideal para, bien engrasadas las armas en su armero, dedicarnos a leer y releer a los clásicos convertidos ya en amigos a fuer de compenetrarnos con sus sucedidos.

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La Veda

Fui por el centro, a las once, a hacer unas cosillas y me pasé por Milán. En Milán es donde se cuecen en temporada todos los planes monteros. Bueno, los pequeños planes, los bonitos. Las grandes monterías comerciales para gentes de fuera con mucho dinero fresco se planean en despachos con secretarias y papel de cartas con logotipo. Pero en Milán es donde Rafael Prado se pone de acuerdo con Antoñín Flores, el nieto más joven de El Guerra, para echar esos mogotes tan buenos que están por ahí, por El Hoyo de Belmez, y Juan Cerrillo le da vueltas a cómo y cuándo montear lo de Juan Isidro que lo ha encargado de la orgánica. En Milán suelo tomarme un café con Juanito Cabrera, mientras trato de aprender de él algo más de esta inacabable ciencia de lo que al monte toca. Bueno, pues las mesas de Milán estaban llenas de niñas con primaverales minifaldas, agentes de la propiedad inmobiliaria y señoras reunidas para su café de los miércoles charlando todas a la vez. Menos mal que me topé con Antoñín Flores que andaba por allí, igual que yo, como un perro perdido en medio de la inactividad de la veda. Nos vimos el uno al otro como el que ve aparecérsele San Rafael. Y allá que nos pasamos una buena hora dándole vueltas a esto de los perros y las rehalas, los manchones de descaste y cómo están las orgánicas.

Antonio Flores, nieto de Guerrita

Y es que nos quedamos sin saber que hacer con la nostalgia. Luego, cuando se secan los pastos y ya puede uno, al darse una vuelta por el campo, echar la escopeta por si salta un conejete es otra cosa. Además, se va llevando todo para adelante con los ojos por si se ven las trompadas de un marrano o los rastros de una res. Pero la primavera es la primavera.

Ayer, en Torreárboles, acompañé a Fernanda que quería coger tomillo real. Es que vio el otro día un saquito de arpillera muy gracioso en unos grandes almacenes. Era tomillo para poner dentro de los armarios y dar buen olor. Pero lo compró, y a lo que el pobre tomillo olía, después de pasar las ducas de la sociedad de consumo y el marquetin ese, era a seco, a guardado y a viejo. Con que dimos la vuelta a la umbrigüela del otro lado del arroyo y en la linde con La Balanzona, recogimos las diminutas hojillas que olían tan ricamente a monte y a limpio.

Vino con nosotros la nietecilla de Nevero, que se perdía entre el yerbazal sobre el que no conseguía asomar la cabeza. Jugaba a hacer saltar periquitos en la palma de la mano.

– Me ha enseñado mi abuelo. Y a hacer con juncos molinillos en el chorrero del regajo. Y relojes con yerbas de esas que se llaman tenedores. Los viejos saben mucho porque lo han estudiado todo.

Y a no chillar cuando andas por el campo ¿no te enseñó tu abuelo? Porque así te oyen los bichos y la gente mientras tú no escuchas nada.

Sí que me lo tiene dicho. Pero eso es antes y después. Ahora, en el tiempo de las yerbas verdes y las flores voy hablando en alto, aunque vaya sola, para que se larguen las bichas, lagarto, lagarto, y no me den sustos saliéndome de los pies.

Volvimos por la vegueta de junto a Salmerón y está morada como la túnica de Nuestro Padre Jesús. Son los chupamieles. Millares y millares de florecillas. Este año cada mata estará orgullosa de sus colores. Los matagallos y el cantueso también se adornan de morado. Y hay rodales blancos de manzanilla y dorados de las otras margaritas y los jaramagos. También la ingesta pone sus manchitas de oro al pie de la solana. Esa solana la gateó el año pasado el marraco que levantó Tana, la mastina, cuando iba con los niños de paseo. Estaba encamado en los zarzalotes del arroyo y cogió para arriba, despacito, volviéndose de cuando en cuando a mirarlos, allí entesterado, mientras ellos gritaban excitados por la presencia de aquel bicharraco y la mastina, cachorra ella, le amonestaba con su bronca voz.

Ahora ni rastros se ven de cochinos. ¿Dónde estará andareando este ganado? Con tanta comida y tanta agua, en cualquier sitio se aquerencia una marrana para criar sus rayones sin mayor necesidad de caminatas.

Entretanto, los monteros vamos a volvernos a otras tradiciones y querencias, que también para nosotros cuenta la primavera. La feria, el Rocío, los toros y las soleadas playas del Sur. Hasta que el otoño, con su olor a tierra mojada y el rodar de los berridos de los venados, nos haga volver de nuevo la cara a nuestras sierras, la ropa de monte y las armas.